HOTEL TELÉGRAFO
Historia, sociedad, poesía. Notas y documentos.
martes, 14 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
José Carlos Mariátegui: Blaise Cendrars
BLAISE
CENDRARS
José Carlos Mariátegui
(…) En el equipo de los
"internacionales", Blaise Cendrars es uno de los que más me interesa.
Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de Paul Morand. En la composición
de los libros de Cendrars no entra ningún ingrediente mórbido. Cendrars no se
empeña nunca en demostrarnos que viaja en wagón-cama. En Cendrars no se
respiran aromas afrodisíacos. En sus libros no hay languidez, no hay laxitud.
Cendrars es sano, violentamente sano, alegremente sano. (Oliverio Girondo no
dejaría de anotar este dato, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman
negativa).
Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra
en las ciudades sin ceremonia. Se comporta siempre como un pillete, como un
gavroche que viaja por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos
viajan para hacerse operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o
en Karlsbad la dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Moran en la
bolsa de Nueva York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes
ingleses, un automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja
por viajar: Tiene siempre, en el wagón-restaurant de un expreso, o en el puente
de un transatlántico, el ademán despreocupado del «flaneur». Miradlo arribar a
Sao Paulo:
«Enfin
on entre en gare
Saint-Paul
Je
crois étre en gare de Nice
Ou débarquer a
Charing-Cross a Londres
Je trouve tons mes amis
Bonjour
C'est moi»
No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que
llega a Sao Paulo. No puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde
que pisa el umbral de una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es
improbable que algún día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del
Callao. Traerá, como siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha
descrito una vez su equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57
kilos). Una vez en las calles de Lima se cogerá del brazo de don Alberto
Carranza. Y se marchará de Lima sin despedirse burlando una recepción del
Ateneo y un reportaje de El Comercio (Vegas García conseguirá una
instantánea para Variedades). Y, finalmente, Blaise Cendrars no nos
defraudará como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen
tercero o cuarto de sus Feuilles de route, su visita a Lima, al Cuzco y
a Chanchamayo.
Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars
es su buena salud. Los libros de Cendrars respiran por todos sus poros.
Cendrars representa una gaya y joven bohemia que reacciona contra la bohemia
sucia y vieja del siglo diecinueve. Y, en una época de decadentismos bizarros,
de libídines turbias y de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de
salud cabal. Es un hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin
artificios juglarescos y sin neurosis perversas:
Escuchadlo:
«Le monde entier est tonjonr lá
La
vie pleine de choses suiprenantes
Je
sors de la pharmacie
Je
desecads fuste de la bascule
Je
pese mes 80 kilos
Je t'aime.»
La
poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más ortográfica.
Blaise
Cendrars ha publicado los siguientes libros: La légende de Novgorod
(1909), Séquences (1913), La Guerre au Luxembourg (1916), Profond
aujourd'hui (1917), Anthologie negre (1919), La fin du Monde
(1919), Dix-neuf poemes élastiques (1919), Du Monde entier (1919),
J'ai tué (1919), Feuilles de route (1924), Kodak (1924) y L'Or
(1925).
Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros,
una Antología Azteca, Inca, Maya.
El último libro de Cendrars, El Oro, es
una novela. Cendrars nos cuenta en El Oro la maravillosa historia de
Johan August Suter. La historia de Suter es el reverso de la historia del oro
de California.
En 1834, Johan August Suter, suizo-alemán,
hijo de un fabricante de papel de Basilea, deja su patria, su mujer y sus
hijos, arruinado y deshonrado por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega
a París. En el camino desvalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con
una letra de crédito falsa a un cliente de su padre. Luego, en El Havre se
embarca para Nueva York.
Cendrars, explicándonos el Nueva York de 1834,
nos dice en una sola página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una
íntegra fase de la formación de los Estados Unidos:
«El puerto de Nueva York.
«Es ahí donde desembarcan todos los náufragos
del Viejo Mundo. Los náufragos, los desgraciados, los descontentos, los hombres
libres, los insumisos. Aquéllos que han tenido reveses de fortuna; aquéllos que
han arriesgado todo sobre una sola carta; aquéllos a quienes una pasión
romántica ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primeros
místicos rusos. Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la
reacción arroja. Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria
en formación. Los falansterianos franceses, los carbonarios, los últimos
discípulos de Saint Martin, el filósofo desconocido, y de los escoceses.
Espíritus generosos, cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos.
Los campesinos de Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos víctimas de
las guerras napoleónicas y sacrificadas por los Congresos Diplomáticos. Los
carlistas, los polacos, los "partidarios de Hungría. Los iluminados de
todas las revoluciones de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria
para unirse a la gran República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de
todos los países; hasta sudamericanos, cómplices de Bolívar. Desde la
Revolución Francesa, desde la Declaración de la Independencia, en pleno
crecimiento, en pleno desarrollo, no ha visto jamás Nueva York sus muelles tan
continuamente invadidos. Los inmigrantes desembarcan día y noche y en cada
barco, en cada cargamento humano, hay por lo menos un representante de la
fuerte raza de los aventureros».
Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos
relata así su entrada en Nueva York: «Johan Auguste Suter desembarca el 7 de
julio, en martes. Ha hecho un voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de
la milicia, abraza de una mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y
vacía una botella de vino del Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación
negra de un velero. Después rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad
desconocida, como alguien que tiene prisa y a quien se espera».
Nueva York no retiene por mucho tiempo a
Suter. Suter se siente atraído por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo
desconocido. En Honolulu forma la Suter's Pacific Trade Co. Tiene un plan
vasto. Con mano de obra canaca explotará las tierras de California. No las
conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de ellas. Sus socios de Honolulu
lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan se cumple puntual y
magníficamente. Suter se instala con sus canacos en California. Funda una
descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus posesiones, sus riquezas
crecen prodigiosamente. El pionner12 suizo deviene uno de los hombres más ricos
de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el descubrimiento del oro. Un
obrero de Suter encuentra en los dominios de Suter las primeras pepitas. La
noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas de oro. Suter ve partir a
sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega. Invaden el país los
buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte en una de las más
grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las tierras de Suter. Se
instalan en sus posesiones. El gran pionner se cruza de brazos. Podría
luchar: pero, desdeñosamente, prefiere no participar en esta batalla de
lavadores de oro y de destiladores de alcohol, en la cual se mezclan
aventureros y bandidos de las más torpes y sucias especies. El oro lo ha
arruinado. Suter se retira, decepcionado, a uno de sus dominios. Mas la
voluntad de trabajo y de potencia renace pronto en él. Sus viñas, sus huertas,
sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una fortuna. San Francisco tiene
buen apetito. Y Suter le vende caros los frutos de sus alquerías. Pero no está
contento. No olvida el golpe; no perdona al oro. Y el demonio le aconseja la
más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales una demanda por daños y
perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el cual se ha edificado San
Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando doscientos
millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a 17,221
particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones. Reclama
veinticinco millones dé dólares del Estado de California, por haberse apropiado
de sus rutas, canales, puentes, esclusas y molinos; y cincuenta millones de
dólares del gobierno de Washington, por no haber sabido mantener el orden en la
época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una parte del oro
extraído desde el principio de la explotación. El fantástico proceso consume
todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un ejército de
abogados, de peritos y de escribanos. Los Municipios y los particulares
enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. «Es un nuevo rush, una
mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del Pleito Suter». San Francisco
odia al pionner testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y puritana,
juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las plantaciones,
los establo; los molinos, las fábricas de Suter son devastados, arrasados,
incendiados. Suter esta vez pierde todo. Más ni aun este golpe lo decide a
renunciar a su proceso. Lo continúa, en Washington. En Washington envejece y
enloquece. Y muere en las gradas del Palacio del Congreso, aguardando y
reclamando, obstinadamente, justicia.
Tal la maravillosa historia de Johan August
Suter. Su argumento parece una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha
escrito, al mismo tiempo que una novela de aventuras, una sátira sobre el
destino maldito del oro. El oro del Rhin y el oro de California se equivalen.
Cendrars no lo dice: pero lo dice su novela. Lo dice la maravillosa historia de
Johan August Suter, arruinado por el descubrimiento de las minas de California.
La técnica de El Oro es, más bien que
la de una novela, la de un film. Cendrars nos ofrece la historia de Suter en
setenta y cuatro cuadros cinematográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro
aburre. Ningún cuadro es pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de
que tiene en las manos un libro. En vez de las letras y de las palabras,
dispuestas en rasgos, empieza a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que,
en Blaise Cendrars, es sólo un decorado esquemático.
Variedades, Lima, 26 de setiembre de 1925, pp. 2194-96.
sábado, 11 de abril de 2026
Paul Morand
Xavier Villaurrutia
¿Recordáis el prefacio de Anatole France a Los placeres y los días,
el libro primero de Proust? Anatole France parece reconocer únicamente en el
Proust de entonces, en vez de las cualidades originales que formaron más tarde
una rama de la literatura actual y ensombrecieron el limitado prado ameno del
mismo autor de El crimen de Silvestre Bonnard, virtudes refinadas.
Cualidades, virtudes. Para France, Marcel Proust era un virtuoso lo cual en
arte -¿en música, quien lo ignora?- no es, en modo alguno, diverso de un
vicioso.
¿Recordáis, en cambio, el prefacio de Marcel
Proust a Tendres Stocks de Paul Morand?
La respiración es otra: da tiempo para
escribir y, en seguida, leer en voz alta una frase larga. Proust tuvo la
conciencia clara de cómo el tiempo se impone a los escritores y de qué modo
aparecen nuevos escritores que imponen, al tiempo, su tiempo. Hablando del
minotauro Morand, supo afirmar que lo cierto es que, de cuando en cuando, surge
un nuevo escritor y este escritor tiene que aparecer a los ojos egoístas de la
generación precedente y a los ojos de vidrio que esta generación ha logrado
mantener enfrente a modo de público, un escritor difícil. Como en una delicada
venganza y dirigiéndose al mismo Anatole France, escribe Proust: «Podemos
seguirlo hasta la mitad de la frase, pero allí desistimos».
Nosotros imaginamos que Anatole France no pudo ir más allá de la mitad
de una frase del Proust que hacía decir a Paul Morand: «vuestra voz, también
blanca, traza una frase tan larga...»
Frente a un espejo de dos lunas -Morand ha
dibujado en La Europa galante uno delicioso, donde las lunas son tres-
tenemos los perfiles diversos de un mismo rostro. ¿Quién no es asimétrico,
aunque sea ligeramente? Uno de los perfiles de Morand parece hecho para mirar a
las mujeres; otro, para mirar a las ciudades.
En un principio, las mujeres de Morand
-Clarisa, Delfina, Aurora- eran a un solo tiempo la figura y el ambiente. De
este modo, el aire engendraba la figura sin pretender ahogarla, y la figura
creaba el paisaje con sólo un movimiento, con una frase o, simplemente, con un
silencio. En un principio también, al recordar estas tres figuras de Morand
pensábamos en las muñecas grises y delgadas que aun de frente parecen enseñar
sólo el perfil, de Marie Laurencin. Ahora, la asociación nos parece impropia, a
favor de Morand.
Clarisa es rubia, aficionada a las
antigüedades, pero, «más que el objeto, le seduce la imitación». Delfina tiene
unos negros ojos líquidos. Aurora, de aficiones salvajes, danza desnuda,
«dejando en nuestras retinas una imagen hindú con brazos y piernas múltiples».
Más tarde, las cosas que forman la tela de
Morand pueden verse y palparse por separado, al punto que casi podríamos decir
que el segundo término habitual de un cuadro cualquiera pasa a ser aquí,
victoriosamente, el primero. Sus breves novelas ya no se titulan, no podrían
titularse, con nombres de mujeres. El tiempo y el espacio intervienen como un
convidado cuya presencia no nos asombra sino en vista de nuestra falta de
previsión. Aparecen la «noche» y la «tierra». La noche catalana, la noche
turca, la noche nórdica no se llaman ya, simplemente: Remedios, Ana, Aino.
Las mujeres y las ciudades. El plano de una
mujer, el sexo de una ciudad. Los perfiles de Morand desaparecen. Ahora,
compuesto su rostro de frente, mira, indistintamente, a las mujeres y a las
ciudades. Para conocer a las mujeres es necesario recorrerlas. Para conocer las
ciudades es preciso palparlas. Y las ciudades y las mujeres de Paul Morand no
pueden ser una sola. Viajero obligado, su vida es la vida cosmopolita. Tiene
ya, detenido en libros, su Occidente, su Pre-Oriente, su Oriente. Parece
conocer una parte de Norteamérica; y, además, de los Estados Unidos ha sabido
decir que los viejos automóviles Ford son sus únicas ruinas.
Morand es el observador rapidísimo de gestos y
lugares, que en dos minutos levanta en un interior toda una ciudad o una raza.
Hombres y mujeres se mueven, gesticulan, callan, se frotan o se buscan. En Ouvert
la nuit, en Ferme la nuit, pasan nombres, vocablos y sitios que son
el universo internacional de este arquero que lanza tan certeras flechas sobre
todo cuanto mira, que, si tuviera tiempo de detenerse un momento frente a un
espejo, su imagen quedaría acribillada.
Paul Morand tiene treinta y ocho años y un
público internacional que lo busca por diversas razones, aun por aquellas que
no son estrictamente literarias. Esto último nada tiene de extraño: Chesterton
nos enseña que un impresor, leyendo la Biblia, no encuentra sino las erratas.
Sus asuntos sexuales y su lenguaje han
contribuido a imantarle lectores. Su más reciente libro se titula,
significativamente, Rien que la terre. Como todos los suyos, es el libro
de un sensual, de un hombre que pone en juego sus sentidos, alejándolos y
acercándolos como el fotógrafo el silencioso acordeón de su cámara de fuelle,
para conseguir la visión exacta.
A la inversa de Valéry Larbaud -a quien
recordamos por lo mucho que de Morand difiere-, más que el carácter le interesa
la manía del sujeto. El tic nervioso, la zozobra de un instante, el ademán que
descubre un vicio o un deseo, el laberinto psicológico cuya salida está en una
mirada. Por todo esto, su estilo es agudo y rápido. Quebrado estilo de hombre
que husmea, frota, espía... En pocas palabras, estilo de hombre sensual.
¿Pero no debe ser un lugar común, tan bello
como el verso de Racine más veces citado:
La
fille de Minos et de Pasiphaé
que la sensualidad es una forma de la inteligencia?
1927
Textos y pretextos: literatura, drama, pintura, La Casa de España en México, 1940; FCE, 2018.
viernes, 10 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La despedida de Anatole France
Pedro Henríquez Ureña
Sabe el artista, el grande artista de madurez
cuyo gradual desarrollo se cumple bajo la ley de “cultura” expresada por
Goethe, cuál es el momento en que la obra de su vida alcanza su término. El Parsifal
de Wagner, la Resurrección de Tolstoi, Cuando despertamos... de
lbsen, son altas cimas crepusculares: el artista deja atrás los torbellinos de
la pasión y abandona, como Próspero, los símbolos de su poder y su prestigio
para encaminarse al reino del silencio.
El gran
maestro de la ironía y de la sagesse alcanzó la región espiritual en que
la vida, sobre cuyas horas vigiló sin tregua el pensamiento, se torna clara y
define su perspectiva moral, como valle que dejamos atrás cubierto de nieblas
matinales y cuyas líneas puras contemplamos, en la tarde pacífica desde la
cumbre. Es más: alcanzó ya, en vida, la reacción que sobreviene contra toda
grande fama. Acatado como excepción (excepción entre los académicos, excepción
entre los realistas, excepción entre todos los de ayer) por generaciones más
jóvenes que la suya, Anatole France pareció poseer el secreto de la perpetua
juventud literaria. Pero fue ilusión: la juventud es implacable; la juventud
pide renovaciones, y no transige; cada generación trae nuevas interpretaciones
de la vida, sentido nuevo del arte, y los que fueron de ayer rara vez aciertan
a entrar íntimamente en el espíritu de la nueva hora. La reacción tardaba, pero
llegó al fin. Anatole France no podía ser el ídolo de 1914.
La literatura francesa de hoy, idealista,
sincera, ardiente, devota por igual de las ideas sutiles y de las emociones
“directas”, inmediatas, representa la realización de una estética radicalmente
distinta de la que imperaba hacia 1885, salvando excepciones como la inevitable
de Verlaine. Más aún: representa la realización de una estética distinta de la
que tradicionalmente se ha llamado francesa. Porque ésta, la novísima, es una
literatura idealista, en el sentido filosófico de la palabra, no en el de
espiritualismo más o menos religioso (aunque éste no falta) ni en el de
“irrealismo” más o menos insulso. Literatura en que ideas y emociones, fundidas
con íntimo enlace de que solo hallábamos ejemplo frecuente en Inglaterra y
Alemania, producen un ritmo amplio que aspira a tocar por una parte los
linderos de la música, por otra los del pensamiento filosófico. Literatura en
que cada asunto busca su forma propia, en vez de adoptar perezosamente uno de
los modelos acepta dos: el párrafo a la Bossuet, los pareados de la tragedia
siglo XVII, la “incisiva” prosa volteriana, la “tirada” de Hugo, la descripción
de los realistas.
Anatole France representa, y de modo supremo, muchas tendencias
contrarias; y si éstas son las realmente francesas, no se equivocan quienes la
consideran arquetipo de su pueblo. No es ideólogo por temperamento, ni menos
metafísico: conoce todas las filosofías, pero no le apasionan. Comparadlo con
Camille Mauclair y sentiréis, por contraste, la revelación del temperamento
metafísico, inquieto y hondo, en el arte contemporáneo. Escéptico, pues,
filosóficamente, pero escéptico activo (hasta en la crítica), dueño de todos
los recursos de sagesse que suele dar el escepticismo, vivió bajo el
peligro de la medio cridad esencial que tantas veces apunta en el escritor
francés, por debajo de las perfecciones del procedimiento: la mediocridad que
nace de la ausencia del sentido ideal, del concepto trascendental de la vida,
núcleo necesario del arte supremo, sin el cual no serían más que pintoresco
simulacro y brillante apariencia los poemas homéricos y la tragedia ática, la
obra de Dante y la de Shakespeare. Escéptico, irónico, sage, francés, en
suma; hasta gaulois, como que sabe dar a la sensualidad su papel en la
vida (por lo menos en la vida de Francia) y aun a las palabras fuertes su papel
en los libros, Anatole France representaba una actitud distinta de la que asume
la juventud de hoy, que abre ante el esplendor del mundo los grandes ojos
impresionables del Jean Christophe, de Romain Rolland.
Pero la ironía puede ser una forma de pensamiento filosófico, y la ironía
que corre a través de la obra de France, como río cada vez más caudaloso hacia
el cual fluyen todas las formas intelectuales, se convierte al cabo en una
filosofía de la historia humana. La obra adquiere, así, unidad original y
superior, y sabor que hace pensar en la literatura inglesa, como en otros
autores centrales de la francesa: Balzac, por ejemplo, o Flaubert. El Gulliver,
la Batalla de los libros, todo el Swift humorista ¿no anuncian aspectos de Bouvard
y Pécuchet, aspectos de la obra de France?
Además,
a su modo, France es idealista; quiero decir, tiene su ideal. Ideal no
filosófico, sino “social” -francés, por lo tanto-, pero ideal al fin. Ha
combatido por el pueblo, sobre todo por la libertad espiritual de su pueblo. No
todo fueron rosas y mirtos en su vida pública: sobre él ha lanzado piedras el
populacho fanático. Y su fe en la redención moral e intelectual de los hombres,
surgiendo de su filosofía irónica de la historia, es el motivo ideal que da a
su obra sentido superior. Sobre esta filosofía irónica, pero generosa en su
deseo del bien humano, acaba de tenderse melancólico manto de sombra. La
rebelión de los ángeles, la última novela de France, tiene, a la luz de los
acontecimientos actuales, el carácter de una despedida. Se piensa que el maestro,
agobiado ya, no volverá a la labor literaria después que pase la crisis que
agota a Francia. La perspectiva de la guerra inevitable, destructora e inútil,
la seguridad de que los esfuerzos de liberación espiritual quedarían
suspendidos, la tristeza de contemplar el trabajo de toda una vida amenazado de
esterilidad, cuando no por conflictos exteriores, por las mezquindades de la
política interna -tales son las notas finales del libro-. Y como quien renuncia
al esfuerzo público; como si un escepticismo amargo hubiera sustituido al
antiguo escepticismo irónico pero activo; como quien se refugia en un
individualismo triste porque se marchita su fe en la humanidad, Anatole France
cierra la visión del arcángel rebelde con el abandono de toda conquista de
poder. “No conquistemos el cielo: bástenos el ser capaces de conquistarlo. La
guerra engendra la guerra; la victoria engendra la derrota... Hemos destruido a
laldabaoth, nuestro tirano, si hemos destruido en nosotros la ignorancia y el
miedo... La victoria es espíritu. Es en nosotros, y solo en nosotros, donde hay
que atacar y destruir a laldabaoth.”
2 de diciembre de 1914.
El Heraldo de Cuba, 7 de
diciembre, 1914; como “Anatole France’s valedictory”, en The Forum, New
York, October 1915, vol. 54, núm. 4, pp. 479-481. También en Renacimiento,
núm. 22, Santo Domingo, febrero, 1916; La Nave, México, Núm. 1. mayo 1ro,
1916, pp. 49-52; Desde Washington (Minerva Salado), FCE, 2004; Obra
Completas, T. 5, (Miguel D. Mena), Santo Domingo, 2013.