jueves, 19 de junio de 2014

Olvidar Orígenes




  
  Rolando Sánchez Mejías


 Imaginar la República de las Letras fuera de la Historia, o dentro de la Historia, pero intocada, sería perseverar en una mala abstracción que casi toda la poesía moderna intenta borrar.
 Otra ficción ha sido vincular la letra, inextricable e irreversiblemente, a la tragedia de la Historia,  de donde tomaría formas expresas del dolor.
 Las tentativas del retiro espiritual aún son posibles, siempre que uno sepa que se retira hacia el silencio mortificante de las palabras, heridas en la virtualidad que esperó lanzarlas hacia el infinito, ya sea en nombre de Dios, ya sea en nombre de alguna Máquina liberadora de Absoluto, ya sea en nombre de la Revolución.
 Un escritor, para sobrevivir como escritor, necesita representar un papel en la República de las Letras: y así arma su escenario, que incluye el desencuentro, el equívoco, la batalla.
 Pensar a Orígenes es situar a Orígenes en un escenario: ya sabemos los vaivenes que ha necesitado sufrir Orígenes, en manos de la política, en manos de la República de las Letras, para cumplir su confirmación.
 La  relación de un escritor con Orígenes es la relación típica que un escritor inventa, o que un escritor está forzado a tener con los fantasmas que recorren su escritura. Así, habría que tratar de pensar a Orígenes en el olvido, en acto de duelo, o con la prudencia con que alguien aleja sus fantasmas.
 Decía Macedonio Fernández que al español, o se le mata o no queda ningún modo de impedir ser salvados por él. Diría lo mismo de algunos escritores de Orígenes, como diría lo mismo de Cortázar y de Borges, y de la escritura de los contemporáneos que sobreviven con la persistencia  fantasmal propia de un contemporáneo.
 Pero “olvidar” a Orígenes es aceptar que existen los orígenes, y como últimamente últimamente hay una lucha feroz contra la metafísica del origen, olvidar es no abolir totalmente la diferencia, firmando un pacto con el tiempo.
 Y antes de señalar, de golpe, cuál ha sido la vocación de una parte de mi generación por Orígenes, creo que habría que separar  la política mundanal de este grupo de su política escritural, aun sabiendo la complicidad de ambas políticas. Pero creo que un escritor debía de separarlas, aunque fuese tácticamente, porque si no caeríamos en ese error tan típico de inventarle no sé qué destino sagrado o trágico a sus escritores, midiéndolos por sus vidas y no por sus escrituras. El error inverso ha sido encontrarles a los libros su explicación directa en la locura o en las perversiones de los hombres que los escriben.
 La significación de Orígenes es la significación que han podido tener  algunas de sus escrituras: la posibilidad de contar con un imaginario complejo, de una apertura o conexión entre distintos órdenes de la vida, o lo que es lo mismo: un concepto de Ficción en el orden del Absoluto.
 Aquel que conozca de cerca la larga y sólida tradición de realismos de la literatura cubana -realismo que hoy se disfraza preferentemente en las formas del folclor, formas que las editoriales europeas, y sobre todo las españolas alientan con fervor lascivo-,  sabe de qué estamos hablando al enfatizar la importancia de una Ficción en el orden del Absoluto,  aun con  la cantidad peligrosa de metafísica que pueda contener dicha expresión.
 En un país donde el Estado ha alentado una política cultural de escritores artesanos cuyo realismo es peor que el realismo socialista porque se enmascara detrás de los supuestos eternos de la literatura, cualquier fuga de la escritura y cualquier posibilidad de “pensar” escribiendo ha sido mirada desde la incredulidad, la incomprensión o la suspicacia, incluso por el propio gremio intelectual cubano, hoy inseparable del Estado.
 Aunque los políticos cubanos no sean buenos lectores -pues un político tiene  la necesidad  de efectuar  "malas lecturas" para hacer su labor con la realidad-, poseen el olfato capaz de intuir lo que se  encuentra en las mayúsculas de Ficción Absoluta. Por eso los políticos no soportan la idea de una República de las Letras. Los políticos cubanos intuyen que Orígenes generó algunas mayúsculas  trascendentalistas, y una nostalgia del “origen”, y un énfasis de la resurrección histórica, que pueden emplearse en situaciones concretas de la política.
 Nunca hubo una escritura tan hermética o difícil que no haya podido ser "leída" por  los imaginarios de la política. Nunca hubo Ficción Absoluta -ni siquiera la de Mallarmé- que no haya  sido objeto de una intervención anticipatoria en nombre de "lo real".
 La otra lección de Orígenes, derivada de su sentido total de la ficción, es la idea del Libro: del  Libro como vastedad, como metáfora que encarna el mundo.
 Antes de Orígenes no contábamos con dicha tradición. La tradición cubana del libro es bastante mojigata, pues una tradición de realismos nunca supone que un libro pueda ser algo más que algún simple mecanismo de paginación que tiene su doble en la realidad. Los realismos identifican la escritura con un sistema homogéneo de signos que tienen exacta correspondencia en un lugar  bien delimitado con el rótulo REALIDAD. Y operan con esos signos como operaría un dentista o un cirujano con sus materiales de trabajo: extirpándolos, desechándolos, sustituyéndolos.
 Es una tradición, en el mejor de los casos, del mot juste, que no encuentra otra opción para el pensamiento que un movimiento de la justicia de sus signos, de la justicia y de la "verdad" de sus signos. Y la mayoría de los escritores de Orígenes no operó con esta noción del lenguaje, pues hicieron de éste una extensión de sus cuerpos; y esa noción abierta de la escritura -a la vez moderna y romántica- tiene una importancia tremenda para escritores que quieren tener con las palabras una relación orgánica.
 Muchas páginas de Virgilio Piñera y de Lezama Lima dan la impresión de no estar bien escritas, de que el escritor pudo haber hecho un esfuerzo suplementario. Y es que sus palabras buscaban una suerte de zoographiqué, de escritura o de huella de sus cuerpos.
 Es como si esas escrituras nos hubieran dejado una materia protoplasmática desde la cual es posible continuar escribiendo. No me refiero a la idea de un Gran Texto o de un Libro Primordial que Orígenes pudo escribir o que si no llegó a escribirlo enteramente hoy podríamos completarlo, como refieren algunos exasperados defensores de la grandilocuencia origenista en Cuba, que oponen  al “realismo artesanal” una lírica redentora. Me refiero a los fragmentos que uno podría articular, de las singularidades que uno podría  aprehender en  relación activa con dichas escrituras.
 Si algo hay que reprocharles a los escritores de Orígenes es no haber torcido más todavía su idea de la escritura y su idea del  libro: algo los mantuvo en el círculo mágico de una metafísica del  libro. Tal vez dudaron demasiado de la vanguardia, de una dinámica de la escritura más abierta a los espacios y los  márgenes. No digo que tuvieran que reproducir "las puntuales reacciones nerviosas propias de los literatos" (W. Benjamín). Pienso mejor en las posibilidades que vio Lezama en el coup de dés de Mallarmé, posibilidades que Lezama no supo o no le interesó articular a la dinámica abierta de los espacios modernos.
 Otro principio vital de Orígenes fue la lectura como res extensa del escritor. Quizás aquí radique  la extraña contemporaneidad de Orígenes: un sentido del mundo y de la experiencia del mundo cifrados en la lectura y no en el Gran Viaje Moderno o en las aventuras y avatares físicos del cuerpo. Lezama fue un inusual explorador de bibliotecas. A través de las lecturas movilizó zonas completas de la cultura y las hizo mutar en condensaciones regidas por la imagen. A diferencia de  Pound o de Eliot, Lezama no parece trabajar con las ruinas de la Historia. Lezama está más cerca de Walter Benjamín: ambos esperaban que desde algún punto de la Historia brotaría una fulguración redentora de toda la extensión del tiempo. Si hay una sublimidad lezamiana, habría  que encontrarla en la dificultad de avanzar en una dirección resistente y no en una extensión donde el metafísico pondría en juego el "poema de la mente".
 Y vamos a detenernos un momento, porque creoque aquí radica uno de los problemas actuales  que un poeta debe resolver si sabe que cuenta con extensiones de distinta naturaleza: una  extensión que se puebla al paso de una imagen lanzada en pos de la resurrección,  o una extensión como prolongación de  la mente. Hay poetas que deciden la no existencia de extensiones tan  sublimes. Pero son poetas que, por lo general, contraen con el mundo una relación pacífica. La Modernidad  literaria produjo topografías teratológicas, pues lo moderno tal vez sea una paradoja temporal y no un corte preciso del tiempo: paradoja resultante de vectores de naturaleza diferente y hasta contradictoria. Lezama es una rara mezcla de Santo Tomás con Nietzsche con Lao Tse.
 Para alguien cuya experiencia vital completa haya coincidido con la experiencia política de modernidad perversa que ha sido Cuba, para alguien cuya experiencia vital haya sido decidida a  favor del animal político a que han sido reducidos los hombres de este país, sabrá lo problemático  de aceptar que su tiempo es la encarnación suprema de una imagen. Aquello que para Lezama y  para Vitier fue un corte o fulminación o consecución de la Historia, fue para otros hombres  el dolor de la historia en sus propios cuerpos. Lo que para ellos fue la cifra alquímica de la Historia, fue para otros la marca secreta y a la vez impúdica de la violencia de la historia en sus cuerpos.
 Las empresas poéticas rara vez llegan a tiempo.
 Es curioso como aún en las formas supremas del dolor poético no hay palabras que rediman el dolor de la realidad que miden: las intensas palabras de Paul Celan están muy lejos de los hornos crematorios. Incluso si esas palabras bastaran para revivir todos los muertos, no alcanzarían a  borrar el horror que circuló entre ellas en nombre de la Historia --esa misma Historia que les  concedió la forma de Poesía. Por eso toda extensión poética se vuelve sospechosa. Toda imagen  avanzando por una extensión debe sentirse amenazada por los huecos negros de la Historia. Y toda mente fajada con una extensión vacía debe saber reconocer en la blancura una posibilidad del horror.
 Soy consciente del nihilismo que hay detrás de estas palabras.
 También de la metafísica que se revela en ellas. Pero me es difícil entender que las palabras provengan de Dios o de alguna fuente oculta o de algún conjuro de hombres pobres, como a veces quiso Orígenes.
 No obstante, supimos, con Orígenes, que había un Reino de la Poesía. Un Reino que empezamos a olvidar cuando supimos que ni ellos ni nosotros habíamos llegado a tiempo: ni para el ceremonial, ni para la crítica del ceremonial.
 Recuerdo los años en que los paseos y contemplaciones por las ciudades y paisajes de la isla  tenían la consistencia del eterno retorno. Era un tiempo de los orígenes donde todos  nos sabíamos de vuelta por el poder de las palabras: las imágenes encarnaban donde quiera: en las ruinas civiles, en los espacios muertos y sin nombre, en los soles que declinaban con el espanto de la identidad perpetua. Un buen día uno comprende que las palabras no son tan poderosas como  para emprender el camino de vuelta: entonces uno se imagina en un claro del bosque descifrando  no se sabe qué pasado donde uno intenta comprender por qué las palabras no son tan poderosas como para emprender el camino de vuelta: entonces uno comienza a borrar sus propias huellas, Y cuando termina, hace mutis por el foro.

(1) Intervención leída en el Coloquio sobre Orígenes -Casa de las Américas, Octubre, 1994- en una mesa redonda cuyo tema central fue "Orígenes y su influencia en los nuevos escritores".