martes, 17 de febrero de 2026

Balada del psicoanálisis

  

Lawrence Durrell

  

(Lunes)

Sueña que la persigue un negro presumido

Pero una caída de agua en el rostro de carbón 

                                      obstruye el sueño.

Algo largo y enjuto como un cable,

Lento como un glaciar, frío como cosmético,

Algo en su interior susurra: "¡Grita!"

 

(Martes)

Sueña que la persigue un hombre en camisón,

Lawrence de Arabia vestido con una sábana,

Luego la encierran los tripulantes de un barco Liberty con

Pilas y pilas y pilas de carne enfriada

Mientras las voces repiten: "Come".

 

(Miércoles)

Sueña que está esposada a un empresario de bailes,

Que la persiguen alrededor de una pista de patinaje:

Engulle el anillo de compromiso de su dedo,

Cae en un charco pero no puede hundirse

Aunque sus prendas íntimas comienzan a encoger.

 

(Jueves)

Sueña que es reina de una montaña de corcho,

Demasiado caliente para caminar sobre ella, 

                       demasiado fría para usarla.

Desnuda, pincha con un tenedor de tostadas

Una estatua de Venus recostada:

No se cobran extras por el deterioro natural.

 

(Viernes)

Sueña que es un equipo de perros que arrastra 

                                           al pobre Scott

De un tirón hasta los confines del polo,

Pero de súbito la nieve se vuelve ardiente,

y cuando llegan el polo es apenas un agujero vacío,

Un geyser que silba en una montaña de carbón.

 

(Sábado)

Sueña que es la reina de una civilización urbana,

Encantadora como Elena pero condenada a ajarse.

Bajo sus muslos fluyen los ríos capitales,

El Rin y el Valga mansos como aceite,

Hamlet le ofrece un florete embotado.

 

(Domingo)

¿Qué tiene ella, que nosotras no tenemos?

¿No es acaso feliz y además encantadora?

Sueña que su marido es un director de Banco

Encerrado en la jaula de los monos del Zoológico.

Éste es el cuadro clínico, pero ¿qué podemos hacer?

 

  Traducción: Celia García Terrés


 Versión de la Revista REUNIÓN, Buenos Aires, Verano/1949. Se reprodujo en Revista de la Universidad de México, Enero-Febrero, 1963. p. 48.


domingo, 15 de febrero de 2026

Sitiocampo

 

   Pedro Marqués de Armas 

 

  Aunque te empujara con mano maestra (aunque te empujara por los derriscaderos), esos huequitos no te los abrió la historia. Se dice fácil, pero a veces es necesario abrir la calota y, a ras de la duramadre, tirar hasta el fondo. Como si se tratara de sostenerse al filo de lo que no es lenguaje: el velo del amnios, el muladar con las momias, y lo que llaman “parte trasera” en una escuela rural. Solo allí comienza lo narrado: nacimiento y muerte en setos de Campeche, no en camas de hospitales suizos.

  Oh tú ajeno hasta el extrañamiento.

  Como Woyzeck, antes de salir a escena.



  De Óbitos (2015). 


sábado, 14 de febrero de 2026

El exilio invisible

 


  Guillermo Cabrera Infante

 

       "¡Es horrible! Pero ¿a qué arte diabólica debe someterse a un hombre para que lo vuelvan invisible!". "No es un arte diabólica. Es un proceso..." 

                 H. G. Wells, en El hombre invisible

 A veces, me creo invisible. Sucede cuando me quito mi americana detweed, mi pull-over de lana, mis pantalones de pana y mis zapatos de vaqueta virada; luego, toda la ropa interior, y me miro al espejo ¡y no veo nada! ¿Seré como el extraño que llegó a una inn, lejana posada inglesa, un día de invierno, invisible de veras? Al menos, mucha gente me lo hace creer, como si yo fuera una versión del rey que iba en cueros y nadie se atrevía a confesar lo que veía. Soy el revés del rey, por supuesto. Voy vestido, pero el efecto es como si fuera disfrazado, aunque me quede desnudo: si me quito toda mi ropa inglesa, nadie ve nada. Soy (lo sabe hasta el proverbial niño de cinco años) un exiliado cubano. Existo, pero no en exilio. Mi hábito me hace inglés, pero mi desnudez me aniquila. Sólo soy yo gracias a mi vestimenta.

 Hasta la palabra que podría designar mi status es diferente para mí ahora. En Cuba, antes, por ejemplo, los republicanos refugiados de la guerra civil, llámense Casona o El Campesino, era exilados. Ahora todos los desterrados que hablan español por el mundo en diáspora son exiliados (menos los cubanos). Debemos recordar a esos judíos que venían huyendo de Hitler que tampoco eran exiliados: eran judíos, casi intocables. Lo mismo pasa con los exiliados cubanos, judíos de Castro. No somos marranos, pero somos gusanos (apelativo castrista). Goebbels inventó un mote parecido para los judíos: ungeziefer (alimañas). Es fácil eliminar a un hombre cuando no es ya un hombre, sino una alimaña o un gusano; pero siempre hay sangre, cadáveres: un embarro. Es más limpio hacerlo invisible. Mi invisibilidad recuerda, a ese escamoteo verbal que practicaba la Real Academia de la Lengua para eliminar lo indeseable. Así, el Diccionario manual (ilustrado) olvida la palabra exilio, y en la página 711, columna A, salta de exiguo a eximio, con arte de birlibirloque, pero en medio (¿para pedir perdón o cubrir la vacante?) pone eximente. ¡Presto! El exilio desapareció y los exiliados o exilados se esfumaron hacia el limbo lingüístico o legal. ¿Busionismo o mera ilusión? Para Franco (mi edición es la de Espasa Calpe de 1950) no había exilio: había sólo una roja desbandada. Los exiliados no existían, españoles o no. Como decía ese otro tirano grotesco, el rey Ubú: "Si no hay Polonia, entonces no habrá polacos" (como para que medite Jaruzelski sobre su problema polaco y una posible solución rusa). Si no hay exiliados, no hay exilio: es una simple proposición lógica. En Cuba, donde todos los emigrantes españoles eran gallegos (como si los cubanos no sólo presintieran a Franco, gallego epónimo, sino que Fidel Castro, gallego anónimo entonces, también sería posible: cosa curiosa, la taxonomía tiene más de magia que la astrología), los judíos eran para nosotros polacos todos, Así, el cubano de la calle fue más efectivo que Hitler y pudo encontrar la solución final desde el principio (desde antes, es más). Para los que creen que todo mañana será siempre mejor (como si acortaran la palabra futuro a mero fruto), el gran Diccionario de la Real, edición de Espasa-Calpe de 1956, admite el exilio, pero no los exiliados.

 La Limpia y Fija puede ser, sin embargo, en su progreso retrógrado (sí que existe este movimiento: no en física, pero en política), más resueltamente avanzada que muchos escritores llamados progresistas simplemente porque no quieren confesarse comunistas. Un conocido crítico literario uruguayo escribe un largo y sesudo ensayo sobre el exilio en América, y no encuentra más que un cubano exiliado o exiliable: José Martí. ¿Habrá que recordar al lector español que Martí murió, no de naturaleza, en 1895? Un escritor suramericano, laureado, hace un discurso ante una academia, pero no sobre literatura, sino sobre exilios, y escoge a Chile -¿arbitrario?- como el país más dado al exilio. Un millón de chilenos ha abandonado a Pinochet a su soledad de los Andes, asegura auténtico. ¡Es un diezmo!", terminó el informe para académicos, sin una sola mención a Cuba, país modelo en cuanto a la forma de tratar a sus disidentes y descontentos, como se sabe. La exquisitez de Fidel Castro en estas cosas es ejemplar.

 Pero la verdad desnuda es boyante y siempre sube a flote en todo medio espeso. Hay cerca de un millón y medio de cubanos viviendo en el exilio desde 1959 (algunos miles eran batistianos, cierto; pero entre ellos estaba también -¿casualmente?- el primer presidente castrista), y es sólo ahora que la población de la isla rebasa los 10 millones de habitantes. Se trata, como es obvio, de algo más que un diezmo. Es, de hecho, diezmo y medio, pero inmencionable, tabú. Como al olmo, al futuro se le piden peras, no peros.

 Un escritor porteño pasea melancólico por las bibliotecas de Europa su largo exilio apolítico y, tras haber asumido la frase francesa "nada mata tanto a un hombre como verse obligado a representar su país", se permite los riesgos del inmortal y no sólo representa a otro país, y a otro, y a otro, sino hasta un continente y una causa. Su exilio se había hecho apocalíptico. Este escritor, que había abandonado Argentina en 1952, odiando a Perón hasta la náusea física, pero aún más a Evita, aparentemente sufrió el síndrome que su maestro argentino diagnostica como hecho de "sucesivas y encontradas lealtades". Así, fue exiliado antiperonista; luego, peronista; después, antimilitares antiperonistas, y ahora, generalizante militante d'apres des iles Malvinas. Pero, preguntado por un periodista mexicano por los escritores cubanos exiliados, declaró, con énfasis en sus erres todavía francesas: "No hay escritores exiliados de la Revolución. No hay más que gusanos". Lo que, por supuesto, niega la posibilidad de alfabetizarse a toda larva analfabeta y, de paso, el acceso a la escritura a cada gusano que quiera brillar ilustrado como mariposa literaria. Este escritor será materialista, pero naturalista no es. Estará cerca de Marx, pero lejos de Linneo.

 Un grupo de refugiados políticos antiguos y actuales se reúne en Madrid para intercambiar memorias del exilio. Los hay de todas partes de España y de América (menos de Cuba). Nadie -está de más decirlo- echó de menos a los cubanos, los exiliados americanos que llevan más tiempo en España. ¡Curioso y curioso!, diría Alicia, furiosa. Había en este simposio neoplatónico hasta un inusitado diplomático mexicano en funciones, que debía ser un exiliado oficial o un observador de la ONU. Pero los cubanos, visibles en todas partes, ya innombrables, eran allí invisibles. Es cierto que la reunión era más frívola que seria, a pesar de la edad respetable de los reunidos. Era como una cana al aire político. Se llegó incluso a hacer el elogio del exilio como si fuera un gusto adquirido. Pruebe, por favor, un poco más de ostracismo. ¡Ummm! ¡Qué delicia! Parecía, de veras, cierta nostalgia de Franco invertida (como Vizcaíno Casas, pero con comicidad más espontánea). Este elixir de exilio era español en la memoria colectiva y -¿por qué no decirlo?- festiva. Pero recuerdo hasta exiliados andaluces que, como no eran gitanos, eran infelices. Conocí, por ejemplo, al más triste de todos los poetas españoles exiliados, Luis Cernuda, y me pareció un hombre calmo, pero desesperado: una especie de suicida tan correcto que no se pegaba un tiro por temor de herir a sus amigos. Cernuda, ciertamente, no habría estado en este convivió.

 Ahora, el ministro de Cultura de Castro (que existe, porque lo he visto en fotos, bien visible en su traje oscuro a rayas blancas verticales: todo, hasta el chaleco, lo hacía indiscernible de un capo secundario en El padrino) declara a EL PAÍS, con su gerundio atropellado, que no hay escritores de alta "escala intelectual" que hayan abandonado el país (queriendo decir Cuba), y nombra a Juan Marinello (a quien llama Marinero, ¿en tierra?), a Fernando Ortiz, a Carpentier y a Lezama Lima con el mismo ceceo ansioso. Pero olvidó decir que todos los mencionados están en Cuba ¡porque están muertos! Hace tiempo que todos ellos (y ahora incluyo yo a Virgilio Piñera, el mejor teatrista cubano de todos los tiempos, que también se quedó en Cuba para vivir de miedo y morir de un susto sostenido) están bajo tierra, y si no los secuestran los gusanos de Hamlet, polític worms, no veo cómo podrán dejar la isla, cruzar los mares o los aires, emigrar (para devenir ellos también cadáveres invisibles). Pero sucede que, siempre desafortunado, el primer ministro de Cultura y Luces de Cuba castrista hace hincapié en Lezama, sobre cuya eminencia nos ilumina con el esplendor de una noticia: antes que perseguir a Lezama, ahora en Cuba se le ezalta. Esta exaltación, naturalmente, tuvo que esperar a la infausta muerte del poeta. Todos los que saben leer (quiero incluir aquí a Armando Hart, sin desarmarlo) saben que de Paradiso, la obra maestra de Lezama, no se hizo más que una sola edición de cinco mil (5.000) ejemplares en 1966, que se agotó en seguida (para no reeditarse jamás). Aparentemente, por su exaltación del homo-zezual, la bestia negra con dos penes para Castro: obscena, contra natura, contrarrevolucionaria. A partir de 1971, cuando Lezama fue involucrado por la seguridad del Estado (que tiene los mejores lectores de Cuba: leen desde cartas hasta palmas de la mano) en el caso Padilla, no se volvió a publicar siquiera un ensayo suyo, como lo revela Lezama en sus cartas a su hermana. Es desde este más allá epistolar que el poeta proclama ahora su desmentida y su exilio, interiores ambos: "No es lo mismo estar fuera de Cuba que la conducta que uno se ve obligado a seguir cuando estamos aquí, metidos en el horno. Existen los cubanos que sufren fuera y los que sufren igualmente, quizá más, estando dentro de la quemazón y la pavorosa inquietud de un destino incierto...".

 Aparte de mis subrayados, ¿las repetidas menciones a horno y quemazón no declaran que el escritor oscuro habla claro, no del paraíso, sino del infierno, del poeta y de sí mismo como un Fausto condenado? Fue Lezama quien inventó la metáfora del creador como un poseso penetrado por un hacha suave. Pero ¿qué del poseso al que se le niega toda posesión: la esencia y la existencia y el mismo cuerpo sólido que contiene su conciencia? Me siento entonces como el extraño que llegó a la posada Coach and Horses, en un lugar remoto de Inglaterra, hace casi un siglo.

 Así describe su revelación un hombre que sabe de estas cosas: "Se puso una mano sobre la boca y, al retirarla, el centro de su cara se convirtió en un hueco vacío... Cuando, finalmente, se quitó las gafas, todos los presentes se quedaron atónitos: el forastero era invisible". Esa aparición era una desaparición.


  El País, mayo de 1983.

jueves, 12 de febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez

 

 Fernando Vallejo


 Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.

  Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.

  –¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.

 –No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.

 –¿Como cuáles?

 –Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.

 Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...

  Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.

 ¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.

  Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.

 Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.

 –¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.

 –Jesús –me contestó.

  Se llamaba como el Redentor.

 –¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.

 –Hacemos lo que tú quieras –me contestó.

 –Entonces vamos a mi hotel.

 –Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.

 –¿Y de quién la están defendiendo?

 –No sé.

 La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.

 Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.

 Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.

 –¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apunté para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabas de un solo tiro con la literatura colombiana.

 Fíjate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.

 –No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.

  Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.

 ¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.

 Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à troisune messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.

 Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.

 –Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.

 –Yo también me puedo morir –me contestó.

 Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.

 Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.

 Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.

 Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 

 

 Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.