sábado, 9 de mayo de 2026

Objetor de conciencia



Edna St. Vincent Millay 

 

Moriré,

pero eso es todo lo que haré por la Muerte.

La oigo sacar su caballo del establo,

oigo el ruido en el piso del granero.

Tiene prisa; tiene negocios en Cuba,

negocios en los Balcanes, muchas visitas que hacer 

                                          esta mañana.

Pero no sujetaré las riendas

mientras ajusta la cincha.

Y ya puede montar sola,

que no la ayudaré a subir.

 

Aunque azote mis hombros con su látigo,

no le diré por dónde corre el zorro.

Con su casco sobre mi pecho, no le diré dónde

se esconde el niño negro en el pantano.

Moriré, pero eso es todo lo que haré por la Muerte;

no estoy en su nómina.

 

No le diré dónde están mis amigos

ni tampoco mis enemigos.

Por mucho que prometa,

no le señalaré el camino a la puerta de nadie.

¿Acaso soy un espía en el mundo de los vivos

para entregar a los hombres a la Muerte?

Hermano, la contraseña y los planes de nuestra ciudad

están a salvo conmigo; a través de mí no serás vencido.  

 

 

Conscientious Objector

 

I shall die, but

that is all that I shall do for Death.

I hear him leading his horse out of the stall;

I hear the clatter on the barn-floor.

He is in haste; he has business in Cuba,

business in the Balkans, many calls to make this morning.

But I will not hold the bridle

while he clinches the girth.

And he may mount by himself:

I will not give him a leg up.

 

Though he flick my shoulders with his whip,

I will not tell him which way the fox ran.

With his hoof on my breast, I will not tell him where

the black boy hides in the swamp.

I shall die, but that is all that I shall do for Death;

I am not on his pay-roll.

 

I will not tell him the whereabout of my friends

nor of my enemies either.

Though he promise me much,

I will not map him the route to any man's door.

Am I a spy in the land of the living,

that I should deliver men to Death?

Brother, the password and the plans of our city

are safe with me; never through me Shall you be overcome.


Versión: Lucilo de la Peña



viernes, 8 de mayo de 2026

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio


Eliseo Diego 


No creo imposible que uno llegue a enamorarse de una muchacha a quien jamás podrá encontrar en las playas de este mundo. La historia de las relaciones humanas está llena de trágicos desencuentros. Ella es quizás una joven en un ahora de hace doscientos años, y él se pasará la vida buscándola afanosamente y acabará como ella, sintiendo una falta tan terrible como el hambre. ¡Cuántos hombres y mujeres insatisfechos, solitarios, no hemos conocido, y el secreto no es otro que éste! ¡Piensa tú en el “seguro azar” que la trajo corriendo a tropezar contigo justo cuando arrancaba el tren, o remontaba el avión, o como fuere en tu caso! Sólo un momento más tarde y ya no se habrían encontrado en toda la eternidad del tiempo. Minutos o siglos, todo es uno y lo mismo para el destino que anda a ciegas.

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio –perdóneme mi esposa– no más con sólo mirar su foto de muchacha. Está sola en un jardín, quién sabe dónde. Viste sencillamente de blusa y saya. Inclina leve la cabeza sobre un hombro y extiende los brazos delicados para acariciar las ramas de un arbusto de flores blancas. ¿A quién o qué mira? Alguien alguna vez lo supo y se ha callado.

Comenzó a escribir cuando pasaba apenas de una niña, ya entonces ganó un importante premio literario. No enturbiaré con otros detalles, salvo para decir que tuvo amores con el nicaragüense Salomón de la Selva, inmenso como su nombre. Es él quien vive aún en el poema sobre el ferry que ella tituló, en español, “Recuerdo”. José Coronel Urtecho tuvo la suerte de ser su amigo.  

Salomón de la Selva, Coronel Urtecho y Agustí Bartra tradujeron varios poemas suyos en un cuaderno titulado Renacencia, tan difícil de obtenerlo hoy como de conocerla a ella. Se publicó en Managua, en 1978, en las Ediciones Americanas. ¡Ojalá algún editor tuviese el buen gusto de reeditarlo!

Escojo dejarla así, muchacha desolada en el jardín vacío, con todo el futuro por delante, y en él sus poemas como una sorpresa.

 

Vasija India

 

Allí, mientras me inclinaba sobre la rota vasija 

                                del pueblo de la meseta,

desconsoladamente juntando el dibujo de los fragmentos 

    y apartándolos luego,

aparecieron sobre el borde de la casa dos 

                                embrujados Navajos,

el picamaderos de roja flecha y su novia,

y se acercaron con adorable agilidad

a la pérgola, relumbrando la maravilla de sus alas;

allí se estuvieron, misteriosos y duros y bruñidos,

arrancando las bayas añiles de la esparcida madreselva 

    con el fuerte pico de ébano.

 

Su cabeza sin cresta 

llevaba la roja luna llena por corona;

el negro de la luna nueva era un creciente en cada pecho;

de los cuerpos de ambos un visible calor golpeaba 

                                            descendiendo,

y del movimiento de sus cuellos una sombra volaba y caía

rasando el patio y en la amarilla pared de adobe

abriendo una brecha azul.

 

Poderosa era la belleza de los pájaros.

Resonaba como una campana golpeada 

                     en el silencio profundo y cálido.

Me incliné sobre el raído barro; apasionadamente

clamé a la belleza de los pájaros:

“¡Consolad a la vasija rota!”

 

La belleza de los pájaros abrió sus labios para hablar:

sus palabras eran colores,

el dardo escarlata en la mejilla gris,

la baya de púrpura en el pico de ébano.

Dijo: “No puedo consolar

la cosa rota: sólo puedo rehacerla”.

 

Sabiduría, flor herética, tuve miedo de tus grandes,

¡fríos pétalos sin aroma!

Conmovida, traicionada,

me volví al alivio de la pena, me incliné

sobre los encantadores fragmentos.

Pero su color se había desvanecido en la fiera 

                                   luz de los pájaros.

Y en cuanto a los pájaros, se habían ido.

Tan rápidos como vinieron,

se habían ido.    

 

Conversación con los difuntos, Turner, Ediciones del Equilibrista, Madrid, 1991, pp. 96-97 y 101-03. Uno de los tres poemas de Edna St. Vincent Millay (1892-1952) que Eliseo Diego incluyó en su tesauro de traducciones de poetas muertos. 


miércoles, 6 de mayo de 2026

Edna St. Vicent Millay: Euclide Alone

 


Solo Euclides miró la belleza desnuda.

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza,

Y tiéndanse por tierra sin alzar la cabeza

Y cesen en su examen, con la mirada muda.

 

Contemplando la Nada, que en complicado esbozo

va trazando sus vanas formas con ligereza,

sus graznidos de ganso, que el héroe su grandeza

busque libre del polvo entre el aire luminoso.

 

¡Oh cegadora hora, santo, terrible día!

¡En sus ojos la saeta primera refulgía (¿)

De la luz desintegrada! Euclides solamente

 

vio la Belleza pura como dicha sobrehumana.

Del que con su sandalia afirmarse potente,

Sobre piedra una vez, y luego ya lejana. (¿)

 

(Traductor no identificado)

 

 

Nadie miró jamás la belleza desnuda

cual Euclides. Que callen los que hablan de belleza,

y humillando en el polvo la vacía cabeza

a la nada contemplen con gran mirada muda.

 

La nada, vana urdimbre de complicados trazos,

Digna de los graznidos del ganso. El generoso

Héroe quiere saltar al aire luminoso

Librándose del polvo y sus pesados lazos.

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

cuando por primera vez la belleza relucía

de fragmentada luz. Que Euclides elegido

 

fue para contemplar la belleza de frente.

Dichoso el que de lejos y un instante presente

su sandalia en la piedra oyó sobrecogido.

 

Traducción de Emilio Ballagas

 

 

Solo Euclides ha visto la belleza desnuda

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza

Y a la hermandad del polvo humillen la cabeza

Cesando el divagar, con la mira aguda

 

Fija en la Nada, que mil formas muda

En complicada urdimbre trazada con presteza,

Sus gemidos dé el ganso, que el héroe su grandeza

Busque entre luz, librándose del polvo que lo anuda

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

Cuando la primera flecha de luz desintegrada

Refulgió ante sus ojos: ¡Solo Euclides vería

 

La Belleza desnuda! ¡Oh, gracia inigualada

Del que de su sandalia escuchó la armonía

Sobre piedra una vez, y luego, ya apagada.

 

Traducción de Amparo Rodríguez Vidal

 

Euclid Alone

 

Euclid alone has looked on Beauty bare.

Let all who prate of Beauty hold their peace,

And lay them prone upon the earth and cease

To ponder on themselves, the while they stare

 

At nothing, intricately drawn nowhere

In shapes of shifting lineage; let geese

Gabble and hiss, but heroes seek release

From dusty bondage into luminous air.

 

O blinding hour, O holy, terrible day,

When first the shaft into his vision shone

Of light anatomized! Euclid alone

 

Has looked on Beauty bare. Fortunate they

Who, though once only and then but far away,

Have heard her massive sandal set on stone.

 

 

Edna St. Vincent Millay, Collected Poems


miércoles, 29 de abril de 2026

La admirable música cubana


Robert Desnos

Crucero de ambiciones, Cuba, es también un crucero de razas, de esa mezcla misma, ella ha sacado su originalidad profunda. Cierto que los chinos, a pesar de sus alianzas frecuentes con los negros, permanecen todavía aislados por sus costumbres. Pero los negros han sabido imponer a la música española, importada por los primeros colonos, sus ritmos y  sus instrumentos. Cuba, por otra parte, es tierra de elección para la música.

Las trazas más vitales de supervivencia de los indios que aún perduran, siboneyes, precolombianos, son instrumentos de música: el “güiro”, calabaza hueca y estriada que se rasca con una pequeña paleta; las maracas, calabazos provistos de mangos y rellenos de guijarros recogidos al claro de la luna; la botija de barro, que se toca soplando y produce un sonido grave. 

Los españoles han aportado a la orquesta cubana, el tres, guitarra de tres cuerdas, y los negros trajeron del África la clave, (dos pequeños trozos de madera muy dura que se golpean al ritmo y dan un sonido muy claro), dos tambores, el bongó, extraordinario piano de lata que llaman marímbula; los timbales, el diente de arado y la fabulosa quijada, que no es otra cosa que una mandíbula de buey llena de arena.  

Estábamos en la playa de la Habana, no muy lejos de la ciudad, y sin embargo en un lugar desierto.  Las barracas de tablas iluminadas por candiles, ofrecen a los visitantes el delicioso bacardí y las fritas. Los músicos están allí, al conjunto se les une un cornetín. La música comienza salvaje y truena, algunas veces trágica, con frecuencia triste, a ratos exaltada y siempre afrodisíaca. Bajo el cielo estrellado, los negros se dejan poseer por la música. Muy pronto estarán como borrachos y yo mismo sentiré un furioso deseo de fundirme a ellos, de bailar con ellos, tal es el poder de esta música de sorprendente embrujamiento.

Los americanos blancos del Norte, tienen el jazz y los negros yanquis, el blues. Los de Jamaica entonan los cánticos del Ejército de Salvación. Los guadalupeños y martiniqueses tienen canciones tiernas y sentimentales. Pero el negro de Cuba tiene la rumba, y sobre las ruinas de la música de antes –la Habanera hoy desaparecida- toca el son, genuinamente cubano. El campesino blanco prefiere el lento recitativo del punto o bailar un zapateo, mientras que la aristocracia pierde poco a poco el recuerdo de la Canción.

EL DANZÓN. La música cubana se encuentra,  además, en plena evolución. Nos daremos prisa para hablar del danzón, antes que vaya a reunirse con la Habanera y el bolero. 

En el curso de numerosas incursiones a Cuba -¿no merodearon por la Habana en varias ocasiones?- los piratas franceses de la isla Tortuga, importaron la contradanza normanda. Esta se modifica desde luego y a fines del siglo XIX, Ignacio Cervantes hizo triunfar una nueva forma de danza –este era el nombre cubano de la contradanza- que se volvió danzón. Hoy el danzón, a su vez, empieza a desaparecer absorbido por el son.  

EL SON. Del Son puede decirse verdaderamente que es de viejo origen, pero de origen puramente cubano. En el siglo XVII una mujer trovadora recorría la región de Santiago de Cuba cantando los primeros sones compuestos por ella. Uno de ellos se hizo célebre y lleva su nombre: el son de Ma Teodora. Modificados y enriquecidos por el aporte indio muy melódico (las quejas heroicas de la reina Anacaona que fue destronada por los españoles) y sobre todo por las importaciones negras (rumbas y cantos religiosos) el son ha llegado a ser ahora la forma musical más popular de Cuba. Es una música conmovedora y poética que merece por más de un título ser conocida en Francia. Absolutamente nueva para nosotros, en nada se parece al jazz y podría  desempeñar la función purificadora en la hora actual en que éste va hacia el academicismo y la canción llamada francesa está bien muerta.

El son ha sido consagrado por los acontecimientos cubanos del último lustro.

Fue cantando la Chambelona que se hizo la campaña política contra el Presidente Menocal y es cantando Pero Miguel...que se expresa la melancolía amorosa de la isla.

Pero Miguel los hombres no lloran

¡Ay María Luisa eres el diablo

y si tu no me quieres

me voy a morir de amor.

Y más recientemente, cuando la baja mundial del precio del azúcar hizo sentir sus efectos terribles en el campo cubano, es el son el que expresa el desencanto del cortador de caña que ya no podía ganarse la vida:

Yo no tumbo caña

que la tumbe el viento

que la tumben las mujeres

con sus movimientos.

Yo evoco, a veces aquel rincón en calma, de Cuba, donde cantaban los negros. De un lado del Atlántico, abierto al este; del otro, el campo, más allá el mar caribe...


Publicado originalmente en Le Soir (Paris), 11 avril, 1928; luego en castellano, probable traducción de Alejo Carpentier, en Gaceta Musical (París), Vol. 1, núms. 10-11-12, octubre, noviembre, diciembre 1928, pp. 39-41.


lunes, 27 de abril de 2026