miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los Tribunales Populares




 
 Ernesto Cardenal


 Yo creí que ya no existían, si es que antes los hubo. Cenábamos en el comedor del hotel El Nacional, cuando oigo decir a algunos de los jurados sudamericanos y sus esposas que asistirían esa noche a un Tribunal Popular mientras otros dicen que ellos irán al cine. En mi mente yo  veo una masa en un parque juzgando a un «contrarrevolucionario» y gritando todos en coro: ¡Paredón! ¡Paredón! Me sorprende que los haya y que antes no nos hubieran hablado de ello, y más aún, que ahora se discuta con toda naturalidad si se va a ellos o a no espectáculo. Pregunto si es cierto que hay Tribunales Populares, y uno de los cubanos me dice que hay muchos, en muchos lugares de la ciudad. Agrega: «No te pierdas de verlos. Es una de las cosas más bellas de esta Revolución.» Me dije interiormente: Tengo que ver eso, para mi libro; y contaré, honestamente, todo lo que allí suceda, aunque se trate de algún horror.
 Fuimos en bus, después de la cena. El Tribunal era por Miramar, según creo. Una casona con un jardincito enfrente, y un amplio corredor exterior que servía de salón. Casi todos los asientos ocupados, muchos asistentes, algunos de ellos niños: negritos y negritas que oían con mucha atención y se reían. En un estrado los jueces: una señora negra algo canosa, un mulato también canoso, una señora gorda muy blanca. Estaban siendo interrogados un joven médico (con su uniforme blanco) y un viejo miliciano mulato, también con el uniforme. La señora blanca estaba interrogando al médico en una forma más bien implacable:
 —¿Usted es médico, no?
 —Sí, compañera.
 —¿Y usted estaba enterado de la ley que prohíbe llevar niños de visita a los hospitales?
 —Estaba enterado más o menos...
 —¿Y usted oyó que el compañero miliciano le decía que parara su automóvil porque no podía llevar a esa niña al hospital?
 —Me gritó con mucha malacrianza y yo preferí no discutir con él y seguir adelante, porque yo no iba a introducir mi niña al hospital sino que la iba a dejar afuera dentro del coche.
 —Según hemos constatado, entre el puesto del miliciano y el hospital hay apenas 300 varas. ¿No podía usted haber dejado a su niña dentro del coche en el puesto del miliciano, y seguir usted a pie al hospital?
 —No pensé. Sólo pensé que no la iba a introducir al hospital sino que la iba a dejar dentro del coche, y que el compañero miliciano no tenía por qué pararme.
 Y siguen las preguntas: ¿No sabe él que una niñita es más propensa a contagiarse con un virus que lo que puede ser un adulto, pues su tierno organismo tiene menos defensas? ¿No es cierto que él como padre de la niña (y por añadidura médico) estaba más obligado que nadie a proteger la salud de la hija? ¿Y no cree él que al exponer a un niño a contraer una enfermedad se está exponiendo la salud de muchos otros niños que en la escuela podrían ser contagiados éste? ¿Y no cree él que un médico debe ser el primero en acatar una ley? ¿Y el compañero miliciano no le dio además una orden de alto, recordándole la prohibición de llevar niños de visita a un hospital? ¿No tiene todo ciudadano la obligación de obedecer a un miliciano en el ejercicio de sus funciones?
 La señora negra canosa después interroga al miliciano: ¿Le habló él con voz alterada? El miliciano dice que no, que le habló de buenas maneras, que tal vez después sí se alteró cuando vio que no le obedecían... ¿Reconoce, pues, que se alteró? Dice que sí, que tal vez pudo haber alterado. ¿Y no cree que hace mal un miliciano que habla a un civil en forma descompuesta y con malacrianza? Él reconoce que sí y que en eso pudo haber hecho mal, por qué lo va negar... (Interviene el médico y dice que el hombre le habló con mucha malacrianza, mejor dicho que estaba hecho una fiera.) La señora blanca le pregunta al miliciano que si es cierto que él amenazó. Dice que no: él nunca le dijo al médico que lo iba a tirar, sino que lo podía haber tirado». La señora le dice: «Bueno, eso es amenazar. Cuando una persona dice eso con un arma en la mano, está amenazando de muerte. O así se puede tomar.»
 Se retiran los jueces a deliberar. Me dice el argentino Walsh: «Ese médico está perdido.» Hay un pequeño letrero: SE PROHÍBE FUMAR. Lo cual me extraña porque es un recinto abierto, prácticamente un corredor delante de un patiecito. Pero más me extraña el que ese letrero se obedezca, estando en un país latino. Para poder fumar tuvimos que salir al patiecito. Regresa el jurado como a la media hora, y todos se ponen de pie. Hay un silencio de gran expectación y una señora negra procede a leer la sentencia. Comienza diciendo que el jurado hizo antes las investigaciones previas correspondientes, como siempre tiene que hacer, y que constató que el médico es de una familia pobre y que realizó sus estudios con mucho esfuerzo antes de la Revolución, trabajando por las noches y manteniendo a su madre viuda, y que desde el comienzo de la Revolución él ha demostrado ser revolucionario, estuvo en Playa Girón y ha prestado servicio médico voluntario en Argelia donde obtuvo altas distinciones, por todo lo cual el jurado, lo felicita. Aplausos del público. Después, que ha constatado que el miliciano es igualmente revolucionario, también estuvo peleando en Playa Girón y ha sido Obrero Ejemplar (portero de un plantel), ha participado en muchas zafras, y a pesar de sus 65 años y sus enfermedades sigue prestando servicios voluntarios y hace turnos de miliciano, etc., etc., y el jurado también  lo felicita. Otros aplausos. El jurado lamenta que dos auténticos revolucionarios hubieran tenido un conflicto de esta clase, en el cual ambos tuvieron falta (el uno por no haber obedecido como debía, el otro por haber dado una orden en forma alterada), aunque el jurado encuentra a en cada uno razones que explican estas faltas y las consabidas razones  atenuantes: el médico iba con prisa y no entendió bien la orden, ésta fue dada con mala manera y aun con amenazas. Por parte el miliciano estaba cansado después de muchas horas de guardia, padece de reumatismo y toda la tarde había estado lloviendo, el hecho de que no lo obedecieran lo exasperó y perdió el control. El jurado los exhorta a que como buenos revolucionarios que son olviden sus diferencias y no vuelvan a incurrir en penosos incidentes como éste, que los ha hecho venir hasta aquí en vez  de estar disfrutando a estas horas el descanso en sus respectivos hogares.
 Y finalmente se les anima a que continúen prestando sus valiosos servicios a la sociedad y a la Revolución como lo han hecho hasta ahora. Un caluroso aplauso.
 


 El siguiente juicio era de una muchacha rubia, gordita, tosca, acusada de haber ocupado una pieza vacía en un edificio sin tener derecho a ella.
 —¿Sabía usted que estaba haciendo un acto ilegal al ocupar esa pieza sin tener ninguna autorización para ello?
 —Sabía que era ilegal.
 —¿Y nos puede decir por qué lo hizo?
 —Porque no tenía casa.
 —¿Cómo? ¿No tenía usted casa? ¿Y dónde vivía antes?
 —Vivía en la calle, no tenía casa.
 —Dice usted que vivía ¡en la calle...! Explíquenos mejor. Por ejemplo: ¿dónde dormía usted?
 —Donde me cogía la noche.
 —Eso no nos explica mucho. Queremos saber concretamente que lugares eran esos donde usted dormía cuando le cogía la noche. La noche antes de que usted ocupara ilegalmente esa pieza ¿dónde había dormido?
 —Dormí dentro de un coche que estaba estacionado en la calle. Ya le dije que dormía donde me cogía la noche.
 Siguen más preguntas. ¿Trabaja? No, ella no trabaja ahora, su marido trabaja. ¿Tiene marido? Sí, pero él vive aparte, ella cree que él ya no la quiere. Ellos vinieron hace poco a La Habana. Son de Las Villas. Ella vivía con su familia, en el campo. Etc... etc...
 El jurado sale a deliberar. Yo pienso: a ésta no la felicitarán como a los otros; no deseo que la condenen, pero si yo fuera jurado tendría que  condenarla.
 Regresan. Todos de pie. Leen la sentencia. Absolutoria. El jurado no encuentra delito en el hecho que ella hubiera entrado a una pieza que no era suya, porque consta que la habitación no estaba sellada. “La reo no rompió ningún sello al introducirse a esa habitación y por consiguiente no violó ninguna ley, aunque obviamente está obligada a desocupar ahora que la autoridad correspondiente la ha conminado». El jurado, sin embargo, aunque absuelve a la reo, desea hacerle la siguiente exhortación: Que regrese a la casa de sus padres en el campo de Las Villas, la cual sería una casa modesta y posiblemente de techo de guano, pero era casa al fin, y allí vivían felices, y también allí tenía asegurado su trabajo, el trabajo productivo del campo que es el que actualmente más se necesita en Cuba, en vez de estar innecesariamente aquí en La Habana contribuyendo a agravar aún más el problema de la vivienda que es de por sí agudo...
  Pero esto no es más que una simple exhortación y no una orden, y mientras tanto, cualquiera que sea la determinación que ella tome, el jurado le dará una recomendación de carácter urgente para el Instituto de Reforma Urbana y la Central de Viviendas a fin de que se le resuelva esta penosa situación, etc., etc. Aplausos. Marta Lynch a mi lado aplaude con entusiasmo y me dice: «¡Qué gente más sabia! ¡Yo no sabía cómo juzgar en este caso!»



 El siguiente da mucha risa a los niños. Es el pleito de dos mujeres que delante del tribunal continúan pelando. Una mujer casada acusa otra divorciada de estarle quitando su marido. La divorciada es una morena sensual con un pelo lacio caído sobre la mitad de la cara. Mentira —decía ésta— que los hubieran encontrado besándose, el marido la había querido besar a la fuerza y ella se estaba defendiendo de él cuando llegó la esposa. Estaba en la casa de ellos porque había llegado a pedir prestada media botella de aceite, y el marido la hizo pasar a la cocina haciéndole creer que estaba la esposa y allí la había querido forzar y ella luchaba por soltarse de él. No, decía la otra, se estaba dejando besar y se soltó de él cuando ella los sorprendió. La esposa era muy celosa con su marido, decía la divorciada, porque el hombre no la quería y le era infiel y enamoraba a todas las mujeres, y también la enamoraba a ella pero ella nunca le había dado entrada, como lo sabía todo el vecindario... Y después estaba el pleito que habían tenido en el mismo edificio, en la puerta del apartamento de otra vecina, donde la una había llamado P a la otra y se habían cogido del pelo y las habían tenido que desapartar las otras vecinas. Ella estaba hablando pacíficamente con esta vecina —decía la divorciada— cuando la otra le gritó P desde la escalera. P no le dijo entonces sino cuando se estaban agarrando el pelo, decía la esposa. Ella le habló desde la escalera porque estas mujeres se estaban burlando de ella... Varias vecinas rinden sus testimonios, pero estos son contradictorios y el pleito que hubo en la puerta del apartamento se vuelve cada vez más embrollado, y los ánimos se están otra vez acalorando y ya dicen libremente ante el jurado la palabra puta —lo que hace reír mucho a los chiquillos y también a los grandes: «Puta fue lo que me dijo»... «No le dije puta, ella se abalanzó sobre mí...» (y el jurado tiene que tocar el timbre varias veces porque las mujeres están a punto de llegar a la manos otra vez).
 Cuando se van a deliberar ya es muy noche y todavía tenemos que esperar lo menos media hora más para escuchar el fallo, pero ninguno de nosotros se quiere ir. Estamos muy interesados en saber cómo van a resolver este caso tan complicado. «Ahora sí vamos a ver una condena», dice Marta Lynch, «esa mujer es una pícara (se refiere a la divorciada).» Yo pienso en mi interior: Así debe ser. Pero, ¿y si es inocente, y la otra es una mujer celosa como dice ella? Yo, de jurado en este caso, no podría resolver nada: renuncio como jurado.
 Todos de pie. La señora gorda blanca lee esta vez la sentencia. Absolutoria para la mujer casada, condenatoria para la divorciada. La pena que se le impone a esta última es en primer lugar una amonestación. La señora deja de leer el papel, se quita las gafas y acto seguido, con voz dulce, le hace la amonestación: Le dice que el jurado no juzga con respecto a su vida privada, la cual según el testimonio de personas vecinas ha sido siempre correcta e intachable, y que no desea arrojar la más leve duda sobre su honra, pero la considera culpable de imprudencia, pues cuando una mujer va a pedir prestado algo a una vecina y encuentra que ésta no está, sino que está sólo su marido, debe de abstenerse de entrar para evitar las habladurías del vecindario y las sospechas de la esposa... y máxime cuando la mujer es divorciada debe cuidarse más de estos chismes, etc., etc. Y en segundo lugar la otra sanción que le impone el jurado es la de continuar la escuela, pues este jurado constató que sólo había llegado a tercer grado de primaria, quedando en la obligación de presentar sus calificaciones mensuales a este Tribunal, etc. etc... (aplausos).

 Y dice Marta Linch: «Increíble: la castigan enviándola a la escuela.»

 Nos informan que los Tribunales Populares juzgan los delitos menores que en el código anterior a la Revolución eran llamados delitos de policía y eran sancionados con una multa o hasta seis meses de cárcel. Los delitos mayores se juzgan en el Juzgado del Crimen, y los delitos políticos (o «delitos contra la Revolución») se juzgan también en un tribunal aparte. Las penas que los Tribunales Populares imponen suelen ser, nos dicen, una admonición pública, o en ciertos casos «alejamiento» (trabajo en una granja) y sólo en casos muy extremos, la cárcel. Los jueces de los Tribunales Populares son elegidos por el pueblo en asambleas en cada barrio, y después de electos se les da un curso de un mes. El nivel que se requiere es de sexto grado como mínimo, y deben ser jueces en el lugar donde viven. El trabajo que realizan no es gratificado sino que lo hacen en las horas libres y es estrictamente voluntario. Muchos otros juicios como éstos,
nos dicen, se celebran en muchas partes de La Habana todos los jueves por la noche. Hay juicios que se celebran en plena calle. Estos Tribunales Populares, además de resolver los pequeños conflictos de comunidad, son muy educativos para el pueblo, y el pueblo asiste a ellos con gusto como a un cine.
 Le conté al poeta Pablo Armando Fernández que había ido a un Tribunal Popular y me dijo: «Son bellísimos. Son una cosa griega y bíblica: parece el pueblo de Atenas reunido en el ágora. Y los jueces son de una sabiduría salomónica.»
  De regreso a Nicaragua leo en La Prensa una noticia de la AP: «El presidente Allende ha recibido muy duras críticas de parte de la oposición por haber hablado de instituir los Tribunales Populares en Chile, y la prensa y la radio han dicho que ello es el primer paso para la  instauración de un régimen de terror como el de la China roja o la Cuba de Castro. Se recordó sobre todo el hecho de que en Cuba la función de estos Tribunales Populares era enviar a los enemigos políticos al paredón...»

 En Cuba, 1972 (ed. Pomaire, 1977, pp. 49-55).

 Imágenes, Antonia Eiriz y Deane Stryker.

1 comentario:

Anónimo dijo...

tambien pudieran llevar a un tribunal popular a las senoras que las fotos muestran paseando por la calle en rolos como si estuviesen en el bano de sus casas. la chusma al poder