martes, 10 de febrero de 2026

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez

 

 Fernando Vallejo


 Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.

  Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.

  –¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.

 –No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.

 –¿Como cuáles?

 –Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.

 Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...

  Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.

 ¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.

  Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.

 Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.

 –¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.

 –Jesús –me contestó.

  Se llamaba como el Redentor.

 –¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.

 –Hacemos lo que tú quieras –me contestó.

 –Entonces vamos a mi hotel.

 –Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.

 –¿Y de quién la están defendiendo?

 –No sé.

 La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.

 Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.

 Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.

 –¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apunté para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabas de un solo tiro con la literatura colombiana.

 Fíjate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.

 –No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.

  Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.

 ¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.

 Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à troisune messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.

 Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.

 –Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.

 –Yo también me puedo morir –me contestó.

 Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.

 Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.

 Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.

 Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 

 

 Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.


sábado, 7 de febrero de 2026

Mis encuentros con Vargas Llosa


  Guillermo Cabrera Infante


 El apartamento de Monique Lange y Juan Goytisolo en la Rue Poissonnière era centro de reunión de los escritores de España y de las Américas que visitaban París. Fue allí donde conocí a Mario Vargas Llosa, entonces ganador del prestigioso premio catalán Joan Petit-Biblioteca Breve. Mario (desde entonces lo llamé así) vino acompañado por su mujer Julia -más tarde, mucho más tarde, la protagonista de la novela de Mario La tía Julia y el escribidor, que vino a culminar su separación-. Pero entonces Julia y Mario no estaban separados. Al contrario: Mario mostraba una deferente ternura hacia ella y ella parecía muy enamorada de Mario. Pero esa noche ocurrió un incidente extraño. Al irme Mario se ofreció a llevarme hasta mi hotel, que no estaba lejos, y Julia comenzó a sentirse mal. Parecía una especie de alergia: algo le había caído mal, su cara se hinchaba cada vez más, hinchazón que aumentó en el elevador, y al entrar al pequeño auto se veía abofada. Mario me pidió que los acompañara hasta el primer hospital abierto a esa hora y luego me llevaría a mi hotel.

 Ya en el hospital, me quedé en el salón de espera, impaciente y preocupado: hay alergias que matan. De pronto, la puerta abierta, vi pasar a Julia corriendo sobre sus altos tacones seguida (o perseguida) por dos hombres de blanco. Me levanté y fui a la puerta y pude ver cómo los hombres de blanco alcanzaban a Julia y la aferraban por los brazos y luego casi la arrastraban hacia un punto no visible. A la zaga del grupo venía Mario. Tuve que ir hasta un teléfono cercano para llamar a Juan Goytisolo y pedirle que me asegurara que todo no era una pesadilla. Juan me aseguró de la realidad de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos. Al cabo regresó Mario y me dijo que Julia no tenía nada con una tranquilidad de la que había sido ya testigo en el viaje al hospital. Durante el trayecto, Julia se quejaba y se revolvía en los asientos traseros, ya que Mario me había pedido que me sentara a su lado, mientras Mario le repetía a ella bajito que se calmara y con una mano libre le impedía que rodara de su asiento. La voz de Mario era sosegada para Julia -pero no para mí-. Todo parecía familiar a Mario mientras Julia se retorcía detrás de mí.

 En el hospital consiguieron calmarla sin ingresarla y regresó a la sala de espera bastante compuesta, pero sin sus seguidores, perseguidores. Solamente la acompañaba Mario. Juntos volvimos al pequeño automóvil. Julia iba calmada, también Mario pero nadie habló nada, nadie explicó nada. Me hubiera gustado volver a hablar con Juan Goytisolo para que me explicara por qué él también lo había acogido todo con tanta parsimonia. Fue entonces que comprendí que todo había pasado y todos estaban en paz con Julia porque su estado anterior tenía que ser tan habitual como su silencio ahora. Julia, era evidente, había sufrido un ataque de histeria. Luego supe que el matrimonio de Julia y Mario se acababa. Pronto se divorciarían. Esos ataques de histeria debían ser cosa habitual en Julia y resultado de la petición de divorcio. Julia era una mujer rubia, alta y atractiva y estaba muy enamorada de Mario, que llevaba un bigotico a lo Don Ameche y era tan bien parecido como un galán de cine. Fue en Bruselas que supe que finalmente se habían divorciado. En algún momento entre esta visión de pesadilla y nuestro próximo encuentro Mario se había afeitado el bigote y ya no se parecía a Don Ameche.

 La próxima vez que vi a Mario fue en la entrega del Premio Biblioteca Breve que me dieron en 1964 en Barcelona. Ya Mario era una leyenda de trabajo duro y aplicación mayor, con que asombró a todos los jurados del premio. Mientras sus amigos y su anfitrión Carlos Barral bebían en el bar, se soleaban en la playa y se reunían temprano para una cena tardía, Mario estaba encerrado en su cuarto: "Escribiendo, escribiendo" decía Carlos, mientras apuraba otro cóctel tal vez con ginebra.

 Después de la ceremonia volví inmediatamente a Bruselas para el fin de año con Míriam Gómez, y Mario y yo viajamos juntos rumbo a París, donde yo cambiaría de avión y Mario se bajaría. Hablamos poco: él con su problema y yo con los míos. El avión que me llevó a Bruselas no salió sino tres horas más tarde por culpa de la acumulación de hielo en las alas y nevaba en todo Orly. No lo volví a ver hasta dos años más tarde.

 Mientras tanto habían ocurrido demasiadas cosas en mi vida. Yo había dejado de ser agregado cultural de Cuba en Bélgica, había viajado a La Habana a los funerales de mi madre, había decidido exiliarme, había vivido en Madrid y ahora vivía en Londres, prestado en casa de amigos, enfrentando otra ciudad, otro país, otro invierno cuando supe que Mario y Patricia vivían en Londres. Lo llamé y nos invitaron a cenar en su casa. Era tan lejos de donde yo vivía que el viaje fue una travesía de trenes, taxis y búsqueda de la dirección. Al irnos yo tuve que pedir otro taxi que nos llevara a la estación del underground más próxima. Recuerdo que al colgar el teléfono Mario me felicitó por mi inglés: ellos no hablaban una palabra.

 Mi vida se organizó de una manera incierta. Vine a vivir en Trebovir Road detrás de la estación de Earls Court no en un apartamento lujoso como se me calumniaba en Cuba sino en un sótano no infecto sino infestado de cucarachas. Mario, que todavía apoyaba a Castro y su supuesto socialismo siguió su relación conmigo, lo que no hicieron mis supuestos amigos afectos. Un día supe que Mario, cosas de la casualidad, esa diosa caprichosa, se había mudado con su familia a la misma calle, sólo tres cuadras más arriba de la estación del subterráneo. Vivía en un apartamento modesto de los bajos pero no tan pobre como el nuestro. De las incontables anécdotas que tuvieron lugar por esos pagos sudamericanos estaba la vez que Míriam Gómez tuvo que ir a casa de los Vargas a matar a una rata que aterrorizaba a la muy joven y bella Patricia Llosa, recién casada con Mario. Ella, niña mimada, estaba muy poco preparada para vivir en lo que era casi un sótano. Allí Mario se encerraba a escribir desde temprano hasta terminada la tarde y había que dejarle el almuerzo (un sándwich o un plato ligero) en una bandeja a la puerta. Mario la abriría, almorzaba solo y seguía escribiendo, escribiendo.

 Fue en ese apartamento que Mario decidió reunir a García Márquez y a mí. Ya nosotros nos habíamos mudado de Earls Court para esta dirección y ahora íbamos a celebrar el año nuevo en casa de nuevos amigos del todavía pendular Swinging London. Íbamos vestidos para una fiesta: Miriam Gómez con su traje neo art decó de nuestro retrato que está en esta sala y yo con mi smoking recién comprado para la fiesta final del fin de la filmación de Wonder Wall, la película que se había filmado con un guion mío: una comedia nada cómica cuya única gracia estaba en la música incidental de George Harrison. No recuerdo cómo estaba vestida la mujer de García Márquez, pero sí recuerdo que el colombiano llevaba una camisa de leñador a cuadros negros y rojos.

 A pesar de que Mario era un anfitrión animoso, no teníamos absolutamente nada de qué hablar García Márquez y yo. De pronto él parecía encontrar su tema, que era el código de supersticiones de la pava, que era venezolano pero el colombiano se lo cogió como propio. Yo no tenía idea de lo que era lo pavoso, pero recuerdo que se trataba de no llevar calcetines con sandalias y cosas así. Miriam Gómez contribuyó con su arte de las flores, hablando de la buena suerte que daban las flores amarillas, puestas, dispuestas en tres en mi escritorio.

 En esa salita que de día era el estudio de Mario y de noche la sala de estar de Patricia, hubo otros encuentros con las supersticiones sudamericanas. Fue cuando Julio Cortázar vino a Londres con su mujer de entonces, Ugné Karvelis, de cara tan rara como su nombre. Patricia sirvió café y Ugné se encargó del azúcar, que repartió. Cuando llegó a mí la azucarera voló de su bandeja a mi regazo, bañándome, literalmente, en azúcar: blanca que hacía contrastar con mi traje oscuro. Ugné se volvió toda disculpas, con genuflexiones que detuvo Miriam Gómez diciendo: "No importa. Eso es considerado una señal de buena suerte en Cuba". Yo no sabía de semejante superstición ni siquiera si Miriam Gómez la había inventado ad hoc para la ocasión. Lo que sí supe luego es que éste era un numerito que había montado la Karvelis para destacarse y al mismo tiempo colocar a su blanco de azúcar blanca en una situación embarazosa. Me lo contó Mario que había sido testigo o blanco en situación similar. ¿Era ésta una versión de la Maga?

 Luego Mario y su aumentada familia dejaron el barrio, a Londres y a Inglaterra.  Mario viajaba y daba clases en universidades diversas. Hasta hubo un tiempo que dio clases en Cambridge y lo vi poco. Estaba contento con sus extrañas clases en Cambridge, donde tenía tan pocos alumnos que la clase podía trasladarse de la universidad a un pub cercano. Más tarde reapareció en Londres: Mario siempre vuelve a Londres.

 Después vino su incursión en la política activa. Una noche cenamos en su casa y pude augurarle el desastre que significaría su vida política. Pero sus constantes viajes a Lima (no era un regreso a Perú todavía) terminaron por atraparlo en una red de la que sólo se extricaría con su desastrosa aventura política -a la que siempre Patricia se opuso-. Patricia había devenido de una bella muchacha encantadora una mujer juiciosa y leal a Mario hasta que ella misma se vio envuelta en la fiebre política. Como antes, le había aconsejado yo que sus viajes a Lima terminarían por resultarle onerosos políticamente. En corto tiempo fue nominado candidato a la presidencia del Perú.

 Ahora estaba toda la familia instalada en su flamante apartamento de Knightsbridge, uno de los barrios ricos de Londres. Recuerdo que cenando una vez allí, rodeado por la decoración high-tech de su apartamento que incluía una creciente pinacoteca con cuadros modernos (había, central, un botero con su excesiva gordura que parecía un Oliver Hardy en busca de Stan Laurel, el Gordo detrás del Flaco en cualquier comedia del dúo), con portero y elevador. Vivían bastante cerca de nosotros, pero bien lejos de la modestia de los tiempos de Earls Court: Mario se había convertido en un escritor de éxito mundial. Pero ahora, de regreso al Perú, lo esperaba la derrota política.

 Fue una campaña electoral pero peligrosa físicamente -y aún más riesgosa políticamente-. Mario, como se sabe, fue derrotado por Alberto Fujimori, un desconocido total entonces. La derrota electoral fue tan estruendosa que muchos dudaban de que Mario se recobrara como figura pública. Pero Mario regresó a su escritorio y a sus novelas, y al poco tiempo estaba recobrado como escritor de éxito, de crítica y de ventas. Viviendo en su apartamento de Knightsbridge, pero escribiendo. Según una costumbre recientemente adoptada escribía por el día en un salón de lectura del British Museum, y por las noches los Vargas cenaban con amigos o solían salir a cenar con nuevos amigos. Mario y Patricia volvieron a ser una pareja perfecta. Los visitábamos a menudo invitados a comer comida peruana que cocinaba Patricia y vimos el apartamento lujoso crecer en otras cámaras y recámaras al expandirlo con otras propiedades vecinas. Pero seguían viajando mucho, a pesar de que la familia había crecido con dos hijos grandes, Álvaro y Gonzalo, y una niña que pronto se hizo mujer, la bella Morgana. Viajaron a todas partes. Mario más exitoso que nunca dando charlas dondequiera y visitando lugares remotos como los arrecifes de Australia, que le habían fascinado desde niño.

 Ahora vivían medio año en Londres y dos cuartos crecientes en París y Madrid, ciudad que encantaba a Patricia tanto como a Mario Barcelona. Dejamos de vernos bastante aunque siempre en uno de nuestros viajes a Madrid cenábamos y yo bromeaba con Patricia acerca de su fascinación que no cesa. Una de las últimas cenas la dio el editor Juan Cruz en uno de los restaurantes más de moda en Londres y allí Mario y Patricia se reían como una pareja feliz. Podían estarlo. Sus hijos habían crecido y cada uno tenía su parcela de acción. Gonzalo se dedicaba a una labor de caridad patrocinada por las Naciones Unidas. El otro hijo, Álvaro, era un periodista independiente y reconocido, y aunque muchos creían que se apoyaba en su doble apellido, en realidad se llamaba Vargas por su padre y Llosa por su madre, que de soltera se llamaba Patricia Llosa: ella y Mario eran primos.

 Luego ocurrieron dos ocasiones memorables que a mí me parecieron oficiales. Viajó a Londres el presidente Felipe González en su primer viaje a Inglaterra y nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la Embajada de España. Yo no conocía personalmente a González, pero Mario lo trataba con la familiaridad de viejos amigos. Tal vez lo fueran. En todo caso González había venido con varios de sus ministros y Mario brillaba en su conversación con políticos profesionales. El almuerzo terminó con mi tête-à-tête con Felipe González, pero ésa es otra historia.

 Años más tarde se repitió una ocasión similar cuando el presidente José María Aznar nos invitó a Mario y a mí a visitarlo en La Moncloa. ¿Nos habíamos convertido en el dúo demócrata? No lo sé. Sólo sé que Mario se portó con más soltura que yo: ya conocía a Aznar. Yo había venido como fui al almuerzo con Felipe González: más por curiosidad de escritor que otra cosa. Hicimos el trayecto a La Moncloa en un auto fuertemente blindado. Regresamos Mario y yo al hotel en el mismo automóvil. Durante el viaje de regreso tuve una suerte de convencimiento iluminador. Los políticos no tienen convicciones, tienen conveniencias.

 En una de nuestras últimas cenas en Londres Mario acababa de publicar su última novela y parecía feliz con su destino recobrado. Recuerdo que lo felicité por el logro que significaba su nuevo libro y aceptó mi felicitación de buen grado. A Mario y a mí nos ocurría algo que no se puede llamar modestia -ni siquiera falsa modestia-. De la que, por ejemplo, Borges era un maestro consumado, con sus frases de rigor: "Usted ha enriquecido mi libro con su lectura", que sonaban casi tan formales como "Favor que usted me hace" o "Gracias por sus elogios, que no merezco". Esta vez tuve que atrapar a Mario en su esquina frente a Harrods para decirle cuánto me había gustado su última novela, que era una vuelta al libro bien contado de sus inicios, y le auguré una carrera feliz -que lo ha sido en extremo al recibir críticas excelentes de toda la crítica inglesa, siempre renuente a celebrar a escritores españoles, pero peor a autores hispanoamericanos. Fue escogido, por muchos críticos, como uno de los mejores libros del año.

 Tuvimos una última cena en Madrid. Mario ya no estaba preocupado por su hipertensión, sino por la tensión que se había creado con Álvaro con su campana solitaria en contra del presidente Toledo, que Mario había apoyado electoralmente, y aunque Patricia era el calmado centro materno de siempre, Mario parecía furioso, no con Álvaro, sino con las inesperadas vueltas que daba y da toda la política. Me alegré de estar presente porque supe lo profundos que eran sus sentimientos de ser un demócrata convencido -aun en lo que parecía una crisis familiar-.

 Como escritor, la crítica inglesa lo ha comparado con Conrad y ha dicho que desde Nostromo no había una novela sudamericana que planteara tan bien la dicotomía entre la novela y la política como tema central. Es que Mario se parece a Conrad hasta en sus dilemas. Pero su verdadera carrera, donde era un triunfador, era la literatura. A la que no ha tardado en volver con esta La fiesta del Chivo, que había tratado de escribir durante años, mientras en la vida es un verdadero, como Conrad, pater familias. Mario Vargas Llosa es un gran escritor. Pero, estoy seguro, prefiere ser un buen padre. Es posible que me equivoque, pero creo haber demostrado que lo conozco bastante. Nuestros encuentros nunca han producido un encontronazo.


  El País, diciembre 2002.


Homofobia y lacras sociales

 

 Juan Goytisolo


 Decir que he leído de un tirón, con apasionamiento, Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante, publicado por Galaxia Gutenberg en una cuidada edición a cargo de Antoni Munné, es quedarme corto. La inmersión en sus páginas ha sido para mí retroceder en el tiempo, un salto vertiginoso de medio siglo para vivir entre personajes que fueron mis amigos y otros muchos que frecuenté u oí hablar de ellos durante mis dos viajes de “turista revolucionario” a una Cuba que parecía encarnar la utopía de una sociedad libre, justa e igualitaria. Mi librito Pueblo en marcha, publicado en París en 1962, da buena cuenta de ello.

 Durante mi segunda estancia en La Habana, en plena crisis de los cohetes, con miras a un guion de cine para Tomás Gutiérrez Alea que nunca se llevó a cabo, Cabrera Infante no estaba en Cuba. Había sido nombrado agregado cultural de la embajada de su país en Bruselas y allí residía cuando en junio de 1965 recibió la noticia de la grave enfermedad de su madre y llegó a La Habana justo para asistir a su entierro. Tras unos días de duelo, cuando se disponía a coger el avión de regreso, una llamada telefónica del ministro de Asuntos Exteriores se lo impidió. Raúl Roa quería hablar con él y no pudo embarcarse con los demás pasajeros.

 Mapa dibujado por un espía abarca el periodo de cuatro meses entre esta salida frustrada y su costosa autorización para dejar la isla con destino a España en donde su novela Tres tristes tigres había sido galardonada con el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral: un periodo lleno de tensiones e incidentes que desembocaron en su decisión de expatriarse con la amarga verificación de que Cuba ya no era Cuba y de que aquel país no era su país.

 Ante el rumbo inquietante de la revolución hacia un sistema totalitario que alarmaba incluso a viejos militantes comunistas como el poeta Nicolás Guillén a quien Fidel Castro había tildado de “haragán” en una charla con los estudiantes (“¡Este tipo es peor que Stalin! Por lo menos Stalin está muerto pero este va a vivir 50 años más y nos va a enterrar a todos”, dijo Guillén a Cabrera Infante), los escritores cubanos llamados al orden desde el famoso encuentro con Fidel en 1961 y el cierre posterior del magacín Lunes de Revolución dirigido por Guillermo, se habían dividido entre quienes se atrevían a criticar abiertamente la deriva autoritaria del régimen como Walterio Carbonell y Martha Frayde, los críticos cautos como Carlos Franqui y Gutiérrez Alea (cuyo filme Fresa y chocolate fue un prudente ejercicio de disidencia) y los que se doblegaron a los imperativos doctrinales del “socialismo real” en el que, como dijo un libertario de Mayo del 68, todo era real excepto el socialismo.

 Dada la imposibilidad de resumir aquí la pleamar represiva que afectaba a intelectuales, escritores y artistas reflejada en el libro, me detendré en uno de los elementos más significativos de lo que se conoce hoy como la Década Ominosa: la obsesión enfermiza del régimen contra los culpables o sospechosos de homosexualismo, calificados de “delincuentes sexuales”, obsesión que desembocó en el envío de decenas de millares de ellos a los campos de trabajo de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) poco después de la salida de Cabrera Infante de la isla.

 La creación de un departamento del Ministerio del Interior, el de Lacras Sociales, era el vértice de una vasta pirámide de espionaje y control que a partir de los Comités de Defensa de cada barrio elaboraba casa por casa un censo de los sospechosos de desviación. Obviamente, los medios literarios y artísticos se convirtieron en el punto de mira de los celadores del orden y las buenas costumbres impuestos por la Revolución. El Teatro Estudio, el grupo cultural El Puente, los círculos intelectuales marginados por la línea oficial comenzaron a sufrir las consecuencias de esa manía persecutoria. El director de la revista Casa de las Américas, Antón Arrufat, había sido destituido de su cargo por haber publicado un poema de José Triana con alusiones homoeróticas e invitado a Cuba al icono de la Beat Generation Allen Ginsberg. En cuanto a Virgilio Piñera, detenido ya en 1961 en la primera redada organizada por los guardianes de la ortodoxia a ultranza y liberado gracias a la intervención de Carlos Franqui, vivía aterrorizado y con esa valentía suya que brotaba del miedo había discutido con sus amigos la idea de una manifestación ante el palacio presidencial para denunciar el acoso que sufrían por parte de Lacras Sociales y su jauría de malsines. Dicha manifestación que anticipaba la de los actuales activista gais en regímenes autoritarios y que en el contexto cubano de 1965 era inútilmente suicida no se realizó y el ministro del Interior, el comandante Ramiro Valdés y su adjunto Manuel Piñeiro siguieron con las suyas contra las “desviaciones y extravagancias” tanto de la santería africana de los lucumíes y abakuás como de los estigmatizados sodomitas.

 El episodio más revelador de esa atmósfera paranoica que refleja el libro es tal vez el referido al autor por Tomás Gutiérrez Alea, mi amigo Titón: el del “juicio” al que asistió casualmente con dos colegas en la Federación de Estudiantes Universitarios contra dos alumnos acusados de contrarrevolucionarios, sentados en un estrado con el juez y sus acusadores ante una asamblea vociferante que no les concedía la palabra y exigía su expulsión. Las víctimas de aquella siniestra farsa eran un muchacho motejado de “raro” y una chica, de “egoísta y exquisita”. Los dos jóvenes y un asistente al acto que no alzó el brazo como los demás (“¡ojo, aquí hay uno que no votó!”) fueron excluidos de la universidad y después de aquel linchamiento purificador el raro, un alumno eminente de la escuela de Arquitectura, se arrojó del último piso del edificio en el que vivía. La epidemia de suicidios que diezmó las filas de la intelectualidad y la clase política cubanas durante aquellos años, epidemia analizada por Cabrera Infante en su obra Mea Cuba, se cobró una víctima más.

 No quiero concluir estas líneas sin mencionar la digna y eficaz intervención de Lezama Lima para quitar hierro a las palabras del Walterio Carbonell ante un grupo de empresarios franceses salvándole así momentáneamente de la máquina represiva que se abatiría sobre él dos años más tarde acusado de fomentar un Poder Negro en la isla y el ostracismo y castigo de algunos fieles de Che Guevara como el embajador de Cuba en Bruselas Alberto Mora a quien su excompañero de lucha antibatistiana Ramiro Valdés visitaría más tarde en su celda de La Cabaña exhortándole a que confesara sus imaginarios crímenes contrarrevolucionarios, y Enrique Oltuski, enviado cuatro meses al penal de Isla de Pinos por haber pronosticado con acierto el fracaso de uno de los grandiosos planes agrícolas de Fidel.

 La transformación del “desviacionismo” sexual en político y de ambos en una forma inicua de delincuencia constituye una de las páginas más sombrías de una Revolución que Cabrera Infante, como la inmensa mayoría de intelectuales cubanos, acogió con entusiasmo hasta que las sucesivas experiencias recogidas en el libro sobre su última estancia en la isla le convirtieron en este gran escritor de dentro desde fuera de Cuba que todos sus lectores admiramos.


 El País, 14 de diciembre 2013. 


martes, 20 de enero de 2026

Como quien ríe al final


 

Pedro Marqués de Armas

 

Escribía cartas a Radio Francia Internacional

(o Radio Exterior de España) 

con la ilusión de que fueran leídas 

por aquellas “amables presentadoras” 

para él tan familiares

que se convirtieron

en su último solaz

 

A veces cuando más lo esperaba

saltaban su nombre pero ¡qué alegría! 

si acusaban recibo y enviaban saludos 

al oyente fiel que las instruía con historias 

(un tanto) anómalas que sin embargo 

enderezaba al trasladar a ese estilo suyo

ordenado y convencional

 

La muerte repentina de Voisin poco antes

de su última conferencia en La Habana

el curioso destino de unas piezas de Gundlach

extraviadas del museo de Segunda Enseñanza

la ruta de los últimos auténticos manatíes

por los cayos del norte el secreto 

(amor) de Enriqueta Faber

y tantas otras

de valor local

 

Aunque no acusaran recibo

se sentaba

oyente fiel

a su hora

esperando señal

 

Un verano y otro

qué agrado el suyo

o qué largo silencio

si pasaban

de él

 

En esa su hora

nada podía

sacarlo

de ahí

 

Ni mi madre bailando el San Vito

ni el motor de aspas del El Bosque

ni el trasiego ruidoso de escrip

(tores) con ganas de hablar

de Derrida.

 

Un día le vi meter literal

mente la cabeza en la radio

y el oído

en el dial

 

Fundido a su Zenith

riente (de 1933) él

tan íntimo

adquirió un aspecto Un

–Heimlich

sonreía como el Hombre de Arenas

como el avestruz que me sonrió

en Italia –una vez– como todo

lo que sonríe

a sabiendas