domingo, 17 de septiembre de 2017

La manigua sentimental II



II

 He de escribir yo algún día un libro trascendental que llevo dentro, El amor en la guerra: he aquí su tema, presuntuoso, enfático, digno de una tesis doctoral. Unas trescientas páginas, todo médula.
 Porque convengo en que mis ansias por aquella fresca muchacha medio bonita, un poco rubia, casi sentimental, eran algo previamente escrito en el magno itinerario de los destinos humanos. Pero, ¿cómo nació aquello, cómo creció?
 A los cinco meses de campamento, nuestro concepto de la mujer ha sufrido muy notable modificación. Quizás nos hacemos castos por el derivativo del cansancio; tal vez nos hacemos tontos por la vida instintiva, al ras de la tierra. ¡Vaya usted a saber! El caso es que el aporte de algunas hembras al paso por el pueblo de Almiquí, no conquistó con el ruido fofo de los trapos y los melindres ante las voces de las alimañas, otro tributo que el de un leve desdén o un asco leve, como el espectáculo de un animal triste, incapaz para la pelea o el hambre. En todo caso no era la primera vez que erraban con nosotros grupos de mujeres, de una prefectura a otra, utilizadas en los hospitales, siempre componiendo el mismo cuadro de algo pobre y sucio, de algo que se descompone y enferma periódicamente y que en resumidas cuentas estorba...
 Con permiso del coronel, ¿puede haber cosa más inhumana que la guerra?
 Esperanza era la mayor, Juanilla contaba dos años menos; quizás andaba por los diez y siete. Ocupaban un lugar en la impedimenta con el viejo Fundora que, paseando su cabeza bamboleante de gran bestia, husmeaba por los serones de viandas. Y ahora debo añadir que la impedimenta es el eslabón más curioso de una columna insurrecta. Depósito de todo lo ruinoso y lo débil; almacén ambulante de chiquillos aventureros, de heridos en convalecencia, de rancheros, sanitarios y acemileros que se absorben en pacíficos trajines; rincón de barullo e indisciplina donde se encuentra el avío de coser que nos falta, el trago de aguardiente para nuestros nervios flojos, la refrescante charla femenina que nos pide el espíritu cohibido.
 En nuestro andar errante hacíamos altos de varios días. Se vivía entonces entre murmullos confusos, rasgados por voces de mujeres en riña alrededor de grupos de matarifes que descuartizaban la res sorprendida poco antes. Era éste de la matanza un momento de sensación que confundía en la misma curiosidad morbosa a soldados y pacíficos. Yo acudía siempre de los primeros tratando de acercarme al rancho de las mujeres, y éstas, poseídas de una leve fiebre abrían los ojos oyendo los sordos mugidos para adivinar desde lejos la agonía de la res. Una vez tuve la idea de llevarlas cerca, con un deseo picante de comunicarles mi horror. Y ellas vinieron.
 —¡Ohé! ¡Hop! ¡Hihop!…  se escuchaba de entre las maniguas caladas de luz. La bestia venía rápidamente, pataleando sobre la tierra reseca, abriéndose paso con su vasto corpachón por entre los arbustos espinosos; tras ella, teniéndola por una larga soga, corría sin sombrero Ricardo Luján, gozoso con aquel gran juego de su espíritu y de sus músculos, rojo, desmelenado, derramando salud.
 Por fin llegaron al calvo redondel formado en la hierba, de donde una zanja cárdena y vampírea escapaba hasta el río. Luján adelantándose llegó hasta un palo recio que se erguía en medio de la tierra pelada, y allí hizo rápidamente un lazo fuerte deteniendo en seco la carrera de la res. Era un toro blanco tocado de lujosas manchas de oro viejo desde la cruz a las agujetas; parándose con la cabeza doblada a la tensión del lazo, jadeaba rítmicamente, desbordando los ojos, como si no vislumbrara el porqué de aquella persecución, y aquel escenario. El sol a plomo, azotaba sus ancas esparciendo nueva luz hasta nuestros refugios de sombra. Una de las mujeres rompió en una risa convulsa; y el toro estremecido, olfateando la sangre cuajada en el suelo, echó fuera un mugido largo, como si quisiera llevarlo hasta los lejanos corrales, llenos de palpitaciones, del otro lado del palmar.
 Entonces los hombres que ayudaban a Luján, las blancas camisas reluciendo en el sol, fueron acortando la cuerda hasta clavar al tronco el testuz ancho y vigoroso. Lujan, risueño como un torero en la plaza, sacó un puñal que chispeó en el aire, y brindó la res a Esperanza Fundora, cuyos ojos fulguraban. Y súbito, ahorrando tiempo, acaso con un vago miedo, zigzagueó la hoja en el aire y la clavó pesadamente en el cogote duro y velloso.
 Un clamor de protestas y de risas coreó la faena. La res pateando furiosamente bajo la torpe acometida, logró doblar la cabeza astillando la cornamenta contra el palo que se enrojecía; y ya la posición fue más difícil. Luján cortado, apretados los labios, probó un segundo golpe. Pero el cuchillo rodó sacando dos o tres ojales a la piel. Nuevos gritos vibraron en la atmósfera limpia. Juanilla, junto a mí, volvió la cabeza, mirando con débil deseo el techo de su rancho, que apuntaba sobre las maniguas.
 El toro había logrado apartarse un tanto del bramadero, aflojando la cuerda. La cabeza baja, tinto en sangre el cuello fornido, sacaba por un lado un pedazo de lengua amoratada, y diríase que esperaba para herir. Fue un momento de estupor. Luján rabiando, los ojos inyectados de sangre, espantoso, rodeaba el cuerpo enorme del animal buscando un nuevo punto para su puñal: el grupo de hombres miraba inmóvil.
 De repente, una mujer se adelantó. Era Esperanza, la mayor de las Fundora. Iba riéndose, doblado el cuerpo en las convulsiones de las carcajadas.
 —¡Muchacha! —gritó Juanillla incapaz de movimiento.
 —¡Déjenme! —dijo la otra. —A ver acá... No será el primero.
 Todas la dejaron paso. Un deseo de egoísta, de acabar la escena, les hacía alegrarse. Tal vez. Hay mujeres para todo...
 Ricardo Luján, al verla llegar, echó un terno. Ya aquello era una afrenta. Y precipitándose loco sobre la bestia se cogió a una de sus astas y así hundió dos, tres veces, sin apuntar, la hoja aguda sobre el pescuezo y en la cruz. El toro se revolvió, roncando bajo el dolor hasta que en un revés supremo se deshizo del asesino arrojándolo como una pelota sobre la hierba quemada. Y atado, pero sin morir, abiertos y pasmados los ojos, sacó la cabeza a lo alto y así bramó con varios gritos roncos y prolongados pidiendo tal vez auxilio a la justicia bestial de los suyos.
 De pronto el clamor se cortó en su belfo. Esperanza, risueña y ágil, había recogido el puñal del suelo, y sedosamente, sin ruido, y apuntando un momento a la nuca inmóvil, había descargado el golpe decisivo. La res doblegó la cabeza sobre la flácida papada, parpadeó un segundo; y con un temblor a lo largo de las patas, cayó pesadamente sobre su lecho de sangre.
 —¡Bravo! —gritaron alrededor.
 Y Esperanza, felina, tornando a ser mujer, se sentó tranquila sobre el costado enorme del toro y allí gozó, entornando los ojos, la embriaguez salvaje del triunfo. Cuando volví los ojos fascinados, vi a Juanilla que separándose de las otras mujeres, se pasaba la mano por la frente con un gesto de enfermo. A su lado el coronel, súbitamente aparecido allí, la bromeaba por su miedo, y reía con una risa gruesa, llena de saliva pastosa.
 Aquel episodio quedó mucho tiempo en mi memoria, porque con él quedaron marcados en brutal relieve los dos temperamentos. La una, morena, creeríasela gitana, aspiraba el aire de la guerra como un ambiente hecho para sus pulmones de bohemia. La otra, pálida y triste, traía el recuerdo brumoso de los prisioneros de bárbaras hordas; acaso nos temía como a tales, con una desconfianza vaga que se refería a todo lo suyo, a su vida, a su honor, hasta a sus prendas de coral y nácar envueltas en el pringoso pañuelo. Una vez preguntó con angustia en sus ojos verdes:
 —¿Es cierto que hay en la guerra unos negros dominicanos con argollas en la nariz?
 Pronto estuvimos todos enamorados de ella. Y yo veía merodear por el rancho de la impedimenta a Luján, al francés expedicionario que habría de preparar la dinamita, al coronel Molina, grave y duro, con sus ojos fruncidos entre los pómulos salientes orgulloso de sus súbitas apariciones napoleónicas en los extremos del campamento, bajo la noche muda.
 ¡Oh, las noches del campamento! Sobre la hierba mojada o en las hamacas abiertas cambiábamos ideas simples ante el bohío de los jefes que echaban un trozo de luz hacia la tierra dura y hacia las hojas de los árboles. De las palmas cercanas caía el grito melancólico de los pájaros y en lo azul chispeaban las estrellas. Boca arriba, sobre la malla floja, leíamos distraídos su caprichosa combinación.
 —Aquella es Orión; aquella Casiopea; aquella es la Cruz del Sur.
 Del otro lado de las sombras espesas emergía de pronto la voz de Esperanza Fundora, cantando guajiras al compás de dos piedras, voz cálida de contralto que denunciaba una garganta ancha y una boca grande y fuerte. Y todos callábamos ante el imperio de aquella vibración lejana, puestos los ojos del alma en el interior revuelto y risueño del rancho de las mujeres.
 Una noche de aquellas, al dejar la hamaca por una necesidad íntima de caminar, de mover los brazos, de dar gritos, sentí de pronto, sobre los hombros las dos manazas de Ricardo Lujan.
 —Vamos a ver —dijo con rudeza— ¿Por cuál de las dos te decides? Porque no es cosa de hacer aquí parodias de salón.
 La expresión de mi amigo y los codazos con que la subrayaba, al andar, me intimidaron como la lontananza de un peligro. Ante mi mutismo, se sentó sobre una gran piedra, levantando con un brusco ademán la vaina del machete. 
 …Porque si tú no eliges, continuó— yo he tomado ya mis posiciones.
 Y cambiando la voz agregó:
 —Vamos, ¿qué te parece la trigueña?… La tengo madura; cayéndose de la rama...
 Suspiré aliviado. Y él me relató cómo se habían encontrado dos o tres veces a solas, mientras se apartaba ella del rancho para bajar con ropas a algún arroyo dormido entre las cañas bravas. Las conversaciones habían sido ardientes; al pasar por entre las hojas se inclinaron cierta vez para evitar un ramo de espinosos aromas, y él teniendo cerca los labios carnozuelos de la muchacha los besó frenético, mientras abarcaba con su mano ancha la pulpa de los senos inquietos. Al fin la dejó bajo el ruego de no abusar de su soledad. Y ella prometió ser buena con él en lo sucesivo.
 Yo sonreía envidioso. Y entonces evoqué claramente la figura fuerte y dominadora de aquella muchacha, tan distinta a su hermana. Aquélla se hallaba entre los mambises como en su propio elemento; diríase que ansiaba encontrarse por azar en un combate de abundante carnicería y absorber en los momentos del triunfo o de la fuga, el olor mareante de la hecatombe. Su amor debía de ser violento, casi cruel; sus besos serían mordeduras sangrientas. Y al observar en vago paralelo los recios hombros, el rudo cuello de aquel bruto de Ricardo recordaba pálidamente los bajo-relieves asirios y babilónicos que pintan luchas de monstruos animados de odio o de amor.
 —Pues si se te entrega, anda con ella —dije sonriendo con esfuerzo, con un vago terror a la realidad que se me echaba encima…


 Los días corrieron grises, sin matiz. Una tarde arribamos a una prefectura fundada en el batey de un antiguo cafetal, clásico batey de campanario alzado sobre zócalo de hormigón y pozo derruido con agria garrucha en el brocal, en lo llano de un valle sembrado de rojizos y desaliñados cocoteros. El prefecto, mambí de la guerra grande, que como en su casa vivía allí con la parienta y los chicos entre un grupo de cerdos que hozaban en el fango, nos prestó durante unos días sus bohíos esparcidos en derredor del vasto caserón y su zona de cultivo donde verdeaban yucas y boniatos. Al amparo de su barba de profeta y bajo el temblor de la bandera de Cuba Libre, clavada en una caña brava, dejamos resbalar el tiempo, mientras se reponía la columna para seguir su ruta militar, en espera de algunos despachos del general Maceo que debía de andar a pocas leguas de allí.
 Detalles estratégicos eran éstos, de los cuales me tenía a punto la Tenienta, el temible marimacho, que se aburría atrozmente en la forzada quietud del campamento. Siempre me fue interesante aquel tipo andrógino, el más fiel asistente de Cheo Molina. Encargada siempre de misiones peligrosas, llegaba a su lado de vuelta de algún forrajeo audaz, saltando como un perro cariñoso, brillante de sudor la nerviosa musculatura por entre las desgarraduras de su traje de hombre, secas las abiertas fauces por donde asomaba la blancura de los dientes limados en punta.
 La Tenienta me concedía su amistad; acaso con cierto aire de protección varonil ante mi pobre timidez femenina. En cambio odiaba a las mujeres, y aquella parte del campamento de donde surgían risas y barboteo de agua jabonosa, le parecía una deshonra y un peligro del ejército.
 —Perras, decía al verlas tejiendo sombreros bajo el sol. —¡Qué tonga de satas!... Güeña guinda de guásima les daría, pa que no fueran luego con cuentos al soldao.
 Hubiera dado cualquier cosa buena por verlas en un apuro, por hacerlas llorar un descalabro en esa perrería de la honra! Una vez se le presentó la ocasión.
  Fue una noche en que sobre mi aburrimiento de vagabundo, caía una luz romántica de luna llena, bordando los senderos de nevados encajes. Una ceja de monte a la derecha me enviaba el hálito sosegado de su seno, pictórico de vidas menudas. De pronto se alzó un ruido de maniguas profanadas. Y oí como si de la tierra surgiera, la voz de la Tenienta,  fantástica y dura:
 —Po aquí… Po aquí… No tengas mieo…
 ¡Diablos, que podrá ser aquello! Un acento débil se quejó entonces, entrecortado:
 —Pero... ¿adónde vamos?... ¿No me decías… que mi padre... me llamaba al rancho?...
 Conocí la voz de Juanilla, la chiquilla de Fundora. Y vislumbrando lejanamente la clave de aquello, torcí con el corazón en los labios hacia la espesura tras las dos mujeres, adivinando en la sombra los ojos salvajes, fascinadores de la negra.
 —Po aquí... po aquí vamo ma corto... Sigue, que te conviene…
 Se escuchaban de nuevo las duras sílabas africanas, y los golpes de su machete al abrirse paso entre los guayabales. Pronto llegaron a una antigua tranquera derruida; y ya no me quedó duda: momentos antes había visto sumergirse entre las frondas en esa dirección, la silueta doble y pesada del coronel, el cíclope guajiro que enrojecía al hablar con las mujeres.
 Tuve un minuto de melodrama: perdonadme. De un salto me planté frente a las dos mujeres en mitad del portillo, obstruido por palos secos. La muchacha gritó ahogadamente hurtando el cuerpo hacia atrás, mientras la negra, confundiéndome en la sombra, reía con las manos en las rodillas:
 —¡Ueté tiene prisa, mi coroné! …
 Pero al levantar la cabeza quedó extática: a la claridad lunar dejó ver una expresión de pasmo idiotizado. Juanilla Fundora miraba a todas partes, perdido el rumbo entre las maniguas, próxima a llorar.
 —Vamos, esto no es nada —le dije después de una pausa… —Yo andaba por aquí… casualmente… Usted quería ver a su padre, ¿no es eso? Bueno; ahora, vamos los tres juntos…
 La Tenienta había pasado del asombro a la cólera y de la cólera a la violencia. Su superioridad física me miró con desdén.
 —¿Y quién eres tú, jubo e caña, pa meterte en lo que naiden te ha echao maloja?...
 Y avanzando el cuerpo trató de asir de nuevo a la joven por un brazo.
 No sé de dónde saqué aquella explosión de valor. Con un terno cálido y brutal me abalancé al cuello de la negra, que con un salto atrás y llenándome de improperios hizo fulgir en la luna el yaguaramas desenvainado. Los dientes le relucían como de loza. Sin tiempo para sacar mi machete corto, agarré un leño rodado, parando un tajo terrible. Detrás oí gritar a Juanilla, pero no pude mirar, dominado por el monstruo iracundo… Comprendía ahora a los españoles degollados por ella… Por fin, loco de miedo, como aquellos caballeros que luchaban contra fantasmas, aproveché un segundo vacilante de su machete para darle un golpe titánico, desesperado, en el dorso de la mano. Dio un aullido de rabia y la hoja doblegada cayó a sus pies. Entonces, ávido, salvaje, temiendo una reacción de la fiera, me le eché encima abrumándola a puñetazos entre los haces de malvas. De su boca hinchada y espumeante, brotaban todavía roncos insultos.
 Poniéndole una rodilla al pecho saqué el revólver, mientras arrojaba lejos el largo yaguaramas hambriento de sangre. Después la dejé levantarse, apuntándole siempre.
 —Sigue de largo —dije con la voz temblona. —Sigue, y no mires para atrás.
 Al perderse bajo una ceiba, me hizo una señal de amenaza. Luego sentí el vuelo de una piedra sobre la cabeza y el ruido de sus pies descalzos huyendo hacia abajo. Al mirar en torno, no encontré ya a Juanilla.
                                  
  
 —¡Juanilla!... ¡Juanilla!...
 Acechando los rumores, pude encontrarla en lo más intrincado del manigual, vagando como una sonámbula. Al verme tembló de nuevo.
  —Vamos afuera, le aseguré. Ya anda lejos la Tenienta, hablando con ese bárbaro…
 Os juro que en aquel instante ningún mal pensamiento perturbaba mi cabeza de héroe; os juro que busqué honradamente, con miradas perforadoras, la salida hacia el campamento. Pero he aquí lo difícil. Perdida toda orientación, atravesamos los matorrales húmedos, bajo el zig-zag fosfórico de los cocuyos; y las yagrumas irguiéndose a nuestro paso fantaseaban su hojarasca de dos tonos, semejando ora mariposas negras, ora mariposas de plata. Marchábamos sin hablar y yo sentía detrás los pasos de la muchacha paupérrima, anonadada ante la emergencia de una noche pasada a solas con un hombre. El campamento apagado dormiría quizás muy cerca, acaso a algunos kilómetros… Al cabo de largo caminar reconocíamos el mismo tronco doblado, el mismo bejuco trepador que nos obstruyó el camino poco antes. Fatigados, caímos, al fin, sobre el suelo quebradizo…
 Aquella intimidad por el común contratiempo, hizo que conversáramos con una suelta comodidad que nos hacía ligero el tiempo y tolerable la fatiga. La pedí declaraciones francas sobre nosotros los mambises; quise escarbar en su historia anterior; la confesé la dulce impresión que su silueta frágil me hizo aquel día rojo en que conocí sus lágrimas…
 Nos sentimos, tal vez, como náufragos de un mismo vendaval; y juntos protestamos de aquel mal vivir y de aquellas malas compañías. Quizás insinuamos hasta alguna murmuración determinada. Creo, sí, creo que le abrí poco a poco mi corazón, que ella, sin énfasis, sencillamente, me preguntó por mis novias de la Habana; que la anuncié que tendríamos que separarnos pronto, ¡quién sabe si para no encontrarnos ya en la vida!...  Una racha de brisa, presagiando la madrugada, se filtró entre el follaje. Ella sintió frío. Entonces quitándome la capa la rodeé sobre sus hombros, ciñendo blandamente su cintura… Su oreja cercana, clarucha como un pequeño caracol en la noche, me invitaba y puse un beso en ella. Después…
 En el ambiente azul cantaban quedamente algunos pájaros que también se amarían a aquella hora. Todavía caminamos, hasta encontrar en un claro un techo abandonado, sobre viejas estacas. Entre los pliegues de mi capa, bajo mis caricias, única cosa dulce que aquel tiempo le enseñara, fue resbalando en un sueño de niño, tranquilo y confiado. Yo, mirando a una estrellita verde, alta, muy alta, pensaba en las leyes de la campaña, en mi destino de libertador, en el triste trasiego de las presas de guerra de unas manos a otras… 

viernes, 15 de septiembre de 2017

La manigua sentimental I



  Jesús Castellanos 

I

 ¿Por qué estaba yo en la guerra?
 Antes de pasar adelante y para que tengáis una idea de mi persona, os diré mis apellidos: Agüero y Estrada. En cuanto a mi nombre no hay que ir tan lejos: me llamo simplemente Juan. Mis padrinos, desdeñosos acaso ante mi lámina esmirriada y lamentosa, no me creyeron digno de ser Bernabé o Serapio, como los héroes de aquel entonces de hace treinta años.
  Pero ¡ay de mí! que mis apellidos habían de decidir toda mi vida. Por ellos me encontraba, cinco meses después del grito de Baire en aquel pequeño campamento oriental, bajo una luna plácida, ambarina, que poetizaba los ranchos y hacía soñar a los centinelas. Habría yo desmerecido de mis antepasados si, dejando los estudios habaneros, no hubiese volado a la manigua incendiada al primer asomo de un desembarco filibustero.
 En mis abuelos fue una costumbre el guerrear contra la España colonial. El más remoto de ellos, cuyo retrato en medallón nos lo mostraba rígidamente enfundado en la casaca verde, estuvo a punto de perder la cabeza —una cabeza heroica, palabra— cuando la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, tiempos del general Vives, año 23. Otro, cuya miniatura en colores se perdió con la confiscación de sus bienes, tuvo sus dares y tomares con Narciso López y destapó sin ruido una negra botella el día de la muerte de Castañeda. Mi padre, pobre viejo maniático de hoy, fue aquel Agüero y Castillo que con su bello gesto de libertar en la mañana de la sublevación en su batey, a sus trescientos negros de dotación, asombró a los oficiales que semanas antes le saludaban en un besalamanos de Palacio, y hasta inspiró una oda —conservada en la familia— a cierta poetisa que era la preocupación celosa y ¡cuán poco artística! de mi madre. Y a ambos lados de la línea recta se esfumaban tíos emigrados, primos con el grillete al pie, buenas señoras que portaban toda una documentación revolucionaria en las varillas del malakoff…
 Pensad en esta mole de tradiciones sobre un mísero estudiante de Derecho, boquirrubio y almidonado, que de la mesada que del Camagüey llegara puntualmente a la patrona "para entregar a J. A." tenía que descontar una buena parte con destino al aceite de bacalao y al ioduro en veinte formas. No esperé a que me lo recordaran las muchachas de mi calle, ya bien insinuantes con sus lazos azules y rojos. Corrí a la guerra. ¿A qué decir con qué disfraces ni mediante qué curiosos sistemas de transporte?
 …Pero no era cosa de hurgar ahora en los orígenes de lo que ya no tenía remedio... No malgastaba así el raro tesoro que es el sueño en la guerra, mi compañero Ricardo Lujan —alumno de tercer año, reprobado perpetuo en Penal— que había venido a la guerra por significar algo en el curso, por escribir a la novia desde la prefectura tal, por una de esas menudas razones que en todas partes llevan a los hombres a destrozarse. Mi compañero de aventuras roncaba sabrosamente entre los hilos de su hamaca, dominando la turba de cuerpos, monturas y serones flojos. Sobre ellos se espantaba los mosquitos con los ojos cerrados. Timotea, la tenienta, una de esas amazonas negras, que aterraban a los soldados bisoños, extraña bestia andrógina que ninguna lujuria hubiera profanado. Un bulto cercano y sosegado denunciaba al gigante Joaquín, el temible machetero dominicano, ahora flácido e inofensivo, exhaustas las manazas colgantes, extinta su risa estruendosa de buen muchacho. A su lado un perro enorme velaba alzando la testa gorda a cada rumor de los insectos en el techo pajizo. Y fuera del tinglado primitivo, entre los árboles y junto a las trincheras, anegado en la hierba húmeda, iba prolongándose aquel pueblo de sombras quietas. El silencio saturaba las cosas. Sólo algún relincho agrio de bestia en celo, rasgaba la paz del campamento de Cheo Molina, anexo a la brigada de José Maceo y ahora en línea, frente al caserío fortificado de Almiquí.
 La jomada había sido dura… Ocho horas de fuego incesante. Ya podéis suponer lo que encontró el crepúsculo: un par de fuertes desmoronados allá, a lo lejos; un grupo lamentoso aquí, en la impedimenta. El mezquino pueblecito, agazapado tras sus fosos alambrados, se había defendido bravamente. Con el refuerzo peninsular que pidiera acaso el tendero asturiano, algún clásico don Cleto o don Bartolo de rudos bigotes y acento avinagrado para recibir con decoro a los mambises, hubo para todo un día de brega, entre un vendaval de balas Mauser que saludaba a otro turbión de parque amarillo, mal fabricado en las rancherías de la Sierra Maestra. El sol cantó alegre e indiferente sobre aquella escena monótona, de implacable simpleza, página de una guerra de maniguas difusas contra fuertes blindados, económica de proyectiles, confiada siempre en el factor de tiempo y de lugar.
 ¡Enigmas de la guerra!… Mis juicios de pacífico metódico se desconcertaban al pensar qué iba a ganar nuestro coronel con la conquista de aquella plaza miserable en que por seguro, no habría ni con qué remojar la garganta. Ni tampoco justificaba yo el empeño de aquel hipotético don Bartolo o don Cleto en defender un oscuro rincón, cuya insignificancia le aseguraba la paz bajo cualquier gobierno. Pero la casualidad había querido enfrentar a dos testarudos de la misma marca. Y por esta simple tangencia de dos vidas gemelas —he aquí todo— enseñaban ahora las panzas verdosas algunos infelices, mientras unas cuantas siluetas temblonas abrían a la luz de la hoguera una zanja honda, muy honda…
 …Sobre mis meditaciones sosegadas fue tendiéndose un velo de nieblas. Fue uno de esos gruesos letargos de esta vida perra. La diana criolla, traviesa y martilleante como un repique de domingo, me echó de la hamaca entre el barullo difuso de todo el campamento desperezado, bajo el lívido claror de una madrugada tibia, algodonosa. Un muchacho de tostado torso desnudo, pasó despertando a los modorros con un largo bejuco: una travesura obscena le valió una lluvia de insultos de la Tenienta.
 El dominicano se desperezó mirando a lo lejos por el abierto tinglado.
 —Ya nos saludan de allá abajo —dijo.
 En el montón blanquecino del pueblo posado en medio de la árida sabana de palmas canas, se dibujaban las manchas leves de los primeros disparos. A poco llegaron las detonaciones, apagadas, secas.
 Ricardo Luján, que afuera apretaba la cincha a su caballo, compareció alegre; con un gran gesto bizarro desenvainó el yaguaramas y con él describió un círculo fulgurante en el aire:
 —¡Hoy tiembla la valla! —exclamó— con brillo africano en los ojos.
 De repente un silbido agrio, semejante a un maullido, cortó las hojas altas. La corneta rebelde sonó más cerca. Recogiendo objetos desperdigados pasó un negro cojo con su saco pendiente del hombro. Los caballos se encabritaron entre los grupos inquietos haciendo chasquear las piedras rodadas.
 —¡Al avío! —gritó alguien entre el pelotón. Dice el coronel que el que quiera desayuno tiene que tomarlo en el pueblo.
 Diez minutos más tarde estaba formalizado el combate. Cheo Molina vigilaba el ataque en medio de un tropel de jinetes, allá a lo lejos; débil figurilla encajada en un grueso caballo campesino.
 Mi papel en estos casos era bien poco interesante. Pese a mis heroicos pañales es lo cierto que todo aquel extraño aparato me molestaba…  Necesito explicar el caso en dos palabras.
 No, no soy ni he sido nunca un cobarde. De mis hazañas de colegial hay monumentos vivos en las cabezas rotas de algunos queridos compañeros. Después he tenido un par de duelos y tres cuestiones solucionadas con actas, que son también una muestra indirecta de valor… Soy simplemente un ¿cómo diré? un cómodo. Dilettante de los chocolates en la cama, espectador de los estrenos, ducho en las juergas a la moda, ¿cómo podían conciliarse estos urbanos gustos míos con aquella vida a salto de mata, limpio el estómago y andrajosa la indumentaria?... ¡Pero ya estaban hechas las cosas, por honor del nombre!... Ahora soñaba con llegar a uno de esos campamentos ilustres donde un general de las dos guerras reunía cada noche en su rancho a todo su estado mayor en arduas disquisiciones sobre el porvenir de la patria y las relaciones de la música con la poesía…
 ¡Pim, pam!... El plomo cantaba cerca, cortando el curso tranquilo de estas divagaciones. Cerca de nosotros un soldado se dobló con una maldición, atravesado el vientre.
 —Vámonos de aquí, me dijo Ricardo —y en aquel momento un botón de su cuello saltó arrancado por otro proyectil. —¡Mal rayo!… Aquí no hacemos nada y estamos en peligro.
 La compañía entera, puesta en reserva, le siguió a paso lento, por un tortuoso sendero de grava. Junto a mi caballo, la amazona negra, los blancos dientes al aire, hostigaba a su pobre mulo, comido de sarna; y un corto machetín le azotaba el muslo nervioso y masculino. Vagando a la sombra de los jagüeyes, veíamos a trechos el pueblo, cuyas descargas cerradas propagaban un eco rumoroso en los farallones azulados. Por las cuestas suaves brillaban aisladas las armas de algunos grupos.
 De pronto una noticia circuló: el enemigo hacía una salida, tal vez una retirada.
 —¡A cargarlos! ¡A cargarlos!
 Un chorro humano descendió hacia el valle en hormigueante confusión de jinetes e infantes, mientras la corneta, ágil, incisiva, llamaba diabólica a degüello. No puedo decir lo que pasó allí: el huracán me envolvió; mi caballo corrió con los otros; mi machete silbó como los demás machetes. Y vi al dominicano volar hacia las casas que se agrandaban y se definían. Y vi al coronel tendido sobre las crines, mezclado con sus hombres. Y vi bajo mi caballo veloz un cuerpo convulso. Y vi en los claros del humo, el cuadro azul de los españoles que se escalonaban en retirada. Y vi, al fin, entre el macheteo feroz, a la terrible Tenienta abrazada a un sargento español sin sombrero, cuyos ojos se espantaban bajo las cejas hirsutas al verse tan cerca del monstruo...
 Pronto saltábamos las trincheras rotas. Un pelotón siguió picando la retaguardia a los fugitivos, mientras nuestros caballos atravesaban resoplando la calle central entre la doble fila de casas cerradas. A lo lejos se debilitaba el tiroteo, en tanto el jefe recorría el pueblo. Frente a una tienda abierta se detuvo al fin. Un hombre gordo, trémulo, se quitó el sombrero para acercarse a su caballo.  
 Fue allí donde nos reunimos.
 —Capitán— me dijo el coronel suavizando sus duras facciones de campesino—. Ya puede su gente matar el hambre. Desparrámela por ahí.
 Y añadió con un acento de rencor:
 —Anden aprisa, que voy a darle candela al pueblo… Eso menos tendrán los otros si vuelven.
 Y he aquí que un nuevo personaje sobrevino de repente; era un viejo alto y nudoso, de simpática lámina guajira, que levantaba las manos al cielo, implorando por su casa. Desde una puerta entornada, dos mujeres le hacían señas desesperadas, llamándole.
 —Amigo— exclamó con cantante dejo —¿qué es lo que quieren hacer ustedes? Primero los soldados, después los insurrectos… Ya no quedamos en el pueblo más de media docena…  ¿Pero es que no pue uno trabajar en paz?
 El coronel lo escuchó un momento en silencio con mirada de pena. Pero la guerra es cruel. Esquivando la respuesta tartamudeó espoleando a su caballo:
 —Dígale eso al jefe... Allá abajo...
 Las dos mujeres surgieron entonces. Viéndome echar pie a tierra, sus semblantes reflejaron una súbita expresión de espanto. Creí oportuna una caballeresca explicación:
 —Ciudadanas, todos somos cubanos.  
 Ni ustedes ni su padre tienen que temer nada…
 Mi cortesanía las convenció y todavía angustiadas tornaron al portalito con el viejo, que se dejaba conducir. Por el otro extremo del pueblo nacía negra y pausada, una columna de humo. El hambre no obstante me apuraba a aprovechar los minutos. Pronto pasaba por mis fauces a grandes trozos un enorme pan de maíz.
 —Ya verán ustedes —aseguraba con la boca llena— como no les pasará nada.
 Pero una de las muchachas al acercarse temblorosa a la puerta, volvió con el rostro lívido. El viejo comprendió.
  —¿Ya?—dijo lanzándose a la puerta.
 Y al ver la línea de llamas en el viento me dijo con las dos manos posadas sobre mis hombros:
 —Dos hijos le había dado a la guerra. Ahora le doy la casa… todo…. En fin —suspiró— con tal que sirva de algo…
 Momentos después salían con nosotros, incorporados a nuestro campamento nómada. Detrás del grupo fingía el pueblo una cinta de aurora boreal, y las palmas crepitaban enviando pavesas a lo alto. 
 Una de las muchachas lloraba sobre su lío de ropa. La otra parecía extrañamente animada. Esta era morena y fuerte, con algo varonil en el andar. Aquélla era pequeña, tímida, casi bonita, medio rubia, un poco sentimental en sus trapos de guajira…


domingo, 10 de septiembre de 2017

La quinina


        

  Alfonso Hernández Catá

                    A José Manuel Carbonell

 Habían cerrado las ventanas para que el paisaje externo no destruyese el ilusorio, y la familia, agrupada en torno a la mesa, disponíase a saborear el almuerzo hecho al modo de allá.  Los manjares servidos simultáneamente, permitían librarse de la presencia de la criada, que de seguro habría manchado con esa risa burlona propia de la gente ordinaria ante las costumbres ajenas, el hechizo de la fiesta. Y porque aquel día era 20 de mayo, la necesidad cotidiana iba a elevarse a comunión patriótica en uno de esos hogares aventados por el destino lejos de la tierra natural.
 -¡Yo quiero galleticas de plátano!
 -¡Yo, tasajo!
 -Échame a mí un tamal.
 -No, primero el ajiaco. ¡Silencio!
 La gula de los pequeños era alegre; pero el vaho de las viandas estimulaba en los mayores más la fantasía que el apetito. De tiempo en tiempo los tenedores quedaban indecisos sobre las frituras o sobre los pedazos de boniatos, cuyas venas azules hacían pensar en un mármol jugoso. Casi todos los chicos habían nacido fuera de la patria y no habían podido conocerla aún, a causa de los obstáculos económicos. Los padres procuraban recompensarlos con libros y conversaciones; más siempre quedaban zonas oscuras imposibles de penetrar. Hacia el final de la comida, cuando la pasta de guayaba y el queso blanco bajaron del aparador al mantel, uno de los pequeños tuvo el recuerdo súbito, de una frase de sentido equívoco, leído en un periódico de la Habana, y preguntó:
 -¿Qué quiere decir "Ese mandó quinina", papá?
 -Quiere decir... igual que tantas frases, casi lo contrario de lo que expresa. Donde tú la leíste será, casi de seguro, un sarcasmo, un insulto. Y, sin embargo..., yo conozco una historia de quinina, que nunca, por pudor, he de descubrir a nadie, a pesar de haber sido muchas veces tentado a ello por la jactancia de tantos usureros de la patria. Voy a contarla a vosotros y así sabréis lo que "mandar quinina" quiere decir.
 Empequeñecióse la mesa al inclinarse los bustos en un círculo de atención, y el padre habló así:
 -Cuando en 1895 estalló la guerra liberadora, yo vivía en Santiago de Cuba y tendría poco más de once años. Mi casa era una casa de confluencia, como hubo tantas; padre español, militar; madre cubana, nacida en Baracoa, y criada en Sagua de Tánamo, es decir, cubana reyoya. El grito de Baire resonó de modo bien distinto no sólo para los dos grandes elementos opuestos en la isla, sino en el seno de muchos hogares. En el mío fueron primero cuchicheos, sombras de preocupaciones; pero, sin duda, la argamasa de cariño era muy recia, porque nada se resquebrajó en él. Toda la familia de mi madre debía simpatizar con la causa separatista, y toda quería y respetaba a mi padre, cuyo sentido liberal de hombre de estudios y de viajes era doblemente raro en su posición de patriota y en su profesión de militar. Yo no he sabido hasta mucho después por qué, en tono bondadoso, solían llamarle don Capdevila -Capdevila fue un oficial español de heroica honradez, que defendió a los estudiantes fusilados ignominiosamente en 1871: siempre que salíamos con mi padre y paseábamos por la calle de San Tadeo, cerca del Parque de Artillería, se detenía para enseñarnos la casa en donde él vivió-; pero el caso es que con una deferencia rara cuando fermentan las pasiones, ni una alusión a la guerra se hacía en su presencia. Recuerdo que mi casa, una casita baja con su techo de viguería donde anidaban pájaros, y su patio, donde un flamboyán inmenso ponía la sombra encendida de sus flores sobre una malanga de gigantescas hojas y savia picante, me parecía un oasis.
 Todo rumor de la contienda me llegaba de fuera. En esa edad en que hasta los acontecimientos adversos, si vienen a romper el paso monótono de los días, parecen sucesos venturosos, susurros, noticias, esperanzas, temores, exacerbaban casi a diario la curiosidad de los niños. Y en tanto que los mayores aplicaban trabajosa prudencia al disimulo, los muchachos, en plena calle, jugábamos a españoles y mambises, haciendo con piedra y palos simulación de lo que, con fuego y con sangre, hacían en la manigua. Por nuestras bocas inocentes pasaban las noticias con temblor de pasión. '¡En Ramón de las Yaguas ha habido un cambate!' '¡Lo ganamos nosotros!'; '!Mentira, tuvisteis que chaquetear y meteros en el cementerio!.." 'Sziwikoski huyó...' 'Santolices es un valiente..' 'Más lo es Maceo." Y pescozones y chirlos sellaban las opiniones en aquellos desmontes del Pozo del Rey, donde las batallas conocidas por nosotros tenían minúscula copia. Al llegar a mi casa, mi hermana mayor, mayor que yo cuatro años, me arreglaba las ropas o me curaba los golpes, diciéndome: "Dí que reñiste por un libro." Yo asentía sin darme cabal cuenta de aquella complicidad delicada. Y en las amonestaciones paternales, los dos convenían en exhortarme a no reñir, y en no inquirir nunca los motivos de tan continuadas pendencias.
 Una tarde, junto a la confitería La Nuriola, un muchacho llamado Satién, me dijo a gritos, con un gesto confidencial:
 -Tu tío se ha ido al monte desde Gibara.
 Ya se sabía lo que era "irse al monte". Ahora pienso que si los gobernantes españoles hubieran querido averiguar el misterio de muchas casas, mejor que dar oído a delaciones y sospechas, habrían hecho fijándose en los juegos de los muchachos. La noticia fue para mí como un secreto pesado y doloroso. Aquel tío tan delgado, tan pálido, de continuo vestido de negro, que usaba pañuelos de seda, barbita en punta y un absurdo sombrero de copa, !se había ido a la guerra! Siempre me había parecido el tío Álvaro un ser misterioso. Yo me lo imaginaba en la manigua con un gran machete y siempre con su chistera inverosímil. ¿Lo sabían ya ellos? ¿Qué diría mi padre? ¿Y mi madre, que hablaba de él como de un ser débil, indefenso, por quien ella tuviera obligación de velar? Fui a casa de unos parientes y, del mismo modo que Satién, solté la nueva:
 -El tío Álvaro se ha ido con los mambises, tía Leonor.
 -Usted lo que debe hacer es callarse, muchachito, y no meterse en cosas de grandes.
 El sofión casi me advirtió que la noticia era conocida de todos, y no me atreví a renovar en mi casa la prueba. No, no debían de saberlo. Aquel día precisamente, mi padre y mi madre tenían sobre sus caras cierta serenidad dulce, que casi les daba un parecido. Ahora pienso que debió ser antes, un día que me dijo con sigilo mi hermana: 'Vete a la calle y no vuelvas hasta la hora de la comida', cuando la noticia ahondase en ella las ojeras y tendiese en él, sobre el rostro blanquísimo, una sombra.


 Pasaron los días, los meses. Alternativas diversas conmovieron la ciudad. En mi casa esas peripecias apenas se marcaban en silencios y en sonrisas difícilmente perceptibles. Una discreción, no de las palabras, sino de las almas, debía aliarse con el cariño para lubricar los pasos peligrosos. Tengo hoy la certeza de que mi madre estaba por completo junto a los que en el campo combatían, y que mi padre, aún comprendiendo la justicia de la causa cubana, estaba junto a sus compatriotas por ese instinto superior a nuestra razón, que nos dicta tantas acciones. Cierta noche -recuerdo hasta el color del cielo, hasta el olor del aire- mi madre me llamó aparte y me dijo:
 -Mira, ya pronto vas a ser un hombre y, como las circunstancias obligan, tengo que contar contigo para una cosa, para un secreto. Se trata de tu tío Álvaro, que está enfermo en el campo y me ha escrito... Me pide quinina y un cubierto. Hay que dejárselo en una tienda de Dos Caminos del Cobre, a nombre de un tal Miguel, que irá a recogerlo. Allí saben... Por causa que cuando seas mayor sabrás, esta es la única cosa que voy a ocultarle a tu padre en mi vida... Es un deber mío no dejar morir a mi hermano, y también es un deber no comprometer a nadie por él... Si a ti te cogieran, dirías la verdad, yo la diría también y... Como eres un niño, y al fin y al cabo no se trata de... Pero no creo que te cojan. Tú eres listo... ¿Te atreverás?
 Mis ojos chispeantes debieron responder antes que mis labios. A la mañana siguiente fui a la botica de un señor italiano llamado Dotta y me entregó cuatro frasquitos amarillos llenos de tableticas blancas. De allí marché a la ferretería El Candado y compré un cubierto.  Recuerdo que me dieron a escoger, y que, sin duda, por destinarse a un guerrero, elegí uno de largo cuchillo puntiagudo. Orgulloso de haber realizado la primera parte de la aventura, fui a mi casa y, entrando por el traspatio, entregué a mi madre el paquete. La carta de mi tío debía marcar día fijo para la entrega, pues mi madre me hizo esperar, y hasta pasada casi una semana, no me dió las instrucciones finales. Para preparar el paso, desde cuatro días antes, ya a pie y con otros amigos, ya en el caballo de un pariente oficial de la Guardia Civil, de apellido Alcolado, iba yo hasta cerca de Dos Caminos. Había que cruzar junto al cementerio y esto era lo único grave para mí, hasta de día. Jamás ningún soldado me detuvo ni me preguntó nada; los muertos que dormían tras la puerta de piedra, me turbaban más que todos los ejércitos del mundo. En el viaje de ida nada falló. Al llegar a la tienda el hombre me hizo pasar a un colgadizo interior y abrir el paquete.
 -Es para saber lo que hay y evitar luego reclamaciones -explicó.
 El bulto, cuidadosamente comprimido, encerraba la quinina, sin frascos, y el cubierto, pero faltaba el cuchillo. Yo mostré mi sorpresa y el guajiro masculló: "¿Ve usté, niño?" Y salimos de la trastienda porque una mulata solicitaba un real de luz brillante.    Creyendo que aún quería el hombre algo más, esperé y cuando él se dio cuenta y me dijo "puedes irte", empezaba uno de esos crepúsculos breves de nuestra zona, en que las tinieblas caen sobre el sol. Monté a caballo y al instante me acordé del cementerio. Yo no conocía otro camino; era, pues, preciso pasar junto a la puerta terrible. Un rato antes de llegar canté para enardecerme y cuando entre la mezcla azulosa de día y de noche surgieron las blancas tumbas, el caballo, tal vez contagiado de mi terror, empezó a temblar y a encabritarse.    Fue un miedo loco, tan grande por lo menos como el que habrán tenido que dominar cien héroes. Agarroté los pies debajo de la cincha, me abracé al cuello del bruto soltando las riendas y, en un galope frenético en el que nuestros sudores se juntaron, cerrados los ojos, cerrada el alma, salté barrancos y crucé breñales... Los muertos no pudieron cogerme, pero llegué a mi casa ensangrentado.  El susto de mi madre fue tal, que apenas prestó oído a mis explicaciones acerca del cumplimiento del encargo. Dudo que ninguno de los sacrificios que, de ser hombre hubiese hecho por la independencia de mi tierra, me hubiera sido más penoso que aquel pavor. 
 Años después, en un viaje, mi madre, vieja ya, sacó de entre sus reliquias un envoltorio y me lo entregó.
 -¿Reconoces esto? -me dijo.
 Casi antes de abrirlo, sólo con el tacto, reconocí el cuchillo que en un azar misterioso se separó del paquete que yo llevé a la tiendecita de Dos Caminos del Cobre. Junto a la empuñadura un papel mostraba aún varias líneas escritas con lápiz. Era la letra primorosa y generosa de mi padre, pero con un temblor que nunca le había visto. Y esas líneas decían: 'He dejado que fuera lo demás por ser para tu hermano... Pero el cuchillo, no; es casi un arma... Perdóname.' Los rasgos trémulos de la escritura nos hablaban aún de su delicadeza infinita cuando la mano que los trazó hacía mucho tiempo ya que estaba agarrotada e inmóvil sobre el pecho, bajo la tierra.
 Hoy duermen los dos, juntos, en aquel mismo cementerio, cerca del camino que yo pasé aterrorizado. ¡Ah, ahora no tendría miedo! Ahora -disculpadme, hijos míos-, en vez de huir, entraría por la puerta de piedra, buscaría la tumba, y me acostaría a descansar a su lado, para siempre."

               Lisboa, 1925               


  Nota de Uva de Aragón 

 "La quinina" fue publicado por primera vez en Social (La Habana: 1926, Vol 11, No. 1, pag. 20) bajo el título de "Mandé quinina".  Aparece al año siguiente en la colección de cuentos del autor Piedras preciosas (Madrid: Mundo Latino, 1927, 281-92) bajo su actual título. Se reproduce una vez más en Memoria de Hernández-Catá (La Habana, 1954, Vol 1, No. 8, 248- 261) con exhaustivas anotaciones de Antonio Barreras con respecto a los elementos autobiográficos de la narración. "La quinina" ha sido incluido en varias antologías, entre ellas 20 relatos cubanos (La Habana, 1980) y El cuento cubano. Panorámica y antología (San José, Costa Rica: Litografía e Imprenta Ltd., S.A., 1983).
 Al publicarse por vez primera, "La quinina" suscitó numerosos elogios, y fue pronto considerado como una pequeña obra maestra dentro de la cuentística catiana. Uno de los juicios más repetidos de la época fue el aserto de que era integralmente autobiográfico. Y en efecto, como explica detalladamente Barreras en Memoria..., la narración está basada casi en su totalidad en experiencias personales del autor. La escena de un hogar cubano en suelo extranjero, en que adultos y niños se reúnen a conmemorar un 20 de mayo alrededor de manjares criollos, que da marco a la historia, reproduce con fidelidad las circunstancias de Hernández-Catá que residió casi la totalidad de su vida adulta fuera de Cuba, debido a su carrera diplomática, pero que vivió obsesionado por la isla, y por inculcarle a sus hijos el amor a la tierra, donde, por azares del destino, ni nació ni murió, pero a la que consideraba su Patria. La evocación de la Guerra de Independencia a través de los ojos de un niño responde fielmente las vivencias del autor. Inclusive los nombres propios tanto de calles, lugares como de personas han permanecido inalterados. La descripción del singular Tío Alvaro -quien alcanzó el grado de Coronel del Ejército Libertador, contrajo tuberculosis durante la guerra, sirvió en la primera Cámara de Representantes de la República, y murió prematuramente en 1908- queda constatada por fotografías de la época. Según testimonios del escritor a sus contemporáneos, la acción del narrador corresponde fielmente a la verdad. Sólo hay dos datos que parecen haberse alterado para mejor servir los propósitos literarios del autor. Aunque el niño protagonista cuenta con poco más de once años, Hernández-Catá (nacido el 24 de junio de 1885) no alcanzaba los diez cuando estalló la guerra. Otra licencia con respecto al tiempo, esta vez de mayor envergadura, le permite al escritor atribuir a su progenitor un bello gesto, cuando en realidad había muerto en 1893, dos años antes del Grito de Baire. Sin embargo, Hernández-Catá conocía, a través de su madre, una situación similar en su hogar durante la primera guerra independentista.
 Además de los aspectos autobiográficos del cuento, vale destacar que Hernández-Catá, testigo en suelo europeo del horror de la primera guerra mundial, aborreció desde temprana edad la violencia, los uniformes militares, las armas. Entre 1914 y 1917 publicó una serie de cuentos y de artículos que sustentan su filosofía pacifista. Durante la dictadura de Machado, abogó repetidamente por el cese del derramamiento de sangre. Nótese que en este cuento no se glorifica la guerra. El tío Álvaro es un personaje débil, humano, enfermizo. El niño confiesa repetidamente su miedo. La heroicidad de ambos no está en su fuerza sino en vencer la poca disponibilidad para la guerra en aras de un deber ineludible. Pero en realidad el verdadero héroe de "La quinina" es el padre, el hidalgo español, de sabiduría salomónica. El ambiente de amor en un hogar cubano-español en medio de un conflicto bélico cobra dimensiones universales y atemporales. El triunfo de la convivencia amorosa de personas en bandos opuestos de una guerra ofrece un mensaje imperecedero que da a "La quinina" su perdurable vigencia.

Fragmento de Salvador Bueno

 El propio escritor permitió que se repitiera en muchos lugares que había nacido en Santiago de Cuba. En realidad, nació circunstancialmente en una aldea castellana, Aldeadivila de la Ribera, provincia de Salamanca, el 24 de junio de 1885. Aunque su familia estaba instalada en Santiago de Cuba, su padre, Ildefonso Hernández y Lastras (1844-1893), que antes de morir alcanzó el grado de teniente coronel del ejército español, había querido que su primer hijo varón naciera en el mismo lugar que él. A los tres meses de nacido ya se encontraba la familia de nuevo en Santiago de Cuba.
 La madre del futuro novelista, Emelina Catá y Jardines (1856-1915), pertenecía a una familia cubana, arraigada en la zona oriental de la Isla, que había mantenido firmes posiciones anticolonialistas. El abuelo materno del escritor, José Dolores Catá y Gonse, fue fusilado en 1874, en plena Guerra de los Diez Años, en Baracoa, “en una de las murallas del fuerte de la Punta, hacia la parte norte, junto a los arrecifes del mar”, condenado por conspirar contra el dominio español. Su tío materno, Álvaro Catá y Jardines (1866-1908), que ejerci6 como periodista en La Lucha, La Discusión y El Fígaro, se incorporó al ejército mambí, colaboró con Mariano Corona en El Cubano Libre en plena manigua, alcanzó el grado de coronel y fue elegido representante a la Cámara por Oriente al iniciarse la república neocolonial.
 Un cuento de Hernández Catá que con el título «Mandé quinina» se publicó por primera vez en la revista Social (La Habana, 1926, vol. 11, núm. 1, p. 20) ha sido considerado totalmente de carácter autobiográfico. Aunque el novelista, que después dio a este cuento el título «La quinina» utiliza recuerdos de su niñez en torno al comienzo de la guerra de 1895, debe mencionarse que su padre había muerto dos años antes de los acontecimientos que relata. Sin embargo, en torno a las relaciones en el seno de esta familia al mismo tiempo española y cubana, debemos recordar que Antonio Barreras (1904–1973), albacea literario del novelista, menciona el hecho insólito de que Ildefonso Hernández y Lastras siendo militar español fuera a la cárcel de Baracoa, donde estaba prisionero el independentista José Dolores Catá: para pedirle la mano de su hija, (Memoria de Hernández Catá, núm. 8, p. 255) con quien contrajo matrimonio después del fusilamiento del cubano en 1874.
 De sus años infantiles en Santiago, el propio Hernández Catá recorriendo las calles de la capital oriental en 1930, le contaba a Barreras:
 “Aquí por esta calle y las aledañas (que eran las de San Tadeo y otras) jugué con mis compañeros infantiles a españoles y mambises, en plena guerra de emancipación. Tomaba tan en serio mi papel que, en más de una ocasión castigué la aparente bizarría de mis enemigos con la honda primitiva –arma infalible– que manejaba a maravilla..." (Ibídem, p. 256).
    

viernes, 8 de septiembre de 2017

La última bala




 Miguel Ángel de la Torre

 Un trueno confuso y lejano venía del fondo de los campos en sombras, destacándose del coro h I de menudos murmullos anónimos de la noche. Ya varias veces Chucho Calderón, saliendo de sus reflexiones, había levantado la cabeza y prestado oído con gesto de extrañeza, cuando su acompañante le explicó:
 —Es el salto del Hanabanilla. Pronto lo vamos a pasar.
 —¡Ya es hora!— refunfuñaba el viejo, demostrando una vez más su prisa con nuevos espolazos a su caballo.
 Luego volvía a sumirse en su obstinado aislamiento. Venían sosteniendo los dos caminantes durante todo el largo camino una tesonera puja, en la cual con tanto ahínco se esforzaba el uno en callar como el otro en charlar. Aprovechando un casual y fugaz acercamiento de su campamento a la zona de Cienfuegos el coronel Chucho Calderón, acompañado por su asistente, suspiraba por llegar cuanto antes a  la prefectura de San Blas, de la cual lo habían separado meses antes los azares de la guerra.
 Pero un incidente inesperado vino a lograrle al asistente una momentánea victoria. Un crujido salido de la  maraña de vegetación frontera lo hizo exclamar, deteniendo en seco su cabalgadura:
 —¡Una jutía, coronel!
 ¡Ahí era nada! Una jutía quería decir carne para  aquellos estómagos hechos a un ayuno torturado de años, en el cual a veces un pedazo de suela hervida había significado un disputadísimo manjar.
 El hombre había echado pie a tierra y adentrándose en la maleza oteaba la presa. Una mancha movediza se descubría en lo alto de un árbol, cuyas ramas dibujaban un jeroglífico negro contra el azul lejano del cielo.
 —Yo no tengo balas, tírele usted —secreteó el asistente con temblor en la voz.
 —¿Tirar yo? No tengo sino una bala y no la voy  a gastar en una jutía...
 —Entonces usted no tiene hambre, coronel...
 Le fue preciso a Chucho Calderón, de suyo no muy sobrado de aguante, hacer valer su autoridad con unos cuantos recios juramentos para reducir a aquel hombre a la conformidad. Su hambre consuetudinaria ¿podía acaso explicarse aquel desdén por una presa fácil y suculenta?
 —No digo yo una bala... —rezongaba mientras volvía a montar a caballo.
 —Te parece poca cosa una bala ¿verdad? —le preguntó al oírlo Chucho Calderón—. Si tuvieras dos dedos de frente no hablarías de esa manera.
  Entonces el viejo empezó a hacer, glosado por el paso tácito de los caballos, un febril elogio de las balas, en ocasiones tan ligeramente malgastadas. Recordaba los obreros cubanos sudando y privándose de comodidades en la emigración para comprar balas, los barcos expedicionarios sorteando en el mar la vigilancia enemiga al través de mil peligros, las vidas sacrificadas para salvar los convoyes.
 —El otro día —contó— en una escaramuza cerca de Trinidad un guerrillero se me vino encima. Yo primero saqué el revólver y le apunté, pero después, dándome cuenta,  me contuve. Le apuntaba, hacía ademán de tirar y no me decidía cuando de pronto le vi caer a un paso de distancia. Otra bala lo había alcanzado y yo había ahorrado la mía.
 —Pero ¿ni la vida misma de usted vale tinto como una bala?
 —¡Ni mi vida! Solamente si se tratara de librar a  Cuba de un gran enemigo gastaría yo a gusto esta bala.
 Llegaban en esto a los saltos del río Hanabanilla, cuya  humedad batía ya contra sus rostros el ledo vientecillo nocturno. A la lumbre de las estrellas la sonora caída de cristal se combaba entre las brumas azuladas de la noche, taraceada de fulgores fugaces, hundiéndose en los bullones de espuma hirvientes entre las piedras. Un sutil polvo de agua, destrizado por la brisa, flotaba en jirones y se prendía en las ramas de los árboles. Subía del abismo una batahola de hervores y de silbidos, como el aliento de un monstruo.
 La catarata, enmarcada dentro de las márgenes rizadas de altas yerbas, tenía algo de magnífico y de temeroso rugiendo entre las sombras. Luego las aguas seguían río abajo y se alejaban borboteando como en fuga.
 Los dos jinetes habían sofrenado sus cabalgaduras ante la cascada, deteniéndose a observarla en silencio durante algunos instantes, tras los cuales siguieron. Al paso muelle de su caballo Chucho Calderón iba rumiando los últimos sucesos de su vida, transcurridos en aquellos sitios hacia donde se dirigían.  

      
                          II

 Recordaba como la vida callada y soñolienta de la prefectura de San Blas, hundida entre las masas verdes de los montes de Siguanea, se había visto trastornada desde la abrasada tarde de agosto reciente en una de cuyas últimas horas se desmontaba del sudoroso caballo frente a uno de sus bohíos. Las precarias ordenanzas militares y el instinto de sus vecinos aguzado al través de riesgos constantes, mantenían de acuerdo una existencia sorda y pareja en aquel país de paz recatado en medio de la lucha cuyo fragor agitaban los campos y las ciudades de Cuba; pero ¡cualquiera le iba con ordenanzas y con instintos al coronel! Lejos de conquistarle y someterle a la regla común aquel ambiente acolchado excitaba su humor de viejo cascarrabias, acidulado por los tormentos de un reuma contraído en la guerra. Sus juramentos de guajiro clásico estallaban como cohetes bajo el techo de guano de las casuchas desgranadas manigua adentro, dejando luego tras de ellos, como una estela, un refunfuño interminable y agrio.
 Esta trifulca con todos y con cualquier motivo no perdonaba a nadie desde luego, pero tenía como objeto predilecto a los médicos. Al ordenarle aquella temporada de licencia en la prefectura, donde a fuerza de reposo y de yoduro se proponían remendar pasajeramente su menguada salud, los médicos habían a la vez condenado al más duro trance para su carácter azogado y huraño a Chucho Calderón, obligándolo a tragarse su bilis y a rumiar a solas su ira constante y gratuita.
 Subrayada por aquella murmuración contra los médicos, en continuo hervor bajo los desmayados bigotes amarillentos de Chucho Calderón, su vida se arrastraba de bohío en bohío lánguidamente y sin altibajos. Conforme a un horario invariable cada día hacía retumbar sus toses y sus temos a la misma hora en igual sitio. A las reconvenciones tímidas de las mujeres contestaba, separándose de la boca el escobillado cabo de tabaco: 
 —¡Ojalá pudiera gritar bastante alto para traer a los  españoles, voto a todos los diablos! Así saldrían los majaes de esta cueva.
 Diciendo lo cual se desgañitaba como para hacerse oír en los lejanos caminos por donde hormigueaban las columnas españolas, mientras las mujeres se santiguaban y sonreían socarronamente. A la verdad nadie creía gran cosa en la sinceridad de sus malos deseos...
 Todos estaban en el secreto acerca de la verdadera idiosincrasia de aquel viejo malhumorado y maldiciente, sobre la cual se contaban en los campamentos, a la hora muelle del toque de retreta, sabrosas anécdotas. A seguidas de cien hechos de valiente, rubricados en rojo por su machete durante dos campañas, los bien enterados se hacían lenguas de lo paradójico y contradictorio de su conducta en muchos ejemplos. Ocasiones en las cuales a las pocas horas de castigar y someter a una pública rociada de insultos a un soldado se exponía a la muerte por salvarlo, casos de caridad y hasta de amor ejercidos a escondidas a favor de gentes a quienes en alta voz negaba el derecho a toda consideración, trances de hidalguía con el adversario, de todo eso se hablaba con elogio y pasmo en los corros agachados alrededor de la bruma dorada de las hogueras del rancho agonizante entre las sombras invasoras de la noche. Pero, si inopinadamente veían los tertulianos las tintas confusas del anochecer horadadas de cerca por el ascua del enorme veguero habitual de Chucho Calderón, presto cambiaban de tema, so peligro de ver disuelta la campechana asamblea bajo los planazos autoritarios de su machete.
 Un día sin embargo empezó a abonanzar el avinagrado humor del veterano. ¿Cómo fue? Hubiera sido necesario ir a solicitar el secreto de tal conversión de la fresca y cantarina boca de Concha, la hija del prefecto de San Blas.
 Sentado en un taburete recostado contra el endeble  marco de la puerta Chucho Calderón dejaba correr sabrosamente las horas en el bohío del viejo prefecto. Entre tazas de café y bocanadas del humo aromoso de su tabaco trataba de recordar sus lejanas tretas de antiguo galán de chamarreta y guitarra antaño ejercitadas, entre el bullicio jocundo de las fiestas clásicas de San Juan, en los bailes de Arimao y Cumanayagua, retumbantes de música de órgano y llenos de olor acre a frituras y al sudor de una multitud de bailadores agitándose con gran fragor de espuelas y de pies arrastrados bajo los colorines de las guirnaldas de papel. Caracoleaba, se retorcía las lánguidas mechas del mostacho, engolaba la voz al decir ciertas palabras. A veces dejaba el asiento de un brinco y descolgando la guitarra del prefecto, colgada de la temblona pared de yaguas, acometía los cojos versos de una décima olvidada.
 Mientras las notas graves del bordón glosaban la canción, poblada de suspirantes alusiones a tórtolas y gavilanes, Concha dejaba ir sus enormes ojos brunos de una a otra de las flacas vigas del techo. Su juventud ávida y pujante, nutrida con las savias verdes del monte, le hinchaba las venas y le congestionaba las sienes, haciéndola a veces llorar y a veces reír con igual falta de motivos. Pero nunca como cuando oía aquellas canciones embrujadas en las cuales se hablaba de amor con palabras tan bonitas.
 Nacida entre las breñas de la Siguanea había arribado la linda guajirita a la edad granada sin conocer sino la vida salvaje de las bestias y los hombres olvidados en plena naturaleza. A los primeros barruntos de guerra sus padres, mientras sus vecinos huían hacia las ciudades, habían adentrado todavía más en el monte su bohío, convertido a poco en prefectura de San Blas. A su puerta dejaban frecuentemente sus cabalgaduras jadeantes los correos, en cuyas carteras de maltratado cuero viajaban los secretos del ejército revolucionario. 
 Pero aquel tráfago no se detenía, dejando cada visitante el bohío más solitario y más triste tras el ruido bizarro de sus espuelas y la narración esdrújula de sus hazañas. A la partida de aquellos visitantes perentorios y fachendosos Concha salía a la puerta de su casa, siguiéndolos con la vista hasta verlos borrarse, con una leve polvareda entre las patas de los caballos, en un recodo del camino de Cienfuegos hundido como una sinuosa cicatriz blanca entre los bullones de vegetación. 
 ¡Cienfuegos! Allá estuvo ella unas semanas, siendo niña, invitada a pasar el día de su santo en casa de una tía suya. Entre la niebla dorada de sus recuerdos cobraba vida aquella tarde friolenta y luminosa de diciembre en la cual se veía, del brazo de su tía, siguiendo por las calles de Cienfuegos la imagen de la Purísima Concepción, cuyo manto azul cuajado de oro flotaba dando tumbos sobre la marea de cabezas de la multitud. Las llamitas de los cirios ponían tenues manchas amarillas en el ambiente desvaído del crepúsculo, el rumor sordo de los rezos semejaba un enorme abejeo, el gentío encauzado entre las aceras avanzaba dando vaivenes. Los últimos rayos del sol se irisaban en el limbo turbio de la polvareda levantada por millares de pies, mientras sobre la ciudad las campanas de las iglesias volcaban su canto de bronce.
 Luego, durante toda la noche, las calles llenas de un gentío endomingado y rumoroso, el fragor bizarro de los pasodobles desbordándose de los cobres de una banda militar de guarnición en Cienfuegos y los fuegos artificiales pintando a contraciclo trémulas flores de oro...
 Junto con un enervante olor a cera y a incienso Concha volvía a sentir, recordando aquella jornada memorable, un raro transporte de todos sus sentidos, como embrujados al conjuro del más allá. El ensueño comenzado aquella tarde seguía alentándole alma adentro a lo largo de su vida humilde y aislada.
 Aquel largo ensueño, pugnando por encarnar en realidades, la hacía volver los ojos en rededor suyo buscando algo sin nombre cuando una voz empezó a decirle al oído palabras milagreras. Era una voz algo cascada y temblona, pero no importaba...
 Así, soñando y casi sin mirar a su viejo y orondo amador, Concha se halló un día dando el brazo a un hombre y pronunciando juramentos cuyo sentido no entendía a derechas ante su propio padre, cuyas barbas se desbordaban sobre el libro donde anotaba el acta de matrimonio.


 III

 El cielo, mordido por la crestería de las lomas cercanas, empezaba a aclararse con la lumbrarada de la madrugada cuando llegaron Chucho Calderón y su ayudante a San Blas. El viejo estaba un poco emocionado.
 —¡Le voy a dar una sorpresa a Concha! —le decía a su asistente al bajar de la montura—. Figúrate...
 Tenía razón para sentirse contento al reanudar, aunque fuera por unos días solamente, su luna de miel, interrumpida apenas habían comenzado a gustarla los esposos por un llamamiento a las filas inesperado y brutal. ¡Cómo había jurado y maldecido Chucho Calderón! Los santos y los diablos cosecharon por igual en aquellos días modestas alusiones.
 Pero esta alegría de ahora lo hacía olvidar la amargura de entonces. Sin lograr dominar un maldito temblorcillo en las manos y cierto anudamiento en la garganta se encaminó hacia el bohío, cuyo techo picudo veía desde su llegada flotar sobre el mar de verdura del monte, asilo de sus venturas conyugales.  Llamó con los nudillos a la puerta, recatando la voz con la mira de solazarse con la segura sorpresa de Concha al abrirle.
 —¿Quién es? —detonó adentro una voz malhumorada de hombre.
 Como en una alucinación el viejo reconoció la voz autoritaria del general Ernesto Aguirre, el niño mimado de la revolución. ¡Ernesto Aguirre! Aquel nombre glorioso, perteneciente al gallardo muchacho habanero salido de la Universidad para la manigua cargado de honores intelectuales bien pronto refrendados con otros rendidos al heroísmo, no se pronunciaba en los campamentos sino con idolatría y con orgullo. Pero de muy distinto modo lo mascullaron ahora los labios del viejo coronel.
 Intuitivamente había sacado de la funda su enorme revólver vizcaíno, en cuyo vientre de acero se alojaba aquella única bala famosa, encogiendo el cuerpo y aplicando el hombro a la endeble puerta de yaguas, como para hacerla saltar. Pero de pronto se detuvo y abrió el revólver.
 —Aquí está —dijo viendo la roma punta de plomo de la bala asomada a uno de los cinco agujeros de la maza giratoria. La he guardado para un enemigo de Cuba. ¿Dónde está aquí el enemigo de Cuba? Ahí adentro está un héroe y aquí afuera...
 Se acercó el arma a la frente y un estallido redondo agitó las hojas de los árboles cercanos. Su figura larga y escueta escorzó entre las tintas confusas de la madrugada un garabato trágico, mientras hipaba tartajosamente:
 —...por haber querido matar a una gloria de Cuba.

 Presentado, con el lema Alma Guajira, al "Gran Concurso Literario Musical por el 103 aniversario de Fernandina de Jagua, hoy ciudad de Cienfuegos: 1819-1922", convocado por el Ateneo de Cienfuegos el 31 de enero de 1922. (Nota de la edición de 1966: Miguel Ángel de la Torre. Prosas Varias, nota preliminar por Elías Entralgo, Editorial de la Universidad de La Habana, pp. 243-252). 

 Publicado anteriormente en Social, vol. X, núm. 6, junio de 1925, pp. 16 y 79.

 Chucho Calderón: podría tratarse de Coronel del Ejército Libertador José María Calderón, quien se alzó cerca de Cienfuegos en 1869 y se suicidó en San Blas, hacia 1873, disparándose a la cabeza. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Cuento de guerra. La muerte del capitán




 Francisco García Cisneros

 Las bridas sueltas permitían al caballo caminar a su antojo sobre aquel camino pedregoso, seco y reverberante bajo un sol eternamente calcinador, mientras a lo lejos, picachos enormes erguían sus cimas como si quisieran horadar con sus agudos picos el terso raso azul del cielo de los trópicos.
 Entre el bosque de gruesos tronos, pasaba el viento rumorando un solo grave, las hojas caían en parvadas, alfombrando el suelo de un tapiz mullido, y a través de las manchas verdes de las ramas, allá al fondo lejísimo, ondulaba orgulloso y magnífico el pabellón cubano de un destacamento.
 El oficial callaba, hundiendo la mirada en aquella soledad imponente, sus pensamientos como ronda de pájaros los volaban; en tanto, vigilante, armado el brazo con la tercerola de reglamento, el asistente, mulato de bronce, con músculos como ramaje, cabalgando en ágil y flaco alazán, seguía a su superior escudriñando el boscaje, atento el oído al menor movimiento, ya a un ave que saltaba al cogayo de una palma o a un lagarto que deslizaba por entre las hojas secas.
 A algunas leguas de Quiebra-Hacha quedaba la prefectura de San Felipe adonde se dirigía el joven militar cumplimentando la misión del General.
 -Alberto, interrogó el oficial a su asistente... ¿Crees que llegaremos antes de la noche a San Felipe?
 -Capitán, aun nos faltan 6 leguas, y según el sol, cerca de las 6 deben ser. Dudo que nuestros animales rindan la jornada, sin que la noche nos envuelva.
 Y así fue. Pasadas las ruinas de un pueblucho, ruinas negras de piedra como símbolo de la Revolución dominadora, comenzó la sombra a hundirse en la selva, confundiendo a las montañas, como si un inmenso esfumidor fuera borrando, árboles, horizonte, picos y caminos, y el sol rojo caía allá al Poniente entre nubes de sangre, de plomo y de violetas.
 La zona, según las partes de todos los destacamentos, estaba libre: el español arrollado y vencido, había huido, abandonando banderas vírgenes de balas, cadáveres corruptos y cartuchos que el temblor había dejado caer en los combates, cuidándose más de salvarse que de recogerlos.
 En medio del silencio, un silencio que vibraba en los oídos y dejaba llegar el ruido más tenue, las caballerías trotaban, y el oficial aun dejaba su pensamiento volar hasta la ventana donde la amada rubia, la de las trenzas abundantes, había bordado el triángulo tricolor, prendido ahora en la cariñosa ala del sombrero de yarey.
 El camino se estrechaba de lado y lado y las ramas se alargaban como brazos dispuestos a apresar la luna, que con un rayo débil, clareaba algo aquella vereda sombría y misteriosa, coloreándole de un tono lívido y tristón.
 Alberto, machete en mano, cortaba los troncos que obstruían el paso, escuchando en la noche el rumor del insecto o la caída sorda de algún fruto ya maduro, cuando en el silencio una voz áspera, alcohólica, atronó el espacio con un:
 -¿Quién vive?
 El oficial erguido y soberbio, rugió:
 -¡¡Cuba libre!!, al tiempo que descargaba su revólver sobre el follaje de donde había salido la voz. Entonces una granizada de balas silbó en los aires, repercutiendo los montes las detonaciones. Alberto, de pie tras su caballo, hacía fuego continuo y provechoso, pues se oían juramentos y gemidos.
 En un momento de reposo o de resolución, Alberto buscó a su jefe y palideció: acribillado a balazos el bayo desangraba, y el joven capitán bañado por la luna estaba tendido en el camino, con la frente blanca salpicada de sangre.
 El fuego español había cesado, los guerrilleros asustados ante la resistencia y las detonaciones juzgaron como fuerzas mayores a aquellos dos héroes, y sus pisadas chafando las yerbas se perdían al final del matorral.
 Alberto se inclinó:
 -Capitán, vuelvo a buscar los sanitarios. ¡A 2 millas está la prefectura!
 -Y lo arrastró abajo de un frondoso mango.
 Y sólo, mientras moría dulcemente, en aquella noche vibrante de una luna llena, pensando en la pobre niña color de rosa, abrió los ojos cristalizados por la muerte próxima, distinguiendo las luces de los sanitarios que se acercaban. Entonces temió que lo recogieran: creía sentir sobre sus sienes, como un abrazo casto y bienhechor, deshecha y poderosa la caballera rubia de su amada, y lo que le envolvía en aquella noche de muerte eran los débiles rayos de la luna.

 N.Y. Vernal de 1897.


 Cuba y América, New-York, 12 mayo de 1898.