martes, 24 de marzo de 2026

Ferreira Gullar: cinco poemas

 


Fotografía de Mallarmé

 

es una foto

premeditada

como un crimen

 

basta

reparar en el arreglo

de las ropas los cabellos

la barba todo

adrede preparado

-un gesto y la manta

acomodada sobre

los hombros

caerá-

especialmente la mano

con la pluma

detenida encima de la hoja

en blanco: todo

a la espera

de la eternidad

 

se sabe

tras el clic

la escena se deshace en la

calle Roma la vida volvió

a fluir imperfecta

pero

eso no lo captó la foto

que la foto

es la pose la suspensión

del tiempo

ahora

meras manchas

en el papel raso

 

si bien

tu mirada

encuentra la de él

(Mallarmé) que

allí

desde el fondo

de la muerte

mira

 

Gallo gallo

 

El gallo

quieto en el zaguán.

 

Gallo gallo

de cresta alarmante, guerrero,

medieval.

 

De córneo pico y

espolones, armado

contra la muerte,

pasea.

 

Mide los pasos. Se detiene.

Inclina la cabeza coronada

dentro del silencio.

¿Qué hago entre cosas?

¿de qué me defiendo?

 

Anda

en el zaguán.

El cemento olvida

su último paso.

 

Gallo: las plumas

que florecen de la carne silenciosa

y el duro pico y las uñas y el ojo

sin amor. Grave

solidez.

¿En qué se apoya

tal arquitectura?

 

¿Sabrá que, en el centro

de su cuerpo, un grito

se elabora?

 

¿Cómo contener, sin embargo,

una vez concluido,

el canto obligatorio?

 

He ahí que bate las alas, va

a morir, tuerce el pescuezo vertiginoso

donde el canto escarlata fluye.

 

Pero la piedra, la tarde,

el propio gallo feroz

subsisten al grito.

 

Se ve: el canto es inútil.

 

El gallo permanece -pese

a todo y su porte marcial-

solo, desamparado,

en un zaguán del mundo.

¡Pobre ave guerrera!

 

Otro grito crece

ahora en el sigilo

de su cuerpo; grito

que, sin esas plumas

y espolones y cresta

y sobre todo sin esa mirada

de odio,

no sería tan ronco

y sangriento.

 

Grito: fruto oscuro

y extremo de ese árbol: gallo.

Pero que, fuera de él,

es mero complemento de auroras.

 

 

Playa del Caju

 

Escucha:

lo que pasó pasó

y no hay fuerza capaz

de cambiar eso.

 

En esta tarde de asueto, puedes,

si quisieras, recordar.

Pero nada encenderá de nuevo

el fuego

que en la carne de las horas se perdió.

 

¡Ah, se perdió!

En las aguas de la piscina se perdió

bajo las hojas de la tarde

en las voces conversando en la baranda

en la sonrisa de Marilia en el rojo

para-sol olvidado en la acera.

 

Lo que pasó pasó, y muy a pesar,

vuelves a las viejas calles en su búsqueda.

Aquí están las casas, la amarilla,

la blanca, la de azulejo, y el sol

que en ellas quema es el mismo

sol

que no cambió el Universo en estos veinte años.

 

Caminas en el pasado y en el presente.

Aquella puerta, el batiente de piedra,

el cemento de la acera, hasta la grieta del cemento. 

                          No sabes ya

si recuerdas, si descubres.

Y con sorpresa ves el poste, el muro,

la esquina, el gato en la ventana,

en sollozos casi te preguntas

dónde está el niño

igual a aquel que cruza la calle ahora,

menudo sí, moreno.

      Si todo continúa, la puerta

la acera la terraza,

¿dónde está el niño que también

estuvo aquí? ¿aquí en esta acera

se sentó?

 

Y llegas al malecón. El sol es caliente

como era, a esta hora. Allá abajo

el lodo apesta igual, la poza de agua negra

la misma agua el mismo

buitre posado al lado la misma

lata vieja que se oxida.

Entre dos brazos de agua

esplende la corona del Añil. Y en la intensa

claridad, como sombra,

surge el niño corriendo

sobre la arena. Es él, sí,

gritas tu nombre: “¡Zeca,

Zeca!”

          Pero la distancia es vasta

tan vasta que ninguna voz alcanza.

 

Lo que pasó pasó.

Jamás encenderás de nuevo

el fuego

del tiempo que se apagó.

 

Muerte de Clarice Lispector

  

Mientras te enterraban en el cementerio judío

de Caju

(el soterrado resplandor de tu mirada

resistiendo aún)

el taxi recorría conmigo la orilla de la Lagoa

en dirección a Botafogo

Y las piedras y las nubes y los árboles

en el viento

mostraban alegremente

que no dependen de nosotros

 

Mi padre

 

mi padre fue

a Río a tratarse

de un cáncer (que

lo mataría) pero

perdió los espejuelos

en el viaje

 

cuando le llevé

los espejuelos nuevos

comprados en la Óptica

Fluminense él

examinó el estuche con

el nombre de la tienda dobló

la factura la guardó

en el bolsillo y habló:

quiero ver

ahora quién es el

el cabrón que va a decir

que yo nunca estuve

en Río de Janeiro



Versiones: Pedro  Marqués de Armas



No hay comentarios: