miércoles, 30 de mayo de 2012

Al verla allí, ciega...





 
  Reinaldo Arenas



  La sabiduría de Lydia me hacía sentirme otra vez junto a Lezama. Se había dado a la tarea de reconstruir la Isla, palabra por palabra, y allí estaba en un pequeño apartamento de Miami, escribiendo sin cesar, padeciendo toda una serie de calamidades económicas, con una enorme cantidad de libros sin publicar y habiendo tenido que costearse ella misma todos los que había logrado publicar en Miami.
 Otros escritores vivían en situaciones aún más penosas; ése era el caso de Labrador Ruiz, uno de los grandes de la novela contemporánea; vivía y vive todavía de los servicios sociales. Tenía escritas sus memorias y no había encontrado nunca un editor. Era paradójico cómo aquellos grandes escritores que habían salido de Cuba buscando libertad, ahora se encontraban con la imposibilidad de publicar sus obras aquí. En ese caso estaba también Carlos Montenegro, un novelista y cuentista de primera magnitud, viviendo también de los servicios públicos en un pequeño cuarto de un barrio pobre de Miami; ése era el precio que había que pagar por mantener la dignidad.
 En realidad, al exilio cubano no le interesaba mucho la literatura; el escritor es mirado como algo extraño, como alguien anormal. Al llegar a Miami me reuní con personas acaudaladas, dueños de bancos y comercios, y les propuse crear una editorial para publicar a los mejores escritores de la literatura cubana, que estaban ya casi todos en el exilio. La respuesta de todos aquellos señores, todos ellos multimillonarios, fue tajante; la literatura no da dinero, a casi nadie le interesa comprar un libro de Labrador Ruiz; Lydia Cabrera puede venderse en Miami, pero tampoco tanto; en fin, no resultaría.
 «Nos interesaría tal vez publicar un libro tuyo, porque tú acabas de salir de Cuba y eres noticia», me dijeron. «Pero a esos autores nadie los va ya a comprar.»   
 Montenegro murió al año siguiente en un hospital público, absolutamente olvidado. Labrador agoniza en un pequeño cuardo de Miami. En cuanto a Lydia, completamente ciega, sigue escribiendo  y publicando, pagándose ella misma sus libros en unas ediciones modestísimas que casi no circulan más allá del ámbito de Miami.
 Una vez, fui a una presentación de un libro de Lydia Cabrera;  había una anciana sentada debajo  de una mata de mango, ante una mesita, firmando sus libros; era Lydia Cabrera. Había dejado su enorme quinta en La Habana, su enorme biblioteca, todo su pasado, y ahora vivía en Miami en un modesto y firmaba a la intemperie, debajo de una mata de mango, sus propios libros que ella misma se publicaba. Al verla allí -ciega— comprendí que representaba una grandeza y un espíritu de rebeldía que tal vez ya no existía en casi ningún otro escritor, ni en Cuba ni en el exilio. Una de las mujeres más grandes de nuestra historia, completamente confinada y olvidada; o rodeada por gente que no había leído ninguno de sus libros y que lo que buscaba era una figuración periodística momentánea bajo el fulgor de aquella anciana. Era una especie de paradoja y, a vez, ejemplo de las circunstancias trágicas que han padecido todos los escritores cubanos, a través de todos los tiempos; en la Isla éramos condenados al silencio, al ostracismo, a la censura y  la prisión; en el exilio, al desprecio y al olvido por parte de los mismos exiliados. Hay como una especie de sentido de destrucción y de envidia en el cubano; en general, la inmensa mayoría no tolera la grandeza, no soporta que alguien destaque y quiere llevar a todos a la misma tabla rasa de la mediocridad general; eso es imperdonable. Lo más lamentable de Miami es que allí prácticamente todo el mundo quiere ser poeta o escritor, pero sobre todo poeta; yo quedé sorprendido cuando vi una bibliografía de los poetas de Miami, escrita también por otra poeta miamense que, desde luego, no se hacía llamar poeta sino poetisa; había más de tres mil poetas en aquella bibliografía.  Ellos mismos se publicaban sus libros y se autonombraban poetas y daban enormes tertulias a las que uno tenía que ir porque si no quedaba como un apestado. Lydia le llamaba a aquellas poetisas «poetiesas», y tampoco llamaba Miami por su nombre sino «El Mierdal». Lydia me decía siempre que yo tenía que irme inmediatamente de Miami a Nueva York, a París, a España, pero me decía que allí no me quedara; ella nunca ha tenido cabida dentro de aquel contexto chato, envidioso y mercantil, pero con ochenta años, no tenía otro sitio donde meterse. Lydia Cabrera pertenecía a una tradición más refinada, más profunda, más culta; y estaba muy lejos de aquellas poetisas de moños batidos y de constantes cursilerías, donde lo que predominaba era la figuración momentánea, y quien pudiera publicar un libro en el extranjero, que alcanzara cierta resonancia, era considerado casi un traidor.


  Antes que anochezca, TusQuets editores, 1992.

 

lunes, 28 de mayo de 2012

Lydia Cabrera, antropoeta




 Guillermo Cabrera Infante


 Vamos a hablar de Lydia Cabrera. Pero antes una lección, no pedida, de antropología, la ciencia que está más cerca del arte poética de Lydia Cabrera, esa mujer que decía que éramos parientes; pero qué más quisiera yo.
 La antropología, que quiere decir en griego «estudio del hombre», es la puesta en práctica del edicto del poeta Pope para Un estudio del hombre: «El único propósito del estudio de la humanidad es el hombre». (Y en estos tiempos de la mujer también.) Pope propuso este axioma en el siglo XVIII y la antropología no se estableció como ciencia aparte hasta finales del siglo XIX. Los poetas, desde la antigua Grecia, han sido adelantados en el continente de la sabiduría. En realidad el creador de esa ciencia fue Cristóbal Colón, que era mitad científico y mitad aventurero disfrazado de navegante. Uno de los descubrimientos de Colón no fue sólo América, que todavía no se llamaba América, sino aquellos hombres diferentes en un mundo diferente que él llamó «indios». Rousseau, uno de los primeros en hablar de la humanidad como una invención europea, lo declaró en una frase que sería un arranque retórico: «El hombre ha nacido libre y en todas partes lo encontramos prisionero». Rousseau sólo habló del hombre blanco y se refería a Europa. Nunca habló de un continente, América, que nació como la tierra en que se esclavizó a los indios y se los liberó (teóricamente) trayendo esclavos de África, en una brutal ironía histórica, para sustituir al indio moribundo. Un nuevo Rousseau diría: «En América el hombre ha nacido esclavo y en todas partes se le hizo americano». El adagio se refiere por supuesto al negro.
 Un mediocre novelista cubano escribió una vez una novela de gran éxito titulada El negro que tenía el alma blanca. De Lydia Cabrera se puede decir que es la señora blanca con tatuajes negros por toda su escritura.
 Conocí a Lydia Cabrera cuando uno de los remanentes de la expedición del conde Bonzi vino a La Habana. El conde italiano había realizado con la ayuda de su equipo un documental de ficción llamado Continente perduto. Fue a uno de sus socios a quien se le ocurrió hacer un documental, inventado, sobre otras islas tan fascinantes para Europa como las llamadas «islas felices» del continente perdido y encontrado. Este italiano, culto y cortés, vino a verme a Carteles, donde yo era crítico de cine. Su intención era encontrar un guía nativo en Cuba, isla infeliz bajo Batista. Se me ocurrió que si alguien era capaz de mostrar al cineasta italiano una Cuba genuina tenía que ser Lydia Cabrera. Hasta entonces nunca había siquiera hablado por teléfono con quien en el futuro yo llamaría siempre Lydia.
 El conde Golfiero (ése era el nombre del noble documentalista) venía buscando «tierras de exótico encanto» como su connoble conde Bozi y lo que encontró fue La Habana, una de las ciudades, entonces, más sofisticadas del globo y en medio de ella Lydia Cabrera, que habló con el conde en su perfecto francés. Lydia vino a la cita del restaurant El Carmelo, que estaba en El Vedado, que era elegante y democrático a la vez. Como Lydia. El conde ítalo quedó encantado con Lydia, a la que calificó como dama encantadora. (Él dijo charm, yo digo encanto.) Lydia también me encantó en todos los sentidos del verbo encantar y el nombre encantamiento, que es la acción de encantar por arte de magia.
 Recuerdo verla vestida con tules, organzas y crinolinas, como una dama sureña de los días de antebellum, como se conoce a esa época del Sur americano. Vestida así la vi por Prólogo II última vez en el verdadero sur de Miami. Esta vez, doloroso encuentro, la vivaz, viva, irónica Lidia estaba reducida a una señora muy vieja y ciega y sorda que se quedaba dormida en cualquier hiato de la conversación y en medio de la conversación misma. Pero Lydia tenía entonces noventa de una vida vivida como un fulgor apasionado, y ella misma fue una mujer original, tan apasionante como la religión venida de África que encontró en Cuba su contrapartida española en un matrimonio morganático. El regalo de la mañana fue la santería –que ya no se escribe entre comillas.
 Lydia Cabrera nació en La Habana aunque parecía haber nacido en París, la ciudad que más le atraía. Pero Lydia era fielmente cubana. Tanto que se las arregló para nacer el 20 de mayo de 1900 y el 20 de mayo de 1902 se inauguró la república de Cuba. Cuando muchos celebraban el 20 de mayo (hay una frase celebratoria cubana que dice «tan alegre como un 20 de mayo»), otros, entre ellos yo, celebrábamos el natalicio de Lydia. Hay hasta una canción que parece cantar a Lydia Cabrera: «Lydia, toda tatuajes / te quiero, Lydia", en que los tatuajes en la piel blanca de Lydia, lívida, son los negros de Cuba, venidos de África como esclavo para ayudar a crear nuestra nacionalidad. Lydia Cabrera ha sido la más fiel anotadora de cuentos y cantos religiosos: ella fue la estenógrafa del Dios de los yorubas y los congos, de esa África occidental de donde vinieron a Cuba en tres siglos más de dos millones de esclavos. Cuando La Habana era un puerto negrero, centro de la trata, uno de los grandes tratantes de esclavos con su cuartel en África era un cubano llamado, cosa curiosa, Pedro Blanco. Otro escritor cubano, muerto como Lydia en el exilio, Lino Novas Calvo, escribió su biografía, titulada precisamente Pedro blanco, el negrero. Blanco, negro como la noche, vivió y murió haciendo esclavos. Pero, todo hay que decirlo, salvó con su actividad jorobada y nocturna a la cultura negra que Lydia haría suya. Su texto mayor, El monte, ha regresado al África y, de contrabando, a la Cuba que desterró a la autora.
 Como dato delictuoso hay que decir que después de la muerte de Lydia apareció en La Habana una edición pirata (piratería oficial, pero piratería) de El monte. Se imprimieron tres mil ejemplares, que fueron robados del almacén de la editorial y desaparecieron en la noche. Luego, en calles oscuras de La Habana, se vendía cada ejemplar del libro en cien dólares, no pesos, que los feligreses de la santería (ahora religión oculta de culto) pagaban religiosamente. Lydia Cabrera, que siempre fue una autora nada popular, convertida en autor que vende libros más allá de la muerte. Lydia, irónica, se habría reído desde el más allá. Que es donde sus lectores creen que está: en el paraíso negro de los creyentes blancos.
 Algunos hitos. Lydia vio bailar a Nijinsky en Nueva York en 1915, conoció a Stravinsky en París ya célebre y conoció a Darius Milhaud de regreso de Brasil con su Création du Monde; conoció a Cocteau, de quien prefería sus dibujos a su poesía; conoció a Picasso, de quien admiraba, sobre todo, Les demoiselles d´Avignon, sin saber tal vez que se enfrentaba por primera vez con lo que se llamó en Francia art negre, y estuvo en contacto con pintores, al principio, y luego con escritores y poetas. En todo caso París, como la llama eterna bajo el Arco de Triunfo, se le hizo la flamme du souvenir. En España conoció a Lorca y, tal vez más importante, a la escritora venezolana Teresa de la Parra, que fue «mujer de fabulosa belleza y trato exquisito». Lydia quedó prendada de la mujer y sus virtudes.
 Amiga también de Margarita Xirgu, la actriz española más famosa de su tiempo, fue Lydia quien le presentó a Lorca y al estrenar Xirgu su Mariana Pineda hizo posible el teatro de Lorca. Federico, con gracia, le dedicó su romance La casada infiel, el poema preferido de entre todos por Lydia. Para alarma de la familia Cabrera. Cuando leyeron la dedicatoria lorquiana («A Lydia Cabrera y su negrita») se escandalizaron desde La Habana. Padecían como todos los cubanos de su clase de ese tiempo el mal de la bobería.




 Lydia había salido de Cuba para estudiar pintura en París, con apenas el beneplácito de su padre, el eminente abonado Raimundo Cabrera, que al regreso de su exilio político en 1898 había organizado uno de los bufetes legales más prestigiosos de Cuba, y de paso había hecho fortuna. Acompañaba a Lydia en ese primer viaje otra cubana que, como Francis Picabia (alias Paco Picabía), supo renunciar a su nacionalidad para ventaja de todos.
 Esa otra cubana artística y aventurera se llamó, hasta hace poco, Anais Nin. Fue entonces cuando Lydia conoció a Teresa de la Parra, que parece, como la protagonista de La Bohème, más consumida por la pasión que por la fiebre. Lydia, Gerezada Cabrera, le contaba cuentos cubanos a la nada tímida Violeta. Luego Lydia, ya muerta Violeta de la Parra, se dejó convencer para publicar este libro, que apareció primero en francés con el título de Contes negres de Cuba y estaba dedicado, con prominencia, a la Parra ya muerta.
 Los cuentos que Lydia Cabrera contaba, relatos de fábula venidos de la tradición oral cubana, se los había hecho a ella en La Habana Vieja (donde vivió su niñez y adolescencia) su vieja tata -léase aya negra. Eran las aventuras anímicas de bestias y las fabulosas vidas de hombres y mujeres de África, relatados con desenfado folklórico. Fue en París que Francis de Miomandre, escritor y traductor (había traducido, no por casualidad, a Cervantes y a Quevedo), se quedó pasmado con la cantidad de magia y retórica ruda que había en los cuentos y los recomendó a su editorial, donde fueron publicados en traducción del propio Miomandre, que era entonces una potencia literaria en Francia . Con esta publicación había nacido una escritora extraordinaria, que a su regreso a Cuba se convirtió en una antropóloga sui generis, que mezclaba la ciencia con la literatura en dosis embriagadoras para un cubano. Lydia Cabrera había inaugurado así la antropoesía.
 ¿Qué hacía Lydia Cabrera navegando constantemente hacia Europa?
 Estudió tres años en la escuela de pintura l´Ecole du Louvre. Siguió cursos en l'École des Beaux Arts. Era oyente –o mejor dicho, vidente. Estudió, también, esculturas orientales. La India llamó, con su arte, su atención. Se interesó, profundamente, por la cultura japonesa. «Todo el Oriente –declaró- fue para mí una gran experiencia.» Pero siempre quiso vivir en Francia. Tenía doce años cuando, dice, estaba de moda «la danza de los apaches» -que, por supuesto, no tiene nada que ver con los indios apaches. «¿ Por qué no naciste en Francia ?», le preguntaba a su madre. «Aunque papá hubiese sido apache y tú tabernera de Montmartre.» Y terminaba exaltada: «Pues bien, ¡viví en Montmartre». De ese sueño repetido con París y sus apaches la sacó su relación con Teresa de la Parra y así nació Lydia Cabrera cuentista cubana, la que luego sería nuestro mayor experto en antropología africana en América.
De la Parra, aunque nacida en París, se consideraba (y la consideraban) venezolana. Fue la autora de un libro inmensamente popular en Venezuela, Diario de una señorita que se fastidiaba, y luego del Diario de una señorita que escribió porque se aburría y su secuela Memorias de mamá Blanca. Ambos fueron publicados en París primero, como el tomito de Lydia, en francés y luego traducidos al español. Teresa de la Parra fue para Lydia una suerte de dama de las orquídeas a quien, cuando su enfermedad se agravó, Lydia siguió a sanatorios suizos y españoles. Parra murió en Madrid. Se le atribuye haber introducido «en su tierra el refinado espíritu parisiense» -sea lo que sea. El efecto en Lydia fue contrario: yendo a buscar el esprit francés a París, encontró su pájaro azul literario: sus temas estaban en su tierra. Como aquel que dice en el traspatio.
 La primera edición en español de Cuentos negros de Cuba (es decir, la traducción del original francés) se hizo en La Habana en 1940 y se hizo escasa, rara para la Editorial La Verónica (uno de los nombres más aptos para una impresora: imprimir bajo el manto), fundada por la mítica María Luisa Gómez Mena, heredera de la fabulosa fortuna de la familia Gómez, dueña del célebre edificio habanero La Manzana de Gómez, y el poeta español exiliado Manuel Altolaguirre: el libro llevaba un prólogo de Fernando Ortiz, cuñado de Lydia y autor y antropólogo y creador del término afrocubano, que tanta tinta negra ha derramado por el mundo: después de inventar el peinado afro ahora los negros de los Estados Unidos se llaman a sí mismos afroamericanos. De Dixie a Ortiz dixit.
 La culpa de todo la tiene el padre Bartolomé de las Cacas, «esa curiosa variación del filántropo», según Jorge Luis Borges. Dice Borges: «De las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas». A esa conjunción de un converso convertido en cura y de un rey de España que no era español debemos, en Cuba, la gloriosa música cubana que durante dos siglos ha hecho bailar y cantar al mundo en versión original la habanera, y copiada, el son, y mal copiada, la salsa, han formado, conformado, el carácter cubano y originado manifestaciones del arte y la literatura. Entre ellas, señeras, están las investigaciones y, sobre todo, las creaciones de Lydia Cabrera. Una de ellas, como culminación que empieza, los cuentos de este libro que tienen ahora en la mano.
 En su presuntuosa presentación de la edición cubana de los Cuentos negros de Cuba Fernando Ortiz se permite decir: “Este libro es el primero de una mujer habanera, a quien hace años iniciamos en el gusto del folklore cubano”. Lydia le porque era su cuñado, pero nunca lo olvidó -si es que conocí bien a Lydia y su carácter fuerte y su fiera independencia. En su inteligente estudio Lydia Cabrera: vida hecha arte Lydia cuenta a su autora, Rosario Hiriart, cómo se originó primero su interés, luego su obsesión, con las avenidas abiertas por el negro desde África en Cuba, y como así nació, como ha dicho siempre, en París, esta colección llamada Cuentos negros de Cuba, hecha de los cuentos contados para aliviar el mal de una amiga íntima.
 «Raro fue -relata Lydia- el tiempo en que las niñeras negras no fungiesen de Patronio», y aquí la mención del Libro de los ejemplos del conde Lucanor parece una alusión, pero es una fe de deuda con el infante don Juan Manuel, aquel noble que dijo, contestando un reproche de bárbaros, de la nobleza: «Et pienso que es mejor pasar el tiempo en fazer libros que en jugar a los dados o fazer otras viles cosas». De cierta manera los Cuentos negros de Cuba descienden del Libro de los ejemplos y Lydia Cabrera lo afirma: «con los niños blancos que tenían a su cuidado, acompañando un consejo o un regaño o una prohibición con algún ejemplo tomado de la cantera africana... quedaba grabado en la imaginación infantil, a la que entonces encantaba Esopo». Ése es, ése será el libro a comparar con los Cuentos negros: Las fábulas de Esopo, del esclavo griego que dio lecciones de moral a sus amos. Pero, como en Esopo, las fábulas de Lydia no tienen una moraleja adjunta y la solución es más divertida que advertida. Lydia es a la vez Esopo y los consejos y las consejas de su tata negra, que vienen de tan lejos como las fábulas de Frigia.
 Los Cuentos negros de Cuba, que Alejo Carpentier llamó «un clásico cubano», están originados en las narraciones verbales que le hizo a Lydia niña su tata Tula, pero también están presentes los negros de nombres formidables como Omí Tomí y José de Calazán. Éste es un libro narrado con desenfado folklórico y en sus relatos los hombres (y por supuesto las mujeres) están gobernados por instintos primarios que siempre conducen a la sabiduría, mientras que aparecen animales en roles antropomórficos. Este reino animal tiene una reina, que, como Lydia, es una mujer de mucha sabiduría. Es la jicotea o hicotea, también mimada como la tortuguita domesticada. La extraordinaria riqueza de quelonios en las aguas de Cuba, desde la tortuga gigante de los mares hasta las minúsculas tortugas de río (todas llamadas con nombres indios: caguama, jicotea), las ha hecho figurar en el folklore y la literatura. Lydia las ha adoptado como personajes de fábula dotados de un arte proteico. También en su vida diaria: su casa de Miami estaba colmada de toda clase de tortugas: de esmalte, de escayola, de madera, de porcelana, de cristal y algunas hechas de cemento elemental. Las últimas tenían el misterioso atributo de pertenecer al ritual de la alta magia de la santería, hechas por un brujo o babalao, que tal vez no hubiera leído nunca los Cuentos negros de Cuba -pero sabría qué es El monte.
  Lydia publicó un libro en Miami (casi todos los libros de Lydia Cabrera, para nuestra vergüenza, fueron costeados por la propia Lydia o por su amiga Titina de Rojas) titulado Ayapá. Cuentos de jicotea. Ayapá es jicotea en la lengua de los yorubas, y en su dedicatoria Lydia demuestra, una vez más, que creía porque no creía en la santería. Me dedicó su libro así: «Las jicoteas van a Londres a saludar al bien plantado infante Cabrera, pero no quisiera aburrirlo demasiado con sus viejas historias que llevan el afecto de su amiga L.»- El libro está curiosamente dedicado a Amalia Bacardí, una vieja amiga descendiente de los Bacardí creadores de ron y de cultura en Cuba, sus orígenes catalanes perdidos en su cubanía. Una muestra más de que para los cubanos (de alcurnia, humildes, herederos y desheredados, católicos y agnósticos) todos los mitos son el mito.
 El monte es el mito del matorral y la manigua como escondite de inmortales y mortales y de aborígenes. Monte que los indios llamaban manigua y que el diccionario define como «terreno de maleza en la isla de Cuba», donde se refugiaban el taino tímido, el negro cimarrón y los astutos mambises de las guerras de independencia: todos alzados.
 Es también el último refugio de los muertos, de los espíritus y de la religión, la llamada santería, que no es más que un sincretismo casi perfecto de los santos de la Iglesia católica encarnados en los dioses del panteón yoruba. El monte es la unión y reunión de todos los santos y de todos los dioses en lo oculto del monte. El monte ha sido elogiado (alabado sea) por escritores cubanos y extranjeros (Juan Goytisolo es uno de ellos) como uno de los libros más americanos escritos en el continente que creó como contenido la esclavitud del negro de África. Preguntada Lydia Cabrera por qué escribió El monte, dio una definición del libro, de su arte y de su vida: «Por el deslumbramiento que me produjo real pero insospechable de creencias, de leyendas y de... poesía». Aquí está el credo de Lydia Cabrera antropóloga y poeta: de antropoeta. Ella regresó de Europa a cumplir su destino cubano.
 El 18 de noviembre de 1991 el diario londinense The Independent publicó una nota necrológica a la muerte de Lydia Cabrera. Agraciaba al texto (escrito por mí) una foto de Lydia tomada en 192.5 cargando a su perrita favorita. El pie de grabado decía: «La más grande escritora cubana de todos los tiempos, inventora de la antropoesía». Decía así el obituario:
 «[Lydia Cabrera] inventó por sí sola lo que yo he llamado antropoesía, mezcla de antropología y poesía, con que ella recobró las leyendas hechas religión, traídas con la esclavitud a Cuba. Cuñada del etnólogo y erudito Fernando Ortiz, Lydia venía de una familia patricia y fue a París a estudiar arte a la usanza.
“Allá oyó hablar por primera vez del arte negro. Así cambió su vida. Lydia regresó a La Habana para encontrarse con que su vieja tata todavía recordaba no sólo los cuentos sino las leyendas y la vida y milagros de los dioses Negros venidos de África a Cuba.
 “La tata la transportó a África y ya Lydia no volvió a mirar atrás. Publicó luego numerosos libros sobre los dioses bantús y yorubas que coexistían en Cuba con la religión católica y los santos venidos de España. Así Changó se sincretizó con santa Bárbara: ambos llevaban espada, ella era depósito de explosivos, él era el dios de la guerra, uno se acuerda de ella cuando truena, el otro era dueño del rayo. Además, consideren el aspecto literario. Changó, como Aquiles, para burlar a sus enemigos se disfrazó de mujer, pero lo delato, como a Aquiles, su espada: su virilidad bajo la falda. Así nació la santería, la más poderosa unión sincrética de las mitologías africanas con el catolicismo, que no se extinguió con la persecución atea del castrismo sino que se fue de viaje al exilio, y se regó por la cuenca del Caribe y al norte de Manhattan y Nueva Jersey y llegó hasta la tierra del sueño de Hollywood.»
 Al principio su familia y sus amigos se alarmaron ante el interés de Lydia. Era demasiado amistosa con los santeros (negros brujos) y lo que creían que era todavía peor, con los abakuás, la sociedad secreta negra conocida -y temida- como ñáñigos, prohibida a las mujeres y a los homosexuales, pero Lydia fue recibida por los sectarios como uno de ellos. (Quizás haya ayudado que ella era de la alta sociedad habanera.) Pero si creían que ella sólo quería husmear, se equivocaban. O quizás todo se debió a su charm, ese encanto con que se ganó a los gitanos de Lorca en España. En Cuba Lydia llevó a Lorca a un ekbó, ceremonia de santería, el poeta delicado se desmayó (o fingió desmayarse: nunca se sabía con Lorca) en brazos de Lydia, que era una mujer frágil  pero fuerte.
 Pero enorme charm era todavía visible con más de noventa años. Encanto quiso decir un día ensalmo, y tal vez Lydia ensalmó a los brujos de la tribu para dominar la magia en la que nunca creyó. Fue por ese charm (que encantó al conde italiano) que le permitieron entrar al cuarto fambá (fue la primera mujer que lo consiguió) que era el sancta sanctorum de los ñáñigos). Ella era en su trato con hombres y mujeres de un raro fascinante.
 Pero también una investigadora seria de las culturas africanas que sobrevivieron en Cuba al gran naufragio racial que fue la esclavitud. El folklore negro sobrevivió a todos los desastres y resurgió más potente que en el África negra dejada detrás pero convertida en una nostalgia de tambores.
 Lydia me recordó siempre a Karen Blixen, una mujer aparentemente frágil que era en realidad cujeada, dura y que amaba al africano más que a nada en el mundo. Pero Blixen se quedó fuera del África, como dice su obra maestra, mientras que Lydia, constante, constantemente, fue al África. Lydia Cabrera escribió su vida como un epitafio: “de no haber habido negros allá nunca habría vuelto a Cuba”.  


 Prólogo, Cuentos negros de Cuba, Círculo de Lectores S. A, 1996.  


¿Y Lydia?




 Eugenio Florit


 Cuando llegué a La Habana, ¡válgame Dios! en 1918, entré, como era natural, a formar parte de la familia de mi madre, uno de cuyos hermanos estaba casado con la hija de la gran mujer puertorriqueña y antillana, Lola Tió. Tía Lola, como la llamábamos, me tomó gran cariño, y en su salita-despacho de la calle de Aguiar, pasé largos ratos escuchándola contarme sus destierros y viajes y sus actividades independentistas. Allí conocí, por lo menos en libros y retratos, a los más destacados hombres de letras de Puerto Rico y de Cuba. Y allí, sobre su mesa de trabajo, vi por primera vez tres libros que me llamaron la atención: Cuba y sus jueces, Mis buenos tiempos y Mis malos tiempos, de aquel notable escritor y gran caballero que se llamó Raimundo Cabrera. La familia Cabrera fue muy amiga de mis tíos, y en su casa conocí a las hermanas de Lydia, sobre todo a Graciela, casada con el doctor Ortiz Cano. También traté a los hijos de este matrimonio, Elisita y Carlos, que más tarde fue compañero mío en la Secretaría de Estado, y luego en el Consulado General de Cuba en Nueva York.
 ¿Y Lydia? ¿Dónde estaba Lydia? Pues en París, desde 1922 a 1939, pasando sólo breves temporadas en La Habana, que le sirvieron para redondear sus recuerdos de la infancia, cuando escuchaba con la boca abierta, los relatos, cuentos y leyendas que le contaban sus tatas y la negra costurera Adela. Lydia, en París, tenía puesta su atención en el Oriente; pero yo imagino que un buen día se dijo que hay en estos tiempos un gran interés en las culturas negras. En las Antillas, Puerto Rico y Cuba, se escribían hermosos poemas sobre temas negros —“La danza negra” de Palés Matos; los cubanos Tallet, Guirao, Ballagas y otros más, que aunque por fuera, como blancos que eran, dejaron perdurables ejemplos de lo que podía hacerse con temas y personajes negros o mulatos. Y, desde luego, Nicolás Guillen, que por negro sacó de su dentro toda el alma de su raza. Yo siempre recordaré su “Sensemayá”, su “Balada del güije” dichos con la voz y el gesto de la inimitable Eusebia Cosme, fallecida hace pocos meses en esta ciudad de Miami.
 Pues bien, repito que yo imagino que Lydia Cabrera se dijo: ¿Por qué yo, que tanto sé de estas cosas, y además por ser cuñada de Fernando Ortiz, no he de poder escribir esos recuerdos y enseñanzas? Y manos a la obra. Así salieron sus primeros Cuentos negros de Cuba, publicados en 1936 en francés, en la traducción de Francis de Miomandre, y luego, en 1940, en castellano con un prólogo de don Fernando Ortiz. Pienso también que la ausencia de Cuba durante esos años le sirvió de tamiz para recibir la onda de aquellos recuerdos, que escribió juntando la buena literatura con la esencia más alquitarada de lo negro.
 Ya, pues, estaba Lydia en su seguro camino, animada, además, por el éxito de su primer libro. Lo demás tenía que llegar, y fue llegando en obras como ¿Por qué?, de 1948; El monte (ígbo finda) de 1954, maravillosa colección de relatos y anécdotas en los que se reúnen naturaleza, religión, fetichismo, plantas y animales, que los negros consideran como su Biblia, así como hace siglos se formó el Popol-Vuh, la Biblia del pueblo maya-quiché. Libro éste de varios cientos de páginas, que él sólo serviría para dar gloria a su autora. Desde la cumbre de este monte, al que hay que entrar apartando lianas y bejucos que nos cierran el misterio que hay en él, va ofreciéndonos Lydia sus Refranes de negros viejos (1955), Anagó, vocabulario lucumí (1957), La sociedad secreta Abakuá (1959) el extraordinario libro sobre las piedras preciosas y sus poderes mágicos (Otan Iyabiyá), de 1970; y al año siguiente Ayapá (Cuentos de Jicotea), recientemente traducido al sueco.
 Hay otros libros más en este tono serio de investigación enamorada. Pero a mí se me ocurre pensar, como pensé al comienzo de la carrera, mejor dicho, el camino sin prisa pero sin tregua de nuestra homenajeada, que otro día se dijo esta extraordinaria mujer que sí, que todo estaba bien; que ya tenía en su haber una larga lista de libros serios, pero que si en ellos había sonrisa, faltaba acaso la risa, y para que el lector supiera que Lydia Cabrera sabía reír, y hacer reír, nos entregó este mismo año, su Francisco y Francisca en donde está la gracia, muchas veces con sinvergüenzura, con picante y desplante de solar. Y aquí también está el estilo, la persona, la gran escritora que es Lydia Cabrera a quien ofrecemos ahora este tan merecido homenaje.

 Eugenio Florit: "Merecido homenaje", Noticias de Arte, Gaceta de las artes visuales, escénicas, musicales y literarias, número especial, mayo de 1982, Nueva York.

domingo, 27 de mayo de 2012

El nombre de Lydia Cabrera






 José Lezama Lima 




 El nombre de Lydia Cabrera está unido para mí a ciertas mágicas asociaciones del Iluminismo. A las comisiones de botánicos franceses clasificando en los jardines bogotanos. A los doce de la piedra cúbica, en los sellos del Cagliostro. A los egiptólogos del período napoleónico, estableciendo las variantes de la clave veintiuna del Tarot. Al Barón de Humboldt, saboreando como filólogo y naturalista, la “Diomedea glabrata”, “flor de aquellas islas de corales, que sirven para fijar las arenas movibles enredándolas en sus raíces”. En aquella región donde el ceremonial se entrecruza con el misterio, desde el punto de vista de la morfología de las culturas, tiene la misma importancia, la recepción de Horace Walpole en casa de Madame Du Deffand, que la hecha en la Villa San José para recibir a Don José de Calazán Herrera, el Moro, gran babalawo abacuá.
 El refranero allegado por Lydia Cabrera tiene la imprescindible nobleza de aclarar el cuestionario que debe situarse en la introducción a nuestra cultura. La sabiduría de los dioses debe espejear en la de los efímeros. Modelos en perspectivas imposibles son por lo mismo apetecidos desde la infinitud, desde la no comprobable querencia. “Cuando Dios quiere mata al brujo”. La raíz de ese espejeo es una esperadora ternura. Para salirle al paso a la angustia existencialista, hay una misión, una marcha que se obliga a extender como alfombra su propio método viandante, desde la gracia hasta la paz. Aquí la sabiduría criolla coincide con la parábola oriental de la muerte dormida a la orilla del mar, y el califa, que por huir de la muerte llega a los confines playeros, donde aquella adormecida lo mantea y lo acoge. “Pájaro que huyó morir por la mañana, por la tarde cayó”. No huir para no caer, deriva de ahí un espléndido sentido criollo. Penetrar lo resistente, prueba de lo mayor, es la alejadora señal sudorosa, pues la muerte teme ahogarse en el agua trabajada que el hombre proyecta sobre la maldición.
 El primer teocentrismo del refranero nos lleva al sentido mágico del cuerpo, al animismo que exhala una sola sustancia evaporada. Lleva el hombre al nivel de la hoja el sueño. En el jeroglífico botánico la palma es el supremo dictado en la perspectiva. Crecida para dar el agudo del valle, tiene que ser oída por encima de los guerreros, pero la ceiba es la cintura horizontal, nuestro más profundo sentido de la anchura. “El que sacude una ceiba, sólo sacude su cuerpo”. Cuerpo básico de hecatonquero, en los días de excepción, se le supone un horno de transmutaciones incorporativas que requiere el delirio de la divinidad posesionada, el crecimiento lento de los cantos y el colorín rápido del gallo. Entre el paralelismo de la sabiduría de los dioses y el refrán, del cuerpo como red de los prodigios, el hálito se lleva la palabra con el acentón, con el porque sí de la sentencia, ganada por el grave de la voz. “El pobre llora solo”, es como cuando el súbito de una oquedad se cruza con un manteo vegetativo, donde rebota la palabra asegurando su validez. Es el acentón. La gravedad de un refrán se iguala aquí con el de una sentencia de Pascal. “Todo el mundo muere solo”. Grave de la soledad que cubre a la pobreza o la muerte, ganada la sentencia por la lanza del acentón.
 Habita el refrán un descubrir lentamente, sin secuestrar el asombro. Nuestra curiosidad invade con lentitud la frase sentenciosa, se extiende con reojo y timidez, al término de esa dimensión le vuelve la regalía del asombro. “Tanto como sabe la codorniz y duerme en el suelo”. Pero no el asombro vuelto sobre su identidad, sino el asombro de raíz, teocrático, que ve en todo nacimiento un milagro como de respirada sorpresa. En el mundo contemporáneo, el asombro se logra por el rápido a fondo de la intensidad, pero el que necesita la sentencia refranera es aún más mágico, pues deriva de aquel lento descubrir, como el diario asombro del despertar. “Buey que no tiene rabo, Dios espanta su mosca”. Acerca con los ángeles y con Dios, pues asegura la certeza y cariñosa vigilancia de nuestros días. Un distingo muy rápido con el aforismo de William Blake, “Dios nutre al león”. En el de nuestro refranero queda más alzada la querencia criolla, pues se cuida con exquisitez la escasa altanería del buey. Blake disminuye su efectividad, en su aforismo, por darle paso a un linaje de excepción, hecho de antemano por la principalía.
 Después iremos otra vez a buscar excepción en los aforismos de W. Blake. Pero ahora tenemos que llevar la delicia de nuestro refranero a los monasterios de las más viejas sabidurías. Inclusive a “Las leyes del Manú”. ¿Por dónde llegaba esa sabiduría, que parecía aunar lo eritrero y la tradición taoísta? “Todo el cuerpo duerme, menos la nariz”. Qué delicia encontrar en ese refrán de nuestra cultura, idénticas comprobaciones y prudencias que en textos milenarios, que nos revelaban que en el sueño el Am, el aliento vital, del sánscrito, se refugia en la nariz. Es buena marca del linaje refranero, encontrar semillas en los comienzos, que es como si llevase entrañado su secularidad y ecumenismo.
 El refrán de todos y el aforismo firmado conllevaban una hechura de gracia. Adquieren entonces como un relieve plástico, y son los ojos, sopesando como ejercicios manuales, los que comprueban el fruncimiento de la gracia en la sentencia. Una alegría inunda a la ligera sorpresa, sin llegar nunca a las inopinadas agresiones del susto, pues estaba como en duermevela para cumplimentar su aparición, y bastó un soplo pequeñísimo… “La gallina bebe agua y le da gracias a Dios”. Si glosamos nos sorprende el acierto, pues todo venía como a su costumbre. No nos sorprende que la gallina se remoje, y entregue con elegancia su acción de gracias. Pero nos da una alegría como si la hubiéramos visto y una visión risueña empapa la gloria de la sentencia. Igual en William Blake, “el pavorreal es la gloria de Dios”. Sabemos que ese esplendor va mucho más lejos que la gloria del ave de Juno, pero ese orgullo ingenuo parece divertir las contemplaciones de Júpiter. 
 El refrán gusta de sumergirse en el légamo estable de una época. Así estos refranes son una constancia de sabiduría en la temporalidad, tirando de la línea que separa las edades y las estaciones. Un proverbio de La Rochefoucauld es como un sello que aclara al gran siglo. El refrán, por el contrario, parece unir las bocas de los que lo entonan. “El que ve su defecto lo sabe disimular”. ¿Es esa sentencia de un moralista del período de Luis XIV, de un mandarín letrado de la era de las recopilaciones, o un circunspecto recado de Goethe? Es tan sólo una prudencia crítica de nuestro refranero negro. Incorporado a la cultura americana por la mágica y ceremoniosa curiosidad de Lydia Cabrera. Apegada a la tradición de los etnógrafos que afirmen en las tribus americanas la obtención del fuego no por dureza de pedernal, sino por la colaboración acompasada de la cola del zorro, las luciérnagas y la astilla del cedro.

                      
                         Marzo 10, 1956


Fotografía: Sumner W. Matteson, Cuba, 1904.