miércoles, 7 de enero de 2015

Tal es el sistema que se sigue




  
 Pedro Marqués de Armas


 Testimonio de un emigrado cubano recluido en varios manicomios neoyorkinos, entre los años 1892 y 1894, La moderna inquisición en los Estados Unidos es un libro raro entre los raros. Lo descubrí por casualidad en los fondos de la biblioteca de la Universidad, si mal no recuerdo en el verano de 2002, un día que había ido a consultar no sé qué tomo de los Anales de Sagra desaparecido de la Nacional. El bibliotecario, un cuarentón con quien intimé, al punto que me dejó llevar a casa aquel ejemplar único, puso cara de extrañeza. Presumía de saberse cada uno de los títulos que albergaba aquella nave, y de localizarlos al vuelo, pese a la oscuridad y el desbarajuste reinantes. Pero, en cuanto al libro en cuestión, que pillé sobre un armario enorme del siglo XIX y entre un montón de volúmenes todavía “sin clasificar”, dijo que no tenía la menor idea; y siguió hablando de sus enfermedades.

 Se le podría ubicar en ese género de denuncias a la “institución total” que, escritos por quienes padecieran algún encierro psiquiátrico, hablan desde el lugar de un testigo no dispuesto a aceptar la condición de enfermo mental; género que casi no cuenta, por lo visto, con ejemplo en Cuba, pero que en el caso en cuestión se adelanta a un clásico de los propios Estados Unidos: A Mind That Found Itself (1908), de Clifford Beers, quien devendría fundador del movimiento por la Higiene Mental.

 Muy poco sabemos del autor de La Moderna Inquisición en los Estados Unidos, salvo por lo que él mismo cuenta, y algún que otro dato tomado de la Red.

 Rafael J. Castañeda era natural de Sancti Spíritus, ciudad donde había publicado un periódico titulado El ideal masónico (1886) y en la que publicaría, nueve años más tarde, esta denuncia más que desconocida. El libro, de 370 páginas, se lo debemos a la imprenta La Paz de Carlos Canto, de donde también saliera, añado a modo de curiosidad: La apicultura en Cuba como entrenamiento (1894). A diferencia de este último, nunca fue reseñado, aunque sí incluido en bibliografías.

 Empleado menor de una casa comercial, Castañeda llevaba más de una década en Nueva York, cuando tuvieron lugar los hechos que narra. Más que ocuparse de su experiencia como oficinista en la enervante ciudad, es natural que se centre exclusivamente en los infortunios que padecerá, una vez detenido por la policía. Abandonaba su empresa cuando fue esposado y conducido directamente a prisión en un coche celular.  

 Nos enteramos por el propio Castañeda, a quien no hay que dejar de creer, tanto más a estas alturas, que había sido víctima de un “complot” organizado por su jefe, el Sr. A. M. Cape, quien, en unión de varios “amigos colaboradores”, habría sellado su suerte.

 A lo largo del libro nunca queda aclarado el motivo de tales maniobras. Pero no por eso sus denuncias pierden validez; y no solo por estar hechas “a nombre de decenas de ciudadanos cuerdos recluidos forzosamente”, sino por apoderarse Castañeda, para enriquecer el suyo, de otros muchos testimonios. Monta así un discurso que, si bien repetitivo, se despliega pleno en detalles sobre aspectos bien conocidos del funcionamiento interno de tales instituciones.

 Cuando realiza aseveraciones de tipo: “La trascendencia de los hechos que refiero puede apreciarse mejor si se considera que ocurren en un país donde existe un régimen de gobierno democrático”, o “Lo que ocurre en la ciudades de Nueva York y Brooklyn respecto a la manera infame en que encarcelan y martirizan a los cuerdos bajo pretexto de locura, ocurre también en las demás ciudades populosas de la Unión”, no podemos sino creerle. Más claro, ni el agua; y allí están sus anécdotas, su retrato de los celadores y enfermeros, y su manera de entender las postergaciones y las buenas palabras.

 Castañeda fue conducido inicialmente a Las Tumbas, cárcel pública de Nueva York, de la cual pasó al Hospital Bellevue, donde los médicos certifican su estado de locura, que nunca asoma con nombre clínico, o técnico. Muy pronto se lo llevan al Manicomio de Ward´s Island y, tan sólo un mes más tarde, al Asilo de Locos del Condado de Kings, en Flatbush. Allí permanecerá desde 4 de marzo de 1892 hasta 10 de febrero de 1894. Se trata de un “loco bajo sospecha", según refiere; por lo que, algo más que “curarle” quieren de él.

 ¿Estuvo Castañeda realmente loco? Puede que sí. Pero la subjetividad de su discurso lo aparta de una “experiencia delirante”, al menos, de delirios extraños o bien constituidos. No es esa, por demás, la marca de sus escritos. Herido en su orgullo, exaltado sí, y al máximo, narra en un rango cuya comprensión siempre se verifica; quizás levemente deformado por eso que llama “consignas” y esa suerte de poder paralelo que se ocupa de su persona, pero reflejándose, siempre, en el espejo estañado de la Ley.

 A lo más, su exaltación justicialista y su querulancia, digamos así, lo lanzan contra una cámara de ecos, en definitiva acorde con la violencia y los derechos que se le sustraen, donde su paranoia (ese complot nunca desmontable) se revela, más bien, como un exceso de explicación, o sobreentendidos: los de un mundo rigurosamente vigilado.

 Veamos este fragmento: “Los que hayan residido en Estados Unidos en estos últimos años, y tenido el deseo y la oportunidad de conocer las costumbres, prácticas e instituciones del país, convendrán conmigo en que el sistema de espionaje importado allí de Europa, pero modificado de un modo notable, gracias al régimen de gobierno existente, ha llegado a generalizarse tanto, que constituye un factor con el que hay que contar en casi todos los órdenes de la vida social. Nadie puede estar seguro de que no es un perseguido, y de que los más mínimos detalles de su vida íntima no son conocidos por alguien que tenga interés en conocerlos; de que sus negocios particulares no le conciernen a un tercero que se cuida de averiguar lo que conviene saber” (p. 22).

 Luego denuncia el negocio de las agencias de detectives, como se sabe, entonces en su apoteosis: “Los hechos que relato prueban dos cosas: que la persecución existió, y que se llevó a cabo de un modo sistemático por individuos que obedecían una consigna. Mi íntima convicción es que alguien se encargó de dirigir aquellas, de soliviantar las pasiones en mi daño y, en una palabra, de hacerme caer dentro de las inextricables y permanentes redes de una poderosa organización política que ejerce una tiranía tan abominable como la de los gobiernos más despóticos” (p. 61).

 ¿Qué organización es ésta? Sin duda, un poder, además de paralelo, ilocalizable, regido por un “alguien” que parecería, más bien, su propio jefe, ahora de absconditus y disfrazado bajo otras iniciales, como esas letras que se dejan ver (cual consignas) en la punta de un pañuelo. Pero esto no es locura, rigurosamente hablando. Y menos tratar de alzarse, no hasta Dios, quede claro, sino hasta ese espacio público al que pretende llegar, usando, también por testimonio, y como prueba, el hecho de escribir un libro. No se está loco, al menos de remate, cuando se escribe un libro del género, quiere decirnos Castañeda:

 “Mi protesta tiene la fuerza legal que le da la circunstancia de no estar loco al escribir este libro, que es todo él una protesta contra la serie de actos por los cuales se cometió una de las más grandes infamias. No solamente importa al público conocer los medios por los cuales se priva a un ciudadano de su libertad y de sus derechos; se le mantiene prácticamente incomunicado por dos años; se engaña a su esposa y demás familiares; se dispone de su propiedad y se le insulta, veja y tortura con una crueldad inconcebible; importa, sobre todo, que se sepa cómo se cohonestan hechos tan punibles….” (p. 65).



 Pero así como nadie le escucha, o al menos, cree en lo que dice, y mientras los días de encierro se suman y alargan, más firme es su empeño y más claro su discurso. De una tenacidad y transparencia, o si se quiere, obviedad, pasmosas: “Verse en una casa de locos estando cuerdo; tener la convicción de que allí ha sido uno llevado deliberada y maliciosamente; saber que los culpables no pueden sustraerse al merecido castigo de su crimen, sino manteniendo y haciendo corroborar como cierto el hecho falso de estar uno loco, es quizás la mayor tortura moral a que pueda verse sometido un ser humano con suficiente inteligencia para sentirla” (p. 67).

 Fragmentos como el anterior se repiten y producen, a veces, cierto desgano; y estamos a punto de abandonar a Castañeda a su suerte, cuando nos cuenta, por fin, algo. Aparece un nombre en la serie de las víctimas, que no pertenece a ninguno de los reclusos. Se trata del Dr. Campbell, el médico que lo asistiera en Ward´s Island, y a propósito del cual escribe: “Me pareció, y es muy lógico suponerlo, que los médicos no tenían libertad de acción y eran espiados por los enfermeros a sus órdenes” (p. 69). Es él ahora el que indaga, y lo hace no tanto hacia el interior del complot de que ha sido víctima, como hacia fuera, con la misma lógica de sus furibundos carceleros, es decir, apelando a una observación permanente, y clasificando, con toda paciencia, aquel mundo intrigante y sórdidamente teatral:  

 “Hallar la línea divisoria entre la locura y la cordura, al tratar con hombres que, junto con el que investiga, se hallan espiados, maltratados, intimidados, enardecidos, es cosa poco menos que imposible. Sin embargo, por lo que observé puedo, sin temor a equivocar, clasificar a los reclusos de W. I. de la manera siguiente: locos verdaderos, que bien lo estaban cuando fueron llevados allí o perdieron el juicio a consecuencia del tratamiento inhumano y cruel que allí se daba; cuerdos que no se podían explicar por medio de racionales hipótesis la situación temible en que se veían colocados; y cuerdos que, conocedores del procedimiento, se resignaban y trataban de salir de aquel lugar por los medios que su inteligencia les sugería” (p. 75).

 Todo eso le lleva a un esfuerzo supremo de la inteligencia y a enlazar la lógica de aquella institución, aquella lógica desquiciante, con su propia lógica, ahora reflejada en otro espejo: el de la duda. Un espejo que es también el de su experiencia intelectual, la de buen alumno cubano de filosofía, o de buen cubano hecho para filosofar:

 “En tales circunstancias –nos dice-, mi cerebro tenía que afectarse en un tiempo más o menos breve, por lo que trataba de conservar la razón esforzándome en dirigir bien mis pensamientos. Hacía algunos años que había yo leído la primera parte de las conferencias de Enrique José Varona, y tal vez deba, a esa lectura, el no haber sufrido ninguna alucinación. Me sujeté estrictamente a la lógica, y, conforme a ésta, dudaba las más de las veces de mis propios juicios acerca de lo que me ocurrió. La “salvadora duda”, si no consta a hallar la verdad, sirve al menos para impedir la caída en el error” (p. 81).

 Se aferra así Castañeda, desde su paranoia razonante, al clavo de hierro de la resistencia intelectual a secas, a fin de no alucinar, de no abismarse de una vez entre los fantasmas.

 Según relata, en la Casa de Locos del Condado de Kings fue asistido por el Dr. Philip P. Carlon, “también espiado por los enfermeros”, bajo la dirección de un tal Dr. Fleming. Y  ya a partir de septiembre de 1892, es el Dr. William E. Sylvester quien lo atiende.

 “El hecho de verse en una casa de locos estando cuerdo, la mala alimentación, la falta de sueño, la ociosidad forzada, el recuerdo de los seres queridos, la exasperación natural que causan las grandes injusticias y los vejámenes diariamente sufridos, son causa suficiente para agravar cualquier afección del cerebro” (p. 137).

 Será el tal Dr. Fleming, jefe máximo de la Casa de Locos, quien por fin lo entreviste y, como caído del cielo, le confirme lo que tanto tiempo lleva anhelando: que ha sido su antiguo patrón, A. M. Capen, quién determinó su arresto. Fleming se limita a preguntarle: “¿Estaba usted loco cuando se verificó su detención?” A lo que responde: “Jamás estuve loco. Lo más que puedo admitir es que mi cerebro estuvo en condiciones anormales las cuales quizás fueron provocadas por la administración de alguna droga y, posiblemente, por el anterior convencimiento de que varios individuos obraban de concierto para causarme daño sin incurrir en responsabilidad ante la ley” (...). (p. 169)

 No nos cuenta ahora, cuando más lo esperamos, el porqué; quizás, porque ni lo sabe. “En cuanto al motivo particular que pudieran tener para hacerme daño, no puedo precisar, por más que lo sospeche.” (p. 170). Pero no hay dudas de que suelta prenda, al afirmar lo transitorio de su anormalidad.

 Más adelante, dejará traslucir incluso el haberse sentido perseguido por enemigos políticos y religiosos, envueltos en un negocio de miles de pesos, por lo que solicitara la protección de un detective a través de la prensa.

 Y he ahí la clave… Castañeda se metía en camisa de once varas.

 Es entonces cuando todo gira. O mejor, cuando nada menos que José Martí entra en la vida de Castañeda. Un día le anuncian que unos cubanos hacen gestión para liberarlo. Se trata, en efecto, de unas gestiones… y estas corren a cargo de la Sociedad Benéfica Hispano Americana de Nueva York. Sus familiares, de los que no ha recibido carta alguna en estos años, han hecho, por su parte, lo suyo. Se han movido y han contactado a los emigrados cubanos de más poder.

 El 8 de noviembre de 1893, Castañeda recibe una visita de Vicente Díaz Comas, a nombre del presidente de la Sociedad Benéfica, el Dr. Ramón L. Miranda, médico de Martí (Díaz Comas había fundado aquella organización pero no la dirigía). Aun así pasarán unos cuantos meses más, en los que Castañeda continúa su lucha. Pero ahora no sólo enfrenta su secuestro, sino que lo pretendan deportar a Cuba, sin que se le deje decidir como “ciudadano libre”.

 Por fin, en febrero de 1894, se concreta su libertad. Van a despedirlo, a bordo del  vapor “Panamá”, Díaz Comas, el Dr. Miranda, y su yerno Gonzalo de Quesada, éstos últimos presidente y secretario, respectivamente, de la Sociedad. Ya en la barandilla,  Miranda le hace saber las muchas dificultades que debieron vencer para lograr su traslado, y que la Compañía de Vapores no quería admitirlo. El médico de Martí no pierde ocasión y le entrega un ejemplar del reglamento de la Sociedad Benéfica, mientras le expresa, como el que no quiere la cosa, que pertenecían al Partido Revolucionario Cubano.  

 A Castañeda, seguramente con razón, con su razón, le parecen “extemporáneos” estos contemporáneos, por el hecho de ser ellos, como dice, “representantes de una sociedad hispánica” (p. 224). No otra cosa cree, o deduce, el muy cauto: que lo pueden complicar.  Entonces Gonzalo de Quesada se le acerca, y mirándole a los ojos, le suelta a bocajarro: “Martí me encargó que le preguntara a usted si tenía algún informe que darle, porque de Sancti Spíritus le han escrito que un Sr. Castañeda, de allí, podía enterarle de algo importante. Él cree que se trata de un depósito de armas”.  

 “Eso debe ser una equivocación del Sr. Martí, o de su corresponsal”, le responde Castañeda crispado. Y añade: “Yo nunca me he ocupado en depositar armas. Evidentemente, el que escribió al Sr. Martí que le pidiera informes a un individuo que había estado de años recluido en un manicomio, no tenía buenas intenciones para con él” (p. 226).

 Castañeda acusa, luego, a la susodicha Sociedad Benéfica de cometer una infamia, al llevar a cabo su embarque en calidad de loco, e imponer, “caritativamente”, el abandono de su lugar de residencia (p. 279).

 Han herido aún más su orgullo y han llevado sus visitantes, al terreno de su paranoia, el demonio de la paranoia política, que se encuentra en su clima y refleja, sin dudas, en ese andar rápido y como investigándolo todo de Martí.

 ¿No es el colmo de este asunto que los propios benefactores, con Martí a la cabeza, tengan a este Castañeda por otro Castañeda (1) y le reclamen tal información? Pero no hay gato encerrado. Simplemente, una desconfianza generalizada. 

 Como también, ciertos paralelismos que cabría destacar. Contratados o no por la Legación Española, agentes secretos de la Pinkerton pisan ahora –casi diariamente- los talones de Martí. Persecución documentada, en su caso, la que experimenta Castañeda no habría que tildarla, sin embargo, de meramente imaginaria. Solo que mientras Martí, tanto más después de la fracasada expedición de la Fernandina, logra despistar del modo más avezado a sus persecutores, Castañeda, en cambio, los atrae como moscas. 

 A ambos le echan alguna droga o veneno en sus bebidas; al menos, eso sienten. Pero, mientras para Castañeda esta posibilidad se expresa como mera proyección e incluso como duda, para Martí se trata de una certeza que descubre con sus propias papilas gustativas. Pues sabe de hecho que ese vino de coca Mariani –reconstituyente al que apelaba entonces, según se dice, por problemas de salud, y hacia el que desarrolló una verdadera adicción, dejándolo sin apetito-, estaba completamente adulterado. Sin embargo, en tanto a Castañeda se le nubla sin remedio la razón, a él solo le provoca –la droga o veneno- un malestar físico transitorio, del que saldrá con la ayuda de un médico curiosamente llamado Barbarrosa y de una negra sabia en antídotos y cuidados amorosos.

 En fin, líneas quebradas de una historia que incluye a espías, depósitos de armas y venenos que no dejan traza, forman parten de un relato maestro que las engloba. A fin de cuentas, con sus cargas de realidad y ficción. 

 Y como el tema de La Moderna Inquisición… es el sistema norteamericano -y este injusto secuestro a causa de un complot del que no se sabe, ni quizás nunca se sepa, su origen-, concluyo con el resumen que Castañeda hace de aquel mundo rigurosamente vigilado. Según se mire, haría las delicias de cualquiera, Tirios y Troyanos: 

 “El sistema de gobierno político de los Estados Unidos dista mucho de ser perfecto. Uno de sus males es el ilimitado poder de las organizaciones políticas que hacen mal uso de las fuerzas de que disponen. Si el pueblo no fiscaliza todos los actos de los que llevan su representación, corre el riesgo de verse sometido a la peor de las tiranías, la de los más hábiles y osados. Entonces sucede que todo lo que no pueden hacer los individuos aisladamente, sin sufrir el condigno castigo, lo realizan impunemente las organizaciones de los políticos de oficio que por abandono del pueblo asumen su representación y se apoderan del gobierno. Esas organizaciones llevan a cabo por reprobados medios lo que sin duda desconoce el pueblo soberano: asesinatos, secuestros, violaciones de domicilio, usurpaciones de la propiedad y deportación. Pero a todo se le da un nombre diverso del verdadero. Al asesinato se le llama suicidio o muerte repentina; al secuestro, reclusión justificada; a la violación del domicilio y a los ataques al derecho individual, intervención amistosa; a la usurpación de la propiedad, adquisición por justo título; a la deportación, embarque caritativo. Tal es el sistema que se sigue… “

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 Nota  


(1) Declaramos también nuestra ignorancia. Con el mismo nombre y primer apellido, nos aparecen en Sancti Spíritus dos personas: Rafael Castañeda Cañizares, quien fundó en 1912 el semanario "Cuba Altruista" y fuera miembro de la Junta de administración del Hospital de Mujeres; y Rafael Castañeda y Consuegra, entablador de pleitos por rentas, más o menos por la misma época. En la ciudad del Yayabo, Castañeda es apellido del siglo XVII y lo llevaron alcaldes, regidores, síndicos, comerciantes y hasta un Gobernador General, Francisco de Castañeda (S.S., 1690).   
 Dibujo de Juan E. Hernández Giro: José Martí, Ramon L. Miranda (con barbas), Gonzalo de Quesada (en el extremo derecho), Gustavo Govín (de espaldas) y Luis Rodolfo Miranda (a la derecha de Martí). Encuentro en el Delmonico's, el 28 de enero de 1895. 
 

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