sábado, 7 de septiembre de 2013

Valentín, el verdugo





 Pedro Marqués de Armas




 Según el pie de foto se trataría de “Valentine' Weyler´s Executioner”, retratado en 1899 por Benjamin W. Kilburn. Sin embargo estamos, más bien, ante el verdugo Valentín, tal y como se le conocía en La Habana desde una década antes. Con 57 ejecuciones en su haber, gozaba de una sólida e irreprochable popularidad. "Mátame bien, Valentín", solía decir la gente, al tiempo que algunas frases suyas contribuirían a esa fama. 

 En una ocasión, después de ejecutar en Jovellanos a dos reos y a punto de embarcarse en tren hacia Colón a fin de ejecutar a otros tres, expresó: "Somos como un circo de caballitos que vamos de pueblo en pueblo dando funciones”. Y cuando se disponían a estrenar un nuevo garrote, sentenció: "¡Eso de usar máquina nueva no va conmigo! Solo respondo por la que yo manejo... Hasta ahora ningún cliente se me ha quejado."

 Natural de Matanzas, Valentín Ruiz Rodríguez había ingresado en la cárcel de La Habana en 1887, en cumplimiento de una condena de quince años por el homicidio de un asiático al que derribó a machetazos. Mecánico en una plantación de azúcar, se le adjudicaban otros crímenes. Dos años más tarde y por petición del recién nombrado verdugo José Cruz y Peña de que se le designase ayudante, fue sacado de galera. Debían asumir la ejecución del famoso bandido Victoriano Machín, condenado a garrote vil por la Audiencia y cuya captura y proceso judicial devendría uno de los más mediáticos de la época.

 Se cuenta que llegado el momento al ex-soldado español Cruz y Peña, descrito como “alto, de buena presencia y de cabellos y bigotes rubios” y convicto en Puerto Príncipe desde 1871 por repetidas deserciones, se le aflojaron literalmente las piernas. Fue así que Valentín tuvo que asumir en el acto la función de Ministro Ejecutor de Justicia, liquidando “con sin igual sangre fría” a Machín, cuya cabeza agarrotada reprodujo La Caricatura en su mayor tirada histórica.

 Valentín afrontó en adelante el eufemístico y pomposo título, por el cual fuera llamado hasta 1890, tras sólo 18 meses de trabajo, en 18 ocasiones. Casi todas sus ejecuciones se realizaron sobre bandidos con historial de asaltos y secuestros, y no siempre de asesinato. Su radio de acción se extendía desde La Habana hasta Santa Clara, embarcándose por lo general en tren con su garrote y dos ayudantes, siempre asediado por la prensa. 

 En 1895 fue cesado del cargo, pero le esperaba todavía otra temporada mediática, y para él, de vida o muerte. La clave la da una guía turística publicada en 1900 bajo el título Norton's complete hand-book of Havana and Cuba, que dedica al asunto todo un capítulo. Según refiere su autor, a su llegada a la Isla el Capitán General Valeriano Weyler lo contrató como parte de su escolta, realizando nuevas ejecuciones que, desde luego, cobran ahora un valor político.

 Así que cuando una vez depuesto el régimen colonial, el garrote adquiera -sobre todo en la opinión norteamericana- toda su oscura resonancia, Valentín estará nuevamente en escena. Se le compara entonces al "carnicero Weyler" y lo califican como "The Strangler" o "The Hangman", entre otros títulos ajenos a la razón burocrática. Su imagen se funde, bajo unos mismos epítetos, con la del General Weyler y cobra categoría de epítome del horror colonial. 

 Por la mencionada guía sabemos que, aunque ya indultado, permaneció oculto en la prisión hasta una noche en que, "para evitar el linchamiento", se le trasladó junto al propio garrote a los Estados Unidos. En efecto, durante tres meses (entre julio y septiembre de 1899), el verdugo y su famoso aparato iban a ser expuestos en el marco de la Exposición de Omaha; ni más ni menos, la segunda gran exposición del Imperio (Greater America Exposition) y la primera tras la derrota de España, cuyo propósito no podía ser más explícito: mostrar el poderío norteamericano en todo lo relativo a sus "nuevas posesiones". 

 Por supuesto, la fotografía va a hacer cosecha: un minucioso inventario de cuanto integraba aquel nuevo orbe imperial, desde sofisticadas maquinarias y seductoras mercancías hasta indios Sioux y "delegaciones extranjeras", exhibidas como "auténticos ejemplares" junto a sus productos nativos. Cuba estaría representada por cerca de 180 participantes, entre los que se incluía un grupo de teatro, otro de danza, y decenas de muchachas que tenían por misión atraer al público hacia el pabellón insular. 

 Pero la gran atracción fue sin duda el verdugo Valentín, inscrito expresamente como "Valentine, the terror of the people" y anunciado en carteles donde podían leerse los calificativos de marras. Se le adjudicó, es de suponerse, una cifra inusitada de crímenes, al tiempo que en calidad de "monstruo" debía asegurar el éxito de la delegación, realizando simulacros de agarrotamientos ante un gentío que probablemente exigiría algo más... 

 Particular atención recibió la sillita de que se auxiliara en su “trabajo”, cuyo contraste con el garrote y la fornida musculatura de quien fuera considerado "el hombre más fuerte de Cuba" debió excitar aún más la curiosidad. También fue exhibida la suntuosa espada que empleaba durante las ceremonias de ejecución (supuestamente, un regalo del propio Weyler) y, no menos importante, el machete mambí (tan eficaz en la "masacre infligida al español", como decía un periódico), así como hamacas, guiros, sombreritos de yarey y los patriotas mismos. 

 De vuelta a la cárcel de La Habana el macabro artefacto, y mientras se hacía efectivo un nuevo ejecutor de justicia ("de carácter menos sanguinario"), Valentín Ruiz Rodríguez, temiendo aún por su vida, decidió no regresar. 

 II
 

 Fue en este contexto, casi seguro, cuando posó para una de las firmas acreditadas en Cuba para cubrir el final de la guerra y la intervención, y que cubriría también la feria en cuestión. 

 Benjamin W. Kilburn, reconocido desde 1865 por sus vistas estereoscópicas y al frente de una de las empresas fotográficas más influyentes de los Estados Unidos, había reportado eventos como la voladura del Maine, registrando su lente el montón de hierros en que quedó convertido el buque antes de hundirse.

 Famoso hacia finales de la década de 1890 por sus abigarrados retratos de interiores (escenas domésticas festivas, a menudo banales, o bien subidas de tono) de la vida norteamericana, en ese estilo se inscribe, pese a su extraordinaria desnudez, la foto del verdugo Valentín. La silla en que se apoya resulta, casi, un lujo, al tiempo que el patio en que tiene lugar la escena tiende a reforzar -por la aridez del enlosado y la oscura puerta del fondo- algo inquietante, si bien a fin de cuentas construido. 

 Verdad que no vemos aquí –como en muchas otras imágenes del momento– al garrote, a menudo exhibido para enseñar su mecanismo, incluyendo vistas con falsos reos que miran a la cámara (incluso con la anilla puesta al cuello), mientras verdugos igualmente didácticos hacen como que accionan el torniquete... Pero, en todo caso, asistimos a un montaje extraordinariamente simbólico, cuya virtud radica en su poder de individuación y capacidad para sugerir el tránsito de uno a otro orden social.

 Si las imágenes de montañas de huesos, de gentes reconcentradas, de garrotes y niños descalzos, tan abundantes entonces, apuntan al final de una época, denotando unas y otras la barbarie española, así como la orfandad del pueblo cubano y su necesidad de un protectorado moderno e higiénico, ésta del "verdugo" es acaso única. 

 Su pose altiva (no desafiante, pero sí desenfadada y altanera) anuncia a un nuevo sujeto. Al margen de su particular destino y, desde luego, de su atinada ausencia de la Isla tras la exposición de Omaha, ya no es al verdugo a quien vemos sino a un hombre que ha sido "reemplazado" de su función -tan arraigada en la Ley- por otra que consiste en su doble retórico y preventivo. 

 De hecho, el espectáculo del monstruo y su fusión con el déspota colonial, no es sino condición necesaria del poder normativo. Digamos que éste se expresa desde la espectacularidad, como un negocio más.  

 Valentín deja de ser, con esta fotografía, el ejecutor oficial de Weyler, y acaso, el más temible de los súbditos, para convertirse en un ciudadano potencial. Vuelve a ser Valentín Ruiz, aunque de momento tenga que adscribirse a su antiguo papel. Pues si bien se le exhibe por lo que representa su pasado, también encarna un presente, y ya no en calidad de prisionero, junto a los demás miembros de la nueva nación que lo acompañan en la exposición. 

 Su mirada fiera y no menos orgullosa que la de otros muchos cubanos –el caso, por ejemplo, de tantos oficiales y soldados negros del Ejército Libertador– destella de un modo problemático. Eso sí, la silla torneada donde apoya con elegancia el codo –metáfora de una Cuba doméstica que toca a su fin– y con él toda su imponente desnudez, deviene expresión de ruina. Nada la sostiene. Es un lujo en ese patio vacío.


2 comentarios:

Diana Paralosamigos dijo...

Conocí el blog por recomendación de Xavier de Castromori, y por lo tanto tenía que ser bueno.
Me ha encantado el post y voy a leer bastantes más.
Un hallazgo. Muchas gracias.

Anónimo dijo...

Hola Diana; muchas gracias por tu comentario, y gracias también a Castromori.
Saludos, P.