miércoles, 19 de febrero de 2014

El rechinar del gorrión




 Pedro Marqués de Armas

 Pocas veces (en poesía) alguien cortó con tal precisión, de modo tan eficazmente teatral, el dedo de un copista; es decir, de un letrado, un funcionario. Pocas veces, hay que decirlo, alguien se apoderó de la voz chillona del Líder y su voluntad de corrección de manera tan cínica, o paródica. Ventriloquia, muñeco de trapo, opera igualmente en lo indecible. Pues la virtud de “Mao” consiste en mostrar aquello que permanece oculto en el lenguaje de un Estado Totalitario, en revelar sus mecanismos, sus intenciones. Se trata del montaje poético más intenso de Carlos A. Aguilera y, sin dudas, el más representativo de Diáspora(s).

 Hay que volver al final, cuando el propio kamarada Mao, insaciable en su misión de corregir la realidad e incansable en su voluntad de acotar a los copistas (por más que estos se esfuercen en traducir “con exactitud” sus delirios), decide cortarle el dedo a Qi. Entonces el meñique de Qi, del más valioso de los funcionarios, hace crackk y salta -¡qué horror!- hasta caer dentro de ese paréntesis que pone fin al poema. Cláusula ésta reveladora; pues encerrar el sonido de las consignas y hasta la voz en falsete de Mao en semejante círculo, no significa concluir, sino archivar. 


 En lo que parece una de las intuiciones más audaces de Aguilera, la de registrar esa terrible onomatopeya, se localiza a mi modo de ver el punto nodal del poema. Se trata del chillido de todos los gorriones y del lamento de todos los poetas, nada menos que esa “cajita china” donde caben Cuba y la URSS, y en la que resultan grabados, siempre a partes iguales, el fragor lírico y el parloteo del régimen. Doblaje de ruidos, teatralización de un énfasis, no sólo se pone en ridículo un discurso de Estado, sino también sus variantes locales e incluso privadas. No quedan fuera ni el “saloncito de escritores”, ni las paticas “huecashuecasbarruecas” del estilo nacional.


 En cuanto a la sintaxis, “Mao” hace un uso particular del “como” (desechado por Gottfried Benn), que cobra aquí una dimensión paródica, anti-burocrática. Nada de “cortes en profundidad”, más bien unas cuantas suturas o anudamientos, como conviene al muñeco. A través de ese “como” que se repite en boca de los copistas el texto genera su estilo falsamente puntual y capta, digamos así, esa retórica de cifras y códigos puntillosos, al tiempo que produce su propio espacio en la página –este sí resuelto y repleto de alternancias entre versos cortos y largos que parecen “reflexionar” sobre la extensión del Imperio, su métrica de hectáreas, sus montañas de pájaros muertos.


 Poema-performance, esta función de repetición se resuelve -en última instancia- en el proceso de la lectura. Habría que oír “Mao” una vez más y, sobre todo, había que oírlo en aquel escenario cubensis. En la cara de los funcionarios y de no pocos poetas se reflejaba un profundo malestar. Cumplían así, aquellas lecturas, su propósito de infundir un poco de terror y de sacar de su habitual modorra al gremio paralizado. 


 Carlos A. Aguilera optó por la vía más incómoda.


 Cómo escribir un poema al margen de la esperable verticalidad de la poesía.


 Cómo responder a la exigente pregunta del Estado -sobre todo cuando éste ha secuestrado el lenguaje- con otra pregunta igualmente exigente pero formulada por un ventrílocuo, es decir, en broma.