jueves, 15 de mayo de 2014

La marcha de los hombres






 Guillermo Cabrera Infante


 LUNES se propuso recoger la atmósfera de este lunes 2 de enero. Sus redactores salieron a la calle para tratar de decir luego cómo había sido todo. No les llevaba el afán diario del periodista, ni la intención mediata del historiador, sino la simple gestión del escritor que quería participar de un gran momento de su país y dejar su impresión por escrito.
 El día había sido inolvidable para todos y cada uno regresó a escribir con el mismo radiante cansancio que mostraban los milicianos al terminar la parada. Sin embargo, todo no resultó tan simple como pareció en el esquema de trabajo.
 Para quien escribe hay siempre un problema terrible a resolver: el de la hoja en blanco. Pero el que escriba sobre un acto tan significativo -y aquí la palabra quiere decir, todo lo que quiere decir esa palabra: no sólo grande, sino también óptimo y bello y grandioso- siempre sabrá que sus palabas serán pocas para decir lo que vio y oyó y sintió. Por eso queda el recuerdo: intentar describir cómo era la cosa con las palabras que da la memoria, y todavía saber que la vieja patriota que se negó a responder a un periodista, porque estaba sumida en la desconfianza de las mentiras que ha sembrado el periodismo de los piratas en Cuba, tenía, finalmente, razón: ella dijo, después de ver la credencial del periodista amigo que la entrevistaba: "Sí, eso puede ser verdá, usté puede ser de los nuestros, pero con todo", y señaló para un viejo miliciano que marchaba sin fatiga, "el más puro".
 No se puede olvidar la luna grandes, roja, que estaba sobre la abierta plaza al amanecer. Tampoco se puede olvidar cómo amaneció el cielo limpio, sin una nube, mientras un sol oblicuo alargaba el monumento hasta el fin de la plaza -alargaba su sombra, la sombra que descendía desde lo alto del monumento hasta la última fila de milicianos que habían guardado la plaza bajo la luna como ahora la custodiaban bajo el sol, a pie firme. Y comienzo a pensar en Crillon. Es entonces que el altoparlante grita sus instrucciones después de haber agotado los números 1, 2, 3, 4, 5 probando, 1, 2, 3, 4. 5 probando y dice: Por favor, el pueblo debe desalojar la vía de Rancho Boyeros. Colocarse a la izquierda o a la derecha, dice. Dejan la vía libre y pasan enseguida, precedidos por sirenas, un jepp y luego otro y luego otro y luego otro: todos van llenos de jóvenes rebeldes, soldados animosos de uniformes verdeolivo, nuevos, que sonríen seguros, y los jeeps arrastran un extraño artefacto que parece un radar rudimentario, agrícola, que alguien del pueblo identifica como obuses de montaña, que otro conocedor rectifica, posiblemente un miliciano, un rebelde, alguien que sabe, dice: Son del último modelo, y pasan los jeeps en una cadena sin fin y alguien dice. Deben ser más de cien. Es temprano todavía.
 A las once, desde la ventana de REVOLUCION, se ve al pueblo congregado, múltiple, lleno de color y se ve una boina roja y una boina verde y un sombrero y otro sombrero y parece una feria, sólo que más allá del público multicolor se ve el espectáculo que no es un espectáculo y la fila nutrida de milicianos avanza con sus colores verde y azul que la distancia hace lucir morado desde arriba. Abajo hay una gran alegría y la frase Revolución con pachanga (alguien dice al lado, en la escalera, que la acuñó Francoise Sagan, pero yo creo que la Sagan jamás ha dicho algo que no haya dicho alguien antes y recuerdo haber oído esa frase mucho antes, no sé dónde) se vuelve verdadera, porque hay una gran alegría dondequiera: esa increíble alegría cubana que llena de fiesta la ocasión más solemne y quieta todo protocolo y tristeza de las ocasiones que bien vistas no tienen por qué ser tristes, sino todo lo contrario, sino todo lo contrario, alegres y pienso que si aquí hay guerra va a ser guerra alegre y recuerdo la frase de Fidel (su cara muy seria, preocupada bajo la nueva boina, tocando una y otra vez con la punta de los dedos el botón final de los micrófonos, hablando en Ciudad Libertad a los maestros, a las cuatro de la mañana del día de Año Nuevo), diciendo: Si vienen, se refiere a los marines, no van a encontrar al pueblo muerto de miedo, sino muerto de risa. Va a ser una alegre guerra. Nadie la quiere, nadie quiere tener que cargar con una metralleta bajo el brazo, empuñada como una flauta de pan de flauta, una metralleta bajo el brazo cuando se puede traer un ramo de rosas para una muchacha o una muchacha puede traer una ramos de rosas que le han traído y el muchacho moreno, de pómulos fuertes que hacía señales con las banderas rojas y amarillas desde la torreta del tanque puede saludar en cambio a su primo Seledonio, con la mano, desde el campo arando con su tractor, en cambio, o los milicianos pueden pasear por el Malecón o jugar pelota o simplemente piropear a las muchachas que pasan, que ahora tienen que ser milicianas y por eso no les dice nada, porque sabe que están en algo muy serio, que es la guerra: nadie quiere eso, pero si viene, que venga y nadie se va a morir de miedo, yo sé que no va a ser una alegre guerra, porque no hay guerra alegre, porque eso es un decir, pero lo que quiero decir es que nadie tiene miedo ni a las amenazas ni a las bombas ni a la candela y si las cosas tienen que pasar, pues se pasa por ellas en la confianza de que tenemos toda la razón del mundo y que nuestros enemigos no tienen toda la fuerza del mundo. 

 

 Es lo que digo: ahora pasa una conga solitaria: tumbadora y quinto y conga y bombo y cencerro y dos seguidores: llevan un ritmo muy africano, anoto, y luego las veo, cuando los tanques pasan, en la esquina: la tumbadora descansando en la acera y las gangarrias encima que parecen un azadón y una pala, sin mango, o algo parecido. La veo mientras pasan las milicias armadas con sus compactas metralletas checas: nada de alardosa como la Thompson, ni que recuerda a los gangsters, sino que parece un arma de partisanos, un arma de guerra, pero de la buena guerra. Por ejemplo, de la guerra civil española o de los que mataron a Heydrich o de la lucha de Stalingrado o de los maquis o de la de los partigianos de Italia, como los de la película Paisa, los que morían en los pantanos de arroz del Po, y alguien pregunta a un miliciano ahora. ¿Qué ejército es éste? y el miliciano responde: El Ejército Rebelde, y el que preguntó dice: Hombre, claro compadre, que el Ejército Rebelde. Yo digo que qué cuerpo de ejército, qué división. Y el que preguntó sigue su camino.
 Siguen pasando todavía los tanques y los conductores van serios, conscientes de su labor en la dirección del tanque, que deja una estría sobre el asfalto que parece una costra de fango seco y cuando arrancan levantan la trompa de un golpe y parece que se van desbocar o algo, pero luego toman su camino muy bien, muy poderosos, muy, como dice uno al lado, competente para lo que sea. Algunos conductores parecen indios, pero luego se ve que son muy cubanos, solamente que las chichoneras, los cascos protectores se cierran sobre sus caras, dejando los pómulos y la barbilla y los ojos y si no parecen indios parecen sparrings-partners, que es como les llaman en el boxeo a los que entrenan a los campeones, pero estos son los campeones. Entonces una bella muchacha de ojos verdes y de pelo rubio les grita !Vivan los rebeldes! y los tanquistas contestan muy serios y recuerdo el poema de Baragaño sobre las milicias que dice: Yo mi miliciano Tú mi miliciano, y miro a la muchacha que es muy linda. Es asombrosa la cantidad de mujeres lindas que vienen al desfile, milicianas o no; de mujeres que se afanan por estar en todas partes en primera línea, sabiendo que la belleza o la gracia no es más que un adjetivo más, pero que ahora quieren también ser útiles, eficaces, compañeras, sin dejar de ser bellas y femeninas y todo lo demás. Y al ahora al escribir pienso que debo escribir sobre la compañera de las milicias que lloró el día primero de mayo, porque no la dejaron desfilar con nosotros y que la he visto hoy con una metralleta empuñada, embellecida ella misma por el sol y el ejercicio cuando antes no era bella y muy decidida y muy mujer y sabiendo que ya no va a llorar más ningún primero de mayo, porque ahora ella ha desfilado y está vestida con la boina verde olivo y la blusa gris y la estría verde que quiere decir que ha pasado por la escuela de milicias y ha hecho el entrenamiento completo; y también recuerdo a la otra bella, larga miliciana con quien hablé junto al INRA, que está muy orgullosa de estar en las milicias y de haber desfilado y que se ve muy seria y muy capaz y que por el día debe ser una eficaz mecanógrafa pero luego marcha y sube montes y hace los ejercicios todos y se pasa quince días durmiendo al raso, acampa por ahí, por el campo, por el Escambray o por Pinar del Río; también recuerdo las fotos del paso marcial de las maestras voluntarias, bellas y decididas y pienso que en Cuba se está creando ante los ojos del mundo un hombre diferente, una mujer diferente, y que esto es lo que hace que Cuba sea tan diferente a España o a Francia o a Checoslovaquia o Alemania, cualquiera de las dos Alemanias, o a la misma Unión Soviética y no sé si también a China, pero que sé que es diferente y fascinante y casi única: no sólo por esto.
 También por cosas como éstas, la de la vieja negra que hablaba con los milicianos que acaban de llegar en guagua. Los milicianos acababan de llegar y uno tira el envase al suelo, el envase de una compota o un dulce de frutas y viene un responsable y dice: ¿Quién tiró esto?, y el culpable mira con cara de culpable y el responsable suaviza la voz y el gesto y dice: Compañero, usted no sabe que eso no se debe hacer, que el hombre que le vendió esto se gana la vida vendiendo esto, y recoge el pomo y se lo lleva al vendedor y le dice, suave: Mire, el mío, el pomo mío y el de un compañero. Yo le pregunto qué de dónde son y el responsable me mira y uno que está al lado dice: De San Nicolás de Bari, que queda bien lejos. Bueno, pues esta misma gente conversaba con la vieja y la vieja les decía algo de la comida, que si no habían comido. ¿Ustedes no tienen comida? Toa la que queremos, responde un miliciano. Ah, yo creía, dice la mujer y añade: Porque esta es la tierra de los cubanos. Es una negra alegre que habla a gritos: Si los americanos, dice, vienen aquí a comerse la comida de los cubanos, van a comer comida de difuntos, porque van a estar muertos, muertecitos, dice. Y luego grita: A mí hay que arrancarme la cabeza, hay que matarme pa que vengan los norteamericanos aquí. Tienen que matarnos a tos, dice, y termina: Y somos bastantes. Somos muchos, demasiados -muchos pa los yonis. Un miliciano grita: ¡Patria o Muerte! y se oyen vivas y aplausos para la mujer que ríe feliz (...)



  Y pensé en Crillon.
 Luego estuve conversando con la gente y hablando con las milicianas y con Loló Soldevilla que ha cogido la milicia con un entusiasmo tremendo, con su cuchillo al bolso, su revólver vizcaíno a la cintura y su San Cristóbal al hombro, ella diciendo que las fotografías que había publicado REVOLUCION ayer eran muy buena y reflexionando sabiamente que la pintura ya no tenía nada que hacer, porque la Revolución, porque la Revolución tenía un arte a su alcance que reflejaba la Revolución sin violencias y sin preparaciones, nada más que objetivación de la cámara y la elección del espectador ante aquella verdad que podía rechazar o aceptar, pero nunca poner en duda, y como la pintura se quedaría en los museos ahora para siempre, y todas esas cosas de las que se podía hablar porque ya había pasado el sol blanco del mediodía, con su blancura de hueso blanco y no había calor y la tarde estaba linda y uno se sentía muy bien en el desfile lejano y el sonido de los zapatos marciales sobre el pavimento. Y arranqué a caminar por entre la gente y encontré a Chernyzhov y a los periodistas soviéticos que había conocido en Moscú, que regresaban del desfile y Chernyzhov me dijo, muy contento: Cada día descubro más la verdad de esta Revolución, su corazón. Es formidable, Y yo pensé que era formidable que Chernyzhov pensara que era formidable, porque en la Unión Soviética debían saber muy bien qué cosa era una Revolución y Chernyzhov venía y decía esto.
 Caminé y vi una muchacha muy joven recostada al gran cartel que anuncia el desfile, las milicias junto al INRA, que es un cartel muy primitivo, pero que allí, con la gente a su alrededor, recostada contra las figuras que marchan al ingenio armados, lucía muy bien. Oscurece y la gente conversa mientras pasan los grandes cañones antitanques que ya no asombran a la gente, porque han pasado decenas de ellos y alguien dice que somos el país mejor armado de América Latina y el otro le dice que es verdad y que sin embargo no queremos guerra y que por ejemplo, Guatemala, con Ydígoras, anda buscando pelea con nosotros y el otro le dice que esa pelea se la busca a Ydígoras su maneger, el Tío Sam. Los cañones desfilan alumbrados por los jeeps que les siguen y los faros iluminan el polvo fino que levantan las gomas y la Plaza de la República está totalmente transformada, irreconocible por la multitud que la colma. Se vuelven a oir los altoparlantes y el locutor advierte a la gente que el desfile no ha terminado todavía, que falta una sorpresa final, que no interrumpan la vía y una vieja que camina envuelta en la bandera cubana grita: ese es el etcétera de Fidel, y casi sobre su voz se escucha la voz múltiple del locutor saliendo por cada uno de los altavoces, diciendo: No se trata de arma nueva, señores. Se trata del cohete matavacas que fue reconstruido por obreros cubanos, pedazo a pedazo. Se abre un camino y al fondo se distinguen luces rojas y faros de autos y el zumbido de las motocicletas llega hasta nosotros y a los lejos se ve avanzar una estructura y a duras penas se contiene a la gente y cuando ya no se puede contener más al pueblo, un miliciano grita: ¡Rompan! Y la gente se abalanza sobre la tribuna y desde lo alto de la calle parece una marea fantástica empujada por un viento fenomenal y todos corren y ya no se oyen las instrucciones del locutor, ahogada su voz en fragmentos, palabras: ... avancen.... por favor.... el Máximo... la palabra. y es que Fidel va a comenzar a hablar, pero antes han de leer sus versos Neruda y Guillén y en este momento que no pueden describir no Neruda ni Guillén ni yo ni nadie, porque es increíble y emocionante y único y nuevo y endemoniadamente difícil de trasladar a nadie con palabras o con fotos o con cine, con cualquier sustituto de la realidad, excepto por la realidad misma, pienso la última vez en Crillon, el hombre sin miedo, a quien Carlos IX el rey de Francia o Enrique IV o no recuerdo quién, le dijo, después de una batalla, de una victoria gloriosa, le dijo: Cuélgate, bravo Crillon, pues hemos combatido en Arles y tú no estabas. Y recuerdo a todos los que no están aquí: a los ausentes por resentidos y a los escritores ausentes y a los cubanos ausentes y a los extranjeros ausentes y a todos los que no estaban y no puedo menos que terminar diciéndoles, a los que no estaban:
 cuélguense,
 hemos visto a la
 Revolución
 y
 ustedes
 no estaban
 NO
 ES
 TA
 BAN


 Lunes de Revolución, No 89, 4 de enero de 1961, pp. 
 

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