lunes, 9 de junio de 2014

Epílogo del aguafiestas




Guillermo Saavedra

        El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo
          y el poeta es el guardián de la semilla.
                                                     
                                                                                              José Lezama Lima



Digamos que estás muerto.
Perfecta y claramente muerto,
para que el día interminable sea por fin
una hebra encendida y calcinada,
y el caracol en su rectángulo
de noche sirva a tu voz el tono, y poco a poco,
aprendas a cantar.

Digamos que estás muerto.
Hace mil años, tres siglos, cuatro décadas,
o quizás sólo cinco seis años de ceniza.
Y allí en tu muerte se empollaron tercos,
como en el hueco del tronco de aquel olmo hendido junto al río,
los sueños breves que pedían la íntima venganza
de todos los fantasmas de la fruta.

¿Soñabas cada noche, como si hubiese noche
en la descascarada estancia de tu muerte,
soñabas con música trizada las heroicas minucias del tomate?
Muerto impasible en la brumosa llanura de los chistes,
sólo alcanzabas el relente de una estrella mordida en el escote,
pero en la levedad casi ociosa de ese pulso
no querías escapar a ese runrún de mundos en escala.

Te oigo escuchar, en el vagón de un tren, inesperada,
la voz de una mujer que exalta la humedad,
la acuosa presencia del tomate en el viandante sándwich.
Y desde entonces, te veo dudar, como un Chuan Tzú pedestre,
si eres un hombre que sueña frutecer en el exilio
o eres tomate creyendo reencarnar en bípedo.
En todo caso, no hay mejor luz que aquella que ilumina
la figura de la que no es posible figurar y condesciende
al engaño sutil, la dulce tregua que intentaba Orfeo.

Te veo navegar por ese río sin cauce, ahogado
cada vez y en la mormosa piel de tu despeño
oigo reverberar el grito opaco, envés de la frescura,
encono mustio de la altura donde el escándalo
europeo parece más terrible:
cada tomate abierto en una mesa de Cádiz
recordando la hazaña más dudosa de la raza,
cada rodaja huésped de ensalada en Genoa
refunfuñando un crimen que aún supura,
que repercute jefe en Nurnberg, suena mamífero
lóbrego en Lisboa, peina su fina caspa en London City,
restañando su cúpula famélica en la abundancia sin hueso,
sin escamas ni espinas del testigo.

No has soñado la fruta sino serla: vives en ella
como un Robinson incapaz de inventar Europa.
Y en su crepúsculo de jíbaro, te encegueció la certeza
de que el centro del mundo madura en la semilla su promesa
itinerante de un felicidad tantálica:
nacer remar morir
hacer rimar caer
alzar rumiar ritmar
sabiendo o sospechando que nunca tejerán las horas
esa escansión del día cuyo fin sea el inicio de un diorama
sin tiempo en el que cada potencia fructifique.

Y sin embargo, puedo ver un tomate latiendo
en medio de tu sueño, y allí
tus dientes, castañeteando algo que dibuja
el hueco de la concavidad de una sonrisa.
¿Ensayabas un modo acrobático de la tristeza que, en su trapecio,
logró hamacarse y dar vuelta completa hacia la gracia?
Tal vez comprendas que en su continua redondez la fruta
sueña por ti la condición sumisa y expectante
que te hará regresar siempre al comienzo.
Quizás en la muerte has sido al fin fructificado para lavar esa pulpa
que aún te mancha y repica en tu sueño su mínima campana,
de otra muerte.

Te oigo encontrar, en la circunvalada carne,
en su luz más sedienta,
en su noche más roja,
un latido inaudible que es la voz
de la semilla descendiendo hacia el fondo de la planta:
escarba en su raíz y te sorprende
con la gratuita música del mundo,
con la dolida y trémula canción,
que es siempre un frágil y efímero presente,
una plegaria de manos en salmuera,
pero es la breve única llave que te abre, por fin,
aquella casa donde tu madre cocinó para ti su afán por ti,
su espera sin respuesta, su humeante,
estoica, única salsa. 

Te veo entrar en la muerte la canción del tomate,
la canción que tu madre tatareaba a tu sueño,
la canción que cantaste para el sueño imperfecto,
de tu madre muriendo, ensalzada, en su propio dolor sin semilla,
sin pulpa, sin tomate, sin madre: la arenosa salmodia
del que vuelve a la tierra e imagina la risa del gusano de turno:

Quién te salve, mamita, de tu espesa desgracia,
el dolor es contigo,
sufrida tú eres entre todas las mujeres
y sufrido es el fruto del tomate, sin luz.

Crasa mamita, madre sin voz,
riega en nosotros pescadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
un sol.

Y tú estás muerto, digamos.
Abierta y tontamente muerto.
Pero la noche, en su caracol frutado,
en su rectángulo limpio del cansancio de tus pasos,
aun reinventa el sueño del tomate, su fórmula redonda,
su círculo de infiernos invertidos, desvestidos,
su esporádica y cíclica canción.