lunes, 5 de noviembre de 2018

Jorge Cuesta entre cubanos



  Pedro Marqués de Armas

 José A. Fernández de Castro, que además de comunista era un nacionalista que tenía al México revolucionario por ideal, entrevistó en La Habana, en septiembre de 1928, al poeta mexicano Jorge Cuesta, ya entonces resuelto crítico del nacionalismo imperante en su país y del marxismo, comenzando por Marx, como recuerda uno de sus mejores estudiosos, Christopher Domínguez Michael.
 De regreso a su país, Cuesta hacía escala en La Habana luego de una temporada de tres meses en París, en una suerte de exilio forzado por su familia tras el escándalo del acercamiento a Lupe Marín, la mujer de Diego Rivera.
 Ambos personajes se habían conocido exactamente dos años antes, en México, cuando Fernández de Castro realiza su primer viaje a aquel país, donde obrará como secretario consular de Cuba, por varios periodos, en las siguientes décadas.
 Carpentier, que había hecho su ruta mexicana en junio de 1926, también conocería a Cuesta, a quien volverá a encontrar en París donde comparten con Antonin Artaud, avivando, desde aquellos días, su futura expedición solitaria. 
 Ambos visitantes quedaron deslumbrados con los muralistas, en quienes vieron una manera genuina de hacer arte, si bien se sintieron cercanos, también, a los poetas que luego integrarían el grupo Contemporáneos, algunos de los cuales –Torres Bodet, Salvador Novo, Ortiz de Montellano y Villaurrutia– venían publicando en Cuba en las páginas de Social.
 Carpentier escribió sobre Diego Rivera y José Clemente Orozco tan pronto como regresó a La Habana, y presentó más tarde la Exposición Flouquet-Rivera; mientras Fernández de Castro dedicó al pintor y a los poetas mexicanos sendos dossiers en el Suplemento Literario del Diario de la Marina que, por cierto, comenzara a dirigir tras su regreso de aquel viaje.
 El homenaje al pintor (“Silueta pintoresca de Diego Rivera”, en la sección Color y Línea) incluía una cronología de su obra entregada por el propio Rivera; un artículo elogioso firmado por L. Larín Loya; y una breve y amistosa semblanza de Lupe Marín a cargo de Pedro Toledo, que no era otro que Fernández de Castro.
 “Si Diego Rivera es el Popocatépetl entre los mexicanos de todos los tiempos –dice cursi el periodista cubano-, hay razón para creer que Lupe Marín sea… algo así como Iztaxihualt, entre las “tapatias”. Ya el refrán dice, “Dios los cría y ellos se juntan”.
 Y más arriba: “Más de un poetastro “gime” por ella, –que solo lee versos de Shakespeare –o en los “corridos sin nombre de autor”.
  También presentó a los poetas en el texto titulado “Breve noticia acerca de los poetas mexicanos de hoy” (sección Poesía de la Hora). Apoyándose en un artículo de Luis Araquistain, y sin dejar de citar el notorio ensayo de Xavier Villaurrutia "La poesía de los jóvenes de México", señala la existencia ya desde 1920 de una nueva generación donde sobresalen tres grupos definidos: los puros, los nacionalistas, y los estridentistas o sociales.
 De cada poeta aparece un dibujo y un pequeño comentario acompañando los poemas. Estos eran Salvador Novo, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Manuel Maples Arce, Enrique González Rojo, List Arzubide, Martínez Valadez, María del Mar y la indomable Nahui Olin.
 Falta Cuesta. Su nombre resonará, sin embargo, poco más tarde a propósito de Antología de la poesía mexicana moderna que, como se sabe, causó escándalo en su momento, colocándolo –cabeza visible– en la picota tanto de la crítica oficial, como nacionalista, cuando ya venía señalado por su affaire con Lupe.
 Cuesta prologó, sutil y terminante, la selección y, si bien la mayoría de las notas no eran suyas, no hay dudas de que traduce las opiniones y el gusto de todo un grupo que lo tenía como su crítico más preparado.
 La entrevista en cuestión, probablemente desconocida, es decir olvidada hasta hoy, tiene como trasfondo ambos escándalos.
 El de la antología no era sino continuación de un posicionamiento cada vez más claro en contra del nacionalismo estrecho y del arte para las masas, ostensible ya en las páginas de la revista Ulises, abierta a la modernidad europea y norteamericana, a la traducción, al rigor formal, etc., y donde Cuesta jugó un papel fundamental.
 Del otro bullicio, estaba muy enterado el entrevistador. En su viaje a México se había hecho amigo de Lupe Marín, y mantendrían durante algún tiempo correspondencia. Como recuerda Ana Cairo, ella “lo asumió como un confidente discreto de sus crisis con el pintor, hasta que sobrevino la ruptura definitiva, y de sus amores con el poeta Jorge Cuesta”.
 Interroga, pues, subrepticio, a alguien de quien conoce más de una cosa; a quien regresa decidido a casarse (“En llegando, como se dice, me caso con Lupe”, escribió apenas arriba a Francia) y, no sólo eso, a salvar a aquella mujer de las garras de su oponente.
 Así que la pregunta por la obra del pintor no podía faltar. Como todas las que da, la respuesta es parca, incluso distante. Luego de criticar la “revalorización” de Diego Rivera desde ciertos sectores, concluye: “Usted sabe también que Tamayo, Pacheco, Covarrubias y Lazo, trabajan con más provecho cada día”. Igual desgano cortante, al preguntársele por su antología, remitiendo a una carta que enviaría a Social.


 Si desde Revista de Avance se dio amplia cobertura tanto a los muralistas como a los poetas mexicanos, lo mismo de una que de otra tendencia, igual puede decirse en relación al Suplemento Literario. Ambas publicaciones dedicaron monográficos a México, algo que ya había hecho la revista Social en 1926. (En el de Avance, aparecerían dos poemas de Cuesta, uno de ellos excelente, su “Réplica a Ifigenia cruel”.)
 Habría, por tanto, que deslindar las posiciones en cada caso. Mañach e Lizaso, por ejemplo, fueron buenos abogados de los Contemporáneos y defendieron “el rigor” de aquella antología; Mañach escribe incluso reseñas sobre Villaurrutia y Novo. Carpentier y Fernández de Castro, al contrario, para no hablar de los redactores de Atuei, eran fervientes seguidores de los muralistas y del papel social, o bien político, del arte y la literatura. 
 Sólo dos meses después de la entrevista a Jorge Cuesta -cuando éste, finalmente, obtiene la promesa de casamiento-, Fernández de Castro prestará su página para la publicación de un virulento artículo firmado por el pintor: “La realidad intelectual mexicana”. Se trata, en este caso, de un dossier organizado por el intelectual comunista Tristán Marof, que contenía, además del texto, detalles del conocido mural "Al que quiera comer que trabaje" fotografiados por Tina Modotti, así como dibujos y una reseña laudatoria del pintor cubano, entonces por México, Hernández Cárdenas.
 En esta obra, Rivera la emprende contra los escritores-zánganos. Antonieta Rivas Mercado, mecenas de los Contemporáneos, aparece barriendo el suelo, obligada por una mujer del pueblo a tomar la escoba, en tanto Salvador Novo ("La caída del arte puro") es representado de rodillas, orejas de burro y cabellera femenil, mientras un miliciano lo patea por detrás con su enorme bota.  
 Todo señal, no sólo de un exacerbado marxismo que según Maroff delataba a la “pequeña burguesía literaturizante”, sino del nivel de grosería y rencor doctrinario al que se había llegado. 
 Después de salvar únicamente a Maples Arce y a List Arzubide (“de una modernidad entendida como el concreto y el hierro en la construcción”), Rivera-Maroff -en realidad el artículo fue escrito por el segundo, a instancias del primero-, se lanza contra los poetas burgueses calificándolos de “retardados”,  “nuevo-ricos”, plagiarios de Joyce (en referencia a la revista Ulises y su vocación por otras literaturas), “poetas salubres” (en alusión a la financiación de Contemporáneos), imitadores, entreguistas, etc.
 El calificativo recurrente resulta, sin embargo, el de “posteriores”, es decir, el de homosexuales. 
 No menciona a Cuesta, pero lo incluye, como mismo hace un “retrato” de Novo y señala por sus nombres a Torres Bodet y a Villaurrutia y, de paso, al pintor español –quien lo había criticado y seguiría haciéndolo desde diferentes tribunas- Gabriel García Maroto.
 El ataque publicado por Fernández de Castro en su Suplemento, no quedó en silencio y generó una carta de protesta dirigida al director del periódico habanero (“Una carta. Contemporáneos”, Diario de la Marina, 26 de enero de 1929). Los firmantes, Bernardo J. Castélum, Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo, aclaraban en su misiva dos puntos: “1ro. En el primer número de la revista Contemporáneos se publicó –consecuente con la más amplia libertad de expresión que sostienen sus editores– un artículo crítico, amplio, razonado y firmado por su autor sobre la obra de Rivera, cuya vanidad –que no admite el menor examen de sus obras– sustenta, por ese hecho, todos los ataques a la redacción de la Revista”. Y segundo: “La personalidad revolucionaria de Diego Rivera –pintor burócrata– no cuenta en la lucha social de México. Durante su permanencia en Europa, adonde fue pensionado por la dictadura porfiriana, ensayó todas las modas intelectuales francesas y solo cuando la revolución hubo terminado regresó a su patria y se dedicó a explotar, aprovechando el tema del indio en su pintura, la disposición que le prestaba la hora política de México sosteniéndose, sistemáticamente, en las ventajas del presupuesto oficial dentro del cual se ha enriquecido”.
 Los firmantes rogaban que la carta aclaratoria se insertara “en el mismo lugar de su periódico en donde se publicó el artículo de Diego Rivera”, pero en vez de aparecer en el Suplemento Literario del domingo, apareció un día antes en la página cultural del periódico, un tanto disimuladamente.  
 Amigo de Julio Antonio Mella, Fernández de Castro tuvo ocasión de encontrarse en México, en aquella estancia de septiembre a diciembre de 1926, con el líder comunista cubano. Fue él quien le regaló el sombrero tejano que se haría famoso en las fotografías de Tina Modotti.
 Tina y Diego Rivera ya eran amantes; después lo sería de Mella. Fue la irrupción de esta extraña e indescifrable mujer, los celos que despertó “la cubana” –como la llamaría, despectiva–, lo que llevó a Lupe Marín a romper con su marido e inclinarse, ya entonces, por el poeta. Un ser realmente en las antípodas, que no soportaría la presión, abocándose luego a la locura.
 Valdría la pena recordar, para concluir, una deliciosa anécdota de Lorenzo García Vega recogida en Los Años de Orígenes. Eco de antiguas fobias de la época comunista -que sin cesar, recomienzan-, se trata de un encuentro entre Lezama y Cuesta. Un encuentro en diferido... Debió ocurrir a comienzos de los cuarenta y alrededor de aquella sospechosa antología:
 “Un día, cuando era joven, Lezama llegó a la Biblioteca Nacional. Quería, Lezama, leer a Jorge Cuesta, pero nadie, en la biblioteca, sabía quién era Jorge Cuesta, ni nadie, en la biblioteca, sabía por dónde andaba Jorge Cuesta. Así que llamaron al director, al director que era un escritor llamado José Antonio Ramos. El director, escritor, Ramos, no quería usar un bombín de mármol, ni quería derretirse Ramos. Pero el director había heredado las confusiones de los cejijuntos bombines positivistas. Era, y no era, el Ramos. Era el que no quería derretirse, pero no era el que se había salvado del engarrotamiento. Por lo que Ramos, como todo el mundo en Cuba, estaba resentido. Por lo que Ramos no podía ser la tradición. Así que Ramos, que conocía a Cuesta, encontró lo que Lezama pedía. “¿Quién quiere leer a este maricón?”, dijo el director de la Biblioteca Cubana. “Yo”, contestó Lezama. Y entonces Ramos, el director, entregó el Jorge Cuesta que había pedido un joven cubano.”

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