martes, 6 de enero de 2015

La Esperanza y Mazorra

  


  Joaquín Nicolás Aramburu


 El doctor Francisco Fernández ha presentado dos proyectos a la Cámara. Uno creando cinco sanatorios de pre-tuberculosos, del tipo de «La Esperanza», en la Habana, y otro organizando cinco pequeños manicomios auxiliares del de Mazorra; ambas iniciativas humanitarias y patrióticas.

 En mis correspondencias he dicho a ustedes que bien podía dedicarse a fines tales el 33 por 100 de la Lotería, que ahora se despilfarra. Y eso, después de cansarme de proponerlo en la prensa de Cuba.

 En «La Esperanza», admirablemente regida, se curan muchos tuberculosos incipientes; pero en «La Esperanza» caben pocos, y toda la isla está llena de infelices a quienes la miseria y el trabajo rudo preparan para la tuberculosis. Estos infelices, que a tiempo se curarían, se van consumiendo; el bacilo abre cada día nuevos hoyos en sus pulmones y prematuramente mueren ellos, dejando en el hogar estrecho y pobre, el contagio de sus esputos. ¿Por qué en vez de mantener a agentes electorales, no habíamos de salvar tantas vidas inocentes?

 ¡Y con los desequilibrados sucede lo mismo! No yo, toda la prensa del país, eminentes higienistas, hasta presidentes de la República, han dicho que «Mazorra es una vergüenza nacional». Y sin embargo, Mazorra  es nuestro único manicomio, atestado de enfermos, cayéndose las casas, careciendo de recursos curatorios, más que hospital, cementerio de cerebrales.

 En provincias, un desequilibrado es puesto en observación en un mal hospitalito, cuyo director no ha hecho estudios de enfermedades nerviosas. Allí se les trata mal por enfermeros ignorantes; allí se les encierra en calabozos, hasta que un día se les pone camisa de fuerza y se les conduce por la fuerza pública a Mazorra, donde probablemente quedarán.

 A tiempo, en sanatorio especial, bajo el cuidado de facultativos acreditados y con elementos adecuados, muchos desgraciados de esos recobrarían el equilibrio de sus meníngeas, y seguirían siendo hombres de trabajo, amantes madres del hogar, muchachas en la plenitud de la belleza y la juventud.

 ¿Por qué no destinar a fines tan grandes lo que, alentando esperanzas de fortuna, arranca el Estado a los míseros y a los ambiciosos? Si preguntar esto es ofender a Cuba, me honra tal ofensa.



 La Vanguardia, 13 junio de 1915.