jueves, 23 de abril de 2020

Neruda y los cubanos




 Jorge Edwards 

 Los años de la década del setenta fueron los del idilio entre los intelectuales y la revolución cubana. Todos, de una y otra manera, con muy escasas excepciones, participamos de ese idilio. Nicanor Parra viajaba a Cuba a cada rato y se convertía en el amigo predilecto de Casa de las Américas, en el regalón, para emplear un chilenismo, de Haydée Santamaría y de sus colaboradores. Mario Vargas Llosa era invitado permanente y miembro del consejo de redacción de la revista. Julio Cortázar, descubría la política, y más que eso, descubría lo hispanoamericano en y a partir de Cuba. Yo mandaba cuentos y artículos a la revista de la Casa y me lamentaba amargamente porque mi condición de diplomático profesional me impedía, por lo menos en principio, viajar a La Habana, y me obligaba, en cambio, ¡qué desgracia!, a permanecer en París, en la decadente, grisácea, y fría París.
 Vargas Llosa y Julia Urdiqui llegaron una tarde a nuestro departamento de la Rue Boissière en compañía de una señora delgada, bastante mayor que nosotros, de aspecto enfermizo. La señora, de nacionalidad argentina, acababa de salir de Cuba, iba camino de Buenos Aires y estaba alojada con ellos en la Rue de Tournon. Esa noche salimos a cenar juntos a un bistró barato. Después, el domingo en la mañana, fuimos a una sala tristona y perdida donde se proyectaba una de las obras del nuevo cine cubano. En otra ocasión asistimos a la representación del Galileo de Bertold Brecht, por el Teatro Nacional Popular, en el Palacio Chaillot. Yo no sabía quién era la misteriosa señora, que había llegado con una carta de recomendación de Hilda Gadea, la primera mujer, peruana, del Che Guevara, pero comprendía que se trataba de un personaje importante, conectado con los centros políticos de la izquierda de la época. En un momento determinado, al final del segundo o tercer encuentro, Mario, con los ojos abiertos como platos y con un aire de secreto extrañamente suyo, me llevó a un lado y me dijo en voz baja, con una exclamación sofocada a medias: “¡Es Celia Serna, la mamá del Che Guevara!”. Sorprendentemente, la versión que ella traía de las cosas de Cuba oscilaba entre la discreción, la reticencia y la severidad o la franca crítica. Era, podría decirse, tal como se vislumbraba en sus palabras, una crítica “desde la izquierda” a una revolución que tendía a burocratizarse, a estancarse, a adquirir vicios propios del estalinismo. Poco después, en marzo de 1964, tuve la ocasión de conocer al propio Guevara en Ginebra, durante la primera Conferencia de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas. Su madre había regresado a Buenos Aires, había sido detenida por la policía durante algún tiempo, y más tarde había muerto, muerte que el Che atribuyó, probablemente con razón, a los sufrimientos que había padecido en la cárcel.
 En aquellos días, como ya lo he contado en un capítulo de Persona non grata, se produjo el golpe de Estado contra el gobierno de Joao Goulart en Brasil y se inició la racha de dictaduras militares modernas que se extendería por América Latina, con su secuela de torturas y desapariciones, como reacción frente a la ola revolucionaria y guerrillera que partía de Cuba. La mañana en que las noticias de Brasil llegaron a Ginebra, el Che, en un pasillo del Palacio de las Naciones, le dijo a un grupo de personas, entre las que yo me encontraba, lo siguiente: “Es mejor que la democracia débil, corrompida, hipócrita, de Joao Goulart sea reemplazada por una franca dictadura militar. Así las cosas se verán mucho más claras y esto será favorable para nuestra causa. Los pueblos ya no tendrán cómo equivocarse con respecto a sus verdaderos enemigos. La guerrilla crecerá de un modo irresistible, y nuestra victoria se producirá mucho antes…”.
 A todo esto, Neruda había viajado a La Habana y había rendido el homenaje de rigor a la Revolución en Canción de gesta, libro publicado en 1960. El viaje, sin embargo, no había sido todo lo exitoso que habría podido esperarse. Carlos Franqui, que dirigía entonces el periódico Lunes de Revolución y que años más tarde tendría que salir al exilio, me contó que había encontrado a Neruda tan abandonado en su habitación del Hotel Nacional que había resuelto hacerse cargo del programa de su visita. Según Franqui, la envidia de Nicolás Guillén, esa envidia que yo ya había descubierto en el Congreso de Cultura de 1953, una envidia que adquiría caracteres emblemáticos, influía en este tratamiento. Pero había bastante más que un mero problema de rivalidades literarias. Desde sus comienzos, el castrismo pretendió instalarse en la vanguardia del movimiento comunista latinoamericano y mundial. El pragmatismo, el equilibrio, estaban muy lejos de ser los valores dominantes en la isla. Neruda, en cambio, militante de uno de los partidos más ortodoxos del mundo, venía de vuelta de muchas cosas y se había convertido en un observador inevitablemente distante, caviloso, crítico.


 Los comentarios que le escuché al propio Neruda eran fragmentarios, a veces crípticos, pero suficientemente reveladores. Por ejemplo, el Che Guevara lo había recibido en el Banco Nacional de Cuba a las doce de la noche, con las gruesas botas arriba del escritorio. ¡No eran horas, y no eran, tampoco, maneras! Por otro lado, Neruda, que conocía La Habana de antes, con sus miserias, pero también con su fulgor y su jolgorio, asistió desde la primera fila a los espectáculos nocturnos que había conocido en viajes anteriores, pidió, para colmo, en lugar de ron “en las rocas”, aunténtico whisky de Escocia, e insistió, además, en la necesidad de que la Revolcuión preservara esa alegría de las noches rumberas. La Revolución, desde luego, nunca suprimió del todo esos espectáculos, pero el puritanismo, la severidad ideológica, sobre todo la que provenía de los neófitos, se había hecho sentir en la isla desde el primer día.
 Otro factor que influyó, sin duda, fue la arremetida de Fidel Castro contra algunos representantes del viejo Partido Comunista de Cuba, acusados de desviaciones, de burocratismo, de anteponer siempre los intereses de la Unión Soviética a los intereses de Cuba. Neruda me explicaría años después, en privado, que Castro, en su lucha por el poder personal, había tenido que destruir el antiguo partido, uno de los más fuertes y mejor organizados de toda América Latina. Según él, Carlos Rafael Rodríguez, que en los años cuarenta y cincuenta era la joven promesa, el militante con un provenir más halagüeño, y que por un breve tiempo había sido ministro, detalle curioso, del gobierno de Fulgencio Batista, se había prestado para esta operación, había hecho de fiscal en los procesos contra sus viejos camaradas, y había conseguido convertirse, por esos medios, es decir, para hablar con palabras claras, por medio de la delación y la traición, en una de las cabezas del nuevo régimen.
 Neruda insistía en sus comentarios privados en que la revolución era demasiado inmadura, retórica, izquierdista, y se complacía en citar el célebre texto de Lenin acerca del izquierdismo “como enfermedad infantil del comunismo”. Eso sí, siempre, o por lo menos cuando conservaba con los no comunistas, se preocupaba de dejar a salvo el hecho revolucionario en sí mismo. Los errores, los excesos, las arbitrariedades, el personalismo de Fidel y hasta la presencia de Fidel pasarían, y la Revolución, en cambio, era un gran acontecimiento histórico, superior a las circunstancias y a las personas, y estaba destinada, impoluta, formidable, a permanecer. Uno podía preguntarse, sin embargo, qué extraña entelequia, qué esencia era esa, la Revolución, que devoraba a sus hijos y que permanecía inmune, intocada por sus abusos y por sus excesos. Ahí, en esos ejercicios mentales, quedaba a la vista la relación entre el pensamiento platónico y el utopismo revolucionario de nuestro tiempo. Era posible, por medio de este subterfugio, presenciar el error, el deterioro, el fracaso del llamado “socialismo real”, y mantener incólume la fe en la teoría, en la Idea, como solía decirse, con espontánea precisión, en algunos sectores del mundo hispánico. Yo escuchaba, cavilaba, y me quedaba con un resquicio, con un germen de duda. ¡Razonable y previsor resquicio, que me ayudó a mantener una relativa, pero muy saludable distancia!
 Invitado por Arthur Miller y por otros escritores norteamericanos, que tuvieron que hacer gestiones especiales ante el gobierno del presidente Lyndon Johnson para que se le concediera la visa, Pablo Neruda y Madilte viajaron a Nueva York a una conferencia del PEN Club Internacional en junio de 1966. Pablo dio recitales en salas atestadas de público y leyó algunos de sus poemas más virulentos contra la intervención norteamericana en Vietnam. De regreso a Chile, se detuvo por unos días en Lima, fue recibido en el palacio de gobierno por el presidente Fernando Balaúnde y condecorado con la Orden del Sol del Perú.
 El viaje a la capital del Imperio y la condecoración entregada por el jefe de un gobierno que combatía en ese momento contra guerrillas apoyadas desde La Habana fueron el pretexto más perfecto para una demostración de fuerza. Carlos Fuentes, en un artículo publicado en Life en español, había llegado en su entusiasmo a declarar que el encuentro del PEN señalaba el fin de la guerra fría, por lo menos en el sector clave de los intelectuales. Pues bien, el criterio oficial de Cuba, cuya delegación había estado a punto de viajar a Nueva York y había tenido que deshacer las maletas, por órdenes superiores, en el último minuto, era ahora exactamente el contrario. Los escritores y artistas cubanos dirigieron una carta abierta al “compañero Pablo” en la que le reprochaban acremente su blandura, su complacencia con el enemigo, demostrada con su viaje a Nueva York y con su amistosa reunión con Belaúnde Terry, ejemplo del tibio reformismo proyanqui que se ofrecía en América Latina como alternativa frente al castrismo. El Neruda de hoy, insinuaba la carta, habría sido condenado por el gran Neruda de Canto general. ¿Qué habría dicho ese Neruda, cuando se hallaba todavía en el exilio, si un compañero suyo hubiera almorzado en La Moneda y se hubiera dejado condecorado por el presidente González Videla?
 Estoy convencido de que la carta de los cubanos fue el episodio más irritante y sensible de toda la última etapa de su vida. Ningún ataque desde la derecha habría podido causarle tanto daño. El Poeta, de pronto, se encontró amagado en su propia imagen de símbolo revolucionario, una imagen que parecía completamente consagrada y a partir de la cual él había podido incursionar en la duda, en la cavilación, en el retorno a la reflexión de carácter metafísico (“la metafísica cubierta de amapolas”), sin que sus blasones políticos, que le habían proporcionado audiencias enormes en todas partes, perdieran su prestancia. La carta de los cubanos, originada en el sector de la izquierda intelectual que tenía mayor prestigio en el mundo en la década de los sesenta, fue una andanada cruelmente certera, un disparo que lo dejó herido en el ala, rabioso, y con posibilidades muy limitadas de defenderse. En efecto, ¿cómo continuar en la militancia comunista y dirigir al mismo tiempo su artillería pesada, de comprobada eficacia, en contra de sus colegas representantes de una joven revolución, la única del continente americano, la única que hablaba en nuestra lengua?


 Él sabía perfectamente que ningún escritor cubano se habría atrevido a redactar y firmar ese mensaje sin haber recibido instrucciones desde arriba. No le cabía la menor duda de que la inspiración, en último término, le correspondía a Fidel Castro, y que la misiva cumplía la función de una advertencia y de una amonestación dirigidas por elevación al Partido Comunista chileno, acusado en aquellos años por el castrismo de incurrir en un juego parlamentario y reformista que no hacía más que retardar  la verdadera definición revolucionaria. 
 Por otro lado, el Poeta me dio muchas veces una interpretación bastante personal, discutible sin duda, pero interesante, de la antipatía que sentía el Máximo Líder por él. Unos versos de Canción de gesta contenían una advertencia apenas velada sobre la tentación de caer en el culto de la personalidad. El poeta, “A Fidel Castro”, dice al comienzo que le ha traído una copa de vino de Chile, y después agrega:

 Está llena de tantas esperanzas
que al beberla sabrás que tu victoria
es como el viejo vino de mi patria:
No lo hace un hombre sino muchos hombres
y no una uva sino muchas plantas:
y no una gota sino muchos ríos:
no un capitán sino muchas batallas…

 Según Neruda, Fidel había captado perfectamente el sentido de los versos y nunca se lo había perdonado. ¿Podía ser llevado Fidel a esos extremos de susceptibilidad? Mi impresión, después de conocer al personaje, es que la suposición del Poeta no carecía de fundamento. A Fidel siempre lo encontré irritado frente a los escritores, desconfiado, como si ese precario poder que ellos manejan, el que les confiere el uso y el arte de la palabra, amagara de algún modo, en su núcleo más vital y sensible, el poder suyo.
 De hecho, Neruda recibió todo el apoyo de su partido, pero eso no fue suficiente para sanar la herida. Como primera medida, resolvió cortar de raíz todas las relaciones personales con los firmantes de la carta que había sido amigos suyos. Nunca más, por ejemplo, aceptó ver a Nicolás Guillén o Alejo Carpentier. Más tarde, cuando era embajador de Chile en París, nos tocaba asistir a recepciones oficiales en la embajada de Cuba, donde Carpentier, en calidad de ministro consejero, era el segundo en la jerarquía. La embajada cubana en pleno, colocada en fila y por orden jerárquico junto a la puerta del edificio de la Avenue Foch, recibía a los invitados. En el momento en el que le tocaba el turno al embajador Neruda, el ministro Carpentier se escondía detrás de una cortina. Salía de su oportuno escondite cuando Neruda había pasado y cuando llegaba yo, equivalente jerárquico suyo, que al verlo reaparecer desde la sombra, con expresión impávida, le daba la mano como si tal cosa.
 En esa etapa en que Salvador Allende estaba en el gobierno en Chile y en que Neruda era embajador en Francia y Premio Nobel de Literatura, los cubanos hicieron discretos sondeos para invitarlo de nuevo a la isla. El Poeta puso una condición: que los firmantes de la carta escribieran otra para desagraviarlo y le dieran la misma publicidad internacional que había tenido la primera. Era lo que se llama una condición imposible, igual en la práctica a una negativa rotunda. La carta cubana había tenido toda clase de consecuencias nocivas. Había provocado, entre otros fenómenos, rechiflas y desplantes por parte de sectores juveniles de extrema izquierda durante lecturas y apariciones públicas en salas de Viejo y el Nuevo Mundo. El poeta, acorazado en la buena consciencia política, no estaba dispuesto a perdonar. Sabía que un Alejo Carpentier, un José Lezama Lima, un Fernández Retamar, un Nicolás Guillén, incluso, guerrillero del Barrio Latino de París, estaban muy lejos de poder exhibir las ricas credenciales políticas suyas. “Allí vivía”, escribiría en sus memorias (en la nervaliana plaza Dauphine del París anterior a la guerra), “el escritor francés Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se lle echaban encima a París como lobos hambrientos”. A Nicolás Guillén, lo crucificaría en un paréntesis que se ha hecho célebre, al hablar en sus memorias del otro Guillén, don Jorge, el autor de Cántico, e identificarlo con dos adjetivos que resultaron, por exclusión, lapidarios: “(el español, el bueno)”.  

  Adios, poeta, TusQuets, 1990, pp. 148-50. Fotografías de Gilberto Ante. 

No hay comentarios: