sábado, 3 de mayo de 2014

Segunda nota sobre Thomas Mann: el fin de una época





  Gastón Baquero


 La muerte de Thomas Mann cierra un ciclo de la literatura europea. Es el fin de una época lo que en realidad tocamos al reverenciar al último eslabón de un sistema montañoso, que sigue siendo la espina dorsal de la sensibilidad en los últimos dos siglos. Su entronque en Goethe, en Wagner por el costado enfermo, en Schopenhauer y en Nietzsche, no es una mera continuidad racial, o idiomática, sino una respuesta lógica al sentido creador —y destructor— de aquellos creadores. Si fueron éstos un fin de raza, un ocaso de cultura, la suma de todos, Thomas Mann, debía compendiar y hasta enfatizar el sentimiento de desaparición.
 Lo que entra en silencio al dormirse este hombre, no es sólo un artista genial, sino una forma específica de lo genial, una génesis misma de lo genial en el mundo europeo. Si se quiere, todo eso puede reducirse a esta expresión: lo que muere con Thomas Mann es un estilo: el estilo de una época. Por difícil que resulte acertar o apuntar siquiera hacia estas clasificaciones, puede avanzarse: las letras europeas tenían en Thomas Mann un punto de llegada, una estación final. Antes de Mann y después de Mann, quiere decir, que una forma suprema de producirse en el arte literario la voluntad creadora, iba a cambiar de presentación y hasta de objetivo en el mundo. Las herencias que se agolparon en él nos permiten verle como un "fin de época", y fuerza a la comparación por los frutos que vinieron "después de Mann". Cuando se piensa en lo que llamamos novela ahora, y en lo que la novela fue hasta Thomas Mann, nos sentimos autorizados a ese movimiento de frío y pena que produce la contemplación de la muerte. Después de Mann, el caos, no importa que ese caos haya nacido por una irrechazable descomposición del tiempo. La confusión, el ensayo abigarrado, el tanteo en la oscuridad, conducen, naturalmente a formas de arte que expresan con vivo ardor la realidad íntima del hombre, pero que no alcanzan a igualar aquellas formas "clásicas" —clásicas, es decir, no caóticas—  que tuvieron en Mann el último sacerdote. Diríase que hoy los novelistas tienden precisamente a no hacer novelas, sino nerviosos ensayos policíacos, psicológicos, polémicos, sectarios, pero siempre muy distantes de aquella morosidad —recordemos a Ortega— que encuadraba a las novelas en la misma corriente genésica de la vida.
 La melancolía de este viaje postrero de Thomas Mann es la de los navíos que parten llevándose las provisiones y las esperanzas secretamente conservadas para hacer perdurar a los demás. Sólo él quedaba de aquellos grandes que hicieron de la creación artística una voluntad de esclarecimiento, definición y sentido —una voluntad antionírica, o sea, clásica. Es por esto que fue el último creador de 'tipos" —piénsese en la profunda repercusión de esta palabra, "tipos"— el último en quien resplandecía la potencia novelizadora de la vida, a la rara facultad de crear un personaje y trasladarlo con tal vida al papel, que desde la primera lectura ya sentimos como vive junto a nosotros, y pasa a formar parte de nuestros conocidos —amigos o adversarios. Esa potencia tiene la misma característica, en Mann, que tuvo en los maestros de la antigüedad clásica, revivida en Leonardo y Miguel Ángel, y continuada hasta llegar a Goethe a través de Mozart y Velázquez, Rembrandt y Goya, Nietzsche y Wagner. Esa característica de crear figuras llenas de tanta sustancia y de tan sólida naturaleza, que conociéndolas no se las olvida, y pasan a formar parte de la intimidad personal, es acaso la línea definidora de lo genial, de la paternidad creadora. ¿Y cómo son las figuras, las personas vivientes que Thomas Mann deja viviendo en el mundo? Son, ante todo,  testigos de una época que presencia una ruina, que asiste al nacimiento de una catástrofe. La  frustración es el leit motiv de los personajes de Mann; pero es una frustración tomada con paciencia, resignadamente, como si se supiera siempre que proviene de unas fuerzas más altas que la del propio individuo. Y es una frustración que se desarrolla, asciende y vence, sin dramatismo excesivo, sin énfasis. No es el  personaje sin énfasis. No es el personaje de Kafka, que vendría después, achacando su frustración a postergación,  y revolviéndose incesantemente contra el laberinto. Parecería de mal gusto a Thomas Mann hacer demasiados aspavientos ante la muerte, pero igualmente le parecería poco digno no subrayar el fracaso, el desencanto, que siempre acecha a los instantes de mayor placidez y felicidad. Una irónica, invencible, sarcástica  desilusión es siempre la vida para los personajes de Thomas Mann. 
 Simbólicamente, en uno de sus más antiguos trabajos ("Desilusión" precisamente se titula), se agolpan los elementos de toda su obra posterior; hay en ese brevísimo relato de 1896, en germen, sesenta años de trabajo ininterrumpido. “Sueño, mientras espero a la muerte", y "el hombre es el semidiós glorioso cuyas potencias fallan justamente cuando más las necesita", son dos frases de "Desilusión", que pueden tomarse como texto general del mundo manniano. Ya en el "Félix Krull" de 1911, finaliza con una bancarrota y con el suicidio de un padre por quien el niño, cubriéndose los ojos, paga "el abundante tributo de las lágrimas". Y cuarenta años después de ese "Félix Krull", en "La Engañada", vuelve la muerte a cerrar el libro, sólo que entonces el narrador es ya un experto en cuestiones médicas, y describe minuciosamente los horrores del cáncer en los órganos genésicos de una bella mujer. Sesenta años de fracasos, de construcciones que se vienen abajo, de riquezas y de ilusiones que se desploman, pero con dignidad, con ironía, con una suprema impasibilidad de hombre frente a la ciega fuerza del destino, es la obra de Thomas Mann. En los instantes de rapto, cuando aparece la furia, la decisión de negarse a ser destruido, lo fáustico acaba por adoptar tales ímpetus diabólicos, que siempre aparece Ícaro en todo el cuerpo incendiado, desplomándose entre los brazos de alguien, cuyo asombro es enorme cuando el diabólico termina con faz angélicamente serena, ese amor al fuego, pese a la consunción y cosecha de cenizas, está en Thomas Mann defendido a través de toda su obra. (Es ésta la esencia el drama "Florencia", inédito en castellano, a nuestras noticias, y de capital importancia en el conocimiento y clave de Thomas Mann). Junto al fuego, salta y aletea, intentando consolar y alucinar en ocasiones, el sentimiento del amor, contrarrestado paradójicamente por el sentimiento de adoración a la belleza. ¡Pero debajo del rostro maravilloso hay unos huesos, una muerte que asciende, una inevitable descomposición!
 La enfermedad, que es la suprema ironía, la máxima sonrisa sarcástica para quienes se encantan frente a la belleza, sirve a Thomas Mann como instrumento de penetración y sobreposición de las pasiones. ¿Para qué sacrificarse ni angustiarse demasiado por el amor, si la bella persona de quien nos enamoramos está a punto de ser amortajada? Queda entonces la melancólica firmeza, la digna concentración, y meditaciones, que no tienen rostro personal ni belleza fascinante, sino que son un todo girador, procesional, sin otro destino que el de los incansables viajes de los cuerpos celestes.


 Diario de la Marina, 19 de agosto de 1955, p. 4.