jueves, 15 de enero de 2015

Genealogía Schreber

  



  
  Roberto Calasso


 Los Schreber, a quienes correspondía el título de “margraves de Toscana y de Tasmania”, en los comienzos del reinado de Federico II y casi al final de la era compacta que se cerraba, se nos aparecen en la figura de Johannes David Schreber, Rector de la venerable escuela de Pforten, la escuela de los príncipes, donde Nietzche habría mojado su latín en el alcohol: detrás del atril, del otro lado de la ventana, contemplaba “el tilo en flor” y la “amable naturaleza” sobre las colinas de Saal. Otros, antes que él, estuvieron recluidos en el jardín: Klopstock, Lessing, Novalis. Después de él: fue centro de formación para la crème de los SS. Johannes David, desde su primer opúsculo, De libris obscoenis, aparecido en 1688, fijaba el destino de la estirpe en la preocupación por el “placer perverso”. Era la preocupación del que conoce, se habría comprobado dos siglos más tarde. En la lascivia de los clásicos, pero aún más en las elaboradas descripciones de los casuistas jesuitas –Sánchez, en De matrimonio, platica doctamente contra naturam con Aloysía Sigaea Toletana- había hallado ese fuego al que “los verdaderos cristianos” prefieren la quema de los libros (cap. XVI). Y la poesía no puede servir de excusa. En todo caso, podría servir únicamente la ciencia: el anatomista es el único que tiene derecho de “nombrar esas parte (sexuales), describirlas e incluso mostrarlas sin atentar contra el pudor”. Porque en ellas se muestra la “admirable estructura” y la “sabiduría del Creador”. “Admirable estructura” en el cadáver, oprobio en el cuerpo viviente: tal es el blasón de la familia Schreber. Sanear el universo, extirpando el “placer perverso”, que por corrupción filológica desciende de Tobías, VIII, 9, es la misión de los margraves de Toscana y Tasmania. El hijo de Daniel Gottfried (…1777) tiene vocación poligráfica y propone inspiradas mejoras de las particularidades del mundo, se trate de impuestos o servicios postales, del cultivo de duraznos, de la cría de terneros o de la destrucción de gusanos. Como economista, había transferido instintivamente el “placer perverso” a la “mala moneda”, y también él lucubraba visiones de mejoras definitivas: “El comercio ya no estará arruinado por la mala moneda, los judíos y otros enemigos…”; y cuando los judíos no corrompan más la moneda, también serán “utilizados todos los lugares desocupados”. Su hijo Johann Christian Daniel (1739-1810), naturalista, estudiará a fondo los medios posibles para mejorar la gramilla. De un hermano de él, jurista, nacerá el padre del presidente Schreber: Daniel Gottlob Moritz (1808-1861), que se propuso extender la persecución en nombre del Bien a toda la existencia humana, cortando la vida desde sus comienzos: se hizo educador. En él se unen las dos tendencias de los Schreber, divididos entre juristas y científicos: la educación impone una ley que es al mismo tiempo jurídica y biológica, consagrada a la moralidad total de la naturaleza. Daniel Gottlob Moritz Schreber quiso tenazmente el Bien, quiso la voluntad –la “fuerza de voluntad ética” es “la espada de la victoria en la batalla de la vida” (Kallipädie, Leipzig, 1858, pág. 134), y por consiguiente, como recordó su joven exégeta nazi Alfons Ritter, “el salvador incluso en la fiebre y en la noche de la locura”- y percibió con el rigor de los grandes visionarios el nexo circular que une los frecuentes enemas, los sacrificios para los pobres, la posición erecta, los antiguos germanos, la acumulación de esperma, la gimnasia puertas adentro, la piedad ruda y firme, los baños fríos, el baño de sol, la mesurada alegría doméstica, los pecados escritos en el pizarrón, el odio por las fábulas, la santidad del trabajo, la jardinería forzosa, la Ley Moral en nosotros. Organizó su familia como cédula experimental del nuevo cuerpo de la sociedad, tal como debería marchar hacia el sol, la luz y el trabajo con alegría, después de haber extirpado esos “tumores en el cuerpo del Estado” que son las “clases inferiores” no educadas para el “ennoblecimiento de la vida de acuerdo con la razón y con la naturaleza, por obra del poder moral” (Ueber Volkserziehung, Leipzig, 1860, pág. 14). En Alemania, en 1938, los Schrebergärten –pequeños jardines plantados según las ideas del pedagogo- produjeron trescientos cincuenta millones de kilos de fruta y doscientos noventa millones de kilos de verduras y hortalizas, y en 1958 las Asociaciones Schreber tenían más de dos millones de miembros. 

 Fecundo inventor de instrumentos para enderezar a la humanidad, que eran construidos por el mecánico Johann Reichel en Leipzig, D.G.M. Schreber estudiaba sus efectos en sus propios hijos; por consiguiente también experimentó en el pequeño Presidente, que tenía diecinueve años cuando murió su padre. A.D.G.M Schreber además le debemos: el Geradhalter (en dos versiones: portátil, para usar en la casa: fijo, adosado en los bancos escolares), instrumento metálico que obligaba a los niños a mantenerse derechos cuando estaban sentados; el Kopfhalter, un tirador de cuero aplicado por un extremo a los cabellos del niño y por el otro a la camisa, de modo que tirara los cabellos de los que no mantenían la cabeza derecha; el Kinnband, una especie de casco hecho de correas de cuero que rodeaba la cabeza del niño y aseguraba el crecimiento armonioso de la mandíbula y de los dientes; una rienda de cuero fijada a la cama, que obligaba al niño a mantenerse acostado boca arriba, evitando así la perversión del sueño de costado, pero no necesariamente la profanación del cuerpo mediante la masturbación. A esta última, que entonces constituía la forma más acreditada del pecado original, D.G.M. Schreber hizo raramente alusión, pero cuando se refirió a ella fue con acento de condena implacable por las “silenciosas aberraciones” (Kallipädie, cit., pág. 256): “El hombre puede hundirse hasta llegar a ser un verdadero horror, si se pierde por caminos antinaturales en su intento por satisfacer el placer sexual, como precisamente ocurre con el espantoso vicio de la profanación de uno mismo; puesto que nada se venga de manera tan segura y terrible como la naturaleza violada” (Das Buch der Gesundheit, Leipzig, 1839, pág. 164). Pero no basta con evitar el abominable acto: D.G.M. Schreber sabe muy bien que el enemigo está en lo inconsciente, si es cierto que, nuevamente según las palabras de su exégeta nazi A. Ritter, “El progreso de la historia se manifiesta como el pasaje del dominio de lo inconsciente al dominio de lo consciente”, y quiere evitar ante todo las poluciones nocturnas; por eso aconseja que por la noche se efectúe “un simple enema de agua a una temperatura de 10-12 grados, que debería retenerse todo el tiempo posible (por lo cual no debería ser muy abundante) (Aerztliche Zimmer Gymnastik, Leipzig, 1855, pág. 81). Una noche durante el invierno de 1894 el presidente Schreber –segundo hijo de D.G.M. Schreber: el primero, Gustav, también juez, después de volverse loco se había suicidado algunos años antes- tuvo “un número absolutamente insólito de poluciones (alrededor de media docena)”. Esa noche, escribió el Presidente, “fue decisiva para mi derrumbe espiritual”. Y “desde entonces se produjeron los primeros síntomas de una relación con fuerzas suprasensibles, sobre todo de una conjunción nerviosa que el profesor Flechsig (a cuyos cuidados él se había entregado en ese momento, encerrado en su clínica psiquiátrica universitaria) había establecido conmigo, en el sentido de que hablaba con mis nervios sin estar presente personalmente. Desde ese momento también tuve la impresión de que el profesor Flechsig no tenía buenas intenciones con respecto a mí”.




 Trad. Italo Manzi: El loco impuro (fragmento), 1977, Buenos Aires, Marymar.