miércoles, 1 de julio de 2026

El corresponsal cubano de Freud. El caso de Juan Marín


  Pedro Marqués de Armas 


 Corresponsal cubano de Freud y del Instituto Psicoanalítico de Berlín y al frente por unos años de la sección “Psicoanálisis” del periódico El Mundo. No confundir con el Juan Marín chileno, médico y escritor de vanguardia, autor de novelas psicoanalíticas, con un intercambio epistolar más profuso con el maestro vienés y, en fin, llamado a opacar el nombre del cubano. De hecho, alguna que otra alusión fue atribuida al chileno, como ocurre en la correspondencia entre Freud y Anna Freud, por ejemplo.

 El Juan Marín cubano asomó al panorama psicoanalítico algunos años antes que el autor de Paralelo 53 Sur, a mediados de 1929, cuando era un hecho la Liga de Higiene Mental establecida por Juan Portell Vilá, cuyos artículos y gestiones a favor de introducir el psicoanálisis en Cuba tenían ya un cierto recorrido.

 Al parecer aquel verano Marín tomó la iniciativa de escribir a Freud a nombre de un reducido grupo de médicos y maestros interesados en el psicoanálisis. Como era habitual, tanto en lo relativo a proyectos en ciernes, como ante envíos de libros y folletos escritos por latinoamericanos, la respuesta de Freud no se hizo esperar. Y Marín corrió a la redacción de la Revista de Psiquiatría y Neurología que dirigía Portell Vilá para dar la buena nueva.

  No hemos dado con esas cartas iniciales pero conocemos parte del contenido gracias a la sección “Noticias” de la citada revista. Escrita, probablemente, por el propio Juan Portell Vilá, he aquí la nota en cuestión titulada -como si ya existiera- “La Revista de Educación Sexual y Psicoanálisis”: 

Hemos recibido la visita del Profesor Marín, que tiene establecido en el Vedado la Escuela Vocacional, y a quien nos une una verdadera amistad, para darnos a conocer una carta autógrafa del doctor Freud, donde se congratula de que el Profesor Marín, juntamente con algunos médicos de esta Capital, piense darle un gran impulso a la educación sexual y a la clínica psico-analítica, para cuyos fines se propone publicar en breve una Revista mensual que llevará por nombre esos mismos propósitos y que constará de tres grandes secciones.

 Estas eran la de educación sexual y pedagogía, destinada a “aspectos como la vocación de los niños y adultos”, lo que el autor definía como lo “psicagógico”. La de psicoanálisis clínico y “tratamientos complementarios”, como “la psicoterapia, la organoterapia y el control cerebral”. Y una sección dedicada al seguimiento “literario, crítico y filosófico del movimiento psicoanalítico mundial”. Se pretendía echar mano, para la última, de “reseñas extractadas de las revistas que se dedican a estudiar esta nueva rama del saber humano.”

 Semejante propuesta acorde al interés por diseminar el psicoanálisis y su empleo en la educación, así como a propagar el movimiento psicoanalítico, no debió a esas alturas sorprender a Freud, quien tal vez la haya enmarcado en un ámbito más cultural que propiamente técnico, dejando abierta la comunicación. Un año más tarde, la proyectada revista no existía pero el intercambio epistolar se mantenía activo.

 El hecho de que el 27 de julio de 1930 Juan Marín se dirigiera al Instituto Psicoanalítico de Berlín en una carta escrita en alemán -lengua que, según propia confesión, dominaba- indica que pretendía legitimar su práctica psicoanalítica mediante un documento oficial. Como demuestran Plotkin y Ruperthuz en Estimado Doctor Freud, en estos casos Freud evadía el asunto o lo delegaba. En términos burocráticos, lo remetía al canal correspondiente.

 El Instituto Psicoanalítico de Berlín, que dirigía Max Eitingon desde 1925, había organizado la enseñanza del psicoanálisis en forma de cursos teóricos, con la colaboración de varios de los más importantes psicoanalistas de la época, además de ocuparse de las labores de formación, es decir, de admitir o no las candidaturas para el psicoanálisis didáctico. En cuanto a los cursos, de más fácil accesibilidad, contaron cada vez con mayor participación y, en 1930, estaban en su apogeo. Freud, por tanto, debió dirigirlo a Max Eitingon. He aquí la misiva:  

 Escuela Vocacional de Cuba

 Calle 8 no. 30 Vedado

 Habana

                                                           Habana, Cuba, julio 27 1930

                                                           Instituto psicoanalítico de Berlín

                                                           Berlín W, 2. 

 

 Señor:

 Por la presente me permito solicitar si es posible seguir vuestros cursos de psicoanálisis por correspondencia, ya que desgraciadamente no me es posible participar personalmente.

 Yo podría seguir los cursos en inglés o en alemán y estaría además de acuerdo a correr con todos los gastos por el franqueo postal. Me gustaría igualmente saber si existe la posibilidad de certificar mediante documento escrito el hecho de haber seguido vuestros cursos por correspondencia.

 Tengo ya una cierta práctica en psicoanálisis y me gustaría extender mis conocimientos.

 A la espera de recibir respuesta por vuelta de correo, reciba las mejores salutaciones.

                                                                                                                                        Juan Marín

 Dirección

 Profesor Juan Marín

 Calle 8 número 30 –Vedado

 Habana, Cuba

 

 Reproducida en 1987 en el volumen “Ici, la vie continue d'une manière fort surprenante", Contribution à l'histoire de la pyscanalyse en Allemagne, que recoge gran parte de los archivos de la IPB, y citada luego por Jacquy Chemouni en su Histoire du mouvement psychanalytique (1990) como ejemplo de “cierta práctica del psicoanálisis en Cuba”, no sabemos si la petición de realizar el curso por correspondencia, ya que no podía trasladarse a Berlín, le fue aceptada. En cualquier caso, resulta obvio que Marín no solo desea ampliar conocimientos sino recibir un documento que acredite su formación.

 Su comunicación en modo alguno cesa después de este episodio, y así lo atestigua una carta que Freud dirige desde su consulta de Berggasse 19, a Anna Freud, que ya entonces se encargaba de sus asuntos y, en particular, de tramitar la correspondencia. Por lo expuesto se deduce que Marín se escribía también con Anna, usando la dirección de su padre:

Encontrarás –dice Freud a su hija- todo tu correo en un mismo envoltorio, y, puesto aparte, el informe de la Horney [se refiere a Karen Horney] y un número colosal de un periódico español, El Mundo, que Marín te envía desde La Habana.

 Incluida en 2006 en la edición alemana de la correspondencia entre Freud y Anna, y traducida al francés par de años más tarde con prefacio de Elizabeth Roudinesco, en sendas notas a pie de página, el editor se refería a Marín:

No identificado. Podría tratarse del escritor chileno Juan Marín (1900-1963), cuya obra principal, Paralelo 53 Sur, describe un destino humano de colectivización dominada por la avidez, los celos, el alcohol y el sexo. Marín estuvo quizás, en tanto que colaborador de El Mundo, presente en la ceremonia del Premio Goethe en Francfort; donde podría haberse encontrado con Anna Freud.

 Sin embargo, en la segunda nota, referida al material recibido desde La Habana, es decir, al citado periódico y a la indicación en español que lo acompañaba, el editor puntualiza:

La Habana [exactamente “San Cristóbal de La Habana].”

 Como decía al inicio, Marín llevó por un tiempo el espacio “Psicoanálisis” del diario El Mundo. Coincide sin más con la referencia aportada por Freud, y únicamente habría que sustituir "periódico español" por "periódico en español". Calculamos que haya aparecido en septiembre de 1930, y que corresponda con un dossier organizado por Marín quien, para esa fecha, había logrado establecer la sección de psicología de la Liga de Higiene Mental, al tiempo que aunaba, en torno suyo, a un grupo de médicos y periodistas interesados en otros “saberes”, como la teosofía, el espiritismo y la etnología.

 La correspondencia de Marín con los centros psicoanalíticos europeos puede que haya sido más extensa. De momento podemos organizarla así: en el verano de 1929 escribe a Freud y le comunica su plan de realizar aquella revista; a finales de agosto o comienzos de septiembre recibe respuesta; en julio de 1930, seguramente por sugerencia del propio Freud, se dirige al Instituto Psicoanalítico de Berlín; y, por último, en septiembre de ese año envía a Anna Freud aquel número del periódico El Mundo.

 Como fue habitual entre los psiquiatras, pedagogos y antropólogos latinoamericanos que sostuvieron intercambio epistolar con Sigmund Freud, estos solían reproducir los mensajes del médico vienés en sus propias revistas o espacios de prensa. El caso de Marín no debió ni de lejos ser una excepción. Su comunicación, no precisamente escasa, por lo que vemos, le habría aportado un “plus de legitimidad” dentro de los gremios profesionales e intelectuales cubanos que debió tener en él un efecto cegador.

 Tal es así que desde la Liga de Higiene Mental se emitió, el julio de 1930, el siguiente comunicado:

Rogarle al profesor Marín, que dirige la sección de Psicoanálisis en el periódico El Mundo, que subsane el error que comete en uno de sus párrafos de su primer artículo, donde dice: "que desconoce por completo los nombres de las personas que hayan podido dedicarse al psicoanálisis en Cuba y que solamente su modestísimo nombre figura en las revistas extranjeras", demostrándole por el contrario que entre otros autores el Dr. Juan Portell Vilá, secretario de la Liga, hace más de cinco años que viene publicando extensos trabajos sobre esta rama psicológica, los cuales ha leído el profesor Marín, así como los trabajos presentados al V Congreso Panamericano del Niño, uno en la Sección de Psicología y otro en la Sección de Educación Sexual.

 Se trata del inevitable pugilato por la primacía profesional y consuma, sin duda, una ruptura que venía produciéndose entre los dos autoproclamados psicoanalistas y promotores del psicoanálisis en Cuba durante los años veinte y treinta. 

 Si alguna vez acopiaron fuerzas y esgrimieron mutuas simpatías ante la ocasión de establecer un núcleo psicoanalítico en La Habana respaldado por el mismo Freud, la ruptura parecería inscrita de antemano.

 

domingo, 28 de junio de 2026

La casa del gato que juega a la pelota



  Rolando Sánchez Mejías


  Ya en París, lo primero que vi fue al gato, descansando muellemente en la mesa. Dominique me dijo señalándolo:

  Cucú.

  “Cucú”, repetí para agradar a Dominique (ella me había hecho un descuento importante gracias a un amigo peruano), yo había venido desde la Gare de Montparnasse dando tumbos con mis bártulos, había conseguido llegar hasta la salida del metro donde Dominique me esperaba para que no me perdiera, caminamos un poco y subimos la escalera de un pequeño edificio, estaba cansado, el viaje desde la Habana había sido un verdadero suplicio, Dominique abrió la puerta, fue cuando vi al gato, Cucú se convirtió en mi único compañero, Dominique se iba muy temprano a su trabajo en una biblioteca del extremo sur de París y yo me quedaba escribiendo en compañía del gato,  Cucú era un gato sereno excepto cuando el hambre lo ponía nervioso, entonces maullaba dando vueltas a mi alrededor, yo dejaba de escribir y le servía su ración de Friskies, labor que Dominique me había encargado con insistencia, fue cuando me enteré que Friskies era un producto especial para gatos, consistía en pedacitos de legumbres y zanahorias, secos, con sabor a pollo, la caja traía el dibujo de un hermoso gato de ojos verdes que se relamía de gusto, en un lateral de la caja venía su modo de empleo y el análisis en % de su contenido, por ejemplo: un gato adulto en actividad debía consumir unos 100 gramos del producto, mientras que una gata en gestación alrededor de 130 gramos, al parir, el consumo debía aumentar a 400 gramos, la descripción nutritiva arrojaba un saldo de 29 % en proteínas brutas, siento confesar que el cálculo de tales cifras solía llevarme a la siguiente conclusión: que los gatos, en París, se alimentaban proporcionalmente mejor que yo en la Habana, Dominique volvía tarde, ya para entonces yo había fregado, comprado el pan y cumplido con mis obligaciones respecto al gato, salvo el problema del hambre, Cucú no era un animal exigente (los he conocido peores), me dejaba escribir en paz, hacía sus necesidades en el sitio previsto (una palanganita con gravilla especial) y no andaba pegándose pervertidamente a las piernas de uno (los he conocido peores), los días pasaron, me sentía mejor, me movía en Paris a la perfección, planificaba y efectuaba caminatas, contemplaciones y lecturas en los cafés y jardines, había logrado organizar correctamente mi alimentación, mucha carne, leche y verduras, de tercera, claro, no faltaban el queso ni el vino, también de tercera, engordé y me sentí lleno de una vitalidad excesiva pero reconfortante, empecé a mirar a Cucú con mejores ojos, incluso nos revolcábamos juntos en la alfombra, Cucú patas arriba y yo haciéndole cosquillas en la barriga sedosa y cálida, también Cucú había engordado, le llenaba el pozuelo de Friskies dos o tres veces al día, luego le añadía leche y carne prensada, vivíamos en un pacto arcádico donde la comida era la clave de la felicidad, pero la felicidad (tan frágil) termina un día, ¿qué la quiebra?, no se sabe, tal vez la residua que llevamos dentro y que un buen día salta y da el zarpazo, lo cierto es que yo había vuelto de un rendez-vous con la posible editora francesa de mis cuentos y de ciertos libros un poco amorfos, la conversación había fluido sin problemas, pero al final, nada claro, resulta que Mme M. no quería pagarme lo que yo suponía debía de pagarme por un libro de cuentos cortos: 10 000 francos, Mme M. desplegó una bella y taimada sonrisa cuando le dije la cifra. Contestó:

 3 000 francos. No más. Y con pago fraccionado, según ventas.

 Habíamos empezado hablando de las excelencias del cuento corto, la tesis del tigre que salta hacia su objetivo o la flecha que sale disparada y da en el blanco, o la flecha –añadí yo para hacerme el gracioso— que no va a ninguna parte, todo esto tomando té y picando unas galletitas encantadoras, me sentía a punto de ser feliz, allí, con mi editora francesa, quién lo iba a pensar, poco a poco ella me fue explicando que en Francia se prefería la novela, que era un mal momento para la literatura en general, no  se vendían los libros de cuentos o los libros híbridos, con la excepción de algún que otro clásico que para eso eran clásicos, ¿no?, primero había que publicar una novela,  dos, ¡y entonces el libro de cuentos o el libro “raro”!, al lector había que probarle  –apretó la boca como si me comunicara un secreto– que uno merecía ser leído como Dios manda, un asunto de economía, de economía del lenguaje, y del dinero, añadió, yo trataba de no perderme los ojos azules y achinados de Mme M. que centelleaban pícaros cuando mencionaba la palabra economía, siguió diciendo:

 Aunque con sus cuentos haré una excepción. Claro, habrá que trabajar en dos o tres hilos conductores. Entre nosotros: a veces no se entiende bien lo que usted quiere decir. Querido, óigame bien: el lector prefiere el signo más evidente de la literatura. ¡El lector ama las historias!

 Sí: corroboré soltando por la boca una nubecita blanca (fumo en situaciones extremas) que tomó  primero la forma de un elefante, luego un globo de azúcar y finalmente otro elefante antes de disolverse en formas caóticas, fue cuando dije, adoptando una pose digna:

 –¿Y cuáles serán mis honorarios? Me conformo con 10.000 francos.

 Mme M. se estiro en la silla, como para despejar las arrugas del vestido, fue cuando dijo, calculando la caída de la ceniza en el cenicero:

 –3.000 francos. No más. Y con pagos fraccionados, según ventas.

 Al cabo de medio minuto dije:

 Ah.

 En ese medio minuto pensé: 3.000 francos no es mucho pero ninguno era peor, comer en los árabes, cero cine, pegar la gorra de vez en cuando en casa de Manolo y Chantal, la biografía cara de Céline que esperara, también las botas de cuero para mi esposa, y suplicarle a Domi (en nombre de la solidaridad latinoamericana) otra rebajita en el alquiler… De pronto, no sé por qué, calculé que con 3.000 francos bien podría comprarme unas 110 cajas de Friskies, por supuesto no le mencioné nada a Mme M. acerca del cálculo, sólo le dije: “Ah” y nos despedimos prometiéndonos vernos pronto, ella me detuvo con un gesto

 –Antes de que se vaya... ¿Sabe usted cuánta gente de la que se pasea por las calles de París quiere ser escritor? La mitad. Y de esa mitad la mitad tiene talento. Cualquier francés tiene talento para escribir, y Francia se hundirá entre otras cosas porque la mayoría de los franceses tienen talento para escribir. Escuche. En un café de Sant Germain un hombre fue a escribir día tras día durante quince años. Había que verlo en aquella mesita apartada, doblado laboriosamente en su tarea. Escribía y escribía en enormes cuadernos de contable. A veces levantaba la cabeza, sonreía al pagar y volvía a sumergirse en su trabajo. Movía la mano muy lentamente, deteniéndose como un artífice en cada palabra, qué digo en cada palabra, ¡en cada letra! ¡Supongo que sólo así pueden escribirse las grandes sagas del espíritu! Pedía un chocolate por la mañana y otro por la tarde. En el intermedio una sopa de habas con un vaso de tinto. Con eso le bastaba. Una noche reclinó la cabeza sobre su cuaderno y se quedó dormido. Pero no se había quedado dormido. Se había quedado muerto sobre su cuaderno. No hay imagen más sublime que un escritor muerto sobre sus papeles. Los franceses somos muy curiosos. Siempre queda el morbo de saber en qué un hombre empleó la última parte de su vida. ¿Qué había dentro del cuaderno? Pues bien: garabatos. Garabatos exquisitamente dibujados ¡Cientos y cientos de páginas repletas de garabatos idénticos y perfectos! ¿Obra de la bêtise? ¿Burla in extremis? Quién sabe. De lo que sí no hay dudas es que fue la obra de toda una existencia.

  Se arregló el pelo sobre las orejas, desde la puerta le dije adiós con la mano, entonces ella me dijo acariciando un grueso tomo que adornaba su buró:

 ¿Sabe usted qué habría sido de Balzac si sólo hubiera escrito cuentos o libros raros?

 contesté. Se habría muerto de hambre.

 Hizo un ademán de profunda comprensión y me despidió con una sonrisa, llegué al apartamento, abrí la puerta y lo primero que vi fue a Cucú sobre la mesa, el gato no dejaba de observarme aunque sin gran interés, levanté un dedo y con la boca inflada de aire para que Cucú no se perdiera el efecto disparé: ¡Pum!, contestó con un débil maullido, sentí hambre, en el refrigerador quedaba una porción de pollo cocinado, sólo había que calentarla y cubrirla con mayonesa, calenté el pollo, olía bien, fui a buscar pan a la cocina, cuando volví ya Cucú se había tragado parte del pollo, la mayonesa le brillaba en los bigotes, pensé con el cuchillo en la mano: Dios mío, se ha comido mi pollo.,  Cucú no se inmuto y siguió comiendo, pensé: Seguramente seguirán pasando nubes en la vasta extensión que se avecina, un espacio vacío donde a cualquiera lo roza el ala de la imbecilidad, y descargué el golpe, la pata izquierda de Cucú quedó separada en el acto, el gato maullaba como quien no comprendía bien lo que estaba pasando, solté el cuchillo, corrí al baño y volví con gasa y desinfectante, Cucú se apoyaba sobre la espalda ligeramente ladeado hacia la herida, envolví el muñón lo mejor que pude, la pata seguía en la mesa, junto al plato, había que deshacerse de la pata, y del gato, no sé qué cuento le iba a hacer a Dominique acerca de la pata de su gato, envolví la pata en un periódico, la acomodé en el bolsillo del abrigo, metí a Cucú en una bolsa, se puso a maullar, primero bajito, luego muy alto, finalmente bajito: un lamento en sordina pero insistente, limpié la sangre y bajé a la calle, caminé en dirección a Pigalle  y eché la bolsa con el gato en la basura, más adelante, la pata, me puse a mirar las vidrieras de las tiendas, un clochard desde un rincón me hizo un gesto con una botella vacía, le dije rechinando los dientes: Ya pasó tu momento histórico, si es que alguna vez estuviste en la historia, so cabrón, me lanzó la botella que fue a parar a la calle.

 En un árbol un pájaro describía círculos cada vez mayores, después trazó los círculos en sentido contrario, se posó en una rama y se quedó extático contemplando el cielo, amarillo como los ojos del pájaro.

 Caminé hasta los almacenes Tati y me compré un gorro para el invierno, y un abrigo, y un edredón, para envolverme mientras escribía, durante el invierno, después llegó el invierno, un frío seco, bueno para mi asma, pero gradualmente intenso, Dominique tardó en acostumbrarse a la ausencia de Cucú, lloriqueó las primeras semanas, yo le expliqué que Cucú se había ido por donde se van todos los gatos: por la ventana, en busca de su gata, pero Domi palmoteaba con sus gordas manos meneando la cabeza, hasta que una noche se apareció con otro gato con el que apenas sostuve relaciones, era un puro manojo de nervios y para colmo anoréxico, a Mme M. nunca la volví a ver, una mañana fui a su oficina y sólo encontré a dos obtusos contadores de una cadena de restaurantes griegos, después de los primeros días de frío llegaron días más suaves, cargados de un ligero esplendor que movía las cabezas peladas de los árboles, yo seguía envuelto en  mi edredón, pues el invierno arreció y las cabezas de los árboles se cargaron de nieve.

 Todavía guardo las fotos de París.


  


domingo, 21 de junio de 2026

El regreso

       
 

 Calvert Casey                                                                                                         

                                                                           Mais essayez, essayez toujours...

                          J. P. Sartre.

                    Les jeux sont faits

                        (Última escena)


  ¿Cómo se llamaban esas cosas? ¿Actos fallidos? ¿Alienación del yo? Traducía mal los conceptos psicológicos a la moda, mal entendidos y peor digeridos, que había leído en inglés sin entenderlos mucho, más bien para impresionar a los demás. Pero ¿cuál, cuál, de los muchos actos que realizaba y que había realizado eran realmente actos naturales de su voluntad, actos auténticos que no respondían a la última lectura apresurada de libros de los que sólo había llegado a cortar las primeras páginas con el rico cortapapel de empuñadura inverosímil, a la conversación oída a medias, a la influencia del último conocimiento que trabara, a la última película vista? 

  De la gama total de actos posibles había recorrido una enorme variedad en sus cuarenta años de vida, pero ninguno tenía el menor viso de realidad. Todos se habían inscrito como sobre el lecho arenoso de un río de aguas vagas y tenían el mismo sabor desolado de la arena. 

  Era como si entre él y cada uno de sus actos, de los episodios de su vida, entre él y las gentes que conocía y que parecían tenerle cierto apego, se interpusiera un vacío del que hubieran extraído el aire, y él contemplara del lado de allá, enormemente lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos. 

  Y después de cada episodio -no admitían otro nombre- viajar, amar, odiar, trabajar, hablar, se quedaba inerte, un poco indestructible, como inviolado y entero, no consumado, no usado, dispuesto de nuevo a henchirse de posibilidades, como una virgen terca cuya virginidad se restaurara milagrosamente al final de cada noche de amor, el cráneo brilloso bajo los cabellos ya muy escasos, las sienes un poco grises, pero el rostro joven, extrañamente adolescente bajo el ralo mechón sin vida. 

   Las manos delataban su verdadera edad. Eran las manos de un hombre viejo, un poco nudosas, como ajadas por los mil actos sin vida y sin sangre, las mil caricias hechas al azar, por falta de otra cosa mejor. 

   «¡Pero hasta cuándo tendrás tú cara de adolescente!», le decían sus amigas, mujeres muy interesantes casi todas, de elegancia cansada y de amantes más cansados aún, que le envidiaban la eterna frescura de las mejillas. Con una había tenido amores, si bien muy precarios, con todas amores imaginarios.

   Su imaginación alcanzaba proporciones no vistas. Y era, se decía a sí mismo con dolorosa lucidez, su única, su auténtica, su verdadera vida. 

  Caminando por las calles, en la mesa, en la bañadera, después de dormir, leyendo durante horas con la mirada fija en una misma letra, hablando con las gentes sin hablarles, mirándolas sin mirarlas, en el teatro, donde las piezas se le quedaban a medio oír, oyendo música sin entenderla, trabajando sin trabajar: imaginaba. 

  Imaginaba que podía hablar con todos los seres humanos, de los que se sentía separado por aquel extraño vacío infranqueable. Compensaba el vacío imaginando que hablaba y era escuchado con viva atención y luego citado por todos e invitado a todas partes. Imaginaba que todos le miraban, que los adolescentes se le rendían. Era admirado y deseado por todos. Imaginaba una interminable conversación, brillante, cáustica y profunda, en la que sólo él participaba, y hablaba, hablaba a toda velocidad, con frases al mismo tiempo sosegadas e inteli gentes, plenas de ideas brillantes sobre la filosofía, el poeta o la novela de moda. 

  Sus episodios amorosos eran casi todos, si no imaginarios, sí altamente imaginativos. Hablaba apasionadamente a sus ídolos -casi siempre muy ocupados para verlo- les escribía cartas interminables, que nunca enviaba, imaginaba grandes escenas de transporte amoroso, de placer físico, de comunión anímica, que nunca pasaban a la realidad. Al irrumpir en imaginarios lugares sorprendía a sus amores de turno, castigándolos con una frase feliz y perdonándolos con una sonrisa cargada de comprensión. 

  Además, tenía la manía de creerse el hombre providencial que salvaba las situaciones más espinosas, conciliando pareceres, dirimiendo posibles guerras, rescatando países enteros del desastre. Su vida terminaba en un nimbo de ancianidad gloriosa y dorada, consultado por generaciones de prohombres en algún retiro apacible y oculto.

  Temía sobre todo a los sábados lívidos de aquella inmensa Nueva York donde vivía y adonde habían acudido otros millones como él; a los domingos vacíos con su terrible sabor a ceniza. 

  Esta sensación se agudizaba en los períodos de arrobo profundo con cada nuevo ídolo. Entonces sólo ellos y sus palabras tenían realidad. 

  Todo lo demás se teñía de un color impreciso, perdía contornos y lo rodeaba en un mundo doloroso en el que se arrastraba penosamente, acertando apenas a realizar los actos más necesarios para la vida, y a pronunciar las palabras más imprescindibles, apretándose el estómago con las manos en un gesto nervioso que le era habitual, hasta que el ídolo reaparecía y hablaba, y por unas horas su mundo tornaba a sosegarse, a reasumir su realidad. Cada nuevo huésped tenía el poder de derribar todo un universo de ideas, reales o prestadas, y actitudes. Al llegar Alejandro, tan deliciosamente ignorante de todo, tan maravillosamente contento y apacible en su ignorancia -y luego, tan centrado, tan seguro, tan inconmovible y sin problemas- todo un pasado de lecturas le avergonzó profundamente. ¡Ah, poder ser como Alejandro, poder ser Alejandro! 

  Desde el fondo tranquilo de sus ojos, Alejandro lo miraba a veces con curiosidad, preguntándose quién sería este extraño ser que le colmaba de regalos y le rehuía, que le escribía cartas muy raras y no exentas de cierta melancólica elegancia literaria, y le hablaba de la premonición y la intuición, asegurándole que lo sentía a través de la distancia. 

  Lo de la premonición le había quedado de otro ídolo, un argentino irascible y áspero, miembro exilado de algún grupo esotérico de Buenos Aires, que junto con un falso acento porteño le dejara un gran amor por autores espiritualistas que nunca tuvo tiempo de leer. La renunciación hinduista que tomara prestada del porteño se avenía muy bien con un tono elegante de cinismo que él creía de moda en Santiago y que adoptara entusiasmado de una amante chilena, y con un cierto regusto por las actitudes estoicas que previamente absorbiera de un griego. 

  A todos los imitaba fiel e irresistiblemente, copiaba sus gestos, sus palabras, sus malas o buenas costumbres, y no descansaba hasta haberse convertido en facsímil exacto de ellos, tratando al mismo tiempo de conservar la primera impresión de conquistador, de amante difícil y deseado que creía haberles causado. Por una palabra bondadosa los colmaba de regalos absurdos, les prometía la holganza a sus expensas para toda la eternidad, y más de uno, de aficiones parasitarias, le tomó la palabra. 

  Tenía unos pocos amigos, matrimonios jóvenes casi todos, en los que presentía la ternura, cuya vida envidiaba suponiéndole una proporción de felicidad que estaba muy lejos de ser la real, de los que recibía atenciones y a los que prestaba servicios cuyo valor exacto desconocía y que él realizaba en la misma actitud sonámbula con que se dirigía al trabajo todas las mañanas. Eran amigos que le estimaban, sin duda, un poco intrigados por la vida evasiva y fantasmal de aquel hombre que se aparecía cuando menos se le esperaba, después de largas ausencias, en que cada crisis, cada nueva pasión se delataba solamente por el recrudecimiento de una violenta tartamudez. 

  Porque para colmo era tartamudo. Este era su humilladero sumo, rastro doloroso de alguna tragedia oscura e ignorada de los primeros años. Esperaba angustiado el momento inevitable en que las gentes volverían el rostro para mirar obstinadamente a un punto aparentemente fascinante del suelo a fin de no ver el rostro convulso, contorsionado por la palabra que se empeñaba en no dejarse pronunciar. Pasado el mal momento, enrojecía y palidecía simultáneamente y para probar que el defecto era imaginario, que jamás, jamás, jamás existió, se lanzaba a una perorata rápida e intempestiva que sazonaba con frases brillantes, chistes y carcajadas inoportunas, hasta volver a tropezar con otra palabra desdichada que le producía nuevas convulsiones. Rojo de confusión y vergüenza, buscaba el refugio donde vivía, cerraba a cal y canto las ventanas, y aplicaba un fósforo al mechero de gas con que se calentaba, preguntándose melancólicamente si no era preferible dejar fluir el gas sin encender la llama. 

   Luego volvía a decirse que el mundo de su imaginación era el único digno de vivirse, reunía a su público de las grandes ocasiones, imaginaba las invariables situaciones tremendas, y hechizando a uno y conjurando otras, su vida adquiría nuevo sentido, su corazón se sosegaba y al escuchar los aplausos y recibir los emocionados apretones de mano, sentía las lágrimas rodarle por las mejillas y abrazaba a la humanidad entera en un inmenso abrazo, ferviente y compasivo. ¡Ah, la pobre, la triste, la desdichada humanidad! 

   Vivía, como tantos otros millones de seres en la enorme ciudad, completamente solo en un viejo apartamento desprovisto de calefacción, que era preciso calentar con gas o con carbón, y que cada mañana amanecía helado. El edificio era uno de muchos miles construidos el siglo anterior para familias obreras. Abandonados por generaciones más prósperas en busca de albergues más modernos, los edificios venidos a menos y semidestruidos estaban ocupados por señoras inmensamente ancianas, viudas que esperaban un cheque providencial de la beneficencia pública para sobrevivir, viejos que desempeñaban funciones de sereno en alguna fábrica en espera de la muerte, pianistas sin piano, violinistas sin violín, cantantes sin voz, en cuyas paredes alguna foto amarillenta recordaba un recital olvidado, actores sin trabajo, actrices sin papel, y por la enorme masa de gentes que arribaba a la ciudad desde las ciudades del interior del país, dotadas de algún pequeño talento que les había hecho abandonar la vida rutinaria y cómoda del pueblo natal y las condenaba a morir de soledad en los pequeños tabucos, saltando todas las mañanas de los lechos vacíos (o transitoriamente ocupados por algún transeúnte compasivo) para encender de prisa los quemadores de gas y desalojar el frío. 

  Ante la crisis universal de la vivienda, se había puesto de moda entre artistas, pseudoartistas y gente de mucha originalidad y pocos recursos, alquilar las pequeñas estancias y decorarlas caprichosamente hasta convertirlas en una curiosa mezcla de pobreza extrema y extravagancia inútil. La decoración seguía los gustos o aspiraciones, manifiestas u ocultas, de los moradores. De un corredor mugriento se pasaba a una salita adornada con primorosos espejos de marcos dorados. Un ojo surrealista contemplaba desde algún techo que filtraba la lluvia la vida tormentosa de los inquilinos de turno. Brillantes litografías de castillos franceses anunciaban que sus propietarios habían estado en Europa, y se encontraban muchas veces de vuelta. El olor a incienso que inundaba algunas noches los sucios corredores delataba las inclinaciones de los que meditaban en cuclillas, junto a las viejas cocinas siempre apagadas.

   Un mundo de gentes cuya aspiración suprema era estar de vuelta de todo, vivía, pared por medio, con un mundo de rezagados del siglo anterior, que no habían estado en ninguna parte. El tiempo transcurría sosegadamente con la soledad como único elemento común, y las viejas señoras, al subir entre ahogos y disneas los pedazos de leña con que encender sus viejas estufas, notaban poca diferencia entre los pálidos rostros de una generación de inquilinos originales y los pálidos rostros de la generación siguiente. 

  Su vecina inmediata había llegado soltera del centro de Europa en los remotos tiempos de Francisco José. Sus hijos habían nacido allí y allí la habían abandonado. La mujer le acogió con cálida simpatía cuando el matrimonio joven que le había cedido las reducidas estancias que llamaban apartamento decidió que sus filosofías eran incompatibles, y él se instaló, en pleno período japonés, con finísimos kimonos de seda amarilla y perfumada que deslumbraron a la buena señora, y frágiles paneles de papel de arroz y bambú con los que era posible armar y desarmar rápidamente cubículos más pequeños aún. La vecina, descalza como trabajaba en los veranos de la aldea remota, con un pañuelo eternamente atado a la cabeza, lo ayudó a limpiar los restos que tras sí dejara el joven matrimonio, no muy pulcro; deshizo las cajas, se asustó ante las máscaras horribles del teatro japonés, desplegó maravillada los abanicos que pasaron a adornar los muros, desenrolló sin que él pudiera evitarlo la olorosa estera acabada de importar, colgó bajo la experta dirección del pálido inquilino el gran farol plegable que debía adornar la cocina, adosó a una ventana interior los fragmentos de cristal que agitados por el viento llenarían la estancia con una música frágil, le ayudó a guardar los ricos sarapes de purísima lana de una etapa anterior, y aceptó casi con lágrimas el oloroso té verde que sólo vendían en refinados y remotísimos almacenes de la ciudad. 

   La amable vecina se retiró discreta al llegar los primeros extasiados. Ella y una centenaria irlandesa, cubierta por muchas capas de tiempo y mugre, siempre a la espera del cartero providencial, a quien compraba el diario algunas mañanas, habrían de ser el único elemento de continuidad en las sucesivas mutaciones que él y los escasos metros cuadrados de la vivienda habrían de sufrir. 

II

   Un día, la terrible conciencia que tenía de cada uno de sus actos alumbró la suma total de los actos de su vida y se quedó absorto. Desechó la idea, pero esta volvió a asaltarlo, cada vez con más frecuencia. Pasaba y repasaba constantemente y sin tregua, los años de su vida, los días de los años, las horas de los días, sin que la idea le abandonara por un solo instante, atenaceándole y llegando a provocarle náuseas. Pasó mucho tiempo en una especie de estupor en el que marchaba por las calles en un estado de semiconciencia automática, inmovilizadas las ideas en una imagen fija, de la que no podía escapar. Se le vio más pálido, más tartamudo, evitaba a sus viejas amigas, hundía las manos en el estómago con más frecuencia, en el gesto nervioso que le era habitual, y en las contadas reuniones a que asistía se quedaba ausente, mudo, sin nada que decir, muy lejos de aquel ser ocurrente que a todos encantaba. 

   Una desgracia ocurrida en su lejana y un poco olvidada familia le hizo recordarla y lo sacó de su mutismo. Tuvo que ir a Cuba, su país, donde no había puesto los pies en largos años, descartándolo con un gesto impreciso como incorregible y sin esperanzas. Había nacido allí, de padres extranjeros, pero ni en sus ademanes ni en su manera de hablar ni de ser recordaba en lo más mínimo a sus compatriotas. Cuando los encontraba le acometía una inmensa desazón, se le acentuaba el nerviosismo y se perdía en esfuerzos fútiles y desesperados para demostrarles que era uno de ellos. Pero no se atrevía a dar el viaje. Temía vagamente llegar a sentirse extraño en su propio país y aplazaba indefinidamente el viaje con un gesto displicente: «Lo amo desde lejos.» 

   Al ocurrir el hecho luctuoso en la familia, se sintió súbitamente en el deber de hacer acto de presencia ante los parientes lejanos, sin que se pudiera explicar a sí mismo las razones de la súbita lealtad, y haciendo gran acopio de pociones calmantes, barbitúricos, raíces de la India propiciatorias de la indiferencia y un vestuario extravagante que siempre le ayudaría a diferenciarse de los naturales en caso de apuro, emprendió el viaje. 

   La sorpresa fue agradable. Aquellas gentes, a las que temía por razones tan desconocidas como las que provocaban su violento tartajeo, lo acogieron con naturalidad y hasta con cariño, sonrieron ante sus crisis nerviosas, le permitieron las vestimentas más extremas con una tolerancia candorosa ante todo lo que viniera del extranjero que le desarmaba, justificándole con un «ha vivido tantos años fuera...» 

  Sus parientes le concedían discretamente las libertades que él había temido perder en los límites estrechos del pequeño país, y las viejas amistades de la familia le daban cierta importancia, agasajándole con almuerzos suculentos y de difícil digestión, en los que le contemplaban disimuladamente con una admiración ingenua. Cuán diferente de aquella inmensa Nueva York, donde nadie ni nada tenía la menor importancia. 

  Contemplaba a esta gente vivir, deformándolas con generalidades risueñas. Parecían felices, infinitamente más felices que las de la hosca ciudad donde él vivía. Tenían el rostro plácido, el aire tranquilo, las carnes abundantes y serenas. Lo banal, lo diario, no avergonzaba aquí, como en aquel otro mundo donde vivía. Esta gente sabía estar. Se repitió la frase varias veces: sabían estar, saber estar, regocijado del descubrimiento feliz. En aquel frío norte, él había perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible) y tendría que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente. 

   Conmovido de su hallazgo, se secó la mejilla húmeda, sonriendo vagamente, sabiéndose observado por el chofer del vehículo que le llevaba de la casa de los parientes al centro de La Habana. 

  Y luego aquel sol, aquel sol maravilloso y omnipresente de enero, que le reconfortaba y le quemaba suavemente los omóplatos, brillando desde un cielo transparente, que le hacía olvidar los dolorosos inviernos del Norte y el tiritar violento que destrozaba sus nervios enfermos, y le despertaba viejas memorias de infancia; las meriendas amables en los colgadizos imaginados, las temporadas en las fincas nunca vistas.

  Adivinaba y envidiaba en las relaciones humanas una intimidad inconscientemente sensual que propiciaban el clima espléndido, la brisa de los mediodías, la claridad. 

  ¡Ah, lo que había perdido, lo que había olvidado en sus largos viajes por otras tierras! Si pudiera recapturarlo todo, repetía, consciente del justo anglicismo. 

  Al llegar, más por asombrar a los tranquilos parientes (que por otra parte no se asombraron) que por un verdadero deseo de hacerlo buscó a un artista joven que había causado un pequeño escándalo de crítica y cuyo nombre le mencionara una de las parejas jóvenes que frecuentaba. Fue difícil dar con él, y más difícil aún que le prestara atención. A pesar de la llaneza de todos, los extraños en Cuba entraban con mucha lentitud en la vida de las gentes, trabada en cosas pequeñas pero al parecer satisfactorias. Por fin vio al pintor, quien lo presentó a sus amigos. Lo demás fue fácil. Aunque causaba extrañeza y su tartajeo turbaba un poco a todos, no tardaron en aceptarlo a pesar de resultarles tan extraño. 

  Su vago acento extranjero atraía, como también el contraste entre las maneras desacostumbradas, el nombre impronunciable y los patéticos esfuerzos para sonar criollo. Gran lector de contraportadas, sabía cómo y cuándo citar y lo hacía con suma habilidad, dejando las frases incompletas, sugiriendo ideas que los demás completaban, cubriendo su ignorancia de los temas con el aluvión taquicárdico de su charla. Rápidamente pasaba de Kirilov y los actos absurdos a la gratuidad para saltar a la nueva crítica y al ser para la muerte, y si pronto se descubrió su incompetencia y sus nuevos amigos le remedaron divertidos, jamás lo supo. 

  Al regresar a Nueva York, cargado de volúmenes representativos de todos los movimientos artísticos y literarios de la patria recuperada, que consideraba su deber leer y jamás leyó, le horrorizó lo que veía alrededor de sí. Volvió a caer en un profundo estupor del que sólo salía para hablar sin detenerse de su viaje, de la patria encontrada, de los campos esmeralda, del sol, del sol, del sol. 

  Rápidamente, la decoración del pequeño apartamento cambió. Los biombos orientales fueron eliminados para que el escaso aire corriera sin trabas, como en los balcones y galerías de su país lejano e improbable. Las abstracciones cedieron el lugar a sencillos palmares representados casi fotográficamente, cuando no a crudas litografías sin retoque de los paisajes patrios. El apartamento de la vecina se enriqueció súbitamente con una rica otomana, cuyo vacío ocuparon dos grandes mecedoras, desenterradas de un rastro y reparadas apresuradamente. Dejaron de sonar los discos de jazz y las quejumbrosas danzas de los israelitas del Yemen, y los grises aposentos se inundaron de criollas y boleros, que cantaban un amor dudoso y de mal gusto, siempre con las mismas palabras, y de las notas sincopadas de alguna vieja danza criolla, repetí da una y otra vez, en éxtasis. 

  Una tarde de domingo, más lívida que todas las demás, se hizo la pregunta. ¿Y si regresara? ¡Dios, Dios!, ¿y si regresara a los suyos, a amarlos a todos, a ser uno de ellos, a vivir aunque fuera entre los más pobres, entre aquellos que a pesar de su pobreza parecían tan tranquilos y contentos, tan sosegados? ¡Cómo le gustaba la palabra! Tan sosegados. ¿No le harían un lugar? ¿No se dejarían conmover por su sinceridad? 

   La idea no hizo más que insinuarse y su imaginación se encargó del resto. Las pensadas horas de ternura, las imaginarias tardes de amor, las grandes noches fueron rápidamente trasladadas o reemplazadas por escenas de la patria recobrada. ¿Y si él fuera el iniciador de un movimiento de vuelta a la patria? Los pródigos... Los Pródigos. ¡Qué bien sonaba! Pronto sería amado de todos. ¡Si era amor, sólo amor lo que él pedía, el mismo amor que en el fondo toda la pobre humanidad deseaba! 

  Se sintió más vivo, más vital, como decía él, que nunca; le negó el saludo a los antiguos ídolos, rechazó todas las invitaciones, se rodeó de libros, de ropas, todos procedentes del lejano país y echó a un lado o arrojó, un poco avergonzado, los de todas las patrias previas de adopción. 

  La decisión estaba hecha. No había más que liquidar las posesiones precarias del apartamento, avisar en el tedioso empleo, y partir. ¡Partir! 

 Las noticias que traían los periódicos sobre movimientos revolucionarios en Cuba, con su secuela de represalias, no le inquietaban, y hasta sonreía misteriosamente para sí al leerlas. Quien sabe. Con su conocimiento de idiomas, sus nuevos libros, su prudencia, su personalidad inesperada ¿no podría servir de mensajero de la concordia y la tolerancia entre sus compatriotas? Al fin, todos eran hermanos, se entendían en el gran lenguaje atávico y no hablado con que se entienden los hombres de una misma tierra... 

III 

  Y partió. Más dadivoso que nunca, repartió lo que poseía entre sus pocos amigos, regaló las ropas de abrigo que ya no necesitaría jamás en aquel clima maravilloso que le aguardaba y del cual no regresaría nunca, nunca. Distribuyó los libros, los de naturalismo, los de hinduismo, los de yoga, los de espiritismo, las colecciones obscenas, las de socialismo, las colecciones primitivas. Hizo tomar por fuerza a sus viejas vecinas el heterogéneo mobiliario, que ellas aceptaban entre gritos de terror, gozo y asombro. 

  La renovación sería completa, pronto iba a ser él, él, a entrar en su cultura, en su ambiente, donde no tenía que explicarse nada, donde todo «era» desde siempre. Y además entraría por la puerta grande de la intelligentzia, en cuyos umbrales dorados le esperaban sus jóvenes amigos, de humor delicioso y mordaz, de charla viva e imaginativa, tan nerviosos, y tan felices. 

  Cuando llegó, un día por la mañana, encontró la ciudad un poco cambiada. Era difícil precisar en qué consistía el cambio. Como siempre, la gente parecía alegre y despreocupada, pero había cierta inquietud en el ambiente que en un primer momento no supo precisar. 

  Lo que sí chocó a su vista de inmediato fue la superabundancia de uniformes. En las esquinas de la ciudad se veían a todas horas grupos de soldados y policías con armas automáticas modernas, de grueso calibre. Le llamó la atención que en sus horas de asueto los jóvenes soldados se pasearan fuertemente armados, llevando de una mano a sus amigas y de la otra el arma formidable de repetición.

   Por las calles de la ciudad vieja desfilaban cada varios minutos con monótona regularidad pequeños vehículos militares en servicio de patrulla, invariablemente tripulados por dos soldados y dos marinos que viajaban de espaldas, para cubrir la retirada en caso de ataque. 

  Para estar más en ambiente se alojó en un hotel del viejo barrio que antaño alojara los huéspedes ilustres de la Colonia, y sonrió, tratando de no verlas, a las jóvenes pálidas que regresaban a sus habitaciones con la mañana, el aire extenuado y el maquillaje corrido. Desde allí trató de localizar a sus amigos, a los que, sin duda por estar ocupados a esas horas, no pudo hallar. 

  Miró con disgusto sus ropas elegantes, de sello demasiado extranjero, de las que no había podido deshacerse, y se lanzó a la calle en busca de prendas más sencillas, de más sabor local. Volvió agotado, como si el nuevo ambiente le exigiera un gran esfuerzo para cada pequeño acto, y contento, con una finísima camisa de lino de Irlanda adornada de innúmeras alforzas hechas para consumir la vista de varias generaciones de costureras: la guayabera, la prenda campesina pulcra y fresca que en pocos años había invadido a toda Cuba desplazando a la indumentaria europea. Se contempló largo rato al espejo, complacido de su aspecto. Aún era joven, no mal parecido del todo a pesar de la calvicie ya avanzada y de los anteojos que le corregían la fuerte miopía. Podría recomenzar su vida aquí, darle un sentido, ¿por qué no? ¿No había adoptado y abandonado con increíble facilidad y rapidez patrias, religiones, cultura, actitudes, ideas? Ahora iba a adoptar su cultura, su patria, la suya, que quizás, quizás le necesitara... 

  Se tendió en el lecho fresco de la habitación muy abierta al puerto, y entregándose a detalladas y minuciosas visiones de su futura existencia en el recobrado solar de los mayores, pasó de la vigilia risueña al sueño feliz, sin sentirlo, como lo hacen los niños.

   El segundo día de su nueva vida decidió pasarlo junto al mar para fortalecerse con este aire ardiente que iba a cicatrizar los males de su cuerpo y de su espíritu. 

  Atravesando rápidamente las viejas y amplias galerías y saludando a las ancianas figuras desvaídas que leían sus periódicos junto a las ventanas, bajó a la calle, saltó a un auto de alquiler y le pidió al chofer que lo llevara a la playa, a cualquier playa. Este le sorprendió hablándole en inglés, y como él insistiera en hablar en español, el otro le ofendió diciéndole que parecía americano. 

  En la playa se sintió molesto al verse rodeado de turistas y más molesto aún al comprobar que, como ellos, también se ponía aceite sobre la piel para protegerla del sol. Se rio un poco de sí mismo, pidió de beber y se tendió al sol. 

 Las horas pasaron agradablemente, empujadas por el licor del país que penetraba dulcemente los sentidos hasta destruir el sentido del tiempo. (El sentido del tiempo, eso era lo que aquí era tan diferente, ahí radicaba la gran ciencia de este país, de estas gentes.) 

  Cuando abandonó el balneario ya era casi de noche. Salió al suburbio y aunque las calles estaban mal alumbradas y casi desiertas, decidió andar en dirección de la ciudad, para gozar la brisa suave que soplaba del mar refrescando los ardores del día. Dejaría vagar sus pensamientos, sin rumbo, donde el aire los quisiera llevar. Se sentía feliz, un poco solo, pero ahora no importaba. Mañana empezaría su nueva vida. 

  Había andado una corta distancia por la avenida bordeada de pinos cuando una luz brutal le dio en el rostro, cegándolo y haciendo resaltar en la oscuridad la nitidez de la camisa campesina de lino de Irlanda. Le enfocaban de un auto cuyas puertas se abrieron rápidamente dando paso a varios hombres de uniforme que esgrimían armas en dirección suya. 

  «Sube», dijo uno y antes de que él pudiera resistir o preguntar le arrastraron hacia el automóvil que partió enseguida. 

  Dentro del auto, que marchaba a toda velocidad mientras la sirena chillaba perforante, creyó sufrir una pesadilla. Sintió que le agarraban los puños e inmediatamente comenzó a recibir golpes brutales en el rostro y en las costillas. Los golpes le ahogaban, no podía gritar, y sus aprehensores mantenían un silencio obstinado, como si le conocieran, realizando su tarea metódicamente. Perdió la noción del tiempo, reducida su actividad pensante a esperar cada nuevo golpe. 

  El auto corrió largo tiempo por el arrabal, ignorando las luces de tránsito y haciendo huir a los peatones. Atravesó parte de la ciudad y luego se detuvo frente a un edificio moderno. Esposándole las dos muñecas, le arrastraron violentamente por una escalera de mármol, amplia y casi lujosa, al final de la cual le hicieron entrar en un recinto iluminado con luces fluorescentes y herméticamente cerrado. 

   Apoyándose contra un muro, sintió la frescura del granito sobre la mejilla dolorida, y el aire cortante que enviaba desde el muro opuesto un ventilador eléctrico y que le secaba el sudor. Había cerrado los ojos para ver mejor, para pensar, o para no pensar, y al abrirlos vio que estaba rodeado de los hombres que le habían traído y de otros más, todos de aspecto muy similar, con bigotes, y que fumaban enormes puros. Pensó que la similaridad quizás obedecía a que todos vestían de azul. 

  El interrogatorio duró exactamente 24 horas. 

  Al principio trató de preguntar lo que sucedía, pero apenas acertó a pronunciar palabra. Tartamudeaba grotescamente con violentas reacciones de la cabeza y el cuello. Los ojos le lloraban con el esfuerzo. A un chiste de uno: «Quítese el caramelito ‘e la boca, compadre...», todos rieron estruendosamente.

   Aunque optó por no hablar, le preguntaron el nombre y tuvo que esforzarse en articularlo. Un violento mazazo le derribó por el suelo. Cuando le levantaron, medio aturdido, oyó que el que parecía el jefe le advertía que no inventara nombres extranjeros, porque le conocían bien. Comenzó a llorar contra su voluntad y con el puño de la camisa nueva se limpió la sangre de los labios y las lágrimas que le corrían por los pómulos ya negros. 

  Un hombre hercúleo lo tomo sin violencia, casi delicadamente, de un brazo y le pidió que le mirara a los ojos. Cuando lo tuvo frente a sí y tan cerca que podía sentirle el aliento, se le quedó mirando por un momento. Luego, alzando con un movimiento rapidísimo la rodilla formidable, se la hundió en las ingles. Cayó al suelo gimiendo y retorciéndose de dolor. «Es un “tiro”, Fillo. Eso nunca falla», oyó decir a uno de los hombres. 

  Para corroborar la afirmación de que aquello era un «tiro», Fillo lo levantó del suelo, con la misma delicadeza, y la rodilla formidable se alzó de nuevo. Esta vez cayó exánime.

  Cuando recobró el sentido, se encontró acostado en un diván muy blando. Trató de mover las piernas y un dolor brutal en las ingles le nubló la vista. Estaba empapado en sudor. Abrió los ojos y vio a los hombres sentados a los pies del diván. Hablaban y fumaban despreocupadamente. Recordó que no le habían preguntado nada más, procediendo a su tarea como quien realiza un trabajo natural, metódico e ininterrumpido, desde que lo hicieron subir al auto, y como si esperaran que el mero hecho de ejecutarlo rindiera resultados infalibles. 

  Hablaban de un asalto ocurrido al parecer el día anterior. Adivinaba el inmenso edificio en conmoción. Oía puertas que se abrían y cerraban violentamente, entre pasos y voces incesantes. Varias veces irrumpieron abruptamente en la habitación y al percatarse de que estaba ocupada cerraron la puerta con violencia. Había habido muertos, entre ellos dos altos funcionarios del Gobierno. Pero aún no lograba comprender la acusación que le hacían, porque en realidad no le hacían ninguna. Si le dejaran hablar, llamar a sus jóvenes amigos, les explicaría, se aclararía el monstruoso error. Una frase escalofriante le dio en parte la clave de lo que sucedía: «Si no es este, es lo mismo...» 

  Miró en torno. Al otro extremo de la habitación, sentados en el suelo y contra el muro había dos jóvenes que le miraban fijamente. Se dio cuenta de que tenían las muñecas atadas porque uno de ellos se rascó la barbilla contra un hombro. Sus miradas, incapaces de separarse de él, no registraban pensamiento alguno, como si estuvieran desprovistas de vida. El más joven pestañeaba lentamente, a ratos.

  Se dio cuenta de que estaba atado al diván. Volvió la vista a un lado y observó que de su brazo derecho salía un alambre conectado a un interruptor en la pared. De algún lugar que no podía ver salía otro cordón que terminaba en su brazo izquierdo. Cerró los ojos.

  La primera descarga tuvo la inmensa virtud de hacerle perder nuevamente el sentido. Al despertar de la segunda, gritaba de dolor. El brazo izquierdo, fracturado, se le había hinchado enormemente. Experimentó una sed terrible. Notó que tenía la boca llena de coágulos de sangre que le ahogaban. Cuando quiso hablar para pedir agua, se dio cuenta de que se había cercenado la lengua con los dientes. Pensó que ya nunca volvería a tartamudear. Sintió que sonreía. 

  Recuperó de nuevo el conocimiento cuando lo sacaron del auto y la brisa le azotó el rostro. Oyó las olas golpeando la costa con golpes secos y duros y supo que estaba muy cerca del mar. Lo dejaron solo, de pie, sobre las rocas, muy cerca de la carretera. Oyó una voz: «Déjalo ya, Fillo, está acabando.»

  Las puertas del auto volvieron a cerrarse. Vio la masa negra alejarse detrás del haz de los reflectores. Pudo dar varios pasos, con las piernas muy abiertas para no rozarse los testículos. Abrió la boca para que la brisa de la noche se la refrescara. 

  Pocos minutos antes de morir perdió la lucidez terrible que le había alumbrado los últimos meses de su vida con una luz intolerable. Antes de perder la razón, recordó detalles aislados e insignificantes de su existencia: el monograma con orla de un pañuelo, la forma de sus uñas, los exabruptos del porteño que más le habían vejado, las palmas finas y húmedas de las manos de Alejandro. 

  Luego echó a andar, dando gritos agudos con la boca muy abierta, cantando, tratando de hablar, aullando, meciendo el cuerpo sobre las piernas separadas, logrando un equilibrio prodigioso sobre el afilado arrecife. Donde primero hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes. Luego entre los labios delicados.

 

  El regreso. Ediciones R: La Habana, 1962, pp. 107-124.

domingo, 14 de junio de 2026

Las ratas

 

  Surama Ferrer


 Sentado en un rincón de la habitación contempló ávidamente la entrada de una rata de oscura pelambre y nervioso andar a saltos cortos. La siguió con los ojos, por el piso de ladrillos desajustados; olisqueando hacia el otro rincón, donde la cuna permanecía inmóvil. La rata dio vueltas en torno a los balancines del pequeño mueble y emitió chillidos penetrantes, como para darse valor y escalarlos... A sus chillidos contestaron, de la habitación contigua, otros... El corazón le latió apresurado.

  -Van a venir más -se dijo-. Y esperó anhelante.

 Dos animales grisáceos, enflaquecidos, asomaron sus ojillos relucientes, interrogantes, temerosos de imprevistos peligros. El permaneció inmóvil, diciéndose:

  -Si me muevo, huirán... Me estaré quieto, para darles confianza y que entren... ¡que entren!

 Contuvo la respiración sin quitar la vista de los ojillos inquisitivos. Entró una rata y se detuvo, Chilló y echó a andar... Él contó:

  -Una.

  -Dos, tres, cuatro... Se animan, vienen más...

  -Cinco, seis, siete, ocho. ¡Ocho! Qué flacas están...

  -Nueve... ¿Nueve fieras hambrientas!

 La plaga de roedores atravesó desordenadamente la habitación distrayendo a cada paso el olfato, la vista y el apetito con alguna migaja o alguna pieza de ropa tirada bajo los muebles.

  Él pensó:

  -Qué despacio van, para estar tan hambrientas... Se distraen con cualquier cosa. Es que tienen miedo, ¡cobardes! ¡asquerosas! Lo huelen todo... Y mira aquella, todavía rondando la cuna, sin atreverse a subir... ¡cochinos ratones!

  En un montón de ropas se detuvo una de ellas... Chilló fuerte. Acudieron las otras y se metieron por los repliegues de las telas. Revisaban meticulosamente cada oquedad, asegurándose la salida. Desenvolvían las telas, se enredaban, tiraban de sus extremos. Una roía una tira y se alejaba de las otras...

 ¡Animales! Entretenerse con los trapos de ella, llenos de sangre. Reflexionó: -Le metieron muchos y todos se empaparon de sangre. Cuanto más crecía la tonga de trapos ensangrentados, más se me moría ella...

  Olvidó las ratas adueñándose de la habitación en penumbras y revivió a su mujer, desfigurada por el dolor, desfalleciendo encima de la mesa, y él con las manos inútiles, sin poder hacer nada. ¿Qué sabía un hombre de partos y de dolores de las mujeres? Sólo veía que ella estaba mal. Se lo veía en los ojos, cuando sus dos pupilas negras, tan redondas y luminosas, se opacaban y daban vueltas y más vueltas por el globo del ojo, hasta que se quedaron fijas definitivamente. Fijas y cristalinas, perdiendo la luz y el color.

   -Yo quisiera hacer algo. Yo le dije a la Comadre:

  -Comadre, ella está muy extraña ¿qué le pasa? ¿no le puede hacer algo? -Y ella me dijo, haciendo que se encolerizaba:

  -Los hombres no saben de ésto... Yo sí. Aquí en la Ciénaga todos los que han nacido en los últimos diez años, los he sacado yo...

  -Pero se demora mucho, y ella es débil y está sufriendo... ¡Óigala como grita! ¡No puedo soportar sus gritos! ¡Déjeme acercarme a la mesa!... Me horroriza esa sangre, pero déjeme acercarme a ella.

  -No. ¡Salga, salga! La va a poner nerviosa... Yo sé lo que hago...

  -Pero ella no puede más, lo sé...

  -De todos modos yo le saco el muchacho... Es cuestión de tiempo. ¿Si habré sacado yo muchachos en esta Ciénaga! ¡Si sabré yo como se ponen los hombres furiosos cuando pierden el hijo, y les queda la mujer!... Primero el chiquito, el chiquito, me gritaban. ¡Puah!

  Él se calló y estuvo muy quieto mirándola, desde allí, desde la misma puerta por donde entraron las ratas... ¡Las ratas!... Miró alrededor y las vio en círculo, rodeando la cuna, chillando y chocando unas con otras, sin decidirse a subir. Retornó a sus recuerdos... Ella seguía gritando y su voz era un sonido horripilante en la quietud de la madrugada... Los gritos salían por todas las puertas de la casucha miserable y volvían a entrar y se llenaba la casa de gritos que le helaban el sudor en los poros... La voz se debilitaba. Sonó uno de hembra herida, desgarrada. Fue el último... Entró en el cuarto y vio a la Comadre afanosa, con algo rojizo entre las manos.

  -¡Un macho! -le dijo por encima del hombro-... Toma, cógelo, y ponlo en la cuna... Después échame acá todos los trapos del armario... Le sale mucha sangre...

  -Sí... Sí, los trapos...

  Eran aquellos mismos trapos que las ratas revolvieron como si fueran golosinas. Los trapos con la sangre de ella. ¡Con toda la sangre de ella! Él quiso gemir, y los recuerdos se interpusieron a su necesidad de desahogarse...

 -¡Más trapos... más trapos! -jadeaba la Comadre-. ¡Pronto, que se desangra, la muy boba!... ¡Más!...

   El corrió de la mesa al armario. Lo vació; abrió después el baúl y sacó su ropa, sus vestidos ingenuos, con cintas descoloridas y un olor suave a sudor de mujercita desflorada...

  Así transcurrió mucho tiempo. El hurgando por todas partes y la Comadre pidiendo más y tirando al suelo los trapos rojos, pegajosos...

  -No más... ya no más, -oyó que le dijo a sus espaldas, y puesto en pie miró a la Comadre...

  -¿Qué?...

  -Que no mis trapos, ya no hacen falta...- ¿Por qué?...

  -Porque está muerta... Se desangró como un pollo... Sin remedio, sin remedio!

  Entonces, no supo lo que le sucedió. Se fue acercando a la mesa y le miró la carita blanca, afilándose por momentos... Blanca y larga como la hoja de una daga mora. Y los ojillos negros haciendo una cruz con la línea de la nariz... Estaba desnuda, con las manos crispadas en sus senos chiquitos, de mujercita recién desflorada... Y entre las piernas abiertas, aquel infierno rojo angular, hirviente... Tenía que taparla, y se le echó encima a llorar, cubriéndola toda...

  La Comadre le decía desde lejos:

 -No debes llorar. Los hombres de aquí de la Ciénaga no lloran... Ahora tienes que atender al crío. Yo le voy a dar leche, pero cuando me vaya, si grita, se la das en esta botella... ¡pobrecito! ¡mira como se le llena la boca con la chupeta! ¡y cómo se embarra! La mujer se reía, ¡se reía!, ¡con ella muerta encima de la mesa!

 ¡Ah! ¡Qué bestia era aquella Comadre! ¡Ocuparse del macho que la mató a ella! Y la mujer seguía hablando:

 -Este machito, necesita de una mujer que lo cuide... ¡si señor! Cuando se la lleven a ella al amanecer, cuando yo vaya y dé el aviso, te debes buscar otra enseguida... - pensó un momento: - ¡Ajá! ¡Ya sé: la hembrita del botero, la más chiquita, tiene catorce años, pero puede servir... ¡puede servir para los dos!

  Él se dijo: todavía se ríe, se ríe, la muy cínica, con ella muerta aquí arriba de la mesa...

  -Ya está. Se embuchó la leche... ¡Bueno! ¡Me voy! Te acompaño en el sentimiento... Cuando venga por la mañana las envuelves con algo y ellos se la llevan para la Ciénaga... Allí están enterrados todos los de aquí, en la tembladera del centro... Una piedra en los pies, y ya está...

  Él seguía llorando.

 -¡Ah! Antes que se me olvide... No te estés ahí tirado encima de ella, la pobre, déjala descansar... Júntale las piernas... Cuida al crío, que las ratas del cayo son unas fieras y se meten en las casas y le comen pedazos a la gente... Ten cuidado con el machito y esas ratas de manigua...

 Todo pasó tan rápido... Se la llevaron. Se quedó solo con el machito que dormía en la cuna... Dio unas vueltas por la casa y no quería acercarse a la cuna... Pasó el día y no hizo nada, sólo podía pensar en aquello mismo, oyendo sus gritos... El último, sobre todo, el último que fue la despedida. Se cansó de dar vueltas y se tiró en el rincón del cuarto, vigilando la cuna... Se dijo que no valía la pena estar toda la vida vigilando aquello, que le mató a la mujer... El machito era culpable, no debía cuidarlo. ¿Para qué?... De pronto se acordó de las ratas... Sí... allí estaban, revolviéndolo todo. Entraba poca luz, casi no las veía, pero escuchaba el ruidillo de sus uñas en los ladrillos... No se decidían a la faena... Porque, ¿qué se haría él con un crío? El hijo la mató a ella y debía morir también... Pero él no sabía matar. No podía matarlo... Las ratas sí sabían: roe que roe la carne blanda, las venitas débiles, los pulmones chiquitos, el corazón vivo. Ellas sabían. Y él tenía que esperar a que acabaran, para estar libre de aquello... Tenía que esperar. Se balanceó la cuna. Los chillidos de los roedores lo paralizaron. Oía atentamente.

  -Están subiendo por los balancines de la cuna... Se empujan... Se demoran... ¡animales!... No... ¡Llegan!

  La cuna se movió con rapidez. Ellas chillaban fuerte... Un grito inarticulado comenzó a invadir la cuna. Se fue dilatando, haciéndose continuo y desesperado... El respiró hondo desde el rincón:

  -Lo están mordiendo... ¡Cómo grita!

 El grito del recién nacido se ahogaba, para resonar con más intensidad... Las ratas se disputaban las porciones mis suculentas... La cuna saltaba sobre los balancines al empuje de las bestezuelas, rata devorando al infeliz ser humano indefenso. A medida que aumentaba la furia del ataque y arreciaba el grito animal del hijo, él comenzó a sentirse mejor:

   Qué alegría... Cómo trabajan estas ratas cochinas... Están locas con el olor a leche del crío y con las masitas blandas... Me están librando... En cuanto acaben me largo a la Ciénaga, a tocarle a ella los senos, debajo del fango... ¡Pobrecita! Me estará esperando... ¡Qué se lo coman de una vez! ¡asesino! Mató a su madre...

  El balanceo de la cuna disminuía. El grito enronquecido se ahogó definitivamente... Una rata saltó al suelo y huyó a la manigua... Le siguieron las otras... El cuarto se adormiló en un silencio roto a intervalos por una risa reposada... Se alzó y rio con más frecuencia... Alargando sus carcajadas en una a abierta, gutural... Se agarró los cabellos... Después abrió los brazos y riendo echó a correr por la manigua. Entró en el caserío sorteando las casas y las gentes que se quedaban mirándole boquiabiertas... Enfiló hacia el puente de tierra, que moría en la tembladera del centro... Un carbonero acertó a gritarle:

  -¡Por ahí no, animal, que te entierras en la tembladera...!

   Rio más y contestó:

  -¡Las ratas! Las ratas... ¡Ya voy...!

  Faltó la tierra apisonada del puente bajo sus pies... Saltó, y cayó rígido, como una saeta hendiendo la tersura de la Ciénaga... El regazo oscuro y corrompido del fangal acogió la risa loca del hombre suicida, y la devolvió lentamente a la superficie, en burbujas semiesféricas, de un gris opaco...