domingo, 18 de noviembre de 2018

La caída del arte puro (o los "posteriores")


  Publicado bajo el título “La realidad intelectual mexicana” y firmado por Diego Rivera (Suplemento Literario del Diario de la Marina, 25 de noviembre de 1928), el presente artículo fue escrito, en realidad, por el intelectual trotamundos boliviano Tristán Marof. 
 Quien en su momento fuera amigo (o tan pronto enemigo) de los más significativos intelectuales de izquierda, escribirá, al paso del tiempo, un par de textos donde daría cuenta del asunto:
 “Tengo un libro de recuerdos inédito que intitulé: "Relatos Prohibidos". Allí hablo de la vida de Diego Rivera, de Nahui Olín, del Dr. Atl, de los guerrilleros, etc. El libro lleva crónicas de La Habana, de la Argentina, de Génova, de Bolivia y de muchos países donde he vivido. No ha habido editor que lo publique. Lo escribí hace treinta años”.
 Y añadía en nota al pie: “Yo escribía artículos para Diego Rivera, que se publicaban en La Habana, en el Diario de la Marina. Diego no sabía escribir y decía barbaridades sobre los pintores y políticos. Cada artículo producía un escándalo tremendo. (Stefan Baciu: Tristán Marof de cuerpo entero, 1987).
  Marof había llegado a La Habana, acompañado de su esposa, en marzo de 1928. De inmediato, despertó la simpatía de los intelectuales cubanos, tanto por su condición de exiliado, como por su rampante idealismo, exornado de enorme barba y una escandalosa personalidad. 
 Su estancia fue breve, de apenas mes y medio, pero exitosa, gracias a la acogida de figuras bien situadas como José Antonio Fernández de Castro y un personaje tan pintoresco como el visitante, el médico y escritor Juan Antiga. 
 En realidad, resultó gracioso a todos, alternando su presencia entre los “burgueses” de Social y Revista de Avance, y los apristas de Atuei.
 Como él mismo recuerda en sus memorias, no solo cobró generosamente de estas revistas, participando en uno y otro banquete con los risueños cubanos, sino que estos –sobre todo Fernández de Castro- le mantendrían abiertas las puertas para sus colaboraciones. 
 Durante su exilio mexicano, que se extendió desde su salida de Cuba hasta enero de 1930, publicó en el Diario de la Marina de modo bastante regular.
 Arribista Marof, debe aceptarse que en el presente artículo glosaba ideas de Diego Rivera, quien recrudecía, por entonces, sus ataques contra los Contemporáneos.  
 En México de frente y perfil, libro que publicó en 1934, dedicaría a aquellos escritores un capítulo titulado “Escritores afeminados”, que Carlos Monsiváis cita en extenso en su Salvador Novo: lo marginal en el centro (2000).
 “El viajero o el observador, desde el primer momento se sorprende en México del abuso literario de la palabra “joto”. Cualquiera se imagina que se trata de un nombre consagrado. El encanto se desvanece rápidamente, pues los señores literatos “jotos” son tristes y desvaídos burócratas, que desempeñan oficios inferiores en la administración mexicana (…).”
 “No tienen ni imaginación. Salvador Novo es autor de un libro sedante, jactancioso y para ciertas mujeres lesbias” (…).”
 “Que nunca se han movido de México pero adoran un París corrompido y sádico” (…).
 “Su prosa es acrobática, movible e insignificante. Cada frase suya busca “rectamente un objeto determinado. No usan vaselina. Se creen discípulos de Freud, de Costeau (sic), de Gide”.
 “Luego de esto –acota Monsiváis- la respuesta del aludido podrá ser excrementicia, pero se atiene a la consigna del no dejarse: 
 A un Marof
 ¿Qué puta entre sus podres chorrearía
 por entre incordios, chancros y bubones
 a este hijo de múltiples cabrones
 que no supo que nombre se pondría?
 Marof terminaría rompiendo con Diego Rivera, como romperá, a lo largo de su vida, con otros muchos personajes a los que se acercó en sus etapas socialista, comunista y trotskista. 
 Él mismo se llamó –en alusión a la revolución cubana, a la que criticó fuertemente- el “primer barbudo de América”.
 Testigo a menudo agudo y, por lo general, procaz, dejó confesiones un tanto reveladoras sobre sus “amigos” cubanos, que reproduciré a continuación junto a su “Diego Primavera, pintor otoñal”. 

 Pedro Marqués de Armas

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