viernes, 8 de septiembre de 2017

La última bala




 Miguel Ángel de la Torre

 Un trueno confuso y lejano venía del fondo de los campos en sombras, destacándose del coro h I de menudos murmullos anónimos de la noche. Ya varias veces Chucho Calderón, saliendo de sus reflexiones, había levantado la cabeza y prestado oído con gesto de extrañeza, cuando su acompañante le explicó:
 —Es el salto del Hanabanilla. Pronto lo vamos a pasar.
 —¡Ya es hora!— refunfuñaba el viejo, demostrando una vez más su prisa con nuevos espolazos a su caballo.
 Luego volvía a sumirse en su obstinado aislamiento. Venían sosteniendo los dos caminantes durante todo el largo camino una tesonera puja, en la cual con tanto ahínco se esforzaba el uno en callar como el otro en charlar. Aprovechando un casual y fugaz acercamiento de su campamento a la zona de Cienfuegos el coronel Chucho Calderón, acompañado por su asistente, suspiraba por llegar cuanto antes a  la prefectura de San Blas, de la cual lo habían separado meses antes los azares de la guerra.
 Pero un incidente inesperado vino a lograrle al asistente una momentánea victoria. Un crujido salido de la  maraña de vegetación frontera lo hizo exclamar, deteniendo en seco su cabalgadura:
 —¡Una jutía, coronel!
 ¡Ahí era nada! Una jutía quería decir carne para  aquellos estómagos hechos a un ayuno torturado de años, en el cual a veces un pedazo de suela hervida había significado un disputadísimo manjar.
 El hombre había echado pie a tierra y adentrándose en la maleza oteaba la presa. Una mancha movediza se descubría en lo alto de un árbol, cuyas ramas dibujaban un jeroglífico negro contra el azul lejano del cielo.
 —Yo no tengo balas, tírele usted —secreteó el asistente con temblor en la voz.
 —¿Tirar yo? No tengo sino una bala y no la voy  a gastar en una jutía...
 —Entonces usted no tiene hambre, coronel...
 Le fue preciso a Chucho Calderón, de suyo no muy sobrado de aguante, hacer valer su autoridad con unos cuantos recios juramentos para reducir a aquel hombre a la conformidad. Su hambre consuetudinaria ¿podía acaso explicarse aquel desdén por una presa fácil y suculenta?
 —No digo yo una bala... —rezongaba mientras volvía a montar a caballo.
 —Te parece poca cosa una bala ¿verdad? —le preguntó al oírlo Chucho Calderón—. Si tuvieras dos dedos de frente no hablarías de esa manera.
  Entonces el viejo empezó a hacer, glosado por el paso tácito de los caballos, un febril elogio de las balas, en ocasiones tan ligeramente malgastadas. Recordaba los obreros cubanos sudando y privándose de comodidades en la emigración para comprar balas, los barcos expedicionarios sorteando en el mar la vigilancia enemiga al través de mil peligros, las vidas sacrificadas para salvar los convoyes.
 —El otro día —contó— en una escaramuza cerca de Trinidad un guerrillero se me vino encima. Yo primero saqué el revólver y le apunté, pero después, dándome cuenta,  me contuve. Le apuntaba, hacía ademán de tirar y no me decidía cuando de pronto le vi caer a un paso de distancia. Otra bala lo había alcanzado y yo había ahorrado la mía.
 —Pero ¿ni la vida misma de usted vale tinto como una bala?
 —¡Ni mi vida! Solamente si se tratara de librar a  Cuba de un gran enemigo gastaría yo a gusto esta bala.
 Llegaban en esto a los saltos del río Hanabanilla, cuya  humedad batía ya contra sus rostros el ledo vientecillo nocturno. A la lumbre de las estrellas la sonora caída de cristal se combaba entre las brumas azuladas de la noche, taraceada de fulgores fugaces, hundiéndose en los bullones de espuma hirvientes entre las piedras. Un sutil polvo de agua, destrizado por la brisa, flotaba en jirones y se prendía en las ramas de los árboles. Subía del abismo una batahola de hervores y de silbidos, como el aliento de un monstruo.
 La catarata, enmarcada dentro de las márgenes rizadas de altas yerbas, tenía algo de magnífico y de temeroso rugiendo entre las sombras. Luego las aguas seguían río abajo y se alejaban borboteando como en fuga.
 Los dos jinetes habían sofrenado sus cabalgaduras ante la cascada, deteniéndose a observarla en silencio durante algunos instantes, tras los cuales siguieron. Al paso muelle de su caballo Chucho Calderón iba rumiando los últimos sucesos de su vida, transcurridos en aquellos sitios hacia donde se dirigían.  

      
                          II

 Recordaba como la vida callada y soñolienta de la prefectura de San Blas, hundida entre las masas verdes de los montes de Siguanea, se había visto trastornada desde la abrasada tarde de agosto reciente en una de cuyas últimas horas se desmontaba del sudoroso caballo frente a uno de sus bohíos. Las precarias ordenanzas militares y el instinto de sus vecinos aguzado al través de riesgos constantes, mantenían de acuerdo una existencia sorda y pareja en aquel país de paz recatado en medio de la lucha cuyo fragor agitaban los campos y las ciudades de Cuba; pero ¡cualquiera le iba con ordenanzas y con instintos al coronel! Lejos de conquistarle y someterle a la regla común aquel ambiente acolchado excitaba su humor de viejo cascarrabias, acidulado por los tormentos de un reuma contraído en la guerra. Sus juramentos de guajiro clásico estallaban como cohetes bajo el techo de guano de las casuchas desgranadas manigua adentro, dejando luego tras de ellos, como una estela, un refunfuño interminable y agrio.
 Esta trifulca con todos y con cualquier motivo no perdonaba a nadie desde luego, pero tenía como objeto predilecto a los médicos. Al ordenarle aquella temporada de licencia en la prefectura, donde a fuerza de reposo y de yoduro se proponían remendar pasajeramente su menguada salud, los médicos habían a la vez condenado al más duro trance para su carácter azogado y huraño a Chucho Calderón, obligándolo a tragarse su bilis y a rumiar a solas su ira constante y gratuita.
 Subrayada por aquella murmuración contra los médicos, en continuo hervor bajo los desmayados bigotes amarillentos de Chucho Calderón, su vida se arrastraba de bohío en bohío lánguidamente y sin altibajos. Conforme a un horario invariable cada día hacía retumbar sus toses y sus temos a la misma hora en igual sitio. A las reconvenciones tímidas de las mujeres contestaba, separándose de la boca el escobillado cabo de tabaco: 
 —¡Ojalá pudiera gritar bastante alto para traer a los  españoles, voto a todos los diablos! Así saldrían los majaes de esta cueva.
 Diciendo lo cual se desgañitaba como para hacerse oír en los lejanos caminos por donde hormigueaban las columnas españolas, mientras las mujeres se santiguaban y sonreían socarronamente. A la verdad nadie creía gran cosa en la sinceridad de sus malos deseos...
 Todos estaban en el secreto acerca de la verdadera idiosincrasia de aquel viejo malhumorado y maldiciente, sobre la cual se contaban en los campamentos, a la hora muelle del toque de retreta, sabrosas anécdotas. A seguidas de cien hechos de valiente, rubricados en rojo por su machete durante dos campañas, los bien enterados se hacían lenguas de lo paradójico y contradictorio de su conducta en muchos ejemplos. Ocasiones en las cuales a las pocas horas de castigar y someter a una pública rociada de insultos a un soldado se exponía a la muerte por salvarlo, casos de caridad y hasta de amor ejercidos a escondidas a favor de gentes a quienes en alta voz negaba el derecho a toda consideración, trances de hidalguía con el adversario, de todo eso se hablaba con elogio y pasmo en los corros agachados alrededor de la bruma dorada de las hogueras del rancho agonizante entre las sombras invasoras de la noche. Pero, si inopinadamente veían los tertulianos las tintas confusas del anochecer horadadas de cerca por el ascua del enorme veguero habitual de Chucho Calderón, presto cambiaban de tema, so peligro de ver disuelta la campechana asamblea bajo los planazos autoritarios de su machete.
 Un día sin embargo empezó a abonanzar el avinagrado humor del veterano. ¿Cómo fue? Hubiera sido necesario ir a solicitar el secreto de tal conversión de la fresca y cantarina boca de Concha, la hija del prefecto de San Blas.
 Sentado en un taburete recostado contra el endeble  marco de la puerta Chucho Calderón dejaba correr sabrosamente las horas en el bohío del viejo prefecto. Entre tazas de café y bocanadas del humo aromoso de su tabaco trataba de recordar sus lejanas tretas de antiguo galán de chamarreta y guitarra antaño ejercitadas, entre el bullicio jocundo de las fiestas clásicas de San Juan, en los bailes de Arimao y Cumanayagua, retumbantes de música de órgano y llenos de olor acre a frituras y al sudor de una multitud de bailadores agitándose con gran fragor de espuelas y de pies arrastrados bajo los colorines de las guirnaldas de papel. Caracoleaba, se retorcía las lánguidas mechas del mostacho, engolaba la voz al decir ciertas palabras. A veces dejaba el asiento de un brinco y descolgando la guitarra del prefecto, colgada de la temblona pared de yaguas, acometía los cojos versos de una décima olvidada.
 Mientras las notas graves del bordón glosaban la canción, poblada de suspirantes alusiones a tórtolas y gavilanes, Concha dejaba ir sus enormes ojos brunos de una a otra de las flacas vigas del techo. Su juventud ávida y pujante, nutrida con las savias verdes del monte, le hinchaba las venas y le congestionaba las sienes, haciéndola a veces llorar y a veces reír con igual falta de motivos. Pero nunca como cuando oía aquellas canciones embrujadas en las cuales se hablaba de amor con palabras tan bonitas.
 Nacida entre las breñas de la Siguanea había arribado la linda guajirita a la edad granada sin conocer sino la vida salvaje de las bestias y los hombres olvidados en plena naturaleza. A los primeros barruntos de guerra sus padres, mientras sus vecinos huían hacia las ciudades, habían adentrado todavía más en el monte su bohío, convertido a poco en prefectura de San Blas. A su puerta dejaban frecuentemente sus cabalgaduras jadeantes los correos, en cuyas carteras de maltratado cuero viajaban los secretos del ejército revolucionario. 
 Pero aquel tráfago no se detenía, dejando cada visitante el bohío más solitario y más triste tras el ruido bizarro de sus espuelas y la narración esdrújula de sus hazañas. A la partida de aquellos visitantes perentorios y fachendosos Concha salía a la puerta de su casa, siguiéndolos con la vista hasta verlos borrarse, con una leve polvareda entre las patas de los caballos, en un recodo del camino de Cienfuegos hundido como una sinuosa cicatriz blanca entre los bullones de vegetación. 
 ¡Cienfuegos! Allá estuvo ella unas semanas, siendo niña, invitada a pasar el día de su santo en casa de una tía suya. Entre la niebla dorada de sus recuerdos cobraba vida aquella tarde friolenta y luminosa de diciembre en la cual se veía, del brazo de su tía, siguiendo por las calles de Cienfuegos la imagen de la Purísima Concepción, cuyo manto azul cuajado de oro flotaba dando tumbos sobre la marea de cabezas de la multitud. Las llamitas de los cirios ponían tenues manchas amarillas en el ambiente desvaído del crepúsculo, el rumor sordo de los rezos semejaba un enorme abejeo, el gentío encauzado entre las aceras avanzaba dando vaivenes. Los últimos rayos del sol se irisaban en el limbo turbio de la polvareda levantada por millares de pies, mientras sobre la ciudad las campanas de las iglesias volcaban su canto de bronce.
 Luego, durante toda la noche, las calles llenas de un gentío endomingado y rumoroso, el fragor bizarro de los pasodobles desbordándose de los cobres de una banda militar de guarnición en Cienfuegos y los fuegos artificiales pintando a contraciclo trémulas flores de oro...
 Junto con un enervante olor a cera y a incienso Concha volvía a sentir, recordando aquella jornada memorable, un raro transporte de todos sus sentidos, como embrujados al conjuro del más allá. El ensueño comenzado aquella tarde seguía alentándole alma adentro a lo largo de su vida humilde y aislada.
 Aquel largo ensueño, pugnando por encarnar en realidades, la hacía volver los ojos en rededor suyo buscando algo sin nombre cuando una voz empezó a decirle al oído palabras milagreras. Era una voz algo cascada y temblona, pero no importaba...
 Así, soñando y casi sin mirar a su viejo y orondo amador, Concha se halló un día dando el brazo a un hombre y pronunciando juramentos cuyo sentido no entendía a derechas ante su propio padre, cuyas barbas se desbordaban sobre el libro donde anotaba el acta de matrimonio.


 III

 El cielo, mordido por la crestería de las lomas cercanas, empezaba a aclararse con la lumbrarada de la madrugada cuando llegaron Chucho Calderón y su ayudante a San Blas. El viejo estaba un poco emocionado.
 —¡Le voy a dar una sorpresa a Concha! —le decía a su asistente al bajar de la montura—. Figúrate...
 Tenía razón para sentirse contento al reanudar, aunque fuera por unos días solamente, su luna de miel, interrumpida apenas habían comenzado a gustarla los esposos por un llamamiento a las filas inesperado y brutal. ¡Cómo había jurado y maldecido Chucho Calderón! Los santos y los diablos cosecharon por igual en aquellos días modestas alusiones.
 Pero esta alegría de ahora lo hacía olvidar la amargura de entonces. Sin lograr dominar un maldito temblorcillo en las manos y cierto anudamiento en la garganta se encaminó hacia el bohío, cuyo techo picudo veía desde su llegada flotar sobre el mar de verdura del monte, asilo de sus venturas conyugales.  Llamó con los nudillos a la puerta, recatando la voz con la mira de solazarse con la segura sorpresa de Concha al abrirle.
 —¿Quién es? —detonó adentro una voz malhumorada de hombre.
 Como en una alucinación el viejo reconoció la voz autoritaria del general Ernesto Aguirre, el niño mimado de la revolución. ¡Ernesto Aguirre! Aquel nombre glorioso, perteneciente al gallardo muchacho habanero salido de la Universidad para la manigua cargado de honores intelectuales bien pronto refrendados con otros rendidos al heroísmo, no se pronunciaba en los campamentos sino con idolatría y con orgullo. Pero de muy distinto modo lo mascullaron ahora los labios del viejo coronel.
 Intuitivamente había sacado de la funda su enorme revólver vizcaíno, en cuyo vientre de acero se alojaba aquella única bala famosa, encogiendo el cuerpo y aplicando el hombro a la endeble puerta de yaguas, como para hacerla saltar. Pero de pronto se detuvo y abrió el revólver.
 —Aquí está —dijo viendo la roma punta de plomo de la bala asomada a uno de los cinco agujeros de la maza giratoria. La he guardado para un enemigo de Cuba. ¿Dónde está aquí el enemigo de Cuba? Ahí adentro está un héroe y aquí afuera...
 Se acercó el arma a la frente y un estallido redondo agitó las hojas de los árboles cercanos. Su figura larga y escueta escorzó entre las tintas confusas de la madrugada un garabato trágico, mientras hipaba tartajosamente:
 —...por haber querido matar a una gloria de Cuba.

 Presentado, con el lema Alma Guajira, al "Gran Concurso Literario Musical por el 103 aniversario de Fernandina de Jagua, hoy ciudad de Cienfuegos: 1819-1922", convocado por el Ateneo de Cienfuegos el 31 de enero de 1922. (Nota de la edición de 1966: Miguel Ángel de la Torre. Prosas Varias, nota preliminar por Elías Entralgo, Editorial de la Universidad de La Habana, pp. 243-252). 

 Publicado anteriormente en Social, vol. X, núm. 6, junio de 1925, pp. 16 y 79.

 Chucho Calderón: podría tratarse de Coronel del Ejército Libertador José María Calderón, quien se alzó cerca de Cienfuegos en 1869 y se suicidó en San Blas, hacia 1873, disparándose a la cabeza. 

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