Fotografía de Mallarmé
es una foto
premeditada
como un crimen
basta
reparar en el arreglo
de las ropas los cabellos
la barba todo
adrede preparado
-un gesto y la manta
acomodada sobre
los hombros
caerá-
especialmente la mano
con la pluma
detenida encima de la hoja
en blanco: todo
a la espera
de la eternidad
se sabe
tras el clic
la escena se deshace en la
calle Roma la vida volvió
a fluir imperfecta
pero
eso no lo captó la foto
que la foto
es la pose la suspensión
del tiempo
ahora
meras manchas
en el papel raso
si bien
tu mirada
encuentra la de él
(Mallarmé) que
allí
desde el fondo
de la muerte
mira
Gallo gallo
El gallo
quieto en el zaguán.
Gallo gallo
de cresta alarmante, guerrero,
medieval.
De córneo pico y
espolones, armado
contra la muerte,
pasea.
Mide los pasos. Se detiene.
Inclina la cabeza coronada
dentro del silencio.
¿Qué hago entre cosas?
¿de qué me defiendo?
Anda
en el zaguán.
El cemento olvida
su último paso.
Gallo: las plumas
que florecen de la carne silenciosa
y el duro pico y las uñas y el ojo
sin amor. Grave
solidez.
¿En qué se apoya
tal arquitectura?
¿Sabrá que, en el centro
de su cuerpo, un grito
se elabora?
¿Cómo contener, sin embargo,
una vez concluido,
el canto obligatorio?
He ahí que bate las alas, va
a morir, tuerce el pescuezo vertiginoso
donde el canto escarlata fluye.
Pero la piedra, la tarde,
el propio gallo feroz
subsisten al grito.
Se ve: el canto es inútil.
El gallo permanece -pese
a todo y su porte marcial-
solo, desamparado,
en un zaguán del mundo.
¡Pobre ave guerrera!
Otro grito crece
ahora en el sigilo
de su cuerpo; grito
que, sin esas plumas
y espolones y cresta
y sobre todo sin esa mirada
de odio,
no sería tan ronco
y sangriento.
Grito: fruto oscuro
y extremo de ese árbol: gallo.
Pero que, fuera de él,
es mero complemento de auroras.
Playa del Caju
Escucha:
lo que pasó pasó
y no hay fuerza capaz
de cambiar eso.
En esta tarde de asueto, puedes,
si quisieras, recordar.
Pero nada encenderá de nuevo
el fuego
que en la carne de las horas se perdió.
¡Ah, se perdió!
En las aguas de la piscina se perdió
bajo las hojas de la tarde
en las voces conversando en la baranda
en la sonrisa de Marilia en el rojo
para-sol olvidado en la acera.
Lo que pasó pasó, y muy a pesar,
vuelves a las viejas calles en su búsqueda.
Aquí están las casas, la amarilla,
la blanca, la de azulejo, y el sol
que en ellas quema es el mismo
sol
que no cambió el Universo en estos veinte años.
Caminas en el pasado y en el presente.
Aquella puerta, el batiente de piedra,
el cemento de la acera, hasta la grieta del cemento.
No sabes ya
si recuerdas, si descubres.
Y con sorpresa ves el poste, el muro,
la esquina, el gato en la ventana,
en sollozos casi te preguntas
dónde está el niño
igual a aquel que cruza la calle ahora,
menudo sí, moreno.
Si todo
continúa, la puerta
la acera la terraza,
¿dónde está el niño que también
estuvo aquí? ¿aquí en esta acera
se sentó?
Y llegas al malecón. El sol es caliente
como era, a esta hora. Allá abajo
el lodo apesta igual, la poza de agua negra
la misma agua el mismo
buitre posado al lado la misma
lata vieja que se oxida.
Entre dos brazos de agua
esplende la corona del Añil. Y en la intensa
claridad, como sombra,
surge el niño corriendo
sobre la arena. Es él, sí,
gritas tu nombre: “¡Zeca,
Zeca!”
Pero la
distancia es vasta
tan vasta que ninguna voz alcanza.
Lo que pasó pasó.
Jamás encenderás de nuevo
el fuego
del tiempo que se apagó.
Muerte de Clarice Lispector
Mientras te enterraban en el cementerio judío
de Caju
(el soterrado resplandor de tu mirada
resistiendo aún)
el taxi recorría conmigo la orilla de la Lagoa
en dirección a Botafogo
Y las piedras y las nubes y los árboles
en el viento
mostraban alegremente
que no dependen de nosotros
Mi padre
mi padre fue
a Río a tratarse
de un cáncer (que
lo mataría) pero
perdió los espejuelos
en el viaje
cuando le llevé
los espejuelos nuevos
comprados en la Óptica
Fluminense él
examinó el estuche con
el nombre de la tienda dobló
la factura la guardó
en el bolsillo y habló:
quiero ver
ahora quién es el
el cabrón que va a decir
que yo nunca estuve
en Río de Janeiro
Versiones: Pedro Marqués de Armas
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