sábado, 22 de febrero de 2014

El ciclón en la palangana


  

  Nicolás Guillén 


 La crónica de José Luis Salado sobre la reciente exposición de pintura cubana en Moscú, publicada ayer en esta misma página, debe de haber caído como una ducha helada sobre quienes, al amparo de un despacho cablegráfico harto escueto, pretendieron atacar a la Unión Soviética, tan ocupada en su enorme faena del frente oriental.

De la lectura de aquel cable extrajo la maledicencia dos conclusiones: una, que la pintura cubana no había causado buena impresión en la URSS, por falta o cosa así de contenido social. Otra, que entre los pintores expuestos, el único, el preferido, el que realmente produjera sensación había sido el señor Valderrama.

Cierta zona del cotarro artístico alarmóse, un poco histéricamente. ¡Pues qué! ¿Acaso piensan esos bolcheviques intransigentes que La Habana es Moscú? Además, el arte es el arte; la pintura es la pintura, y no vamos a estar con el puño en alto a todas horas, para servir consignas extranjeras. Era el legítimo ataque de nervios... Una inconformidad largamente reprimida por la fuerza triunfante de la realidad política en la guerra, en que tan decisivo papel ha desempeñado el gran país socialista, encontraba ¡al fin! una fisura por donde filtrarse, como un venenoso gas.

 Porque en los comentarios que el cable suscitó notábase cierta amargura de mala ley, una especie de sorda alegría por haber aparecido un elemento polémico que oponer, así fuera en el campo del arte, a la sólida ofensiva de Zhukov. ¡Qué diablos!  Todas las armas son buenas cuando el enemigo es poderoso. Gente agachada, se irguió de un salto; bocas hasta entonces herméticas soplaron en la cerbatana sutiles flechas cargadas de hiel.

 Y, de súbito, la crónica de José Luis Salado. Es, en realidad, una nota periodística de la exposición, pero por ello mismo ilustrativa en forma muy directa de que en Moscú, como en muchos otros sitios en este agitado mundo, hay una absoluta libertad de crítica ante el hecho artístico. ¿Se habla para nada en ella de ausencia o presencia de «contenido social» en la pintura cubana? ¿Se dice, por ventura, que un pintor determinado, uno exclusivamente, recibiera los honores del elogio, y los demás quedaran relegados al olvido?

 No... Valderrama (que fue en cierto modo la piedra del escándalo) es citado por «los suaves tonos de sus pasteles», junto a quienes tanto distan de él, como Carlos Enríquez, o como Amelia Peláez, cuyos bodegones naturalistas están «bañados en jugos ácidos». Del propio modo, Ponce recibe encendidos ditirambos de Guerasimov; los Kukrinsky se extasían ante Ravenet, a quien llaman «maestro de la pintura»; Wifredo Lam, en fin, es asimilado sólidamente por un hombre como Ilya Ehremburg, quien llega a hacer afirmaciones que derriban por su base cuanto acerca de una pretendida y estrecha pintura «social» sirvió de trampolín a los maliciosos para lanzarse a sus especulaciones de estos días. Recuérdense las palabras de Ehremburg frente a Lam, cuya manera profunda nada tiene de popular: «Es lo que más me gusta de la colección, dice. Tal vez haya quien no lo entienda a primera vista, pero ahí está su mérito, en que no es vulgar. A mí no me gustan los cuadros que se comprendan a la primera ojeada. Un cuadro, un buen cuadro por supuesto, debe ser desmenuzado y digerido lentamente. Tal es el caso de Bodegón, de Wifredo Lam ...»

 El gran escritor soviético habla aquí como pudiera hacerlo un crítico burgués de fino espíritu, de libre juicio, reaccionando ante un buen trozo de magnífica pintura. Nada del estrecho criterio que siempre son a suponer los que desconocen la URSS. Al revés: pudiera haber extremista rezagado a quien estas palabras de Ehremburg parezcan excesiva concesión a un arte que como el de Lam —a nuestro juicio uno de los grandes pintores modernos en Cuba y fuera de Cuba— atiende fieramente a la expresión honesta de su complicada intimidad, sin postizos elementos de oportunismo revolucionario.

 A principios del año pasado fueron los pintores cubanos a Nueva York —al Museo de Arte Moderno— llevados esa vez por María Luisa Gómez Mena (quien tuvo que quedarse en La Habana, pero costeó el viaje) y José Gómez Sicre. La Gaceta del Caribe —entonces ¡ay! en plena fuerza juvenil— recogió en una larga nota la resonancia crítica de aquel importantísimo acontecimiento. «¿Cómo han recibido allí a nuestros artistas?» —se preguntaba la Gaceta. «Hasta el momento —decía— sólo tenemos a mano cuatro juicios, de los cuales dos (el de Alfred J. Barr Jr., en el Bulletin del museo, y el de Edward Alden Jewell, en el Times) merecen realmente el nombre de tales. Los otros dos (H. Félix Kraus, en la revista Pan American, y Royal Cortissoz, en el Herald Tribune), están plagados de errores de bulto. Pero éste no es el momento de pararse en los detalles de apreciaciones particulares. Lo realmente importante en esta exposición es que, con algunas omisiones (la de Wifredo Lam la más lamentable) allí están más o menos ampliamente representados nuestros principales pintores de hoy, la mayoría de los cuales son jóvenes que apenas han entrado en el pleno proceso de la madurez artística...»

 Como se recordará, esos artistas eran Carlos Enríquez, Acevedo, Cundo Bermúdez, Carreño, Felipe Orlando, Mariano, Martínez Pedro, Amelia Peláez, Moreno, Ponce, Portocarrero, Víctor Manuel y Diago. Grupo este que ampliado con nombres que en Nueva York faltaban (como el de Lam y muchos más) figuran también en la exposición soviética.

 Es interesante señalar el hecho de que aunque los editores de aquella revista estaban en desacuerdo con más de un juicio yanqui sobre nuestra pintura, no se les ocurrió por cierto atacar al régimen capitalista imperante en los Estados Unidos, ni hacer responsable de ello a Mr. Roosevelt. Lástima que así no se haya procedido también en este caso. De haber tardado unas hora no más nuestro amigo Pepe Gómez Sicre en escribir su artículo de ayer en El Mundo, en el que tan sabrosamente se despacha, habría encontrado elementos menos ácidos para construir una opinión a la altura de su responsabilidad.

 Pero no importa. Lo evidente es el triunfo de la pintura cubana en la URSS. Debemos estar, pues, de plácemes, como independientemente de toda bastarda circunstancia lo estuvimos cuando la exposición de Nueva York, o —hace unos días casi— con motivo del buen éxito en Haití. Esto es lo que tiene realmente profundidad a nuestro parecer, porque proyecta hacia los climas estéticos más distintos una poderosa muestra de nuestra elevada temperatura nacional en lo plástico. La crítica diversa, si es honesta, ¿por qué puede molestar? La variedad con que el juicio ruso se ha manifestado acerca de nosotros; la inteligencia y finura que el mismo entraña al valorarnos, son testimonio harto evidente de que el revuelo de estos días, tan condicionado por circunstancias ajenas al arte, no ha pasado de ser, bajo este simpático cielo caribe, un ridículo ciclón en las domésticas aguas... de una palangana.


 Nicolás Guillén. «El ciclón en la palangana». Hoy, La Habana, 17 de marzo de 1945, p. 2.


 Imagen: Pedro Osés