lunes, 6 de julio de 2026

Psicoanálisis y otros saberes. A propósito de Nueva Psicología de Juan Marín

 

    Pedro Marqués de Armas 


  Como hemos visto, Juan Marín derivó del psicoanálisis de salón a la psicología del éxito; de la sexualidad del adulto a los complejos de la personalidad. En fin, de la presunta liberación que suponía su apuesta por el psicoanálisis a los conocimientos íntimos en clave conservadora. Pero hubo una deriva más interesante: la que le llevó a conjuntar el psicoanálisis con otros saberes de la mente y otras formas de cura del espíritu. En esta dirección, publicó una obra colectiva titulada Nueva psicología; trabajos sobre enfermedades del espíritu, hipnotismo, teosofía, espiritismo y brujería, volumen que apareció en 1931 bajo su firma y, para sorpresa, junto a la del médico argentino Jorge Thénon.

 Al consultar por primera vez este material pensé que podría tratarse, o bien de una obra conjunta del chileno Juan Marín y de Thénon publicada, cosa rara, en La Habana, o bien que el Marín cubano hubiera reclamado el concurso del médico argentino, ya conocido por sus vínculos con Freud, acordando ambos reunir los textos. Pero al examinar detenidamente el índice y algunos de los artículos, y apreciar que la obra incluía a otros muchos autores cubanos y extranjeros, consideré como hipótesis más pertinente la de que Thénon hubiera estado en La Habana o mantuviese relaciones fluidas con aquel grupo habanero.

 No fue sino mucho más tarde -de regreso al asunto- que descubrí que se trataba de una usurpación. Marín, el cubano, se había adjudicado una coautoría. Aunque pueden anticiparse los motivos, prefiero dejar el análisis de esta modalidad de plagio para más adelante.

  Nueva psicología…, de Marín / Thénon, como lo anuncia el resto del título, incluía los tópicos más variopintos: desde la psicología del yo “a la norteamericana” hasta la psicotecnia, desde el budismo hasta la pediatría australiana, desde el ocultismo hasta el mito de la caverna platónica, o desde la reencarnación del espíritu hasta los trece hijos de Yemayá. Desde luego, el punto de partida era el psicoanálisis, incluyendo textos de Freud y Jung, pero las derivas no escatimaban ninguno de los saberes entonces en boga, asimilados ya por la cultura de masas.

 Entre los autores cubanos -hoy poco conocidos pero bastante activos en su época- se incluían trabajos del hipnotista E. García Cantero, el teósofo José R. Villaverde, el espiritista (y excriminalista) Gonzalo Iturrioz, el médico y homeópata Juan Antiga, y, por último, del etnólogo y estudioso de las culturas afrocubanas, Juan Luis Martín. Mientras entre los extranjeros -también muy populares en su momento y hoy olvidados- aparecen textos del normalista francés Félicien Challaye, viajero incansable y productor de libros de filosofía y psicología “al alcance de todos”, como los que dedicó a Bergson y a Freud; de Alois Benjamin Saliger, comerciante neoyorkino que inventó en 1927 el Psicófono (Pysico-phone), un aparato que influía de manera subliminal durante el sueño, permitiendo al cliente “controlar sus emociones” y “superar sus debilidades”; y, entre otros tantos, al exitoso maestro mundial Krishnamurti.

 En total, 44 artículos procedentes de diferentes regiones culturales, pero convocados alrededor del psicoanálisis y dispuestos como conocimientos “afines”. Si bien la mayoría firmados, otros muchos de autoría no señalada. Un solo texto de Freud, otro de Jung, dos del dúo Marín / Thénon y otro par de Thénon a solas. Para mayor mérito, los cubanos Antiga, Villaverde, García Montero y Martín firmaban par de textos de cada uno. El resto, ya lo veremos, autores que habían marcado a Marín y tal vez a sus colaboradores. Algunos de éstos, conocidos periodistas, publican en El Mundo para el que el Martín trabajaba y, en cualquier caso, en diferentes periódicos y revistas de larga tirada. Marín, sin dudas, habría consultado a los del patio, pero los restantes artículos serían tomados (extraídos más bien) de publicaciones foráneas y –algunos- traducidos para el libro.

 No se trata, sin embargo, sino de uno de los muchos caminos que tomó el psicoanálisis en Estados Unidos y América Latina casi desde que hizo su entrada, asociándose a otros saberes sobre el espíritu o la mente, desde los más antiguos a los más modernos, desde sus nociones herméticas hasta sus empleos más comerciales o explícitos. El plato especialmente cubano lo sirve la conjunción psicoanálisis / santería. 

 Vías de curación o de interpretación, de reconocimiento del pasado o anticipación del futuro, de comunicación con los vivos y los muertos, sistemas simbólicos y premonitorios, baratijas psico-técnicas, etc., constituían saberes contiguos que “desbordaban” de un lado al otro al psicoanálisis, al tiempo que lo colocan al mismo nivel, es decir, en un mismo plano de circulación. Y ello no ocurre como expresión directa, o por impacto de la “cultura popular”, sino como parte de una “cultura letrada” que, tras agenciar los más diversos saberes, comienza a masificarse. 

 Ninguno de los colaborados cubanos está exento de moverse en esas lindes limítrofes. Juan Antiga (que había negado las bacterias), era lo mismo homeópata que psicólogo, higienista mental que asiduo de los bajos fondos habaneros, lector de Marx que de Freud, de Baudelaire que de Richet. Lo mismo revolucionario al modo de Lenin que evolucionista a la manera de Kardec. Un curioso, un diletante. Quizá un creyente.

 José R. Villaverde, por su parte, era un connotado ocultista, un espírita –del espiritismo científico. Cercano a Fernando Ortiz, éste le abrió las puertas de Revista Bimestre. Su obra Cosas del espíritu; libro de investigaciones sobre ocultismo, con prólogo de otro comentarista interesado en el psicoanálisis, y también psiquista, Gastón Mora, circuló con cierta amplitud. En otro libro, Azotes de la humanidad. Guerra, juego, alcoholismo, drogas, fiestas de sangre, predecía el fin de los tiempos. Como autor de “cuentos criollos” no dejó fuera ninguna de las creencias populares de las que era gran conocedor.

 Gonzalo Iturrioz Font, que en Nueva psicología… se ocupa de los espíritus y su reencarnación, era químico forense y patentador de vinos. En 1913 desarrolló el método de la parafina, que después Israel Castellanos perfecciona y que todavía hoy sirve para identificar las huellas del crimen.

 Poco conocido, García Cantero era un médico que se orientó hacia la psicoterapia, seguidor más de Janet que de Freud, pero connotado hipnotista que colaboró en hospitales e hizo incursiones sensacionalistas en el teatro.

 Y Juan Luis Marín, que aporta “Los Carabalíes” y “Los Trece Hijos de Yemayá”, un destacado etnólogo que visitó los más diversos campos, entre ellos los cultos afrocubanos en cuyos misterios quedó atrapado.

 Casi todos tuvieron consultas privadas y vivieron de esos saberes que investigan pero también comercializan.

 Uno de los autores extranjeros más curiosos entre los incluidos en el libro, es Henry K. Miller, psicólogo neoyorkino en cuya carrera parece inspirarse Marín. Miller impartió conferencias por todos los Estados Unidos, promoviendo el culto del bienestar y de los estilos de vida saludables. Su magazine Secret of Health, Efficiency, Happiness and Achievement, que circula por lo menos desde 1924, influyó en Marín al punto que deriva de él –en buena parte- Personalidad y cultura mental, la revista que facturó junto a su esposa a partir 1936, con un formato que parece calcado.


 Los trabajos de Miller en Nueva psicología eran del tipo: “¿Es Ud. un Extravertido?”, “Cómo ser un Ambivertido”, "¿Es Ud. un Intravertido?”, etc., es decir, un Jung diluido a la medida del neurótico medio de la época. Sueño, feminidad, belleza, salud, tampoco nada que no sea de actualidad.

 Tales enunciados, salud, felicidad, éxito y eficiencia, no son sino los que venían poniendo en órbita, desde la década de 1910, los discursos de la eugenesia y la higiene mental, decantados en libros populares como The Eugenic Mother and Baby: A Complete Home Guide, de William Grant Hague; o, Personal Efficiency and Mind Power Building: Course of 12 Lessons, de D. Herbert Heywood. La temprana fusión en Estados Unidos de psicoanálisis y pragmatismo, y la progresiva emergencia de la Psicología del Yo, con el trasfondo de la higiene mental y de la eugenesia calaron a fondo la vida cotidiana y generaron el consumo de dichas revistas, con un público resuelto a encontrar las claves del éxito.

 En la portada de Nueva Psicología puede apreciarse a dos hombres, no jóvenes sino de mediana edad, desnudos como si se tratara de bañistas, cuyos torsos sobresalen sobre una ciudad moderna. Sus gestos son pura acometida, pura voluntad. Uno alza el brazo hasta tocar el celaje y el otro lleva en el hombro el costo de la publicación: apenas 20 centavos.

 Ahora volvamos al inicio. ¿Por qué Marín decidió utilizar el nombre de Thénon para acompañar la autoría del libro y de un par de artículos: “El Inconsciente personal” y “El Inconsciente Colectivo o Ancestral”. ¿Eran realmente textos de Thénon? ¿Eran acaso de Marín a los que éste anexa el nombre de otro autor? ¿Se conocía en esa fecha, tan temprana, algo de la producción del médico argentino?

 El aviso de usurpación lo hacía el propio Thénon en carta dirigida al director de La Semana Médica, una de las revistas médicas de mayor circulación en América Latina. Esta es la carta, publicada bajo el indicativo “Aclaración: Recibimos y publicamos”.

   Buenos Aires, octubre 3 de 1931.

   Sr. Director de La Semana Médica.

   De mi mayor consideración:

  Acaba de llegar a mis manos un libro titulado Psicología Nueva, editado en Cuba, Habana, en el cual, con la sorpresa consiguiente aparezco como coautor, en compañía de un señor Juan Marín. Deseo dejar constancia, por intermedio de su revista, de que no he autorizado a nadie para usar mi nombre en un infundio ridículo cuya existencia ignoraba.

  Agradeciéndole su atención, me complazco en saludarlo atentamente.

                                                                                                     Jorge Thénon.


 La carta, concisa, no habla de plagio sino de infundio. Thénon se desmarca de semejante ridículo. Como asegura que el libro había llegado a sus manos, no cabe pensar que los textos fueran suyos, pues así lo hubiera denunciado. Entonces, a qué obedecía este comportamiento del Juan Marín cubano. Mi hipótesis es la siguiente: a un obcecado afán de legitimación.


 Meses antes de la publicación de Nueva Psicología, en septiembre de 1930, Juan Portell Vilá había sacado una reseña sobre Psicoterapia comparada y psicogénesis, la primera obra de Jorge Thénon, publicada ese mismo año en Buenos Aires. Portell la calificaba de “magnífica contribución al estudio de la Clínica Psicoanalítica aplicada al Tratamiento de las Psiconeurosis” (las mayúsculas son suyas) y añadía: “podemos asegurar que, por ahora, no conocemos en lengua española nada tan completo sobre estas cuestiones”.

 El libro, además, se lo enviaba el propio Thénon con una dedicatoria. Portell Vilá alaba incluso el sincretismo de la tesis y la calidad de su escritura. “Por lo demás –repite- esta obra constituye un gran esfuerzo bibliográfico dentro de la extensa y variada producción argentina y un material científico de primer orden que puede compararse con los autores contemporáneos de otros países".

 Que Juan Portell Vilá, a quien justo por esa época Marín intenta arrebatarle, desde las páginas de El Mundo, la exclusividad del psicoanálisis en Cuba, calificara lo de Thénon en esos términos, y que ello ocurra después del emplazamiento a rectificar que tres meses antes, en julio de 1930, Portell le hiciera, indica que la polémica continuaba por esos medios. Al menos así debió recibirlo Marín, quien, si no conocía ya el trabajo Thénon, debió experimentar un sentimiento de curiosidad y turbación.

 Portell Vilá no tuvo reparos en reconocer que la “monografía” en cuestión superaba todo lo escrito sobre psicoanálisis en Hispanoamérica. Demasiado para Marín. Si, además, como pronto se supo, aquella obra recibió un importante premio en su país, o como bien pudo trascender, fue enviada a Freud para su valoración (Freud la conserva y elige entre los libros que lleva a su exilio en Londres), tenemos el cuadro bien aproximado: Marín no pudo resistirse.

 Imbuido, por un lado, por su intercambio epistolar con Sigmund Freud y Anna Freud, y atrapado, por otro, en su disputa por la prioridad del psicoanálisis en Cuba, debió sucumbir a los efectos de la elogiosa reseña, identificándose con Thénon al punto de apropiárselo como si de un amigo de infancia se tratara.

 No podremos reconstruir todo el puzle, pues la mayor parte de las piezas se perdieron. No obstante, no sería especular demasiado el suponer que la carta de Thénon a La Semana Médica, revelando el “infundio”, haya circulado en La Habana. Para Portell y su círculo, un triunfo total.

 Juan Marín Hernández falleció en Sancti Spíritus -adonde se habría trasladado en sus últimos años- en junio de 1958. “Esclarecido psicólogo y profesor de relaciones humanas”, apuntaba una nota póstuma, la revista Personalidad y Cultura Mental que había dirigido hasta su fallecimiento- se aprestaba a dedicarle un homenaje en un número extraordinario de julio-agosto. En este se recogerían fragmentos de su obra y por qué no –habría que consultarlo- algunas de sus cartas con Freud, quien lo habría señalado, según aseguraba la esquela, “como su mejor discípulo latinoamericano”.


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