Pedro Marqués de Armas
Como hemos visto, Juan
Marín derivó del psicoanálisis de salón a la psicología del éxito; de la
sexualidad del adulto a los complejos de la personalidad. En fin, de la presunta
liberación que suponía su apuesta por el psicoanálisis a los conocimientos
íntimos en clave conservadora. Pero hubo una deriva más interesante: la que le
llevó a conjuntar el psicoanálisis con otros saberes de la mente y otras formas
de cura del espíritu. En esta dirección, publicó una obra colectiva titulada Nueva
psicología; trabajos sobre enfermedades del espíritu, hipnotismo, teosofía,
espiritismo y brujería, volumen que apareció en 1931 bajo su firma y, para
sorpresa, junto a la del médico argentino Jorge Thénon.
Al consultar por
primera vez este material pensé que podría tratarse, o bien de una obra
conjunta del chileno Juan Marín y de Thénon publicada, cosa rara, en La Habana,
o bien que el Marín cubano hubiera reclamado el concurso del médico argentino,
ya conocido por sus vínculos con Freud, acordando ambos reunir los textos. Pero
al examinar detenidamente el índice y algunos de los artículos, y apreciar que
la obra incluía a otros muchos autores cubanos y extranjeros, consideré como hipótesis
más pertinente la de que Thénon hubiera estado en La Habana o mantuviese
relaciones fluidas con aquel grupo habanero.
No fue sino mucho más
tarde -de regreso al asunto- que descubrí que se trataba de una usurpación.
Marín, el cubano, se había adjudicado una coautoría. Aunque pueden anticiparse
los motivos, prefiero dejar el análisis de esta modalidad de plagio para más
adelante.
Nueva psicología…, de Marín / Thénon,
como lo anuncia el resto del título, incluía los tópicos más variopintos: desde
la psicología del yo “a la norteamericana” hasta la psicotecnia, desde el
budismo hasta la pediatría australiana, desde el ocultismo hasta el mito de la
caverna platónica, o desde la reencarnación del espíritu hasta los trece hijos
de Yemayá. Desde luego, el punto de partida era el psicoanálisis, incluyendo textos de Freud y Jung, pero las derivas no escatimaban ninguno de los saberes entonces en boga, asimilados ya por la cultura de masas.
Entre los autores
cubanos -hoy poco conocidos pero bastante activos en su época- se incluían
trabajos del hipnotista E. García Cantero, el teósofo José R. Villaverde, el
espiritista (y excriminalista) Gonzalo Iturrioz, el médico y homeópata Juan
Antiga, y, por último, del etnólogo y estudioso de las culturas afrocubanas,
Juan Luis Martín. Mientras entre los extranjeros -también muy populares en su
momento y hoy olvidados- aparecen textos del normalista francés Félicien
Challaye, viajero incansable y productor de libros de filosofía y psicología
“al alcance de todos”, como los que dedicó a Bergson y a Freud; de Alois
Benjamin Saliger, comerciante neoyorkino que inventó en 1927 el Psicófono
(Pysico-phone), un aparato que influía de manera subliminal durante el sueño, permitiendo al cliente “controlar sus emociones” y “superar sus debilidades”;
y, entre otros tantos, al exitoso maestro mundial Krishnamurti.
En total, 44 artículos procedentes de diferentes regiones culturales, pero convocados alrededor del psicoanálisis y dispuestos como conocimientos “afines”. Si bien la mayoría firmados, otros muchos de autoría no señalada. Un solo texto de Freud, otro de Jung, dos del dúo Marín / Thénon y otro par de Thénon a solas. Para mayor mérito, los cubanos Antiga, Villaverde, García Montero y Martín firmaban par de textos de cada uno. El resto, ya lo veremos, autores que habían marcado a Marín y tal vez a sus colaboradores. Algunos de éstos, conocidos periodistas, publican en El Mundo para el que el Martín trabajaba y, en cualquier caso, en diferentes periódicos y revistas de larga tirada. Marín, sin dudas, habría consultado a los del patio, pero los restantes artículos serían tomados (extraídos más bien) de publicaciones foráneas y –algunos- traducidos para el libro.
No se trata, sin
embargo, sino de uno de los muchos caminos que tomó el psicoanálisis en Estados
Unidos y América Latina casi desde que hizo su entrada, asociándose a otros
saberes sobre el espíritu o la mente, desde los más antiguos a los más modernos,
desde sus nociones herméticas hasta sus empleos más comerciales o explícitos. El plato especialmente cubano lo sirve la conjunción psicoanálisis / santería.
Vías de curación o de interpretación, de reconocimiento del pasado o anticipación del futuro, de comunicación con los vivos y los muertos, sistemas simbólicos y premonitorios, baratijas psico-técnicas, etc., constituían saberes contiguos que “desbordaban” de un lado al otro al psicoanálisis, al tiempo que lo colocan al mismo nivel, es decir, en un mismo plano de circulación. Y ello no ocurre como expresión directa, o por impacto de la “cultura popular”, sino como parte de una “cultura letrada” que, tras agenciar los más diversos saberes, comienza a masificarse.
Ninguno de los
colaborados cubanos está exento de moverse en esas lindes limítrofes. Juan Antiga
(que había negado las bacterias), era lo mismo homeópata que psicólogo,
higienista mental que asiduo de los bajos fondos habaneros, lector de Marx que
de Freud, de Baudelaire que de Richet. Lo mismo revolucionario al modo de Lenin
que evolucionista a la manera de Kardec. Un curioso, un diletante. Quizá un
creyente.
José R. Villaverde,
por su parte, era un connotado ocultista, un espírita –del espiritismo
científico. Cercano a Fernando Ortiz, éste le abrió las puertas de Revista
Bimestre. Su obra Cosas del espíritu; libro de investigaciones sobre
ocultismo, con prólogo de otro comentarista interesado en el psicoanálisis,
y también psiquista, Gastón Mora, circuló con cierta amplitud. En otro libro, Azotes
de la humanidad. Guerra, juego, alcoholismo, drogas, fiestas de sangre, predecía el fin de los tiempos. Como autor de “cuentos criollos” no dejó fuera
ninguna de las creencias populares de las que era gran conocedor.
Gonzalo Iturrioz
Font, que en Nueva psicología… se ocupa de los espíritus y su
reencarnación, era químico forense y patentador de vinos. En 1913 desarrolló el
método de la parafina, que después Israel Castellanos perfecciona y que todavía
hoy sirve para identificar las huellas del crimen.
Poco conocido, García
Cantero era un médico que se orientó hacia la psicoterapia, seguidor más de
Janet que de Freud, pero connotado hipnotista que colaboró en
hospitales e hizo incursiones sensacionalistas en el teatro.
Y Juan Luis Marín,
que aporta “Los Carabalíes” y “Los Trece Hijos de Yemayá”, un destacado
etnólogo que visitó los más diversos campos, entre ellos los cultos afrocubanos
en cuyos misterios quedó atrapado.
Casi todos tuvieron
consultas privadas y vivieron de esos saberes que investigan pero también
comercializan.
Uno de los autores extranjeros más curiosos entre los incluidos en el libro, es Henry K. Miller, psicólogo neoyorkino en cuya carrera parece inspirarse Marín. Miller impartió conferencias por todos los Estados Unidos, promoviendo el culto del bienestar y de los estilos de vida saludables. Su magazine Secret of Health, Efficiency, Happiness and Achievement, que circula por lo menos desde 1924, influyó en Marín al punto que deriva de él –en buena parte- Personalidad y cultura mental, la revista que facturó junto a su esposa a partir 1936, con un formato que parece calcado.
Los trabajos de
Miller en Nueva psicología eran del tipo: “¿Es Ud. un Extravertido?”,
“Cómo ser un Ambivertido”, "¿Es Ud. un Intravertido?”, etc., es decir, un Jung
diluido a la medida del neurótico medio de la época. Sueño, feminidad, belleza,
salud, tampoco nada que no sea de actualidad.
Tales enunciados,
salud, felicidad, éxito y eficiencia, no son sino los que venían poniendo en
órbita, desde la década de 1910, los discursos de la eugenesia y la higiene
mental, decantados en libros populares como The Eugenic Mother and Baby: A
Complete Home Guide, de William Grant Hague; o, Personal Efficiency and
Mind Power Building: Course of 12 Lessons, de D. Herbert Heywood. La
temprana fusión en Estados Unidos de psicoanálisis y pragmatismo, y la
progresiva emergencia de la Psicología del Yo, con el trasfondo de la higiene
mental y de la eugenesia calaron a fondo la vida cotidiana y generaron el
consumo de dichas revistas, con un público resuelto a encontrar las claves del éxito.
En la portada de Nueva
Psicología puede apreciarse a dos hombres, no jóvenes sino de mediana edad,
desnudos como si se tratara de bañistas, cuyos torsos sobresalen sobre una
ciudad moderna. Sus gestos son pura acometida, pura voluntad. Uno alza el brazo
hasta tocar el celaje y el otro lleva en el hombro el costo de la publicación:
apenas 20 centavos.
Ahora volvamos al
inicio. ¿Por qué Marín decidió utilizar el nombre de Thénon para acompañar
la autoría del libro y de un par de artículos: “El Inconsciente personal” y “El
Inconsciente Colectivo o Ancestral”. ¿Eran realmente textos de Thénon? ¿Eran
acaso de Marín a los que éste anexa el nombre de otro autor? ¿Se conocía en esa
fecha, tan temprana, algo de la producción del médico argentino?
El aviso de
usurpación lo hacía el propio Thénon en carta dirigida al director de La
Semana Médica, una de las revistas médicas de mayor circulación en América
Latina. Esta es la carta, publicada bajo el indicativo “Aclaración: Recibimos y
publicamos”.
Buenos Aires,
octubre 3 de 1931.
Sr. Director de La
Semana Médica.
De mi mayor
consideración:
Acaba de llegar a
mis manos un libro titulado Psicología Nueva, editado en Cuba, Habana,
en el cual, con la sorpresa consiguiente aparezco como coautor, en compañía de
un señor Juan Marín. Deseo dejar constancia, por intermedio de su revista, de
que no he autorizado a nadie para usar mi nombre en un infundio ridículo cuya
existencia ignoraba.
Agradeciéndole su atención, me complazco en saludarlo atentamente.
Jorge Thénon.
La carta, concisa, no
habla de plagio sino de infundio. Thénon se desmarca de semejante ridículo.
Como asegura que el libro había llegado a sus manos, no cabe pensar que los
textos fueran suyos, pues así lo hubiera denunciado. Entonces, a qué obedecía
este comportamiento del Juan Marín cubano. Mi hipótesis es la siguiente: a un
obcecado afán de legitimación.
El libro, además, se
lo enviaba el propio Thénon con una dedicatoria. Portell Vilá alaba incluso el
sincretismo de la tesis y la calidad de su escritura. “Por lo demás –repite-
esta obra constituye un gran esfuerzo bibliográfico dentro de la extensa y
variada producción argentina y un material científico de primer orden que puede
compararse con los autores contemporáneos de otros países".
Que Juan Portell
Vilá, a quien justo por esa época Marín intenta arrebatarle, desde las páginas
de El Mundo, la exclusividad del psicoanálisis en Cuba, calificara lo de
Thénon en esos términos, y que ello ocurra después del emplazamiento a
rectificar que tres meses antes, en julio de 1930, Portell le hiciera, indica
que la polémica continuaba por esos medios. Al menos así debió recibirlo Marín,
quien, si no conocía ya el trabajo Thénon, debió experimentar un sentimiento de
curiosidad y turbación.
Portell Vilá no tuvo
reparos en reconocer que la “monografía” en cuestión superaba todo lo escrito
sobre psicoanálisis en Hispanoamérica. Demasiado para Marín. Si, además, como
pronto se supo, aquella obra recibió un importante premio en su país, o como
bien pudo trascender, fue enviada a Freud para su valoración (Freud la conserva
y elige entre los libros que lleva a su exilio en Londres), tenemos el cuadro bien
aproximado: Marín no pudo resistirse.
Imbuido, por un lado,
por su intercambio epistolar con Sigmund Freud y Anna Freud, y atrapado, por
otro, en su disputa por la prioridad del psicoanálisis en Cuba, debió sucumbir
a los efectos de la elogiosa reseña, identificándose con Thénon al punto de
apropiárselo como si de un amigo de infancia se tratara.
No podremos
reconstruir todo el puzle, pues la mayor parte de las piezas se perdieron. No
obstante, no sería especular demasiado el suponer que la carta de Thénon a La
Semana Médica, revelando el “infundio”, haya circulado en La Habana. Para
Portell y su círculo, un triunfo total.
Juan Marín Hernández falleció
en Sancti Spíritus -adonde se habría trasladado en sus últimos años- en junio
de 1958. “Esclarecido psicólogo y profesor de relaciones humanas”, apuntaba una
nota póstuma, la revista Personalidad y Cultura Mental que había
dirigido hasta su fallecimiento- se aprestaba a dedicarle un homenaje en un
número extraordinario de julio-agosto. En este se recogerían fragmentos de su
obra y por qué no –habría que consultarlo- algunas de sus cartas con Freud,
quien lo habría señalado, según aseguraba la esquela, “como su mejor discípulo
latinoamericano”.
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