viernes, 30 de mayo de 2014

Concentración campesina. Final



 

 Una guaracha pegajosa ganó desde los primeros días el gusto popular:

 -Ábrele tu puerta al campesino… Demuestra que eres la ley.

 Por todas partes las vías y medios de transporte continuaban afluyendo a la capital riadas guajiras. El promedio era de veinte mil diarios. Muchos veían por su cuenta, desbordando todos los cálculos, creando problemas de alojamiento y manutención  que debían resolverse sobre la marcha.

 El Consejo Universitario, con la Colina prácticamente inundada por los agraristas, se reunió con urgencia para anticipar la suspensión de clases. Los decanos tenían facultades para acomodar a los huéspedes. Los estudiantes salieron en brigadas buscando catres, víveres, ropas y artículos de higiene elemental.

 La Asociación de Hoteleros facilitó alojamiento para mil doscientos campesinos y comida para seiscientos. El Habana Hilton ofreció suites de lujo para doscientos cincuenta. Clubes y balnearios albergaban a los viajeros de tierra adentro y les donaban ropas y dinero, aparte de la alimentación.

 El Conjunto de Instituciones Cubanas, Acción Católica, los colegios profesionales, las federaciones obreras, apoyaban la concentración, habilitaban locales y hacían colectas de alimentos, ropas y dineros. El Comité del MR-26-7 en el Ministerio de Educación hizo una labor excepcional, proveyendo de albergue a 16 000 campesinos, adquiriéndoles mil guayaberas y consiguiendo pienso para 10 000 caballos.

 A mediados de la semana, más de cien mil "guajiros" estaban ya en la capital. Pero el verbo "estar" expresaba difícilmente la situación, ya que constituían el elemento más móvil, pintoresco y errante de la urbe habanera. No era posible ir a ninguna parte de la ciudad sin toparse con el grupo típico del yarey, la escarapela mambisa y el impresionante machete. En las tiendas, cines, "guaguas", avenidas, cafés, hoteles y parques, mirándolo todo con intensidad sin igual, deambulaban los emisarios de tierra adentro. Blancos y negros, jóvenes y viejos, recios como troncos o flacos y anémicos.

 Muchos habaneros descubrieron con asombro la caballerosidad campesina, ignorada por ellos....

 Según avanzaban los días, continuaba engrosando el contingente invasor y con él crecía la adhesión ciudadana. En el Capitolio se alojaban a 1100 campesinos, 325  en el Ministerio de Gobernación; 200 en el Gobierno Provincial; 300 en el Ministerio de Estado. El Sindicato de Trabajadores de Víveres al Detalle estaba entregado vigorosamente a su Operación Comida, de la que esperaban una recaudación de 200 000 pesos, destinada a adquirir 16000 sacos de arroz.

 La atención médica era especialmente espléndida. En la Plaza Cárdenas, del Alma Mater, se instaló una ambulancia con servicio de fluoroscopía y reconocimiento general. El Hospital Universitario rindió una labor generosa en este aspecto. Los directores de clínicas y centros mutualistas ofrecieron asistencia médica y chequeo personal gratuito. Muchos médicos y dentistas lo hicieron en privado. La tuberculosis y el parasitismo dieron qué hacer a los facultativos habaneros.

 El jueves 23 había más de 200 000 guajiros en la capital, entre ellos, los de La Plata y el Central Estrada Palma, encabezados por el glorioso anciano Crescencio Pérez, Esta legión de la Sierra Maestra, auxiliadores decididos y heroicos de Fidel Castro en los días de mayor prueba, fue recibida en la Terminal por los dirigentes provinciales del 26 de Julio.

 En esa fecha, como una manifestación de lucro, la especulación de los sombreros de yarey llegó a niveles que el titular de Comercio, Cepero Bonilla, le puso precio tope de 35 centavos la pieza. Apenas había habanero que no anduviera tocado con el típico cubrecabezas rural.

  Ya los huéspedes -por lo menos los que llevaban más tiempo en la capital- estaban algo familiarizados con sus exotismos. Los grupos errantes cosechaban sensaciones imborrables en los ascensores, fuentes de soda, cinematógrafos, escaleras automáticas y otros artefactos emocionantes para ellos. Por supuesto, el vuelo en avión era el gran sobresalto. Un grupo llegó en setenta minutos por el aire, de Camaguey a La Habana. Comentario de uno de ellos:

 -Caray, más me demoro en ir al pueblo a caballo.

 Una nueva clase turística invadía el Castillo del Morro, La Cabaña el Capitolio, el Museo: eran viajeros de atuendo campestre, conducidos por oficiosos jóvenes del 26 de Julio. Cruzaban una corriente espesa de simpatía popular, avanzando apoyados en ella, sin darse a veces cuenta.

 Esa atmósfera producía sucesos de gran interés humano. 



 Una fila de campesinos, más de 200, llegó a las puertas del Palacio Presidencial. El guía, un estudiante del Alma Mater, les explicaba datos históricos sobre el edificio. Todos le oían absortos, como engolfados en el pasado.

 De improviso, uno de ellos intercaló vigorosamente la actualidad en el relato:

 -Dígame, ¿ya Urrutia se fue de ahí?

 El alumno, traído del pretérito al presente, confirmó:

 -Sí, hace días se tuvo que ir.

-Entonces, ¿el que estaba ahí es Fidel? -insistió el "guajiro", como si hablara de alguien de su familia.

 -No, hay un nuevo presidente: el doctor Osvaldo Dorticós.

-Debe ser bueno, pero, mire, la próxima vez ponemos a Fidel.

 Lo dio con acento perentorio, irrefutable. Mientras tanto, un joven se puso a gritar:

 -¡Que salga Fidel! !Díganle que aquí estoy!

 Un reportero de EN CUBA se le acercó:

 -¿Usted es amigo de Fidel?

 -¡Cómo no, amigo! Lo escondí en mi finca cuando estaba casi solo -respondió con orgullo.

 En el Ten Cents de Galiano y San Rafael, los campesinos alojados en la Universidad acudían en masa, mirando con ávido asombro todos los artículos de venta. Se detuvieron ante la fuente. Una señora, que estaba merendando, se dirigió al estudiante que los guiaba:

 -Tenga dos pesos para que los invite a refrescar.

 El gesto llamaba la atención. Todos los que estaban más cerca echaron mano a bolsillos y carteras. La contribución fue general.

 Es una tienda importante de ropa, entraron más de cien "guajiros". Todas las miradas los acariciaron. Hombres y mujeres se levantaron y les cedieron el asiento. Los dependientes abandonaron al parroquiano capitalino para atenderlos. Hicieron sus compras. Cuando fueron a abonar la cuenta, el encargado les dijo:

 -La invitación va por nosotros. En el periódico "El Mundo", los empleados habían recogido gran cantidad de trajes, camisas, guayaberas, zapatos, medias, pañuelos...

 Un guajiro llego, buscando algo. Lo atendieron. Vestía ropa de gran pobreza. Se le buscó un traje, una camisa, ropa interior, zapatos. Todo le venía bien, pero seguía mirando fijamente los objetos allí amontonados.

 -¿Le hace falta algo más? -le preguntaron.

 -Mire, yo lo que quisiera es cambiar esto que ustedes me han dado, por unas ropitas para mis muchachos.

 Un campesino de La Plata -lo más intrincado de la Sierra Maestra-, había comido varias veces en la ciudad. Entró a un lugar y pidió:

 -No me den malanga, ni harina. Sólo quiero comer esa cosa sabrosa que hacen aquí.

 Al cabo de laboriosas averiguaciones, se dieron cuenta de lo que pedía. El "manjar" apetecido por ese emigrado de los campos era sencillamente el pan. Nunca lo conoció. 



 El mar era otro de los encantos de estos hombres de tierra adentro, que jamás vieron el infinito espectáculo. Uno de ellos permaneció fascinado durante horas frente al oleaje. No había quien pudiera sacarlo de allí. Otros se sumergían en la playa de Guanabo y no querían salir del agua salada, inédita para ellos.(...)