domingo, 6 de julio de 2014

La Hazaña de Domingo Rosillo





 Regino Martín


 He aquí el avión que usó en 1913, Domingo Rosillo, para ejecutar su formidable salto de Key West a La Habana.
 La semana pasada rindió Cuba el último homenaje a Domingo Rosillo, el primer aviador que voló de los Estados Unidos a Cuba, en la época heroica de la aviación, cuando los pioneros se jugaban la vida en frágiles aparatos inestables para establecer "records" cada vez más audaces.
 Cuarenta y cuatro años después de realizado su histórico vuelo Cayo Hueso-Habana, dejó de existir Domingo Rosillo, pionero cubano de la aviación civil universal.
 La hazaña de nuestro compatriota, asombro del mundo civilizado de su época, puede ser relativamente comparada con la que realizó años más tarde otro grande de la aviación, el piloto norteamericano Charles Lindbergh.
 Millares de cubanos y norte-americanos dan ahora, en unos cuantos minutos, a bordo de poderosos aviones modernísimos, equipados con radar, el salto hasta Cayo Hueso y Miami. Millones de hombres y mujeres en toda la tierra salvan enormes distancias en transportes aéreos amplios, confortables, alegres y seguros... Van de un continente a otro, de Nueva York a Londres o de Río de Janeiro a París, en unas horas.
 Para esos viajeros del aire, si no se detienen un instante a meditar sobre el suceso, tal vez carezca de mayor importancia el formidable vuelo de Domingo Rosillo. Sin embargo, medio siglo atrás, meterse dentro de un aparato de la época (algo así como una chiringa comparada con un "Constelation" de nuestros días), lanzarse por una ruta de nubes nunca transitada antes por otro mortal, parecía -y lo era- a los ojos de los expertos y de los profanos, una hazaña capaz de perpetuar en la memoria de la humanidad el nombre de quien la ejecutase.
 Como dijo nuestro compañero J. Isern, en un magnífico reportaje acerca de Rosillo publicado en Carteles hace años, "los aparatos de la época no eran otra cosa que papalotes a bolina y los pilotos tenían que guiarse, cuando perdían de vista la tierra, por medio de una brújula no mucho mejor que la primitiva aguja de marear obtenida por nuestros antepasados de los orientales".
 Cuatro años antes que Rosillo, un piloto canadiense de mucha fama entonces, intentó dar el salto de Cayo Hueso a La Habana, pero fracasó en la heroica empresa. Doce millas mar adentro, justamente frente al Morro de nuestra ciudad, cayó el esforzado y glorioso J. A. MacCurdy, que así se nombraba ese audaz aviador.
 Salvó su vida por puro milagro y perdió la suma de cinco mil pesos, que era la recompensa ofrecida por el director de un periódico norteamericano a quien ejecutase con éxito la temeraria travesía.
 Cuba contaba, tres años más tarde, con dos excelentes pilotos: Agustín Parlá y Domingo Rosillo, este último nacido en el mes de octubre de 1878 y graduado en Francia, en igual mes, del año 1912.

 En Cayo Hueso.-
 Resuelto a intentar el salto, que muchos estimaban entonces, con razón, empresa, de locos o suicidas, Domingo Rosillo se trasladó al Cayo y llegó allí casi sin anunciarse. Voló y a partir de ese momento despertó el entusiasmo de cubanos y norteamericanos.
"Sin embargo", decía un periódico de aquellos días, "se oye el ruido que produce la llegada de Agustín Parlá, el cual no viene precedido de fama como aviador, pero es hijo de un antiguo emigrado muy conocido en el Cayo; se le considera capaz de realizar la hazaña; trae, además, una máquina flamante, y se alborota el Peñón aunque la mayoría sigue leal a Rosillo".
 En realidad, Rosillo y Parlá se disputaban una bolsa de diez mil dólares en el histórico vuelo, que ofrecía la empresa Curtis.
 Parlá fracasó en su esfuerzo y trató de suicidarse, cuando el representante de la compañía en el Cayo le cerró los motores y se echó las llaves en los bolsillos.
 “-Parlá -contaba ese maestro de la crónica que fue Víctor Muñoz- se abrió el chaleco, extrajo el revólver y gritó: ¡O me dejan volar o me vuelo la tapa de los sesos!"
 “-Un hermano -sigue contando Víctor Muñoz-, Deogracias Parlá, y un amigo, le impidieron llevar a cabo su designio.
No obstante, Parlá rastrilló el revólver y salió un disparo que no hirió a nadie. Parlá insistió y voló, pero "la brisa no permitió que se levantara más de cien metros y después de volar dos millas aterrizó, desistiendo".
 Esto ocurría en un lugar al sur del histórico Cayo de Martí. En otro lugar distante, el destino llamaba a Domingo Rosillo a la inmortalidad. El despegaba con su increíble papalote y llegaba dos horas después a las costas de nuestra bella ínsula.
 Previamente, según contó Isern, siguiendo el testimonio de cronistas contemporáneos, las apuestas no se hicieron esperar. Uno -dice- el más optimista de todos, juega mil pesos a que los dos (Parlá y Rosillo) logran realizar el viaje. Un cubano y un norteamericano conciertan una apuesta singular: si el norteamericano pierde pagará un picnic que habrá de terminar necesariamente en una rumba.
 Pero se juega algo más que dinero, en la inusitada competencia. Un católico y un protestante se comprometen si pierden: el católico a leer la Biblia durante quince días; el protestante, en cambio, si no tiene suerte, oirá siete misas de rodillas.
 Dos cubanos, cuyos nombres no revelan las crónicas, acordaron que el simpatizante del aviador que llegara primero a La Habana asistiría a los festejos del 20 de mayo corriendo todos los gastos por cuenta de su adversario, el cual tendría que quedarse en el Cayo por todo el tiempo que duren los festejos en la capital cubana.

 La hélice.-
 Rosillo necesitaba una hélice para su avión; mejor dicho, para su papalote, y ésta le había sido enviada por la casa Moissant, vía Japón, desde Francia. Tenía, pues, que atravesar todo el Pacífico, antes de arribar a las costas occidentales de los Estados Unidos. Y desde allí, atravesar todo el continente norteamericano, en ferrocarril, hasta Miami y luego desde Miami al Cayo.
 Era, pues, un viaje fabuloso el que debía rendir la indispensable hélice francesa. Pero surgió de pronto en La Habana un "señor Estrada", que tenía una hélice disponible y se decide en el acto comprársela. Hacen falta, sin embargo, nada menos que doscientos sesenta pesos para adquirirla. Aparecen. Se compra. Se le factura -en La Habana como equipaje, para evitar problemas aduaneros y se le envía a La Florida. Allí espera, ansioso, desesperado casi, Domingo Rosillo.
 Es la víspera del histórico salto en el espacio. En la capital de Cuba, en toda la isla, hay júbilo, ansiedad, expectación. También en el Cayo, en La Florida, en todas partes de la tierra. ¿Lograrán los audaces aviadores cubanos abrir la ruta de los aviones comerciales del futuro? ¿Vencerán la barrera del agua?
 De Cayo Hueso, tan unido a Cuba por lazos de historia, viene en el minuto preciso, una noticia sensacional. Ha llegado también la hélice francesa. Ahora Rosillo tiene dos hélices para su hazaña. Pero una, la enviada por Moissant, no sirve. Es demasiado grande. El público espera lo peor. Por eso, cuando el mecánico francés Dehón, coloca la otra en su sitio y declara solemnemente que estaba perfecta, ruge en vitores la muchedumbre. El júbilo es enorme. Muchos cubanos residentes en el Cayo, se ofrecen de voluntarios para montar guardia en el hangar para cuidar, durante la noche, la inapreciable joya.
 Esta fotografía es de lo época en que Rosillo cursaba estudios en Francia bajo la dirección de Vedrines y Louis Bleriot.



 La partida.-
 Es el amanecer del día 17 de mayo de 1913. El tiempo es magnífico, pero sopla alguna brisa. Los buques norteamericanos "Peoria" y "Yamalkraw" están listos para prestar auxilio a los aviadores cubanos, si es necesario. Están apostados en la ruta que seguirán los osados aeronautas criollos. El gobierno cubano ha dispuesto que los cañoneros "Patria", "Hatuey" y "24 de Febrero" (toda la flota de guerra de la nación), cubran las distancias de 45, 30 y 15 millas rumbo al norte.
 El legendario Morro de La Habana, recibe instrucciones. Deberá izar un gallardete rojo tan pronto uno de los aviones se lance al espacio, azul si el vuelo era suspendido y carmelita tan pronto fuese avistado uno de los aparatos. Al salir el aviador de Cayo Hueso, la Cabaña dispararía dos salvas, si era Rosillo y tres si era Agustín Parlá.
 En el campo de aviación del Cayo estaban el Cónsul de Cuba, las autoridades norteamericanas y centenares de compatriotas de Rosillo, que acudieron a darle ánimo. Algo similar ocurre con Parlá en otro sitio.
 Aparece el aviador y es recibido con vítores. Trae puestos espejuelos, sin cristales. Trepa al avión -un artefacto de telas y cordeles-, comienza a andar trabajosamente el motor y por último arranca la enorme hélice. Poco a poco, Rosillo va aflojando los frenos del aparato y éste empieza a moverse, a deslizarse sobre el campo. Por fin, despega en medio de la gritería de los cubanos y los aplausos norteamericanos y gana altura. Pasan algunos minutos. La fuerte brisa hace vacilar la nave. Hay angustia en todos los rostros; todos los corazones laten apresuradamente. ¿Logrará ganar altura suficiente a pesar del brisote? Sí. Poco a poco, gana altura. Se eleva. Se eleva. El avión despegó exactamente a las 5.32 de la madrugada. Son ahora las 5.39. Han pasado siete minutos terribles, inolvidables, de suspenso y es cuando, raudo, veloz, cruza por San Key y se reporta abatido "por el viento de costado" el rudimentario aparato que lleva en sus entrañas a Domingo Rosillo.
 Sigue el vuelo zigzagueante. A las 7.15 de la mañana pasa Rosillo sobre el buque cubano "Hatuey", que comunica su situación a La Habana; a las 7.19, el "Hatuey" comunica que ya lo ha perdido de vista; a las 8.18 aterriza en Columbia. Un instante y sale de la "cabina" un hombrecillo enjuto y la multitud se abalanza sobre él para cargarlo en hombros. Sale del campo militar. Se dirige al Malecón. Miles y miles de cubanos están allí también, esperándolo. Entre ellos, Alfredo Zayas, a la sazón vicepresidente de la República.
¡Nunca trabajó tanto Dios como hoy! -comentó el "Chino Viejo" que era un delicado poeta.
 El Malecón -dirían los cronistas del minuto glorioso- jamás había visto tanta gente reunida en sus aceras de cemento.
 En una casa de socorro de la ciudad -refieren los reportes policíacos- moría un hombre a causa de un colapso producido por la emoción de la noticia: Domingo Rosillo, después de atravesar el canal de La Florida en su avión, había pisado tierra cubana.
 Los periódicos, desde luego, registraron la hazaña. Uno dijo: "Llegó a La Habana, mirando a la muerte cara a cara, porque su máquina no tenía flotadores, y sin haber divisado en el trayecto más embarcación que el "Hatuey" desde que dejó atrás al "Peoria", a veinticuatro millas de Cayo Hueso".
 Otro: "El viento le daba de costado, haciéndole consumir más gasolina de la que calculó y mientras su indicador le decía que se iba acabando, recorría con la vista el inmenso espacio azul sin distinguir algo que sirviera para impedirle entrar en el mundo de lo desconocido".
 Víctor Muñoz, al día siguiente: "Los hombres, la humanidad, debe sentirse orgullosa al reconocer el triunfo del hombre en una lucha así, como esta de ayer, en la que no tiene más armas que la propia energía, luchando contra un elemento traidor y teniendo debajo, grande, tan grande como el radio de su vista, como el de su imaginación, otro elemento más francamente hostil. Rosillo es un hombre reducido de cuerpo, pero grande de espíritu".

 Lo que dijo Rosillo.-
 En distintas oportunidades, durante su larga vida, Domingo Rosillo contó a la prensa las impresiones de su arriesgado vuelo Cayo Hueso-La Habana.
 Ahora que acaba de morir, para dolor de todos los cubanos, vale la pena repetir las palabras del héroe:
“Pocas veces en el transcurso de una vida -dijo- se libra bajo un cráneo la horrible batalla que en el mío se formó la memorable fecha del 17 de mayo de 1913, en que gracias a Dios y al excelente motor "Gnome" que ligero y sólido llevaba, pude batirme cara a cara con la muerte y salir triunfante.
 Aquella gloriosa mañana, viví diez años, en las dos horas, 30 minutos y 44 segundos, que duró el recorrido. Antes de emprender el vuelo ¡cuántas encontradas ideas se agolpaban en mi cerebro!
 Llegó el momento supremo de lanzar mi avión ante aquella inmensa multitud de queridos compatriotas, y me dije: A disputar la gloria para nuestra amada Cuba.
 Avisé a nuestro apreciado Agustín Parlá, que yo me disponía a partir; y confiaba que él también pudiera, triunfante, surcar las olas y remontarse. ¡Qué sublime hubiera sido que los dos, al mismo tiempo, hubiéramos llegado a esta hermosa Habana!”

 Carteles, 15 de Diciembre de 1957.

 Tomado de www.guije.com