La sabiduría de Lydia me hacía sentirme otra vez junto a
Lezama. Se había dado a la tarea de reconstruir la Isla, palabra por palabra, y
allí estaba en un pequeño apartamento de Miami, escribiendo sin cesar,
padeciendo toda una serie de calamidades económicas, con una enorme cantidad de
libros sin publicar y habiendo tenido que costearse ella misma todos los que
había logrado publicar en Miami.
Otros
escritores vivían en situaciones aún más penosas; ése era el caso de Labrador
Ruiz, uno de los grandes de la novela contemporánea; vivía y vive todavía de
los servicios sociales. Tenía escritas sus memorias y no había encontrado nunca
un editor. Era paradójico cómo aquellos grandes escritores que habían salido de
Cuba buscando libertad, ahora se encontraban con la imposibilidad de publicar
sus obras aquí. En ese caso estaba también Carlos Montenegro, un novelista y cuentista
de primera magnitud, viviendo también de los servicios públicos en un pequeño
cuarto de un barrio pobre de Miami; ése era el precio que había que pagar por
mantener la dignidad.
En
realidad, al exilio cubano no le interesaba mucho la literatura; el escritor es
mirado como algo extraño, como alguien anormal. Al llegar a Miami me reuní con
personas acaudaladas, dueños de bancos y comercios, y les propuse crear una
editorial para publicar a los mejores escritores de la literatura cubana, que
estaban ya casi todos en el exilio. La respuesta de todos aquellos señores,
todos ellos multimillonarios, fue tajante; la literatura no da dinero, a casi
nadie le interesa comprar un libro de Labrador Ruiz; Lydia Cabrera puede
venderse en Miami, pero tampoco tanto; en fin, no resultaría.
«Nos
interesaría tal vez publicar un libro tuyo, porque tú acabas de salir de Cuba y
eres noticia», me dijeron. «Pero a esos autores nadie los va ya a comprar.»
Montenegro murió al año siguiente en un
hospital público, absolutamente olvidado. Labrador agoniza en un pequeño cuardo
de Miami. En cuanto a Lydia, completamente ciega, sigue escribiendoy publicando, pagándose ella misma sus libros
en unas ediciones modestísimas que casi no circulan más allá del ámbito de
Miami.
Una vez, fui a una presentación de un libro de Lydia Cabrera; había una anciana sentada
debajode una mata de mango, ante una
mesita, firmando sus libros; era Lydia Cabrera. Había dejado su enorme quinta en
La Habana, su enorme biblioteca, todo su pasado, y ahora vivía en Miami en un
modesto y firmaba a la intemperie, debajo de una mata de mango, sus propios
libros que ella misma se publicaba. Al verla allí -ciega— comprendí que
representaba una grandeza y un espíritu de rebeldía que tal vez ya no existía en casi ningún otro
escritor, ni en Cuba ni en el exilio. Una de las mujeres más grandes de nuestra
historia, completamente confinada y olvidada; o rodeada por gente que no había
leído ninguno de sus libros y que lo que buscaba era una figuración
periodística momentánea bajo el fulgor de aquella anciana. Era una especie de
paradoja y, a vez, ejemplo de las circunstancias trágicas que han padecido todos los
escritores cubanos, a través de todos los tiempos; en la Isla éramos condenados al
silencio, al ostracismo, a la censura yla
prisión; en el exilio, al desprecio y al olvido por parte de los mismos
exiliados. Hay como una especie de sentido de destrucción y de envidia en el
cubano; en general, la inmensa mayoría no tolera la grandeza, no soporta que
alguien destaque y quiere llevar a todos a la misma tabla rasa de la
mediocridad general; eso es imperdonable. Lo más lamentable de Miami es que
allí prácticamente todo el mundo quiere ser poeta o escritor, pero sobre todo poeta; yo
quedé sorprendido cuando vi una bibliografía de los poetas de Miami, escrita también
por otra poeta miamense que, desde luego, no se hacía llamar poeta sino poetisa;
había más de tres mil poetas en aquella bibliografía. Ellos mismos se publicaban sus libros y
se autonombraban poetas y daban
enormes tertulias a las que uno tenía que ir porque si no quedaba como un apestado. Lydia le llamaba a aquellas poetisas «poetiesas», y tampoco llamaba Miami por su nombre sino «El Mierdal». Lydia me decía siempre que yo tenía que irme inmediatamente
de Miami a Nueva York, a París, a España, pero me
decía que allí no me quedara; ella nunca ha tenido cabida dentro
de aquel contexto chato, envidioso y mercantil, pero con ochenta
años, no tenía otro sitio donde meterse. Lydia Cabrera pertenecía
a una tradición más refinada, más profunda, más culta; y
estaba muy lejos de aquellas poetisas de moños batidos y de constantes
cursilerías, donde lo que predominaba era la figuración momentánea,
y quien pudiera publicar un libro en el extranjero, que
alcanzara cierta resonancia, era considerado casi un traidor.
Vamos a hablar de Lydia Cabrera. Pero antes
una lección, no pedida, de antropología, la ciencia que está más cerca del arte
poética de Lydia Cabrera, esa mujer que decía que éramos parientes; pero qué
más quisiera yo.
La antropología, que quiere decir en
griego «estudio del hombre», es la puesta en práctica del edicto del poeta Pope
para Un estudio del hombre: «El único propósito del estudio de la
humanidad es el hombre». (Y en estos tiempos de la mujer también.) Pope propuso
este axioma en el siglo XVIII y la antropología no se estableció como ciencia aparte
hasta finales del siglo XIX. Los poetas, desde la antigua Grecia, han sido
adelantados en el continente de la sabiduría. En realidad el creador de esa
ciencia fue Cristóbal Colón, que era mitad científico y mitad aventurero
disfrazado de navegante. Uno de los descubrimientos de Colón no fue sólo
América, que todavía no se llamaba América, sino aquellos hombres diferentes en
un mundo diferente que él llamó «indios». Rousseau, uno de los primeros en hablar
de la humanidad como una invención europea, lo declaró en una frase que sería
un arranque retórico: «El hombre ha nacido libre y en todas partes lo
encontramos prisionero». Rousseau sólo habló del hombre blanco y se refería a
Europa. Nunca habló de un continente, América, que nació como la tierra en que
se esclavizó a los indios y se los liberó (teóricamente) trayendo esclavos de
África, en una brutal ironía histórica, para sustituir al indio moribundo. Un
nuevo Rousseau diría: «En América el hombre ha nacido esclavo y en todas partes
se le hizo americano». El adagio se refiere por supuesto al negro.
Un mediocre novelista cubano escribió una vez
una novela de gran éxito titulada El negro que tenía el alma blanca. De
Lydia Cabrera se puede decir que es la señora blanca con tatuajes negros por
toda su escritura.
Conocí a Lydia Cabrera cuando uno de los
remanentes de la expedición del conde Bonzi vino a La Habana. El conde italiano
había realizado con la ayuda de su equipo un documental de ficción llamado Continente
perduto. Fue a uno de sus socios a quien se le ocurrió hacer un documental,
inventado, sobre otras islas tan fascinantes para Europa como las llamadas
«islas felices» del continente perdido y encontrado. Este italiano, culto y
cortés, vino a verme a Carteles, donde yo era crítico de cine. Su
intención era encontrar un guía nativo en Cuba, isla infeliz bajo Batista. Se me
ocurrió que si alguien era capaz de mostrar al cineasta italiano una Cuba
genuina tenía que ser Lydia Cabrera. Hasta entonces nunca había siquiera
hablado por teléfono con quien en el futuro yo llamaría siempre Lydia.
El conde Golfiero (ése era el nombre del noble
documentalista) venía buscando «tierras de exótico encanto» como su connoble conde
Bozi y lo que encontró fue La Habana, una de las ciudades, entonces, más
sofisticadas del globo y en medio de ella Lydia Cabrera, que habló con el conde
en su perfecto francés. Lydia vino a la cita del restaurant El Carmelo, que
estaba en El Vedado, que era elegante y democrático a la vez. Como Lydia. El
conde ítalo quedó encantado con Lydia, a la que calificó como dama encantadora.
(Él dijo charm, yo digo encanto.) Lydia también me encantó en todos los
sentidos del verbo encantar y el nombre encantamiento, que es la acción
de encantar por arte de magia.
Recuerdo verla vestida con tules, organzas y
crinolinas, como una dama sureña de los días de antebellum, como se conoce
a esa época del Sur americano. Vestida así la vi por Prólogo II última
vez en el verdadero sur de Miami. Esta vez, doloroso encuentro, la vivaz, viva,
irónica Lidia estaba reducida a una señora muy vieja y ciega y sorda que se
quedaba dormida en cualquier hiato de la conversación y en medio de la
conversación misma. Pero Lydia tenía entonces noventa de una vida vivida como
un fulgor apasionado, y ella misma fue una mujer original, tan apasionante como
la religión venida de África que encontró en Cuba su contrapartida española en
un matrimonio morganático. El regalo de la mañana fue la santería –que ya no se
escribe entre comillas.
Lydia Cabrera nació en La Habana aunque
parecía haber nacido en París, la ciudad que más le atraía. Pero Lydia era fielmente
cubana. Tanto que se las arregló para nacer el 20 de mayo de 1900 y el 20 de
mayo de 1902 se inauguró la república de Cuba. Cuando muchos celebraban el 20
de mayo (hay una frase celebratoria cubana que dice «tan alegre como un 20 de
mayo»), otros, entre ellos yo, celebrábamos el natalicio de Lydia. Hay hasta
una canción que parece cantar a Lydia Cabrera: «Lydia, toda tatuajes / te
quiero, Lydia", en que los tatuajes en la piel blanca de Lydia, lívida, son
los negros de Cuba, venidos de África como esclavo para ayudar a crear nuestra
nacionalidad. Lydia Cabrera ha sido la más fiel anotadora de cuentos y cantos
religiosos: ella fue la estenógrafa del Dios de los yorubas y los congos, de
esa África occidental de donde vinieron a Cuba en tres siglos más de dos
millones de esclavos. Cuando La Habana era un puerto negrero, centro de la
trata, uno de los grandes tratantes de esclavos con su cuartel en África era un
cubano llamado, cosa curiosa, Pedro Blanco. Otro escritor cubano, muerto como
Lydia en el exilio, Lino Novas Calvo, escribió su biografía, titulada precisamente
Pedro blanco, el negrero. Blanco, negro como la noche, vivió y murió
haciendo esclavos. Pero, todo hay que decirlo, salvó con su actividad jorobada
y nocturna a la cultura negra que Lydia haría suya. Su texto mayor, El
monte, ha regresado al África y, de contrabando, a la Cuba que desterró a
la autora.
Como dato delictuoso hay que decir que después
de la muerte de Lydia apareció en La Habana una edición pirata (piratería
oficial, pero piratería) de El monte. Se imprimieron tres mil
ejemplares, que fueron robados del almacén de la editorial y desaparecieron en
la noche. Luego, en calles oscuras de La Habana, se vendía cada ejemplar del
libro en cien dólares, no pesos, que los feligreses de la santería (ahora
religión oculta de culto) pagaban religiosamente. Lydia Cabrera, que siempre
fue una autora nada popular, convertida en autor que vende libros más allá de
la muerte. Lydia, irónica, se habría reído desde el más allá. Que es donde sus
lectores creen que está: en el paraíso negro de los creyentes blancos.
Algunos hitos. Lydia vio bailar a Nijinsky en
Nueva York en 1915, conoció a Stravinsky en París ya célebre y conoció a Darius
Milhaud de regreso de Brasil con su Créationdu Monde; conoció a
Cocteau, de quien prefería sus dibujos a su poesía; conoció a Picasso, de quien
admiraba, sobre todo, Les demoiselles d´Avignon, sin saber tal vez que se
enfrentaba por primera vez con lo que se llamó en Francia art negre, y estuvo
en contacto con pintores, al principio, y luego con escritores y poetas. En
todo caso París, como la llama eterna bajo el Arco de Triunfo, se le hizo la flamme
du souvenir. En España conoció a Lorca y, tal vez más importante, a la
escritora venezolana Teresa de la Parra, que fue «mujer de fabulosa belleza y
trato exquisito». Lydia quedó prendada de la mujer y sus virtudes.
Amiga también de Margarita Xirgu, la actriz
española más famosa de su tiempo, fue Lydia quien le presentó a Lorca y al
estrenar Xirgu su Mariana Pineda hizo posible el teatro de Lorca.
Federico, con gracia, le dedicó su romance La casada infiel, el poema
preferido de entre todos por Lydia. Para alarma de la familia Cabrera. Cuando
leyeron la dedicatoria lorquiana («A Lydia Cabrera y su negrita») se escandalizaron
desde La Habana. Padecían como todos los cubanos de su clase de ese tiempo el
mal de la bobería.
Lydia había salido de Cuba para estudiar
pintura en París, con apenas el beneplácito de su padre, el eminente abonado Raimundo
Cabrera, que al regreso de su exilio político en 1898 había organizado uno de
los bufetes legales más prestigiosos de Cuba, y de paso había hecho fortuna.
Acompañaba a Lydia en ese primer viaje otra cubana que, como Francis Picabia
(alias Paco Picabía), supo renunciar a su nacionalidad para ventaja de todos.
Esa otra cubana artística y aventurera se
llamó, hasta hace poco, Anais Nin. Fue entonces cuando Lydia conoció a Teresa de
la Parra, que parece, como la protagonista de La Bohème, más consumida
por la pasión que por la fiebre. Lydia, Gerezada Cabrera, le contaba cuentos
cubanos a la nada tímida Violeta. Luego Lydia, ya muerta Violeta de la Parra,
se dejó convencer para publicar este libro, que apareció primero en francés con
el título de Contes negres de Cuba y estaba dedicado, con prominencia, a
la Parra ya muerta.
Los cuentos que Lydia Cabrera contaba, relatos
de fábula venidos de la tradición oral cubana, se los había hecho a ella en La
Habana Vieja (donde vivió su niñez y adolescencia) su vieja tata -léase aya
negra. Eran las aventuras anímicas de bestias y las fabulosas vidas de hombres
y mujeres de África, relatados con desenfado folklórico. Fue en París que
Francis de Miomandre, escritor y traductor (había traducido, no por casualidad,
a Cervantes y a Quevedo), se quedó pasmado con la cantidad de magia y retórica
ruda que había en los cuentos y los recomendó a su editorial, donde fueron
publicados en traducción del propio Miomandre, que era entonces una potencia
literaria en Francia . Con esta publicación había nacido una escritora extraordinaria,
que a su regreso a Cuba se convirtió en una antropóloga sui generis, que
mezclaba la ciencia con la literatura en dosis embriagadoras para un cubano.
Lydia Cabrera había inaugurado así la antropoesía.
¿Qué hacía Lydia Cabrera navegando
constantemente hacia Europa?
Estudió tres años en la escuela de pintura l´Ecole
du Louvre. Siguió cursos en l'École des Beaux Arts. Era oyente –o mejor dicho,
vidente. Estudió, también, esculturas orientales. La India llamó, con su arte,
su atención. Se interesó, profundamente, por la cultura japonesa. «Todo el
Oriente –declaró- fue para mí una gran experiencia.» Pero siempre quiso vivir en
Francia. Tenía doce años cuando, dice, estaba de moda «la danza de los apaches»
-que, por supuesto, no tiene nada que ver con los indios apaches. «¿ Por qué no
naciste en Francia ?», le preguntaba a su madre. «Aunque papá hubiese sido
apache y tú tabernera de Montmartre.» Y terminaba exaltada: «Pues bien, ¡viví
en Montmartre». De ese sueño repetido con París y sus apaches la sacó su
relación con Teresa de la Parra y así nació Lydia Cabrera cuentista cubana, la
que luego sería nuestro mayor experto en antropología africana en América.
De la Parra, aunque nacida en
París, se consideraba (y la consideraban) venezolana. Fue la autora de un libro
inmensamente popular en Venezuela, Diario de una señorita quese
fastidiaba, y luego del Diario de una señorita que escribióporque
se aburría y su secuela Memorias de mamáBlanca. Ambos fueron
publicados en París primero, como el tomito de Lydia, en francés y luego
traducidos al español. Teresa de la Parra fue para Lydia una suerte de dama de
las orquídeas a quien, cuando su enfermedad se agravó, Lydia siguió a
sanatorios suizos y españoles. Parra murió en Madrid. Se le atribuye haber
introducido «en su tierra el refinado espíritu parisiense» -sea lo que sea. El
efecto en Lydia fue contrario: yendo a buscar el esprit francés a París,
encontró su pájaro azul literario: sus temas estaban en su tierra. Como aquel
que dice en el traspatio.
La primera edición en español de Cuentos
negros de Cuba (es decir, la traducción del original francés) se hizo en La
Habana en 1940 y se hizo escasa, rara para la Editorial La Verónica (uno de los
nombres más aptos para una impresora: imprimir bajo el manto), fundada por la
mítica María Luisa Gómez Mena, heredera de la fabulosa fortuna de la familia Gómez,
dueña del célebre edificio habanero La Manzana de Gómez, y el poeta español
exiliado Manuel Altolaguirre: el libro llevaba un prólogo de Fernando Ortiz,
cuñado de Lydia y autor y antropólogo y creador del término afrocubano, que
tanta tinta negra ha derramado por el mundo: después de inventar el peinado
afro ahora los negros de los Estados Unidos se llaman a sí mismos
afroamericanos. De Dixie a Ortiz dixit.
La culpa de todo la tiene el padre Bartolomé
de las Cacas, «esa curiosa variación del filántropo», según Jorge Luis Borges.
Dice Borges: «De las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban
en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas y propuso al
emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los
laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas». A esa conjunción de un
converso convertido en cura y de un rey de España que no era español debemos,
en Cuba, la gloriosa música cubana que durante dos siglos ha hecho bailar y
cantar al mundo en versión original la habanera, y copiada, el son, y mal
copiada, la salsa, han formado, conformado, el carácter cubano y originado
manifestaciones del arte y la literatura. Entre ellas, señeras, están las
investigaciones y, sobre todo, las creaciones de Lydia Cabrera. Una de ellas,
como culminación que empieza, los cuentos de este libro que tienen ahora en la
mano.
En su presuntuosa presentación de la edición cubana
de los Cuentos negros de Cuba Fernando Ortiz se permite decir: “Este
libro es el primero de una mujer habanera, a quien hace años iniciamos en el
gusto del folklore cubano”. Lydia le porque era su cuñado, pero nunca lo olvidó
-si es que conocí bien a Lydia y su carácter fuerte y su fiera independencia. En
su inteligente estudio Lydia Cabrera: vida hechaarte Lydia
cuenta a su autora, Rosario Hiriart, cómo se originó primero su interés, luego
su obsesión, con las avenidas abiertas por el negro desde África en Cuba, y
como así nació, como ha dicho siempre, en París, esta colección llamada Cuentos
negros de Cuba, hecha de los cuentos contados para aliviar el mal de una
amiga íntima.
«Raro fue -relata Lydia- el tiempo en que las
niñeras negras no fungiesen de Patronio», y aquí la mención del Librode
los ejemplos del conde Lucanor parece una alusión, pero es una fe de deuda
con el infante don Juan Manuel, aquel noble que dijo, contestando un reproche
de bárbaros, de la nobleza: «Et pienso que es mejor pasar el tiempo en fazer
libros que en jugar a los dados o fazer otras viles cosas». De cierta manera
los Cuentos negros de Cuba descienden del Libro de los ejemplos y
Lydia Cabrera lo afirma: «con los niños blancos que tenían a su cuidado,
acompañando un consejo o un regaño o una prohibición con algún ejemplo tomado
de la cantera africana... quedaba grabado en la imaginación infantil, a la que
entonces encantaba Esopo». Ése es, ése será el libro a comparar con los Cuentos
negros:Las fábulas de Esopo, del esclavo griego que dio lecciones de
moral a sus amos. Pero, como en Esopo, las fábulas de Lydia no tienen una
moraleja adjunta y la solución es más divertida que advertida. Lydia es a la
vez Esopo y los consejos y las consejas de su tata negra, que vienen de tan
lejos como las fábulas de Frigia.
Los Cuentos negros de Cuba, que Alejo
Carpentier llamó «un clásico cubano», están originados en las narraciones verbales
que le hizo a Lydia niña su tata Tula, pero también están presentes los negros
de nombres formidables como Omí Tomí y José de Calazán. Éste es un libro narrado
con desenfado folklórico y en sus relatos los hombres (y por supuesto las
mujeres) están gobernados por instintos primarios que siempre conducen a la
sabiduría, mientras que aparecen animales en roles antropomórficos. Este reino
animal tiene una reina, que, como Lydia, es una mujer de mucha sabiduría. Es la
jicotea o hicotea, también mimada como la tortuguita domesticada. La
extraordinaria riqueza de quelonios en las aguas de Cuba, desde la tortuga
gigante de los mares hasta las minúsculas tortugas de río (todas llamadas con
nombres indios: caguama, jicotea), las ha hecho figurar en el folklore y la
literatura. Lydia las ha adoptado como personajes de fábula dotados de un arte
proteico. También en su vida diaria: su casa de Miami estaba colmada de toda
clase de tortugas: de esmalte, de escayola, de madera, de porcelana, de cristal
y algunas hechas de cemento elemental. Las últimas tenían el misterioso
atributo de pertenecer al ritual de la alta magia de la santería, hechas por un
brujo o babalao, que tal vez no hubiera leído nunca los Cuentos
negros de Cuba -pero sabría qué es El monte.
Lydia publicó un libro en Miami (casi todos
los libros de Lydia Cabrera, para nuestra vergüenza, fueron costeados por la
propia Lydia o por su amiga Titina de Rojas) titulado Ayapá. Cuentos de
jicotea. Ayapá es jicotea en la lengua de los yorubas, y en su dedicatoria
Lydia demuestra, una vez más, que creía porque no creía en la santería. Me dedicó
su libro así: «Las jicoteas van a Londres a saludar al bien plantado infante
Cabrera, pero no quisiera aburrirlo demasiado con sus viejas historias que
llevan el afecto de su amiga L.»- El libro está curiosamente dedicado a Amalia
Bacardí, una vieja amiga descendiente de los Bacardí creadores de ron y de
cultura en Cuba, sus orígenes catalanes perdidos en su cubanía. Una muestra más
de que para los cubanos (de alcurnia, humildes, herederos y desheredados,
católicos y agnósticos) todos los mitos son el mito.
El monte
es el mito del matorral y la manigua como escondite de inmortales y mortales y
de aborígenes. Monte que los indios llamaban manigua y que el diccionario
define como «terreno de maleza en la isla de Cuba», donde se refugiaban el
taino tímido, el negro cimarrón y los astutos mambises de las guerras de
independencia: todos alzados.
Es también el último refugio de los muertos,
de los espíritus y de la religión, la llamada santería, que no es más que un
sincretismo casi perfecto de los santos de la Iglesia católica encarnados en
los dioses del panteón yoruba. El monte es la unión y reunión de todos los
santos y de todos los dioses en lo oculto del monte. El monte ha sido elogiado (alabado
sea) por escritores cubanos y extranjeros (Juan Goytisolo es uno de ellos) como
uno de los libros más americanos escritos en el continente que creó como
contenido la esclavitud del negro de África. Preguntada Lydia Cabrera por qué
escribió El monte, dio una definición
del libro, de su arte y de su vida: «Por el deslumbramiento que me produjo real
pero insospechable de creencias, de leyendas y de... poesía». Aquí está el
credo de Lydia Cabrera antropóloga y poeta: de antropoeta. Ella regresó de
Europa a cumplir su destino cubano.
El 18 de noviembre de 1991 el diario
londinense The Independent publicó
una nota necrológica a la muerte de Lydia Cabrera. Agraciaba al texto (escrito
por mí) una foto de Lydia tomada en 192.5 cargando a su perrita favorita. El pie
de grabado decía: «La más grande escritora cubana de todos los tiempos,
inventora de la antropoesía». Decía así el obituario:
«[Lydia Cabrera] inventó por sí sola lo que yo
he llamado antropoesía, mezcla de antropología y poesía, con que ella recobró
las leyendas hechas religión, traídas con la esclavitud a Cuba. Cuñada del
etnólogo y erudito Fernando Ortiz, Lydia venía de una familia patricia y fue a
París a estudiar arte a la usanza.
“Allá oyó hablar por primera
vez del arte negro. Así cambió su vida. Lydia regresó a La Habana para encontrarse
con que su vieja tata todavía recordaba no sólo los cuentos sino las leyendas y
la vida y milagros de los dioses Negros venidos de África a Cuba.
“La tata la transportó a África y ya Lydia no
volvió a mirar atrás. Publicó luego numerosos libros sobre los dioses bantús y
yorubas que coexistían en Cuba con la religión católica y los santos venidos de
España. Así Changó se sincretizó con santa Bárbara: ambos llevaban espada, ella
era depósito de explosivos, él era el dios de la guerra, uno se acuerda de ella
cuando truena, el otro era dueño del rayo. Además, consideren el aspecto
literario. Changó, como Aquiles, para burlar a sus enemigos se disfrazó de
mujer, pero lo delato, como a Aquiles, su espada: su virilidad bajo la falda.
Así nació la santería, la más poderosa unión sincrética de las mitologías
africanas con el catolicismo, que no se extinguió con la persecución atea del
castrismo sino que se fue de viaje al exilio, y se regó por la cuenca del
Caribe y al norte de Manhattan y Nueva Jersey y llegó hasta la tierra del sueño
de Hollywood.»
Al principio su familia y sus amigos se
alarmaron ante el interés de Lydia. Era demasiado amistosa con los santeros (negros
brujos) y lo que creían que era todavía peor, con los abakuás, la sociedad
secreta negra conocida -y temida- como ñáñigos, prohibida a las mujeres y a los
homosexuales, pero Lydia fue recibida por los sectarios como uno de ellos.
(Quizás haya ayudado que ella era de la alta sociedad habanera.) Pero si creían
que ella sólo quería husmear, se equivocaban. O quizás todo se debió a su charm, ese encanto con que se ganó a los
gitanos de Lorca en España. En Cuba Lydia llevó a Lorca a un ekbó, ceremonia de
santería, el poeta delicado se desmayó (o fingió desmayarse: nunca se sabía con
Lorca) en brazos de Lydia, que era una mujer frágil pero fuerte.
Pero enorme charm era todavía visible con más de noventa años. Encanto quiso decir un día ensalmo, y
tal vez Lydia ensalmó a los brujos de la tribu para dominar la magia en la que
nunca creyó. Fue por ese charm (que
encantó al conde italiano) que le permitieron entrar al cuarto fambá (fue la primera mujer que lo consiguió)
que era el sancta sanctorum de los
ñáñigos). Ella era en su trato con hombres y mujeres de un raro fascinante.
Pero también una investigadora seria de las
culturas africanas que sobrevivieron en Cuba al gran naufragio racial que fue
la esclavitud. El folklore negro sobrevivió a todos los desastres y resurgió
más potente que en el África negra dejada detrás pero convertida en una
nostalgia de tambores.
Lydia me recordó siempre a Karen Blixen, una
mujer aparentemente frágil que era en realidad cujeada, dura y que amaba al
africano más que a nada en el mundo. Pero Blixen se quedó fuera del África,
como dice su obra maestra, mientras que Lydia, constante, constantemente, fue
al África. Lydia Cabrera escribió su vida como un epitafio: “de no haber habido
negros allá nunca habría vuelto a Cuba”.
Prólogo, Cuentos negros de Cuba, Círculo de Lectores S. A, 1996.
Cuando llegué a La Habana, ¡válgame Dios! en
1918, entré, como era natural, a formar parte de la familia de mi madre, uno de
cuyos hermanos estaba casado con la hija de la gran mujer puertorriqueña y
antillana, Lola Tió. Tía Lola, como la llamábamos, me tomó gran cariño, y en su
salita-despacho de la calle de Aguiar, pasé largos ratos escuchándola contarme
sus destierros y viajes y sus actividades independentistas. Allí conocí, por lo
menos en libros y retratos, a los más destacados hombres de letras de Puerto
Rico y de Cuba. Y allí, sobre su mesa de trabajo, vi por primera vez tres
libros que me llamaron la atención: Cuba
y sus jueces, Mis buenos tiempos
y Mis malos tiempos, de aquel notable
escritor y gran caballero que se llamó Raimundo Cabrera. La familia Cabrera fue
muy amiga de mis tíos, y en su casa conocí a las hermanas de Lydia, sobre todo
a Graciela, casada con el doctor Ortiz Cano. También traté a los hijos de este
matrimonio, Elisita y Carlos, que más tarde fue compañero mío en la Secretaría
de Estado, y luego en el Consulado General de Cuba en Nueva York.
¿Y Lydia? ¿Dónde estaba Lydia? Pues en París,
desde 1922 a 1939, pasando sólo breves temporadas en La Habana, que le
sirvieron para redondear sus recuerdos de la infancia, cuando escuchaba con la
boca abierta, los relatos, cuentos y leyendas que le contaban sus tatas y la
negra costurera Adela. Lydia, en París, tenía puesta su atención en el Oriente;
pero yo imagino que un buen día se dijo que hay en estos tiempos un gran
interés en las culturas negras. En las Antillas, Puerto Rico y Cuba, se
escribían hermosos poemas sobre temas negros —“La danza negra” de Palés Matos;
los cubanos Tallet, Guirao, Ballagas y otros más, que aunque por fuera, como
blancos que eran, dejaron perdurables ejemplos de lo que podía hacerse con
temas y personajes negros o mulatos. Y, desde luego, Nicolás Guillen, que por
negro sacó de su dentro toda el alma de su raza. Yo siempre recordaré su
“Sensemayá”, su “Balada del güije” dichos con la voz y el gesto de la
inimitable Eusebia Cosme, fallecida hace pocos meses en esta ciudad de Miami.
Pues bien, repito que yo imagino que Lydia
Cabrera se dijo: ¿Por qué yo, que tanto sé de estas cosas, y además por ser
cuñada de Fernando Ortiz, no he de poder escribir esos recuerdos y enseñanzas?
Y manos a la obra. Así salieron sus primeros Cuentos negros de Cuba, publicados en 1936 en francés, en la
traducción de Francis de Miomandre, y luego, en 1940, en castellano con un
prólogo de don Fernando Ortiz. Pienso también que la ausencia de Cuba durante
esos años le sirvió de tamiz para recibir la onda de aquellos recuerdos, que
escribió juntando la buena literatura con la esencia más alquitarada de lo
negro.
Ya, pues, estaba Lydia en su seguro camino,
animada, además, por el éxito de su primer libro. Lo demás tenía que llegar, y
fue llegando en obras como ¿Por qué?,
de 1948; El monte (ígbo finda) de
1954, maravillosa colección de relatos y anécdotas en los que se reúnen
naturaleza, religión, fetichismo, plantas y animales, que los negros consideran
como su Biblia, así como hace siglos se formó el Popol-Vuh, la Biblia del
pueblo maya-quiché. Libro éste de varios cientos de páginas, que él sólo
serviría para dar gloria a su autora. Desde la cumbre de este monte, al que hay
que entrar apartando lianas y bejucos que nos cierran el misterio que hay en
él, va ofreciéndonos Lydia sus Refranes
de negros viejos (1955), Anagó,vocabulario lucumí (1957), La sociedad secreta Abakuá (1959) el
extraordinario libro sobre las piedras preciosas y sus poderes mágicos (Otan Iyabiyá), de 1970; y al año
siguiente Ayapá (Cuentos de Jicotea),
recientemente traducido al sueco.
Hay otros libros más en este tono serio de
investigación enamorada. Pero a mí se me ocurre pensar, como pensé al comienzo
de la carrera, mejor dicho, el camino sin prisa pero sin tregua de nuestra
homenajeada, que otro día se dijo esta extraordinaria mujer que sí, que todo
estaba bien; que ya tenía en su haber una larga lista de libros serios, pero
que si en ellos había sonrisa, faltaba acaso la risa, y para que el lector
supiera que Lydia Cabrera sabía reír, y hacer reír, nos entregó este mismo año,
su Francisco y Francisca en donde
está la gracia, muchas veces con sinvergüenzura, con picante y desplante de
solar. Y aquí también está el estilo, la persona, la gran escritora que es
Lydia Cabrera a quien ofrecemos ahora este tan merecido homenaje.
Eugenio Florit: "Merecido homenaje", Noticias de Arte,
Gaceta de las artes visuales, escénicas, musicales y literarias, número
especial, mayo de 1982, Nueva York.
El nombre de Lydia Cabrera está unido para mí
a ciertas mágicas asociaciones del Iluminismo. A las comisiones de botánicos
franceses clasificando en los jardines bogotanos. A los doce de la piedra cúbica,
en los sellos del Cagliostro. A los egiptólogos del período napoleónico,
estableciendo las variantes de la clave veintiuna del Tarot. Al Barón de
Humboldt, saboreando como filólogo y naturalista, la “Diomedea glabrata”, “flor
de aquellas islas de corales, que sirven para fijar las arenas movibles
enredándolas en sus raíces”. En aquella región donde el ceremonial se
entrecruza con el misterio, desde el punto de vista de la morfología de las
culturas, tiene la misma importancia, la recepción de Horace Walpole en casa de
Madame Du Deffand, que la hecha en la Villa San José para recibir a Don José de
Calazán Herrera, el Moro, gran babalawo abacuá.
El refranero allegado por Lydia Cabrera tiene
la imprescindible nobleza de aclarar el cuestionario que debe situarse en la introducción
a nuestra cultura. La sabiduría de los dioses debe espejear en la de los
efímeros. Modelos en perspectivas imposibles son por lo mismo apetecidos desde
la infinitud, desde la no comprobable querencia. “Cuando Dios quiere mata al
brujo”. La raíz de ese espejeo es una esperadora ternura. Para salirle al paso
a la angustia existencialista, hay una misión, una marcha que se obliga a
extender como alfombra su propio método viandante, desde la gracia hasta la
paz. Aquí la sabiduría criolla coincide con la parábola oriental de la muerte
dormida a la orilla del mar, y el califa, que por huir de la muerte llega a los
confines playeros, donde aquella adormecida lo mantea y lo acoge. “Pájaro que
huyó morir por la mañana, por la tarde cayó”. No huir para no caer, deriva de
ahí un espléndido sentido criollo. Penetrar lo resistente, prueba de lo mayor,
es la alejadora señal sudorosa, pues la muerte teme ahogarse en el agua
trabajada que el hombre proyecta sobre la maldición.
El primer teocentrismo del refranero nos lleva
al sentido mágico del cuerpo, al animismo que exhala una sola sustancia
evaporada. Lleva el hombre al nivel de la hoja el sueño. En el jeroglífico botánico
la palma es el supremo dictado en la perspectiva. Crecida para dar el agudo del
valle, tiene que ser oída por encima de los guerreros, pero la ceiba es la
cintura horizontal, nuestro más profundo sentido de la anchura. “El que sacude una
ceiba, sólo sacude su cuerpo”. Cuerpo básico de hecatonquero, en los días de
excepción, se le supone un horno de transmutaciones incorporativas que requiere
el delirio de la divinidad posesionada, el crecimiento lento de los cantos y el
colorín rápido del gallo. Entre el paralelismo de la sabiduría de los dioses y
el refrán, del cuerpo como red de los prodigios, el hálito se lleva la palabra
con el acentón, con el porque sí de la sentencia, ganada por el grave de la
voz. “El pobre llora solo”, es como cuando el súbito de una oquedad se cruza
con un manteo vegetativo, donde rebota la palabra asegurando su validez. Es el
acentón. La gravedad de un refrán se iguala aquí con el de una sentencia de
Pascal. “Todo el mundo muere solo”. Grave de la soledad que cubre a la pobreza o
la muerte, ganada la sentencia por la lanza del acentón.
Habita el refrán un descubrir lentamente, sin
secuestrar el asombro. Nuestra curiosidad invade con lentitud la frase
sentenciosa, se extiende con reojo y timidez, al término de esa dimensión le vuelve
la regalía del asombro. “Tanto como sabe la codorniz y duerme en el suelo”.
Pero no el asombro vuelto sobre su identidad, sino el asombro de raíz, teocrático,
que ve en todo nacimiento un milagro como de respirada sorpresa. En el mundo
contemporáneo, el asombro se logra por el rápido a fondo de la intensidad, pero
el que necesita la sentencia refranera es aún más mágico, pues deriva de aquel
lento descubrir, como el diario asombro del despertar. “Buey que no tiene rabo,
Dios espanta su mosca”. Acerca con los ángeles y con Dios, pues asegura la
certeza y cariñosa vigilancia de nuestros días. Un distingo muy rápido con el aforismo
de William Blake, “Dios nutre al león”. En el de nuestro refranero queda más
alzada la querencia criolla, pues se cuida con exquisitez la escasa altanería
del buey. Blake disminuye su efectividad, en su aforismo, por darle paso a un
linaje de excepción, hecho de antemano por la principalía.
Después iremos otra vez a buscar excepción en
los aforismos de W. Blake. Pero ahora tenemos que llevar la delicia de nuestro
refranero a los monasterios de las más viejas sabidurías. Inclusive a “Las leyes
del Manú”. ¿Por dónde llegaba esa sabiduría, que parecía aunar lo eritrero y la
tradición taoísta? “Todo el cuerpo duerme, menos la nariz”. Qué delicia
encontrar en ese refrán de nuestra cultura, idénticas comprobaciones y
prudencias que en textos milenarios, que nos revelaban que en el sueño el Am,
el aliento vital, del sánscrito, se refugia en la nariz. Es buena marca del
linaje refranero, encontrar semillas en los comienzos, que es como si llevase entrañado
su secularidad y ecumenismo.
El refrán de todos y el aforismo firmado
conllevaban una hechura de gracia. Adquieren entonces como un relieve plástico,
y son los ojos, sopesando como ejercicios manuales, los que comprueban el
fruncimiento de la gracia en la sentencia. Una alegría inunda a la ligera
sorpresa, sin llegar nunca a las inopinadas agresiones del susto, pues estaba como
en duermevela para cumplimentar su aparición, y bastó un soplo pequeñísimo… “La
gallina bebe agua y le da gracias a Dios”. Si glosamos nos sorprende el
acierto, pues todo venía como a su costumbre. No nos sorprende que la gallina
se remoje, y entregue con elegancia su acción de gracias. Pero nos da una alegría
como si la hubiéramos visto y una visión risueña empapa la gloria de la
sentencia. Igual en William Blake, “el pavorreal es la gloria de Dios”. Sabemos
que ese esplendor va mucho más lejos que la gloria del ave de Juno, pero ese
orgullo ingenuo parece divertir las contemplaciones de Júpiter.
El refrán gusta de sumergirse en el légamo
estable de una época. Así estos refranes son una constancia de sabiduría en la temporalidad,
tirando de la línea que separa las edades y las estaciones. Un proverbio de La
Rochefoucauld es como un sello que aclara al gran siglo. El refrán, por el
contrario, parece unir las bocas de los que lo entonan. “El que ve su defecto
lo sabe disimular”. ¿Es esa sentencia de un moralista del período de Luis XIV,
de un mandarín letrado de la era de las recopilaciones, o un circunspecto recado
de Goethe? Es tan sólo una prudencia crítica de nuestro refranero negro.
Incorporado a la cultura americana por la mágica y ceremoniosa curiosidad de Lydia
Cabrera. Apegada a la tradición de los etnógrafos que afirmen en las tribus
americanas la obtención del fuego no por dureza de pedernal, sino por la
colaboración acompasada de la cola del zorro, las luciérnagas y la astilla del
cedro.