martes, 8 de julio de 2014

El cactus de Barnard






  Pedro Marqués de Armas



                      I


 Es una de las pocas escenas exteriores de carácter galante que nos regala la fotografía en la Cuba del siglo XIX; y a la vez, de modo menos obvio, una de las más agazapadamente técnicas. No se encuentran otras así y menos un primer plano tan próximo para la época, resueltamente construido y con tal calidad de detalles.

 Escena, sí; no cabe otro término. Sobre uno de los famosos cactus gigantes de la Quinta del Obispo (tan citados por los viajeros, los cactus y la quinta), alguien acaba de sentarse y permanece atento, expectante; el cuerpo ladeado, y la mano izquierda aferrada al tronco, indican que apenas se sostiene en lo que el asistente acaba su prolongada operación… Ver, por ejemplo, los dedos: rasgan la corteza, casi como si a última hora se hubiesen vuelto espinas, integrados por obra y gracia del “instante” al objeto que en principio se intenta mostrar.  

 El hombre es gordo, eso parece, y lleva además gorra, bigote y perilla, resaltando un brazo desnudo; en ello tan diferente a los dos sujetos del fondo, firmes a cada lado de un arbusto mucho más pequeño. Si estos últimos son, sin dudas, los ayudantes cubanos de fotógrafo -sus guías y de paso los personajes locales de la escena, donde no constituyen un mero ornamento, pues se comportan como marcadores para evidenciar proporciones y distancias-; aquel sería muy probablemente el propio fotógrafo, es decir el mismísimo George Barnard formando parte de la escena.  

 Cabe también preguntarse, ¿quiénes serían los que se besan bajo el cactus y que, a pesar de aportar el condimento denodadamente galante (o si se prefiere, festivo) quedan un tanto opacados en el inusual conjunto? Difícil respuesta; pero, en cualquier caso, estos agazapados -la intención es también técnica- tampoco visten a la usanza cubana y lo que es más: no han tenido siquiera el cuidado de descubrir sus cabezas. Que el beso no pueda ser otra cosa que pose, está bien; pero que la pareja no haya tenido ese detalle, la delata. Son probablemente turistas, como lo sería también el hombre encaramado al cactus, sea o no el fotógrafo. Forman, pues, una comitiva y representan un papel que no podía ser más apropiado. 


                     
                        II


 En sus inicios finca de recreo del Obispo Espada, cuando Barnard la registra a comienzos de 1860 ya el jardín había perdido parte de su esplendor, aunque seguía siendo sitio obligado para cualquier visitante. Contaba con calles flanqueadas por frondosos árboles, sobre todo mangos, que cubrían con sus sombras pequeños parques, fuentes y estatuas de estilo neoclásico. Había también cocoteros, bambúes y numerosas especies exóticas. Al recinto se entraba desde la calle Tulipán, entonces corredor ornamentado de flores que conducía a la antigua casa de Obispo, ahora en ruinas, luego que el huracán de 1846 la hubiera devastado.   

 Pero veamos la Quinta a lo largo de tiempo, aunque ello suponga un extenso rodeo; a fin de cuentas, toda realidad se ahogó allí, entre su “lujuriante vegetación”, al tiempo que se iba construyendo una de las metáforas que más entretuviera a los diversos viajeros, la de una Cuba edénica, luego grata y, por último, claramente ambicionada, que parecía viajar ella misma a través de sucesivos souvenires, mientras los viajeros se invitaban unos a otros…

 Una de las referencias más tempranas es de la de Humboldt, quien llama a la Quinta “paraje delicioso” y convida a visitar “sus hileras de piñas y de otras plantas autóctonas”, instando a la importación de nuevas y variadas especies. Hacia 1815, Etienne E. Massé admira sus avenidas de mangos y se detiene a la vista de un caimán encerrado en un pequeño embalse. A la escritora sueca Fedrika Bremen, por su parte, le sorprende una planta indígena: el árbol del pan; y queda tan impresionada, que repite desde entonces sus visitas: “Ayer y hoy brilló el sol todo el día y he paseado a mi gusto por los jardines del Obispo bajo las palmas, la caña brava y multitud de bellos árboles tropicales entre espléndidas y extrañas flores y mariposas.” El jardín le revela “un auténtico sentimiento por la naturaleza” bajo el cual es posible pensar “con entera libertad”. En uno de sus paseos, sin embargo, se le echan encima dos negritos semidesnudos (a los que califica de “horrorosos”) y entonces la pregunta por la esclavitud enturbia sus meditaciones, lo que resuelve imaginando una Cuba toda edénica, cuando haya desaparecido la servidumbre.

 De la misma época, es decir, de comienzos de la década de 1850, es la descripción de Charles Rosemberg en su relato sobre la visita de la actriz Jenny Lind: “Cientos de rosas custodian ambos lados del camino. No puedo dar fe de que exista en los trópicos, ni siquiera en Egipto o Argel, nada parecido a esa espléndida vegetación”. No menos encantada es la imagen que aporta Jonathan S. Jenkins en 1859: “Una corriente de agua clara sigue un curso serpenteante que más bien parece un cuento de hadas, y al borde de la cual descienden amplios escalones de mármol mientras asoman inmensos lirios casi al alcance de la mano”.

 Son las mismas “rosas de agua de gran tamaño”, fragantes y de color rosa que impresionan al poeta norteamericano William Cullen Bryan, a quien disgusta sin embargo el exceso de simetrías, lo cuadrado de los estanques y la rectitud de los canales; en tanto Julia Ward Howe apunta a las estatuas mutiladas y al lastimoso aunque seductor aspecto de decadencia.




 Un incógnito viajero, C.H.R, deja en cambio un retrato nada halagador: la casa que encuentra no es más que ruina cubierta de musgo y plantas parásitas, como también sus muros derruidos de piedra y estuco; las avenidas están ahogadas por las malas hierbas y los embalses llenos de agua estancada, y deshabitados, excepto por las ranas y por viscosos reptiles; los puentes están cariados y las estatuas de mármol despedazadas y cubiertas con un molde gangrenoso. Todo tiene, en fin, un aspecto de desolación y decadencia. C.H.R sólo encuentra a una persona en aquel paraje: un solitario trabajador que se dedicaba a cultivar verduras para el mercado de La Habana. Imagen ésta que anticipa la de tantas haciendas destruidas al final de las guerras. 



 Esta devastación ya había sido tratada, pero en tono humorístico, por George Carleston, quien dibujó diversas costumbres y desastres de la vida cubana en su libro de caricaturas Our artist in Cuba, publicado en 1865. Dos de ellas están dedicadas a la Quinta del Obispo. En la primera, una estatua sin brazos resulta identificada como “alta cultura” y la acompaña un pie que reza: “alegre (pero mutilada) muchacha de vetusto yeso de París”; en la segunda, Carleston se parodia a sí mismo, en una supuesta expedición entomológica al jardín, en la que de pronto es sorprendido por unos “vivaces especímenes”; con ojos bien abiertos, el artista aparece encaramado a un cocotero mientras abajo acechan unos cocodrilos boquiabiertos, dispuestos a zampárselo. 

  

 Sin embargo, por lo común la mirada se resiste a la realidad y Samuel Hazard continúa, en Cuba a pluma y lápiz, esa visión encantada, o al menos festiva, convidando a presenciar “su soberbia avenida de mangos y los magníficos ejemplares de cactus”, tan grandes y resistentes -nos dice- “que sus ramas pueden soportar a un hombre sentado en ellas”. Han transcurrido siete años entre la fotografía en cuestión, y la visita de Hazard; pero ahí están los mismos cactus y persiste lo que fuera sin dudas un consagrado ritual: subirse en aquellos brazos flexibles y resistentes, vadeando las peligrosas espinas. También excelente artista visual, Hazard ilustra este pasaje con un duplicado de la instantánea de Barnard: un dibujo suyo del que han desaparecido los acompañantes del fotógrafo, mientras la pareja deja (por fin) de besarse. Nada, pues, más parecido a una sugerencia turística: caminar bajo los mangos, tenderse a la sombra junto a las fuentes, y encaramarse en la monstruosa planta como en una mecedora tropical.