jueves, 12 de junio de 2014

La zorra y el erizo. Notas sobre política y lenguaje





  Carlos A. Aguilera y Pedro Marqués de Armas


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 En uno de sus poemas Arquíloco dice: “La zorra sabe muchas cosas pero el erizo sabe una sola y grande”.
 De alguna manera José Lezama Lima creyó ser un erizo, pero era una zorra. Virgilio Piñera, creyendo ser una zorra, siempre fue un erizo. El primero para armar un sistema poético –una sola y grande cosa, una totalidad- echó mano a todo: mitos grecolatinos, barroco español, cierta o elegida parte de la literatura moderna y, por supuesto, cacharrería cubana. Para Piñera sin embargo las cosas estaban claras: había que ir contracorriente, pinchar, pinchar, pinchar...
 
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 No se puede negar que Lezama y Piñera eran “malos escritores”. Hay una tradición de “malos escritores” en Latinoamérica: Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Reinaldo Arenas y hasta el propio Vallejo. No malos porque no sepan escribir sino porque no encajan en eso que se ha llamado Bellas Letras. Lezama y Piñera se movían en sentido contrario. (No hay en Cuba dos escritores más avisados: el estilo es cárcel.) Para construir sus escrituras no podían sino agarrarse a un resto, cierta copia bárbara de una cultura que había devenido civilizatoria. Escribían contra el “buen decir”, sólo que Lezama, la zorra, pugnó en vano por trazar un territorio que lo colocara de facto dentro de una línea de fuerza moderna. Piñera no, ya sabemos, escribía como las lavanderas.

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 Lo que resulta una fatalidad en la literatura cubana es su predestinación geográfica, su recortería insular. No haber podido nunca ser otra cosa que una lejana y minúscula colonia. No haber podido nunca ser otra cosa que una republica enferma. Y como “solución final”, para colmo, algo así como un shoah de pantomima, no cumplir algo que en principio la revolución mostró como definitivo: la apoteosis de los humildes. No poder cumplir nunca aquello que nunca iba a ser cumplido.

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 Sin dudas Cuba fue hecha a base de tijeretazos.
 A pesar de encontrarse en el corte transversal de importantes rutas comerciales y culturales, el país no ha podido ser más que laboratorio, circo montado para ratoncitos. Y es que suspendida verticalmente su historia es un fracaso, un fracaso su inserción en el mundo, un fracaso su salida del mapa tal como fue visto alguna vez por Francisco de Arango y Parreño.

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 Allí donde la historia es hueco, nadahistoria, ausencia de cultura autóctona (es decir: desierto, paso al laboratorio), no podía sino aflorar una lectura de la institución historia como ontología, como ser. Esta ha sido una operación de relleno; por eso Piñera, el erizo, supuso también un nadatiempo, encrucijada absurda por exceso y existencialista por defecto.

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 La zorra dijo: “Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos lo pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte los pies”.
 Pero una zorra nunca está libre de sospechas, y aun cuando se remonte al origen encontrará el desierto poblado. Lezama hace como que no lo sabe; cree como Señor Barroco que hay que cubrir las extensiones, tapar los huecos. Acaso por esto llama sobrenaturaleza a lo que no es más que invención, relato posible, fictus... Yendo al comienzo convierte el diente en imagen, y dicta incluso un punto de partida: un ramo de fuego que Colón ve caer desde su barquito.

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 La pregunta no es qué incluye Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía, sino qué deja fuera, precisamente para que el origen devenga Ley:

primero, el género como cuestión literaria;
segundo, la carnavaliización del género;
tercero, la escritura como tecné, residuo o experiencia;
cuarto, cualquier variante de época, escuela literaria,    etcétera fuera de los grandes topoi;
quinto, todo sesgo civil, político;
sexto, al erizo.  

  8
 Nadie entendió mejor la relación horror-lenguaje que Virgilio Piñera. No sólo porque siempre vivió al límite (gay, poeta, pobre), sino porque ese límite trazado sobre su cabeza era la puesta en escena del absurdo, de un absurdo montado ahora como política de control total. El que parece zorra es ahora más que nunca erizo: hace de su miedo (de su vida misma) una parodia de la ficción de estado, una literatura que sin estilo y sin regodeo se resuelve paradójicamente desde la tensión con el lenguaje.

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 Algunos poemas del último Lezama parecen firmados por Piñera: experimenta el barroco como cárcel, la metáforaa como retirada, el sistema que ha construído como horrror. Si Fragmentos a su imán debe leerse de alguna menera es como diferencia, sobre todo respecto al mismo Lezama.

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 Hoy no existe literatura-nación. No porque haya migrado o permanezca sujeta al límite de costa. Si algo la sostiene es pura violencia, puro tejemaneje de una identidad marionetesca.

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 De un tiempo a esta parte la literatura empieza a pensarse como problema. El escritor parece entender por fin que no hay redención ni locus sagrado, y la imago ya no es el solecito que alumbra la historia. La multiplicidad de la escritura es un hecho moderno que obliga al escritor a elegir, que hace de la forma una conducta y provoca una ética de la escritura.
 Acaso fuera oportuno hablar del concepto, pero no tiene sentido. Hay sólo uso, cajita china, desvío...

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 Para alguien cuya experiencia vital completa haya coincidido con la actual experiencia política de modernidad perversa que es este país, para alguien cuya experiencia vital haya sido decidida a favor del Animal Político a que han sido reducidos los hombres en este país, sabrá lo problemático de aceptar que su tiempo es la encarnación suprema de una imagen. Aquello que para Lezama y para Vitier fue un corte o fulminación o consecuencia de la historia, fue para otros hombres el dolor de la historia en sus propios cuerpos. Lo que para ellos fue la cifra alquímica de la Historia, fue para otros la marca secreta y a la vez impúdica de la violencia de la historia en sus cuerpos.
 Las migajas poéticas rara vez llegan a tiempo.
 Es curioso cómo aún en las formas supremas del dolor poético no hay palabras que rediman el dolor de la realidad que miden: las intensas palabras de Paul Celan están muy lejos de los hornos crematorios. Incluso si esas palabras bastaran para revivir todos los muertos, no alcanzarían a borrar el horror que circuló entre ellas en nombre de la Historia –esa misma Historia que les concedió la forma de Poesía. Por eso toda extensión poética se vuelve sospechosa. Toda imagen avanzando por una extensión debe sentirse amenanzada por los huecos negros de la Historia. Y toda mente fajada con una extensión vacía debe saber reconocer en la blancura una posibilidad del horror.

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 La zorra sabe muchas cosas que el erizo desconoce.        
        
 *Estas trece notas fueron presentadas en Evento Internacional Poesía del Lenguaje, celebrado en la Casa de Letras de La Habana en enero de 2001.