Pedro Marqués de Armas
Aunque ya señalamos los derroteros
que tomaron las carreras de los Juanes, Portell Vilá y Marín, conviene insistir
en las diferencias, a propósito del conflicto suscitado por la legitimación
profesional y la prioridad de la introducción del psicoanálisis en Cuba. Cuando
Juan Portell Vilá regresó de Europa, después de tres años de estudio en el
Instituto Neurobiológico de Berlín y de pasar por la Clínica Sainte Anne en París,
venía bien apertrechado de conocimientos que provenían del psicoanálisis. Había
sido colega de los introductores en Francia de un Freud “no a la francesa”, es
decir de quienes levantaron el “cordón sanitario” a que se refiere Roudinesco;
pero también de quienes seguían los postulados de Pierre Janet. De igual modo,
se movía entre las tesis hereditarias de los degeneracionistas, y las más
recientes, o conjugables con el ambiente, de algunos neolamarckianos.
Al contrario
de médicos contemporáneos que realizaron una formación oficial, como el chileno
Fernando Navarro, Portell no se formó como psicoanalista. Sus experiencias no
procedían del análisis didáctico ni de las supervisiones de caso. Había sido un
intérprete de las tesis de Freud con una intención, más que teórica, práctica.
Se asumía como psiquiatra y su objetivo, siguiendo tanto a los neurólogos
alemanes como a los mentalistas franceses, era el de incorporar el
psicoanálisis en áreas tangibles como la educación sexual infantil y la higiene
mental en general.
Desde que regresó a Cuba a finales de 1924 anunció la “nueva ciencia” y preconizó su aplicación en aquellos terrenos. No se autodefine de psicoanalista sino muy ocasionalmente, si bien se postula, después de revisar casi toda la bibliografía médica y pedagógica del país, y señalando el antecedente de Salvador Massip, como el único seguidor activo de la doctrina freudiana. En principio, no le fue mal. Se le abrieron las puertas de las principales publicaciones médicas e incluso de la Revista Bimestre de Fernando Ortiz, como resultado de los temas novedosos que trataba.
En Cuba, después de una
recepción ciertamente notable a comienzos de la década de 1910, se produce
luego un declive de las referencias al psicoanálisis en los medios académicos.
Pero a partir de 1923, con la circulación de las Obras Completas de Freud
editadas por Biblioteca Nueva y su importación desde Estados Unidos o Francia
por parte de una nueva generación de psiquiatras, el psicoanálisis torna a
ocupar un lugar visible. Es en este contexto que Portell Vilá divulga las postulados psicoanalíticos, con una producción de más de veinte artículos en los que
recurre a las enseñanzas de Freud, Jung y Adler.
En consecuencia, gana el señalamiento de ser el más conspicuo representante del psicoanálisis en Cuba. No habló de su aplicación como terapia privada; pretendió divulgarlo entre pedagogos y médicos, y sólo más tarde, aplicarlo como un instrumento auxiliar en las escuelas públicas, centros benéficos y en el servicio de menores del hospital psiquiátrico.
Al asomar Juan Marín al panorama público, acababa de establecerse la Liga de Higiene Mental de Cuba, en cuya organización el impulso de Portell Vilá –quien lanzó la convocatoria en 1924- fue decisivo. Marín, por su parte, no integra el roster de miembros fundadores de aquella asociación. Cuando se acerca a Portell a mediados de 1929, comunicándole su interés en el psicoanálisis, éste no debió sentirse amenazado. Sin dudas la iniciativa de realizar una revista de Psicoanálisis y Educación Sexual y de escribirle a Freud, fue de Marín, aunque se deduce que lo consultó y que contaba -para esa empresa- con el apoyo de algunos médicos y periodistas.
Cuando se recibe la
respuesta de Freud, Portell da cuenta de hecho tan significativo y reseña el
proyecto de revista en su órgano de prensa psiquiátrico. Sin embargo, a pesar
del visto bueno de Freud y del estímulo que debió resultar para llevarla a efecto,
la revista nunca se materializó. Ambos siguen sus labores a favor del psicoanálisis por sus propias vías, sin que nada parezca oponerse entre ellos. Y mientras
tanto, Marín continúa su comunicación no sólo con el Herr profesor, también con Anna Freud y Max Eitingon.
Fue al calor de tales
comunicaciones -y, probablemente, tras la publicación de aquellas cartas en la
sección “Psicoanálisis” del periódico El Mundo- cuando empezó a mostrarse
una fractura que venía fraguándose. Para Marín que, como vimos, envió a Anna Freud un “colosal” dossier sobre psicoanálisis –según el término
empleado por su padre- aquel plus de legitimidad pudo subírsele a la cabeza, al
punto de proclamar públicamente "que desconoce por completo los nombres de
las personas que hayan podido dedicarse al psicoanálisis en Cuba”, añadiendo
que sólo su nombre figuraba en las revistas extranjeras.
Por eso, cuando la Liga de Higiene Mental se reúne a finales de julio de 1930 en una de sus juntas habituales, se decide emitir un comunicado que, escrito o no por Portell Vilá, le atañía a él en primer término. El asunto cobra todos los caracteres de una discusión por la legitimad profesional, pero se expresa más bien como un pugilato: “Rogarle al profesor Marín, que dirige la sección de Psicoanálisis en el periódico El Mundo, que subsane el error que comete en uno de sus párrafos de su primer artículo”.
Se le recuerda que no ha introducido el psicoanálisis en Cuba, que sus artículos no figuran en revistas internacionales y que su ejecutoria en modo alguno tiene el mérito de la del doctor Juan Portell Vilá, quien desde “hace más de cinco años viene publicando extensos trabajos sobre esta rama psicológica, los cuales ha leído el profesor Marín, así como las ponencias presentadas al V Congreso Panamericano del Niño, una en la Sección de Psicología y otra en la Sección de Educación Sexual”.
Si bien alguna vez acopiaron fuerzas y esgrimieron mutuas simpatías, ahora la ruptura se ha consumado.
Un Juan por otro: Marín pretendía destronar a Portell Vilá. Sería el
embajador de Freud en La Habana (debió vivirse así) pero, en ningún caso, el
patriarca de la ciencia nueva. Cartearse con Freud, tener respuesta suya, hizo
que Marín se sintiera dueño y señor, pero eso había que verlo.
No sabemos si subsanó el
error y enmendó aquel párrafo; pero sospechamos que no estaba solo en su
empresa, que tenía de su parte el apoyo de los redactores del periódico e
incluso de su director, Ricardo R. Lancís y Pérez, de notable influencia sobre
el entramado médico-jurídico.
Tampoco Portell carecía de aliados. Era secretario de la Liga de Higiene Mental, figura cimera de la
Sociedad de Neurología y Psiquiatría, y estaba de vuelta del Primer Congreso de
Higiene Mental celebrado en Washington, donde comparte con Adolf Meyer y
presenta otra ponencia de carácter psicoanalítico. Meyer, líder de la Higiene
Mental en los Estados Unidos, lo recibe y aprecia sus proyectos, declarando que la isla estaba llamada a modernizar su modelo de
asistencia a los enfermos mentales.
En agosto de ese año, Marín aparece como miembro colaborador de La Liga de Higiene Mental en una nueva sección: la de Psicología Médica. Se infiere que debieron gestionarla personas con intereses específicos, como es el caso de Rogelio Sopo Barreto que, aunque psiquiatra con ejercicio en Mazorra, estaba interesado en la "psicología”, cuya asignatura introdujo en el programa de estudios de la especialidad. Poeta y aficionado a la pintura de vanguardia, presidiría esta nueva sección, con miembros que proceden de diversos ámbitos: el capitán Torres, jefe del Laboratorio de Psicología del Ejército; el doctor Agustín Abril, médico interno de Mazorra -y, como Portell Vilá, exalumno de Henri Claude en Sainte Anne-, y, Juan Marín, “psicoanalista”.
No sabemos qué progresión tuvo la sección psicológica, salvo
que Sopo Barreto se empeñó en crear un Laboratorio de Psicología
Experimental en la Escuela de Medicina. En 1933 la Liga de Higiene Mental estaba prácticamente disuelta. Definitivamente, Marín encontró su lugar como conferencista, transitando del psicoanálisis a la psicología del éxito, sin dejar de postularse hasta el final de su vida como el discípulo preferido de Freud. Toca encontrar esas cartas...
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