domingo, 13 de julio de 2014

El ómnibus y la ciudad




 
 
Fayad Jamis

                                                                A Rafael Alcides Pérez

El ómnibus avanza.
Las calles reverberan en la luz y el calor.
La ciudad es un mundo de espejos y de música.
Una mujer sube su enorme cuerpo y trata de sentarse.
Un obrero acomoda su caja de herramientas.
Una muchacha se queda en el pasillo
corno una hermosa lámpara oscura.

El rostro de la ciudad se ha ido haciendo y deshaciendo lentamente,
creciendo desde el mar. 
Un rostro tallado por la luz,
golpeado por el viento y la lluvia, 
y golpeado por sueños innumerables 
y sangres innumerables.
Yo mismo he visto desaparecer los últimos tranvías
como otros vieron los coches tirados por caballos
doblar en una esquina y perderse para siempre.
He visto desaparecer, dando cabezazos, 
al fondo de una calle, 
el fantasma de la miseria. 
Lo vi con estos ojos
acostumbrados a vigilar su ingrata compañía,
con estos mismos ojos que ahora miran
el rostro de la ciudad 
cubierto de vapor y hermosura.

Un anciano le dice a su vecina
-una anciana pintarrajeada 
y, sin embargo, digna-:
(¡Si seguimos así no llegaremos nunca! 
Esta guagua no avanza...»
(Como si en otros tiempos avanzara más rápido.)
El anciano habla sin cesar. 
Su voz trata de abrirse una brecha
entre las voces de los pasajeros, 
el estrépito del ómnibus 
y el ruido de la ciudad.
Habla de pedazos de realidad, 
de cosas sencillas y graves,
de pequeñas victorias 
y de muebles rotos por el tiempo.

Vamos apretujados en un solo bloque de calor,
pero siempre cabe uno más:
Un albañil, una mecanógrafa, un poeta, 
o, acaso, un comerciante
(un hombre cuyo tráfico oscuro fue abolido).
Siempre cabe uno más. 
Somos un solo bloque de calor.
Los que suben y bajan, empujan, 
y a veces resuena una mala palabra.
Y a veces el ómnibus está a punto de volcarse en una esquina.

Una muchacha se persigna al pasar frente a una iglesia.
Todos la miramos a la vez 
y yo pienso en una imagen antigua:
en una virgen de Boticelli en esa Habana de 1963.
Todos quieren hablar al unísono 
y el ómnibus cruje y retumba
y toda la ciudad está viva 
y sus voces también nos envuelven,
voces que se desintegran 
y voces de furia primaveral
y voces que llamean como estandartes de los nuevos tiempos.

Vamos apretujados en un solo bloque de calor, pero siempre cabe uno más.
El anciano habla sin cesar. 
En una parada de San Lázaro, 
apuntando a una puerta, le dice a su vecina:
«Fíjese en esa placa. Ese abogado es hijo de un general de la independencia. Es una buena persona.»
«¿Una buena persona, el abogado? ¡Un bandido!»
« Su padre fue general de la Guerra de Independencia, ¿sabe?»
«No conozco a su padre, pero él es un bandido.
Mire, es mejor que no hable».
Pero el anciano sí sigue hablando 
y ahora señala un edificio
y nombra al que ordenó su construcción 
-un cadáver invadido por la tierra,
igual que su antiguo edificio está ahora invadido por el pueblo-.

Siempre cabe uno más. 
«Caminen hacia el pasillo.» «¡En la próxima!»
La ciudad es un mundo de espejos y de música.
Las calles reverberan. 
Esa mujer trae los cabellos mojados
como una campesina salida del río. 
Siempre cabe uno más.
«¡La de atrás viene vacía!»
«A mí no me importa la de atrás. 
Quiero llegar temprano.
Me gusta ir siempre adelante. 
No conozco el arte de la espera.»
y nadie quiere esperar, 
y nadie quiere quedarse en una esquina
asaltado por la luz. 
Y nadie quiere otra cosa que llegar
-aunque no tenga ninguna prisa-
a su destino en la tarde estrellada.

Amo las calles grises de mi ciudad.
Amo el calor que me consume 
y los rostros que huyen presurosos,
y los viejos y hermosos rincones 
llenos de sombra.
Amo las manos que transforman las calles, 
las luces que las alumbran
y la gente que las recorre sufriendo 
cada vez menos.
Amo los parques donde juegan los niños,
Amo los parques que guardan el sueño de los últimos vagabundos.
Amo los parques fieramente invadidos por el amor.
Yo no tengo prisa. 
No tengo ninguna prisa.
Quiero llegar en el tiempo necesario, 
ni antes ni después.
En el tiempo que el trabajo madura y ennoblece.
En el tiempo del pan sobre la mesa 
y las manos amadas en las manos.
No tengo ninguna prisa. 
De todos modos llegaremos.

                             
           La Habana, octubre de 1963