sábado, 7 de febrero de 2026

Mis encuentros con Vargas Llosa


  Guillermo Cabrera Infante


 El apartamento de Monique Lange y Juan Goytisolo en la Rue Poissonnière era centro de reunión de los escritores de España y de las Américas que visitaban París. Fue allí donde conocí a Mario Vargas Llosa, entonces ganador del prestigioso premio catalán Joan Petit-Biblioteca Breve. Mario (desde entonces lo llamé así) vino acompañado por su mujer Julia -más tarde, mucho más tarde, la protagonista de la novela de Mario La tía Julia y el escribidor, que vino a culminar su separación-. Pero entonces Julia y Mario no estaban separados. Al contrario: Mario mostraba una deferente ternura hacia ella y ella parecía muy enamorada de Mario. Pero esa noche ocurrió un incidente extraño. Al irme Mario se ofreció a llevarme hasta mi hotel, que no estaba lejos, y Julia comenzó a sentirse mal. Parecía una especie de alergia: algo le había caído mal, su cara se hinchaba cada vez más, hinchazón que aumentó en el elevador, y al entrar al pequeño auto se veía abofada. Mario me pidió que los acompañara hasta el primer hospital abierto a esa hora y luego me llevaría a mi hotel.

 Ya en el hospital, me quedé en el salón de espera, impaciente y preocupado: hay alergias que matan. De pronto, la puerta abierta, vi pasar a Julia corriendo sobre sus altos tacones seguida (o perseguida) por dos hombres de blanco. Me levanté y fui a la puerta y pude ver cómo los hombres de blanco alcanzaban a Julia y la aferraban por los brazos y luego casi la arrastraban hacia un punto no visible. A la zaga del grupo venía Mario. Tuve que ir hasta un teléfono cercano para llamar a Juan Goytisolo y pedirle que me asegurara que todo no era una pesadilla. Juan me aseguró de la realidad de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos. Al cabo regresó Mario y me dijo que Julia no tenía nada con una tranquilidad de la que había sido ya testigo en el viaje al hospital. Durante el trayecto, Julia se quejaba y se revolvía en los asientos traseros, ya que Mario me había pedido que me sentara a su lado, mientras Mario le repetía a ella bajito que se calmara y con una mano libre le impedía que rodara de su asiento. La voz de Mario era sosegada para Julia -pero no para mí-. Todo parecía familiar a Mario mientras Julia se retorcía detrás de mí.

 En el hospital consiguieron calmarla sin ingresarla y regresó a la sala de espera bastante compuesta, pero sin sus seguidores, perseguidores. Solamente la acompañaba Mario. Juntos volvimos al pequeño automóvil. Julia iba calmada, también Mario pero nadie habló nada, nadie explicó nada. Me hubiera gustado volver a hablar con Juan Goytisolo para que me explicara por qué él también lo había acogido todo con tanta parsimonia. Fue entonces que comprendí que todo había pasado y todos estaban en paz con Julia porque su estado anterior tenía que ser tan habitual como su silencio ahora. Julia, era evidente, había sufrido un ataque de histeria. Luego supe que el matrimonio de Julia y Mario se acababa. Pronto se divorciarían. Esos ataques de histeria debían ser cosa habitual en Julia y resultado de la petición de divorcio. Julia era una mujer rubia, alta y atractiva y estaba muy enamorada de Mario, que llevaba un bigotico a lo Don Ameche y era tan bien parecido como un galán de cine. Fue en Bruselas que supe que finalmente se habían divorciado. En algún momento entre esta visión de pesadilla y nuestro próximo encuentro Mario se había afeitado el bigote y ya no se parecía a Don Ameche.

 La próxima vez que vi a Mario fue en la entrega del Premio Biblioteca Breve que me dieron en 1964 en Barcelona. Ya Mario era una leyenda de trabajo duro y aplicación mayor, con que asombró a todos los jurados del premio. Mientras sus amigos y su anfitrión Carlos Barral bebían en el bar, se soleaban en la playa y se reunían temprano para una cena tardía, Mario estaba encerrado en su cuarto: "Escribiendo, escribiendo" decía Carlos, mientras apuraba otro cóctel tal vez con ginebra.

 Después de la ceremonia volví inmediatamente a Bruselas para el fin de año con Míriam Gómez, y Mario y yo viajamos juntos rumbo a París, donde yo cambiaría de avión y Mario se bajaría. Hablamos poco: él con su problema y yo con los míos. El avión que me llevó a Bruselas no salió sino tres horas más tarde por culpa de la acumulación de hielo en las alas y nevaba en todo Orly. No lo volví a ver hasta dos años más tarde.

 Mientras tanto habían ocurrido demasiadas cosas en mi vida. Yo había dejado de ser agregado cultural de Cuba en Bélgica, había viajado a La Habana a los funerales de mi madre, había decidido exiliarme, había vivido en Madrid y ahora vivía en Londres, prestado en casa de amigos, enfrentando otra ciudad, otro país, otro invierno cuando supe que Mario y Patricia vivían en Londres. Lo llamé y nos invitaron a cenar en su casa. Era tan lejos de donde yo vivía que el viaje fue una travesía de trenes, taxis y búsqueda de la dirección. Al irnos yo tuve que pedir otro taxi que nos llevara a la estación del underground más próxima. Recuerdo que al colgar el teléfono Mario me felicitó por mi inglés: ellos no hablaban una palabra.

 Mi vida se organizó de una manera incierta. Vine a vivir en Trebovir Road detrás de la estación de Earls Court no en un apartamento lujoso como se me calumniaba en Cuba sino en un sótano no infecto sino infestado de cucarachas. Mario, que todavía apoyaba a Castro y su supuesto socialismo siguió su relación conmigo, lo que no hicieron mis supuestos amigos afectos. Un día supe que Mario, cosas de la casualidad, esa diosa caprichosa, se había mudado con su familia a la misma calle, sólo tres cuadras más arriba de la estación del subterráneo. Vivía en un apartamento modesto de los bajos pero no tan pobre como el nuestro. De las incontables anécdotas que tuvieron lugar por esos pagos sudamericanos estaba la vez que Míriam Gómez tuvo que ir a casa de los Vargas a matar a una rata que aterrorizaba a la muy joven y bella Patricia Llosa, recién casada con Mario. Ella, niña mimada, estaba muy poco preparada para vivir en lo que era casi un sótano. Allí Mario se encerraba a escribir desde temprano hasta terminada la tarde y había que dejarle el almuerzo (un sándwich o un plato ligero) en una bandeja a la puerta. Mario la abriría, almorzaba solo y seguía escribiendo, escribiendo.

 Fue en ese apartamento que Mario decidió reunir a García Márquez y a mí. Ya nosotros nos habíamos mudado de Earls Court para esta dirección y ahora íbamos a celebrar el año nuevo en casa de nuevos amigos del todavía pendular Swinging London. Íbamos vestidos para una fiesta: Miriam Gómez con su traje neo art decó de nuestro retrato que está en esta sala y yo con mi smoking recién comprado para la fiesta final del fin de la filmación de Wonder Wall, la película que se había filmado con un guion mío: una comedia nada cómica cuya única gracia estaba en la música incidental de George Harrison. No recuerdo cómo estaba vestida la mujer de García Márquez, pero sí recuerdo que el colombiano llevaba una camisa de leñador a cuadros negros y rojos.

 A pesar de que Mario era un anfitrión animoso, no teníamos absolutamente nada de qué hablar García Márquez y yo. De pronto él parecía encontrar su tema, que era el código de supersticiones de la pava, que era venezolano pero el colombiano se lo cogió como propio. Yo no tenía idea de lo que era lo pavoso, pero recuerdo que se trataba de no llevar calcetines con sandalias y cosas así. Miriam Gómez contribuyó con su arte de las flores, hablando de la buena suerte que daban las flores amarillas, puestas, dispuestas en tres en mi escritorio.

 En esa salita que de día era el estudio de Mario y de noche la sala de estar de Patricia, hubo otros encuentros con las supersticiones sudamericanas. Fue cuando Julio Cortázar vino a Londres con su mujer de entonces, Ugné Karvelis, de cara tan rara como su nombre. Patricia sirvió café y Ugné se encargó del azúcar, que repartió. Cuando llegó a mí la azucarera voló de su bandeja a mi regazo, bañándome, literalmente, en azúcar: blanca que hacía contrastar con mi traje oscuro. Ugné se volvió toda disculpas, con genuflexiones que detuvo Miriam Gómez diciendo: "No importa. Eso es considerado una señal de buena suerte en Cuba". Yo no sabía de semejante superstición ni siquiera si Miriam Gómez la había inventado ad hoc para la ocasión. Lo que sí supe luego es que éste era un numerito que había montado la Karvelis para destacarse y al mismo tiempo colocar a su blanco de azúcar blanca en una situación embarazosa. Me lo contó Mario que había sido testigo o blanco en situación similar. ¿Era ésta una versión de la Maga?

 Luego Mario y su aumentada familia dejaron el barrio, a Londres y a Inglaterra.  Mario viajaba y daba clases en universidades diversas. Hasta hubo un tiempo que dio clases en Cambridge y lo vi poco. Estaba contento con sus extrañas clases en Cambridge, donde tenía tan pocos alumnos que la clase podía trasladarse de la universidad a un pub cercano. Más tarde reapareció en Londres: Mario siempre vuelve a Londres.

 Después vino su incursión en la política activa. Una noche cenamos en su casa y pude augurarle el desastre que significaría su vida política. Pero sus constantes viajes a Lima (no era un regreso a Perú todavía) terminaron por atraparlo en una red de la que sólo se extricaría con su desastrosa aventura política -a la que siempre Patricia se opuso-. Patricia había devenido de una bella muchacha encantadora una mujer juiciosa y leal a Mario hasta que ella misma se vio envuelta en la fiebre política. Como antes, le había aconsejado yo que sus viajes a Lima terminarían por resultarle onerosos políticamente. En corto tiempo fue nominado candidato a la presidencia del Perú.

 Ahora estaba toda la familia instalada en su flamante apartamento de Knightsbridge, uno de los barrios ricos de Londres. Recuerdo que cenando una vez allí, rodeado por la decoración high-tech de su apartamento que incluía una creciente pinacoteca con cuadros modernos (había, central, un botero con su excesiva gordura que parecía un Oliver Hardy en busca de Stan Laurel, el Gordo detrás del Flaco en cualquier comedia del dúo), con portero y elevador. Vivían bastante cerca de nosotros, pero bien lejos de la modestia de los tiempos de Earls Court: Mario se había convertido en un escritor de éxito mundial. Pero ahora, de regreso al Perú, lo esperaba la derrota política.

 Fue una campaña electoral pero peligrosa físicamente -y aún más riesgosa políticamente-. Mario, como se sabe, fue derrotado por Alberto Fujimori, un desconocido total entonces. La derrota electoral fue tan estruendosa que muchos dudaban de que Mario se recobrara como figura pública. Pero Mario regresó a su escritorio y a sus novelas, y al poco tiempo estaba recobrado como escritor de éxito, de crítica y de ventas. Viviendo en su apartamento de Knightsbridge, pero escribiendo. Según una costumbre recientemente adoptada escribía por el día en un salón de lectura del British Museum, y por las noches los Vargas cenaban con amigos o solían salir a cenar con nuevos amigos. Mario y Patricia volvieron a ser una pareja perfecta. Los visitábamos a menudo invitados a comer comida peruana que cocinaba Patricia y vimos el apartamento lujoso crecer en otras cámaras y recámaras al expandirlo con otras propiedades vecinas. Pero seguían viajando mucho, a pesar de que la familia había crecido con dos hijos grandes, Álvaro y Gonzalo, y una niña que pronto se hizo mujer, la bella Morgana. Viajaron a todas partes. Mario más exitoso que nunca dando charlas dondequiera y visitando lugares remotos como los arrecifes de Australia, que le habían fascinado desde niño.

 Ahora vivían medio año en Londres y dos cuartos crecientes en París y Madrid, ciudad que encantaba a Patricia tanto como a Mario Barcelona. Dejamos de vernos bastante aunque siempre en uno de nuestros viajes a Madrid cenábamos y yo bromeaba con Patricia acerca de su fascinación que no cesa. Una de las últimas cenas la dio el editor Juan Cruz en uno de los restaurantes más de moda en Londres y allí Mario y Patricia se reían como una pareja feliz. Podían estarlo. Sus hijos habían crecido y cada uno tenía su parcela de acción. Gonzalo se dedicaba a una labor de caridad patrocinada por las Naciones Unidas. El otro hijo, Álvaro, era un periodista independiente y reconocido, y aunque muchos creían que se apoyaba en su doble apellido, en realidad se llamaba Vargas por su padre y Llosa por su madre, que de soltera se llamaba Patricia Llosa: ella y Mario eran primos.

 Luego ocurrieron dos ocasiones memorables que a mí me parecieron oficiales. Viajó a Londres el presidente Felipe González en su primer viaje a Inglaterra y nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la Embajada de España. Yo no conocía personalmente a González, pero Mario lo trataba con la familiaridad de viejos amigos. Tal vez lo fueran. En todo caso González había venido con varios de sus ministros y Mario brillaba en su conversación con políticos profesionales. El almuerzo terminó con mi tête-à-tête con Felipe González, pero ésa es otra historia.

 Años más tarde se repitió una ocasión similar cuando el presidente José María Aznar nos invitó a Mario y a mí a visitarlo en La Moncloa. ¿Nos habíamos convertido en el dúo demócrata? No lo sé. Sólo sé que Mario se portó con más soltura que yo: ya conocía a Aznar. Yo había venido como fui al almuerzo con Felipe González: más por curiosidad de escritor que otra cosa. Hicimos el trayecto a La Moncloa en un auto fuertemente blindado. Regresamos Mario y yo al hotel en el mismo automóvil. Durante el viaje de regreso tuve una suerte de convencimiento iluminador. Los políticos no tienen convicciones, tienen conveniencias.

 En una de nuestras últimas cenas en Londres Mario acababa de publicar su última novela y parecía feliz con su destino recobrado. Recuerdo que lo felicité por el logro que significaba su nuevo libro y aceptó mi felicitación de buen grado. A Mario y a mí nos ocurría algo que no se puede llamar modestia -ni siquiera falsa modestia-. De la que, por ejemplo, Borges era un maestro consumado, con sus frases de rigor: "Usted ha enriquecido mi libro con su lectura", que sonaban casi tan formales como "Favor que usted me hace" o "Gracias por sus elogios, que no merezco". Esta vez tuve que atrapar a Mario en su esquina frente a Harrods para decirle cuánto me había gustado su última novela, que era una vuelta al libro bien contado de sus inicios, y le auguré una carrera feliz -que lo ha sido en extremo al recibir críticas excelentes de toda la crítica inglesa, siempre renuente a celebrar a escritores españoles, pero peor a autores hispanoamericanos. Fue escogido, por muchos críticos, como uno de los mejores libros del año.

 Tuvimos una última cena en Madrid. Mario ya no estaba preocupado por su hipertensión, sino por la tensión que se había creado con Álvaro con su campana solitaria en contra del presidente Toledo, que Mario había apoyado electoralmente, y aunque Patricia era el calmado centro materno de siempre, Mario parecía furioso, no con Álvaro, sino con las inesperadas vueltas que daba y da toda la política. Me alegré de estar presente porque supe lo profundos que eran sus sentimientos de ser un demócrata convencido -aun en lo que parecía una crisis familiar-.

 Como escritor, la crítica inglesa lo ha comparado con Conrad y ha dicho que desde Nostromo no había una novela sudamericana que planteara tan bien la dicotomía entre la novela y la política como tema central. Es que Mario se parece a Conrad hasta en sus dilemas. Pero su verdadera carrera, donde era un triunfador, era la literatura. A la que no ha tardado en volver con esta La fiesta del Chivo, que había tratado de escribir durante años, mientras en la vida es un verdadero, como Conrad, pater familias. Mario Vargas Llosa es un gran escritor. Pero, estoy seguro, prefiere ser un buen padre. Es posible que me equivoque, pero creo haber demostrado que lo conozco bastante. Nuestros encuentros nunca han producido un encontronazo.


  El País, diciembre 2002.


Homofobia y lacras sociales

 

 Juan Goytisolo


 Decir que he leído de un tirón, con apasionamiento, Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante, publicado por Galaxia Gutenberg en una cuidada edición a cargo de Antoni Munné, es quedarme corto. La inmersión en sus páginas ha sido para mí retroceder en el tiempo, un salto vertiginoso de medio siglo para vivir entre personajes que fueron mis amigos y otros muchos que frecuenté u oí hablar de ellos durante mis dos viajes de “turista revolucionario” a una Cuba que parecía encarnar la utopía de una sociedad libre, justa e igualitaria. Mi librito Pueblo en marcha, publicado en París en 1962, da buena cuenta de ello.

 Durante mi segunda estancia en La Habana, en plena crisis de los cohetes, con miras a un guion de cine para Tomás Gutiérrez Alea que nunca se llevó a cabo, Cabrera Infante no estaba en Cuba. Había sido nombrado agregado cultural de la embajada de su país en Bruselas y allí residía cuando en junio de 1965 recibió la noticia de la grave enfermedad de su madre y llegó a La Habana justo para asistir a su entierro. Tras unos días de duelo, cuando se disponía a coger el avión de regreso, una llamada telefónica del ministro de Asuntos Exteriores se lo impidió. Raúl Roa quería hablar con él y no pudo embarcarse con los demás pasajeros.

 Mapa dibujado por un espía abarca el periodo de cuatro meses entre esta salida frustrada y su costosa autorización para dejar la isla con destino a España en donde su novela Tres tristes tigres había sido galardonada con el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral: un periodo lleno de tensiones e incidentes que desembocaron en su decisión de expatriarse con la amarga verificación de que Cuba ya no era Cuba y de que aquel país no era su país.

 Ante el rumbo inquietante de la revolución hacia un sistema totalitario que alarmaba incluso a viejos militantes comunistas como el poeta Nicolás Guillén a quien Fidel Castro había tildado de “haragán” en una charla con los estudiantes (“¡Este tipo es peor que Stalin! Por lo menos Stalin está muerto pero este va a vivir 50 años más y nos va a enterrar a todos”, dijo Guillén a Cabrera Infante), los escritores cubanos llamados al orden desde el famoso encuentro con Fidel en 1961 y el cierre posterior del magacín Lunes de Revolución dirigido por Guillermo, se habían dividido entre quienes se atrevían a criticar abiertamente la deriva autoritaria del régimen como Walterio Carbonell y Martha Frayde, los críticos cautos como Carlos Franqui y Gutiérrez Alea (cuyo filme Fresa y chocolate fue un prudente ejercicio de disidencia) y los que se doblegaron a los imperativos doctrinales del “socialismo real” en el que, como dijo un libertario de Mayo del 68, todo era real excepto el socialismo.

 Dada la imposibilidad de resumir aquí la pleamar represiva que afectaba a intelectuales, escritores y artistas reflejada en el libro, me detendré en uno de los elementos más significativos de lo que se conoce hoy como la Década Ominosa: la obsesión enfermiza del régimen contra los culpables o sospechosos de homosexualismo, calificados de “delincuentes sexuales”, obsesión que desembocó en el envío de decenas de millares de ellos a los campos de trabajo de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) poco después de la salida de Cabrera Infante de la isla.

 La creación de un departamento del Ministerio del Interior, el de Lacras Sociales, era el vértice de una vasta pirámide de espionaje y control que a partir de los Comités de Defensa de cada barrio elaboraba casa por casa un censo de los sospechosos de desviación. Obviamente, los medios literarios y artísticos se convirtieron en el punto de mira de los celadores del orden y las buenas costumbres impuestos por la Revolución. El Teatro Estudio, el grupo cultural El Puente, los círculos intelectuales marginados por la línea oficial comenzaron a sufrir las consecuencias de esa manía persecutoria. El director de la revista Casa de las Américas, Antón Arrufat, había sido destituido de su cargo por haber publicado un poema de José Triana con alusiones homoeróticas e invitado a Cuba al icono de la Beat Generation Allen Ginsberg. En cuanto a Virgilio Piñera, detenido ya en 1961 en la primera redada organizada por los guardianes de la ortodoxia a ultranza y liberado gracias a la intervención de Carlos Franqui, vivía aterrorizado y con esa valentía suya que brotaba del miedo había discutido con sus amigos la idea de una manifestación ante el palacio presidencial para denunciar el acoso que sufrían por parte de Lacras Sociales y su jauría de malsines. Dicha manifestación que anticipaba la de los actuales activista gais en regímenes autoritarios y que en el contexto cubano de 1965 era inútilmente suicida no se realizó y el ministro del Interior, el comandante Ramiro Valdés y su adjunto Manuel Piñeiro siguieron con las suyas contra las “desviaciones y extravagancias” tanto de la santería africana de los lucumíes y abakuás como de los estigmatizados sodomitas.

 El episodio más revelador de esa atmósfera paranoica que refleja el libro es tal vez el referido al autor por Tomás Gutiérrez Alea, mi amigo Titón: el del “juicio” al que asistió casualmente con dos colegas en la Federación de Estudiantes Universitarios contra dos alumnos acusados de contrarrevolucionarios, sentados en un estrado con el juez y sus acusadores ante una asamblea vociferante que no les concedía la palabra y exigía su expulsión. Las víctimas de aquella siniestra farsa eran un muchacho motejado de “raro” y una chica, de “egoísta y exquisita”. Los dos jóvenes y un asistente al acto que no alzó el brazo como los demás (“¡ojo, aquí hay uno que no votó!”) fueron excluidos de la universidad y después de aquel linchamiento purificador el raro, un alumno eminente de la escuela de Arquitectura, se arrojó del último piso del edificio en el que vivía. La epidemia de suicidios que diezmó las filas de la intelectualidad y la clase política cubanas durante aquellos años, epidemia analizada por Cabrera Infante en su obra Mea Cuba, se cobró una víctima más.

 No quiero concluir estas líneas sin mencionar la digna y eficaz intervención de Lezama Lima para quitar hierro a las palabras del Walterio Carbonell ante un grupo de empresarios franceses salvándole así momentáneamente de la máquina represiva que se abatiría sobre él dos años más tarde acusado de fomentar un Poder Negro en la isla y el ostracismo y castigo de algunos fieles de Che Guevara como el embajador de Cuba en Bruselas Alberto Mora a quien su excompañero de lucha antibatistiana Ramiro Valdés visitaría más tarde en su celda de La Cabaña exhortándole a que confesara sus imaginarios crímenes contrarrevolucionarios, y Enrique Oltuski, enviado cuatro meses al penal de Isla de Pinos por haber pronosticado con acierto el fracaso de uno de los grandiosos planes agrícolas de Fidel.

 La transformación del “desviacionismo” sexual en político y de ambos en una forma inicua de delincuencia constituye una de las páginas más sombrías de una Revolución que Cabrera Infante, como la inmensa mayoría de intelectuales cubanos, acogió con entusiasmo hasta que las sucesivas experiencias recogidas en el libro sobre su última estancia en la isla le convirtieron en este gran escritor de dentro desde fuera de Cuba que todos sus lectores admiramos.


 El País, 14 de diciembre 2013. 


martes, 20 de enero de 2026

Como quien ríe al final


 

Pedro Marqués de Armas

 

Escribía cartas a Radio Francia Internacional

(o Radio Exterior de España) 

con la ilusión de que fueran leídas 

por aquellas “amables presentadoras” 

para él tan familiares

que se convirtieron

en su último solaz

 

A veces cuando más lo esperaba

saltaban su nombre pero ¡qué alegría! 

si acusaban recibo y enviaban saludos 

al oyente fiel que las instruía con historias 

(un tanto) anómalas que sin embargo 

enderezaba al trasladar a ese estilo suyo

ordenado y convencional

 

La muerte repentina de Voisin poco antes

de su última conferencia en La Habana

el curioso destino de unas piezas de Gundlach

extraviadas del museo de Segunda Enseñanza

la ruta de los últimos auténticos manatíes

por los cayos del norte el secreto 

(amor) de Enriqueta Faber

y tantas otras

de valor local

 

Aunque no acusaran recibo

se sentaba

oyente fiel

a su hora

esperando señal

 

Un verano y otro

qué agrado el suyo

o qué largo silencio

si pasaban

de él

 

En esa su hora

nada podía

sacarlo

de ahí

 

Ni mi madre bailando el San Vito

ni el motor de aspas del El Bosque

ni el trasiego ruidoso de escrip

(tores) con ganas de hablar

de Derrida.

 

Un día le vi meter literal

mente la cabeza en la radio

y el oído

en el dial

 

Fundido a su Zenith

riente (de 1933) él

tan íntimo

adquirió un aspecto Un

–Heimlich

sonreía como el Hombre de Arenas

como el avestruz que me sonrió

en Italia –una vez– como todo

lo que sonríe

a sabiendas

 

lunes, 19 de enero de 2026

Situación de Ezra Pound

 

 Giorgio Agamben

 

                                       From the wreckage of Europe, ego scriptor

                                                                                      Canto LXXVI

 

 No es posible entender la obra de Pound si no se la coloca en su propio contexto. Este contexto coincide con una fractura sin precedentes en la tradición occidental, una fractura de la que Occidente no sólo no ha salido todavía, sino de la que ni siquiera podrá salir si antes no está en condiciones de medir su alcance, decisivo en todos los sentidos. Después del final de la Primera Guerra Mundial era patente, para quien había conservado la lucidez, que algo irreparable se había producido en Europa, y que el nexo entre pasado y presente se había roto. Que los primeros en darse cuenta hayan sido los poetas y los artistas no debe sorprendernos, porque es a ellos a quienes incumbe en todo tiempo la transmisión de aquello que nos es más valioso la lengua y los sentidos. Ni siquiera se puede plantear el problema de las vanguardias poéticas del siglo xx si no se entiende, primero, que son el intento de responder —con mayor o menor consciencia, según los casos— a esa catástrofe: no tienen relación con la poesía y las artes, sino con su radical imposibilidad, con la disminución de las condiciones que las hacían posibles. La transposición en términos estético-mercantiles de la crisis epocal que se había expresado en las vanguardias es, por ello, una de las páginas más vergonzosas de la historia de Occidente, de la que los museos de arte contemporáneo representan hoy la más extrema e indolente propagación. Aquello en donde estaba en juego la posibilidad misma de la poiesis y, por tanto, la supervivencia del ser humano como ser espiritual, se redujo a un fenómeno de moda y fue liquidado de una vez por todas bajo la forma de producción de nuevas mercancías. Existen tres momentos decisivos —al menos en la perspectiva que nos interesa— en la poesía en lengua inglesa del siglo xx.

 El primero, La tierra baldía (1931), nacido de la estrecha colaboración entre Eliot y Pound («il miglior fabbro», a quien el poema está dedicado), ha sido leído como un texto enigmático y profundo, cuya comprensión necesitaba un desciframiento preliminar de sus densas estructuras ocultas. Se trata, en realidad, de un collage de frases y figuras provenientes de toda la historia de la cultura occidental (no sin agregados orientales), en donde se suceden la Sibila cumana y el Grial, Ludovico II de Baviera y el Rey pescador, Tiresias y san Agustín, Filomela y la baraja del tarot, los sermones del Buda y Gérard de Nerval, Dante y las Upanishad, Ovidio y Flebas el fenicio... Estos fragmentos no se componen, como sugería Curtius, paragonando a Eliot con un poeta alejandrino, en un mosaico inteligible están, más bien, dadaísticamente aislados y sin ninguna correspondencia recíproca, porque su único sentido consiste en su incomprensibilidad. Los intentos de los intérpretes de sacar a la luz un significado oculto a través del paciente, inagotable inventario de las fuentes, sólo pueden fracasar. La «tierra baldía» es, de hecho, la tierra de la cultura occidental, cuya tradición se ha interrumpido, y al poeta sólo le queda juntar, más o menos al azar, los restos: these fragments I shored against my ruins, concluye Eliot, actuando aquí ciertamente como un filólogo alejandrino que recoge los fragmentos que escaparon al incendio de la gran biblioteca.

 Luego está Finnegans Wake (1989). Aquí también entra en juego, literalmente, toda la historia de la cultura occidental, de la Biblia al vaudeville, de la liturgia eucaristica al Libro egipcio de los muertos. A diferencia de La tierra baldía —con el que el libro comparte la técnica del montaje—, la ruina aquí involucra también a la lengua, que, en una especie de irónica 9 parodia de la gramática comparada, funde bajo una ilegible corteza anglosajona lenguas y tiempos diversos, del hebreo al celta, del griego al italiano, del alemán al latín y del ruso al danés. Inténtese leer el texto utilizando la Readers Guide de W. Y. Tindall (William York Tindall, A header's Guide to Finnegans Wake, Nueva York, Syracuse University Press, 1969): que explica casi cada palabra restituyéndola puntillosamente a sus disparatados componentes. Para el lector inteligente, el libro no se vuelve por ello más comprensible. Por el contrario, ahora está en condiciones de apreciar plenamente el sin sentido. Es posible que, como sugiere el comentador, la operación resulte divertida: se trata, sin embargo, de una risa conscientemente cruel, desde el momento en que aquí se trata, nada menos, que de la ruina y el volverse opaca para sí misma de la tradición teológica, filosófica y poética de Occidente. Lo que se propone en la lectura es una imposibilidad de leer de la escritura que se transmite los estudiantes han perdido el significado.

 En 1951, David Jones publica los Anathemata (también este libro, como los dos precedentes, se publica en Faber & Faber, es decir, con el imprimatur de Eliot). También esta vez, el poema, atestado de glosas en varias lenguas, abraza la historia entera —y hasta la prehistoria— de la cultura. Nos interesa aquí particularmente la divisa que Jones escoge como emblema de su poética, la frase de Nennio, coacervavi omne quod invení, «he apilado todo lo que he encontrado» (I have made a heap of all that I could find). (David Jones, Anathemata, Londres, Faber & Faber, 1951, p. 9). La tradición que Jones tiene frente a sí y con la que trabaja, del Mabinogion al Canon de la misa, es una desmesurada mezcolanza de fragmentos, y el poeta que debía transmitirla sólo puede hurgar ahí y nuevamente acumular los desechos, sin que nunca emerja un sentido para orientarlo en su incesante labor. Por ello, el libro —dice el subtítulo— contiene sólo fragments of an attempted writing. Decisivo no es lo que se transmite, sino el acto mismo de la transmisión, aun cuando ese acto resulte carente de sentido.

 Es importante no pasar por alto la tarea paradójica que los poetas se proponen aquí. La tradición religiosa, filosófica y poética no es convocada, como hasta entonces había ocurrido, por su capacidad de nutrir y orientar la vida y la palabra de los hombres sino, por el contrario, precisamente porque parece haber perdido esa capacidad. Lo que se exhibe es precisamente esa pérdida. De ahí el efecto de extrañamiento y de desintegración tan característico del procedimiento de las vanguardias. De ahí, también, su fácil tergiversación en términos estéticos, como si se tratara todavía de obras de arte, sólo que más insólitas y nuevas.

 El diagnóstico de la situación de aquella época es lo que está en el centro del intercambio epistolar, en 1984, entre Benjamin y Scholem a propósito de Kafka. Según Scholem, Kafka tiene frente a si una tradición -una ley, en términos judíos- que «rige, pero no significa», una especie de «nada de la revelación», donde la tradición está reducida «al punto cero de su contenido» y, sin embargo, no desaparece. Los estudiantes, de los que habla Kafka, «no son estudiantes que han perdido la escritura..., sino estudiantes que ya no pueden descifrarla». (Walter Benjamin y Gershom Scholem, Bnefwechsel, Frankfurt am Main, Suhrkamp, 1980, p. 175). A esa «vigencia sin significado», Benjamin objeta que una tradición que ha perdido su contenido deja de existir y se confunde con la vida, esa vida, precisamente, que en la novela de Kafka es vivida en el pueblo que está en las faldas del monte donde se aka el castillo. Volviendo, cuatro años después, sobre el problema de la tradición, Benjamin precisa su diagnóstico. Aquello con lo que Kafka debe enfrentarse es una «enfermedad de la tradición» en la que ésta ha perdido su verdad. En esta situación, «el genio de Kafka es que él ha intentado hacer algo absolutamente nuevo ha sacrificado la verdad para mantenerse fiel a la transmisibilidad» (Ibidem, p. 1). La respuesta de los poetas a la enfermedad de la tradición —así parece sugerirlo Benjamin— es renunciar a lo que se transmite —la verdad— en favor de la transmisión. Pero una poesía que no transmite nada que no sea ella misma, ¿es todavía poesía? ¿O nos encontramos aquí, más bien, frente a algo para lo que no tenemos nombre y que sólo por pereza y miedo llamamos todavía poesía y arte?

 Sólo en este contexto problemático la obra de Pound —al menos a partir de los primeros Cantos— se vuelve inteligible. Él es el poeta que se ha colocado con mayor rigor y casi con «absoluta desfachatez» (unmitigated gall) frente a la catástrofe de la cultura occidental. Mucho más decididamente que Eliot, Pound vive en esa «tierra baldía», un inferno que, como sugiere en el Canto XLVII, no es posible, como ha hecho el «reverendo Eliot», «atravesar rápidamente». Pero justo por eso, para él «todas las edades son contemporáneas» (Ezra Pound, Selected Prose 1909-1965, Nueva York, New Directions, 1973, ρ.21), puede referirse inmediatamente a la historia entera de la cultura, de Homero a Cavalcanti, de Mani a Mussolini, de Dante a Browning, de Perséfone a Woodrow Wilson, de Confucio a Arnault Daniel. «Sólo Pound», dijo Eliot, «es capaz de verlos como seres vivos», siempre y cuando precisemos que, en los Cantos, son en realidad sólo pedazos que emergen por un instante del Leteo e incesantemente se sumergen en él. Furio Jesi definió una vez el universo poético de Pound como la «transformación en escombros de los objetos de amor que ya no se consideran vitales». (Furio Jesi, Letteratura e mito, Turin, Einaudi, 1968, p. 309* [Existe edición en español: literatura y mito, Barcelona, Seix Barrai 1972]. Si la tradición es accesible sólo como lasca y fragmento, el poeta en busca de formas —venator formarum— no ve frente a sí más que escombros —aun si éstos están, al menos para él, vivos y vitales precisamente como fragmentos—. Su canto inaudito está tejido con esos pedazos que, una vez agotada su función, no sobreviven. De ahí la impresión de artificiosidad, tantas veces reprochada de forma injusta a su poesía Pound procede como un filólogo («También atravesé el pantano de la filología», escribió en The Spirit of Romance, p. 14) que, en la crisis irrevocable de la tradición, intenta transmitir sin notas a pie de página la imposibilidad misma de la transmisión. En el verso del Canto LXXVI en el que Pound se evoca a sí mismo frente al naufragio de Europa (From the wreckage of Europe, ego scriptor), scriptor obviamente debe entenderse como «escriba», no como escritor. Frente a la destrucción de la tradición, él transforma la destrucción en un método poético y, en una especie de acrobática destructio destructionis, imita todavía, como scriptor, un acto feliz de transmisión. En qué medida logra esto, quiero decir, en qué medida el texto ilegible —en el que un ideograma chino está junto a una palabra griega y un vocablo provenzal responde a un hemistiquio latino— puede ser verdaderamente leído, es una pregunta a la que no es posible responder de forma superficial. La verdad y la grandeza de Pound coinciden —es decir, se establecen y caen— con la respuesta a estas preguntas.

 De ahí la importancia de sus escritos en prosa, en los que Pound expone sus ideas sobre la poesía, sobre la economía y la política. Esos escritos son hasta tal punto una parte integrante de su producción poética que se ha podido afirmar con razón que «los Cantos son obviamente la exposición de una teoría económica que busca en la historia una ejemplificación». (Alfredo Rizzardi, en Ezra Pound, Canti pisani, Parma, Guanda, 1957, p. xxix). Como un poeta arcaico, Pound se siente responsable del entero paideuma (como a él le gusta decir, usando un término de Frobenius) de Occidente en todos sus aspectos. «Usura», «dinerolatría» y, al final, «avaricia» son los nombres que da al sistema mental —simétricamente opuesto al «estado mental eterno» que, según el primer axioma de Religio, define la divinidad— que ha determinado el colapso y que domina todavía hoy —mucho más que en su tiempo— a los gobiernos de las democracias occidentales, dedicados concordemente, aunque con mayor o menor ferocidad, al «asesinato por medio del capital» (murder by capitalSelected prose, cit., p. 227). No es aquí el lugar para valorar en qué medida, a pesar de sus ilusiones sobre los «pueblos latinos» y sobre el fascismo, las teorías económicas de Pound son aún actuales. El problema no es si la genial moneda de Silvio Gesell, que tanto lo fascinaba y sobre la cual, para impedir su atesoramiento, se debe aplicar cada mes un gravamen del por ciento de su valor, sea más o menos realizable: decisivo es más bien que, en las intenciones del poeta, aquélla denuncie la «posibilidad de estrangular al pueblo a través de la moneda», posibilidad que él veía, no sin razón, en la base del sistema bancario moderno. Que el poeta que ha percibido con la mayor agudeza la crisis de la cultura moderna haya dedicado un número impresionante de opúsculos a los problemas de la economía es, en este sentido, perfectamente coherente. «Los artistas son las antenas de la raza. Los efectos del mal social se manifiestan sobre todo en las artes. La mayor parte de los males sociales son, en su raíz, económicos». (Ibidem, p. 229).

 

 Escrito para la edición Dal Naufragio di Europa de Ezra Pound, publicada por Neri Pozza en 2016, es el prólogo a Cantos de Ezra Pound (trad. Ernesto Kavi) en la traducción de Jan de Jager, edición Sexto Piso, México, Madrid, 2018.