sábado, 14 de septiembre de 2013

Mendigos



 Manuel Costales

 Obra meritoria es sin duda socorrer las necesidades de otro, amparar la indigencia, tender una mano generosa al hombre pobre que no puede por sí mismo proporcionarse subsistencia. Nadie hasta ahora ha rechazado esas acciones benéficas, verdadero símbolo de fraternidad, a cuyo calor humanitario se han salvado mil víctimas de los horrores del hambre, de las amargas privaciones de la miseria. Al lado de esos hechos palpitantes que no por privados y ocultos son menos frecuentes, numerosos y ciertos, hay otros que en abierto contraste solo sirven para sostener el vicio y fomentar la vagancia.
 Quisiéramos que al leerse estos renglones, ninguna interpretación siniestra sacara a nuestras reflexiones del objeto laudable que las impulsa, que se consideren atentamente los hechos a que habremos de referirnos, la trascendencia que en sí tienen, y que rectificadas ciertas ideas, conocido el fin a que nuestra piedad nos incline, no sean solo los impulsos del corazón, ni los de una compasión mal entendida, los que decidan nuestras acciones, ni marquen tampoco la línea de nuestro proceder.
La limosna, pues, porque de ella queremos hablar, no siempre sirve para socorrer verdaderas necesidades: muchas veces, según hemos apuntado, es el mayor aliento para la vagancia. Los pordioseros que con mano trémula se acercan a la puerta de una casa, que todos los días, a la misma hora, con las mismas palabras, con igual entonación, con afectadas dolencias, hieren nuestros oídos implorando una caridad que no siempre se les niega, estudian y calculan y por hábito ejercitan ese medio fácil, cómodo y casi seguro de obtener lo que debiera ser solo resultado del trabajo; del trabajo a que todos en distinto círculo, de distinto modo, tienen que consagrarse para el bien común de la sociedad en que viven.
 Mucho se ha proyectado, mil planes se han concebido, no pocas instituciones se han creado para extirpar esa llaga que devora el cuerpo social, que altera el equilibrio de la gran masa que la forma, que aumenta cada día la turba vergonzosa que recorre las calles de la ciudad, y que hace que a expensa de la clase productora, a la sombra de la ocupación, y usurpando el bien a los verdaderos indigentes, viva consumiendo y nada más, lo que nunca ha salido de sus manos, pronta sola a arrebatar el sustento que no merece.
 Tristes y lamentables son las consecuencias que de esto se derivan; más tristes y lamentables aun cuando se considera que hombres jóvenes, sanos, robustos, aptos para el trabajo, no solo devoran en el silencio del hogar esas dádivas, sino que teniendo una mujer a quien asociarse, unos hijos que de esa unión nacieron, contaminan con el ejemplo el desgraciado renuevo de su vida, y pierden para ellos y para la sociedad esos miembros útiles que de otro modo contribuirían al bien de la comunidad.
 Nosotros recordamos que en la Real Casa de Beneficencia se estableció un Departamento para los mendigos (*): que se mandaron recoger los que vagaban por las calles; que allí se les dio abrigo y ocupación compatible con su estado, y que sin embargo de este pensamiento previsor, nunca pasaron de cuarenta los menesterosos allí reunidos, sin que por esto desapareciera la plaga que nos abrumaba. Esa institución aunque sin reglamento especial existe aún: son muy pocas las personas que tienen conocimiento de ella, y muchas, muchísimas las que miran con extrañeza que se conserve y aumente escandalosamente el número de pordioseros que por todas partes nos rodean.
 Los hechos que indicamos son de suma importancia para que no nos detengamos en su explicación. Natural es la tendencia del hombre a adoptar los medios que le hagan más fácil su comodidad y conveniencia; y cuando la falta de instrucción y de- buenos ejemplos le desvían de la hermosa senda de la laboriosidad y del trabajo, cuando no cultiva su razón, ni ejercita sus fuerzas; en una palabra, cuando ni intelectual, ni corporalmente rinde a la sociedad el tributo que esta tiene derecho a exigirle, y devorado por el tedio, abrumado por la pereza, se lanza a demandar a otros un socorro que no necesita, y lo encuentra, y vuelve a pedirlo, y lo halla, la repetición de este acto constituye un hábito, y de este hábito se engendra un vicio que es la vagancia, lepra destructora que reproduce las mil cabezas de la Hidra que todos deben interesarse en extirpar.
El Departamento de mendigos (hoy se llama de Desamparados) de la Real Casa de Beneficencia, ni satisfizo entonces, ni menos satisface ahora las necesidades que nos rodean. Por fortuna no nos devora, ni nos amenaza siquiera el pauperismo, ese cáncer atroz que absorbe por millares una parte de las rentas públicas en otras naciones, y que por millares también sacrifica víctimas, allí donde las fábricas y talleres se levantan en colosal magnitud para abastecer al mundo con los prodigios de la industria: por fortuna las sociedades nacientes tienen en su "mismo modo de ser, elementos de vida que brotan espontáneos de su seno sin que los esfuerzos del hombre hagan todavía necesarias esas otras fuerzas ficticias que coadyuvan a su conocida eficacia: por fortuna también los medios de subsistencia no explotados aún en la inmensa latitud que al trabajo presentan, dejan espacio bastante a que no se paralicen los brazos, a que la demanda del trabajo no se desoiga, a que no nos aturdan los vehementes clamores que se levantan pidiendo pan, en retribución siquiera de los afanes que cubren de sudor la frente del jornalero, y que postran sus miembros, no fatigados de cansancio, sino desfallecidos por la inacción, aniquilados por el hambre. Esos mismos elementos deben hacernos cautos y previsores, y darnos prudentes y fecundos avisos para que en nuestro seno mismo no nazca y se abrigue y con el tiempo se fomente y crezca la plaga pordioseros voluntarios, padrón que eleva a un guarismo considerable el que arrojan de sí las tablas de la vagancia.
 Decíamos, pues, que el Departamento de la Casa de Beneficencia no satisface hoy, como no satisfizo en su creación las necesidades que nos rodeaban. Esta es la verdad. El pobre vergonzante, ya lo sea por necesidad, ya por hábito, ya porque odia el trabajo, no vive aislado; tiene una familia mas o menos numerosa, tiene en ella afecciones que consagrarle, y en las limosnas que recoge, alimentos que compartir con ella y en los cuales se goza por la facilidad con que los consigue. La clausura de la institución le priva de todos estos placeres que lo son para él: le aparta de esas personas a quienes ve y trata diariamente, le sujeta a los reglamentos, disposiciones o costumbre que le hacen trabajar; le sacan de esa atmósfera de ocio y de brutal pereza donde siempre respira y goza, y procura por lo mismo eludir la vigilancia que se ejerce, sustraerse a la medida que se adopte, y no entrar jamás en un asilo que no le brinda, en su depravada costumbre, lo que busca y tiene, azotando calles, tocando puertas, invadiendo las naves del templo, importunando siempre y en todas partes al transeúnte para demandarle socorros que luego distribuye en el silencio de su hogar. Por esto pues, la institución es y fue ineficaz y deficiente.
En el próximo pasado mes de Abril por disposición del Gobierno político de esta Capital, se procedió a recoger los mendigos de ambos sexos para conducirlos a la Casa de Beneficencia, y estamos informados, que la plaga que nos asaltaba por todas partes, y a todas horas, quedó reducida a 16 hombres y 5 mujeres; los demás tenían todos medios de vivir, no necesitaban de la limosna, no eran mendigos, y por consiguiente no se les llevó al lugar correspondiente. Este hecho reciente comprueba la solidez de nuestras reflexiones. Laudable y útil fue la medida; repítase con más frecuencia, y ella producirá en parte el resultado que apetecemos.
 Pasaron también los primeros días de la creación del Departamento y con ellos el calor, el entusiasmo que en los felices momentos de su iniciación tienen todas las cosas. El silencio y la apatía fueron compañeros de la institución, y allí donde mismo nació tuvo su sepulcro. Son muy pocos, hablamos de la generalidad, los que saben que entre nosotros existe ese Departamento de Desamparados, y cuando penetramos en la Casa, cuando vemos tal cual hombre, anciano, y desvalido, y recordamos los que diariamente nos asaltan con sus clamores y plegarias, vemos allí una repugnante contradicción con los hechos, y mudamente parodiado un pensamiento tan feliz como fecundo, si a él se consagrara la previsora atención que en sí demanda.
La mendicidad cuando no es efecto de enfermedades y desgracias, tiene mil medios de engaño y usurpación. Vienen muy pronto la malignidad y la astucia a prestarle eficaz apoyo, y se fingen dolencias, se suponen quebrantos, se lloran infortunios, se cubre el cuerpo de úlceras que no se curan para perpetuar el socorro e interesar la piedad, y se conserva el aspecto andrajoso y sucio para que nunca se retire la mano que prodiga la limosna. En esos jirones que casi dejan en desnudez al mendigo tiene este un censo, que le asegura por lo menos la subsistencia, cuando no le deje también lugar para ir acumulando. Nuestros lectores saben, como nosotros, de algunos pordioseros que recorrían nuestras calles, que han dejado algún capital adquirido a tan fácil costa, y de otros que sin dejarlo, dan a premio lo mismo que diariamente recogen de las limosnas que reúnen. No citaremos ejemplos, que algunos y muy recientes pudiéramos citar, porque evitamos siempre las individualidades, y al bien común consagramos estos renglones.
 Entre esos medios que la sagacidad inspira alentada por el favor perenne que se alcanza, nuestros lectores recordarán la multitud de niños que no hace mucho entraban en billares y cafés, se introducían en nuestras casas, y con un papel mugriento que no sabían ellos leer, con una relación de infortunios que en la memoria retenían para repetirla en todas partes, se pasaban todas las horas del día implorando la caridad del vecindario. Nuestros lectores saben que estas tiernas criaturas, verdaderos ángeles en la tierra, eran instrumento de la codicia de sus padres, que impíamente los arrojaban a las calles para pedir limosna, imponiéndoles en algún caso, hasta la cantidad que debían traerle bajo castigos y golpes que con cinismo y crueldad les infringían si no llenaban la medida que su vergonzosa ambición les señalaba.



 Hoy no es tan crecido ese número, pero tampoco ha desaparecido del todo: hoy es otro también el medio, y vemos niños pequeños, andrajosos, mugrientos, con billetes de la Real lotería en la mano, proponiéndolos en plazas, teatros y cafés; apostados a ciertas distancias las personas que los mandan; recibir de sus manos el precio obtenido, darles otro y otro billete para revenderlo, y ocuparse de esto todo el día sin ningún género de trabajo. ¿Qué porvenir pueden tener estos niños desgraciados, qué moralidad, qué ejemplos que imitar? Viene un día, y otro y educados en esa vagancia, enseñados a importunar a cuantos miran o encuentran, se apagaran en su alma los bellos instintos del bien, y presa segura de la vagancia verán con odio el trabajo, y con amargo desdén a los que en otra posición no les auxilian, como si solo por tenerla, han de alargar su mano, y abrirles su bolsa sin una urgencia que reparar, ni una desgracia que socorrer.
 Todavía no quedan limitados a ese medio los arbitrios que la sagacidad y la maldad apuran. Doloroso es expresarlo, pero hablamos solo la verdad y la verdad debe resplandecer en las observaciones del escritor. Sabido es que hay personas que inquieren y buscan madres pobres y desvalidas, aunque esta pobreza no sea la indigencia, y a esas madres les piden y alquilan uno de sus hijos, si está enfermo o impedido con más ahínco, por la más fundada esperanza de buen éxito; salen con ellos a pedir limosna, y de lo mismo que recogen dan luego una pequeña retribución a la que así se prestó a tan vergonzosa y reprensible especulación. Comprendemos a cuanto puede compeler la pobreza aunque no sea suma, pero tampoco se nos oculta a cuánto precipita la ignorancia de esas madres, a cuánto pueden arrastrarlas la inmoralidad y la corrupción, y de cuántos engaños también no serán víctimas de los mismos que van a ocuparlas para un tráfico tan repugnante y escandaloso.
Si los hombres todos estuvieran animados de los principios luminosos del Evangelio, nada más consolador, más santo ni humanitario que la máxima haz bien, y no mires a quien; empero como en medio de las tristes necesidades que nos rodean, de los dolores que agobian a la humanidad, del infortunio que la aqueja, la maldad no duerme, el crimen acecha, la astucia y la sagacidad apuran sus recursos, y la usurpación se entroniza contra el verdaderamente afligido y menesteroso; esmero y muy prolijo es indispensable tener para que la limosna no sea un aliciente del vicio, y lejos de socorrer congojas y aflicciones, fomente y crea otras más trascendentales que las mismas que de aliviar se tratan.
 Algunos hombres ilustrados llevados de ideas deslumbradoras, se dejaron sojuzgar por las vagas declamaciones de ciegos utopistas, que por todas partes miran perfecciones y armonías, y levantaron también el grito, acaso de buena fe, contra los institutos de beneficencia sin advertir que las bases de su organización, o los defectos y errores de sus reglamentos no eran razón paja abolirlos y condenarlos, y cuando parecían agotados los argumentos con que los atacaban, dijeron con amargo énfasis, "todo se reglamenta, todo se sujeta a tarifa, hasta las inspiraciones de la Caridad están sujetas á esas trabas ominosas." Esto que no pasa tampoco de una declamación peligrosa, por cuanto a primera vista seduce, no resiste el análisis, y la razón severa y justa marca el error, la visible falta de fundamento con que se pronuncia.
La Caridad como uno de los más bellos sentimientos del corazón, como una de las virtudes que mas enaltecen al hombre, jamás puede extinguirse ni alterarse. Todas las instituciones sociales, cuantos reglamentos se imaginen y adopten, no serán bastantes para amortiguarlo; porque allí donde haya una desgracia que socorrer, una lágrima que enjugar, una angustia que aliviar, allí por más recóndito y oculto que esté, por oscuras y densas que sean las tinieblas que la cubra, allí resplandecerá viva y pura la llama santa de la Caridad. Hija del cielo, el cielo la inspira y la lleva hasta derramar en el necesitado los dones de que carece.
 Cuando el esclarecido pensador de Ginebra pedía que no se extinguieran los mendigos, porque su vista contribuiría a mantener viva la Caridad, no advertía sin duda que la constancia de los objetos embota la sensibilidad; que llega a tal grado la fuerza del hábito, que ni impresiones hace a nuestros sentidos; que el eterno clamor de los pordioseros apostados en las puertas de la ciudad y de las iglesias, no conmueve a las personas que por allí transitan, y que raro, muy raro es el que en el tumulto de la sociedad, en las ideas que en esos momentos le ocupan, se detiene para extender la mano y dejar caer una limosna. No se le ocurrió tampoco que el pensamiento, así como ciertos frutos, tiene también su época, y que más tarde habían de nacer esos asilos de piedad y de refugio, en que recogiéndose a los necesitados se purgarán las ciudades populosas de la multitud de mendigos que las infestaban.
La ciencia de la administración moderna, por más que en contrario se diga, reveló al hombre de estado los medios de plantificar esas instituciones: de reglamentarlas, de hacer que la Beneficencia fuera un ramo de peculiar atención de los Gobiernos; que estos reconocieran el deber indeclinable de socorrer al pobre sin detrimento del que no lo es; de alejarla usurpación y el fraude, y de no dar pan, sino a aquellos que por sí mismos no pueden proporcionárselo, que es lo que realmente constituye la pobreza. Por esto figuran en los presupuestos públicos sumas considerables de pesos destinados a ese objeto, y quedó sanada la sociedad si no en todo, en su mayor parte de esa llaga que la devoraba.
Un artículo del Bando de Gobernación y Policía (el 86) "prohíbe pedir limosna por las calles y puertas de las casas, y autoriza a los vecinos para detener y presentar al comisario del barrio o a la autoridad más inmediata, al pobre que lo verifique a fin de que sea conducido a la Real Casa de Beneficencia. La inobservancia de esta disposición es notoria, y no puede menos de serlo, porque incumbe a la acción pública y no a la privada, o de los vecinos, un particular sujeto a tantos inconvenientes como de suyo tendría, esa medida.
 Fundado en estos antecedentes, y con la luz preciosa de la experiencia, dice un escritor contemporáneo, "la Caridad es una virtud privada, individual, a veces secreta; la Beneficencia forma parte de la administración pública: aquella distribuye la limosna en nombre de Dios: esta socorre por cuenta del Estado: aquella da esta paga. La Caridad ampara al mendigo, la Beneficencia previene la mendicidad."
La mendicidad pues, no se evita con disposiciones represivas mientras no haya un asilo en que recoger a los indigentes, y que estos alcancen en él el auxilio que pordiosean vagando por las calles; porque sabido es que en el hecho mismo de prohibirse la demanda de limosna, está también el deber de socorrer a los verdaderos necesitados; y pues existe un Departamento de pobres desamparados en la Casa de Beneficencia, fácil es adoptar medios de sacarlo de su esterilidad y de hacerlo útil para que corresponda a los fines con que se estableció.
 Formados como frecuentemente se forman los padrones de los diversos barrios de la capital y extramuros, constantes en los asientos de la Policía, el nombre y apellido, número de la casa, ocupación y demás circunstancias de las personas que habitan en aquellos, el conocimiento de los menesterosos o mendigos se tiene en la mano, en el instante mismo que se consulten esos asientos, esos registros que constan en los libros respectivos. Y para que ese trabajo se simplifique y abrevie, inquiérase el número de pordioseros que hay en cada distrito; véanse los que a las puertas de los templos concurren, los que van a las plazas de mercado, a los alrededores de teatros, fondas, cafés y billares; los que se apostan en las puertas de la ciudad: fórmese una estadística especial, averígüese el domicilio de cada uno. El que verdaderamente sea indigente, condúzcase al Departamento de pobres; el que no lo fuere, oblíguesele a tomar una ocupación, destínesele al trabajo, fíjesele un término prudente y razonable para que se lo proporcione, y vencido, escritúresele en la Sección de Artes con un maestro, o en un taller, o júzguesele como vago, si no fuese dócil al mandato.
De este modo, desaparecerán de nuestras calles, se verán libres de esa plaga vergonzosa que a todas horas las atraviesan, no importunarán con fingidos clamores, ni afectadas dolencias al transeúnte, tampoco arrebatarán al necesitado esas dádivas que le usurpan; ni a la sombra de una piedad mal entendida y que procuran conmover con el aspecto de la miseria que desmoralizados afectan y profanan, se fomentará el cáncer devorador de la vagancia, ganarán en su rectitud las costumbres, no estarán expuesta ni la niñez, ni la pobreza de sus padres al peligro de un tráfico torpe como el que hemos referido, y el hombre benéfico no tenderá una mano vacilante, en la duda de socorrer o no la desgracia, sino que conociéndola podrá enjugar en los impulsos de su corazón sin temor de equivocarse, las tristes lágrimas del infortunio.

(*) Este Departamento no ha tenido nunca un local propio. Los hombres indigentes que en él ingresan se destinan a la limpieza y entretenimiento ligero de la casa: las mujeres al servicio de las dementes. Aquellos han solido llegar alguna vez a 80, estas a 6. Es voluntaria la entrada y cesa la permanencia cuando el mismo mendigo lo cree conveniente. Por falta de local no se admiten más mujeres, sin embargo de aquel corto número. Tampoco existe reglamento de ninguna clase.


Revista de La Habana, vol.1, 1856, pp. 291-300.