viernes, 16 de enero de 2015

Delirar a lo grande






 Pedro Marqués de Armas


 A Raymond Queneau le rechazaron por demasiado loco su libro sobre los “locos literarios”, que concluyera en 1934. Un estudio sobre autores paranoicos empeñados en producciones tan encopetadas como el origen del mundo, la cuadratura del círculo, o la creación de lenguas originales. El libro no se publicó en Francia hasta el 2002, si bien algunos fragmentos se conocían por formar parte de su flaubertiana novela Les Enfants du Limon (1938). En castellano aparecería en 2005 bajo el título En los confines de las tinieblas, en otra excelente entrega de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

 Según Queneau, rasgos comunes a estos “heteróclitos”, como también les llamó, eran la extravagancia de los argumentos, lo flagrante de los errores, el carácter indiscutible de las tesis, el valor nulo respecto a los conocimientos de la época, y el trasfondo más que nada autobiográfico de sus escritos: por lo general libros de memorias y folletos científicos que el autor de Ejercicios de Estilo fue pescando, casi durante una década, en las colecciones más insólitas. 

 Aunque semejante proyecto contaba con antecedentes, desde Algunos libros excéntricos (1835) de Charles Nodier hasta Los locos literarios (1880) de Pierre-Gustav Brunet, entre otros, Queneau intentaba una aproximación más dinámica, acogiéndose a sus lecturas psicoanalíticas: no solo comprender la locura a través de los escritos en cuestión, sino también distinguir, desde éstos, a los auténticos desquiciados de quienes simplemente se embarcaban en profecías y fatuidades.

 Muy cercano, entonces, a un joven Lacan que ya había publicado su tesis de doctorado De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932), como también Escritos inspirados: Esquizografia (1931) –estudio en colaboración con Lévy Valensi y M. Migault sobre las producciones psicóticas de la paciente Marcelle C.- Queneau usaría con cautela los conceptos y las categorías analíticas, mostrando fragmentos extensos de aquellas obras delirantes, a fin de que éstas hablaran por sí mismas. 

 Se trata de textos casi todos anteriores a un clásico del género: las Memorias de un enfermo nervioso, del Presidente Daniel Paul Schreber, el jurista alemán del que Freud se valió para escribir su tesis sobre la paranoia (la cual concibió, según confesara, tras leerse las primeras páginas), y donde Elías Canetti supo ver el carácter político de tales construcciones.

 Queneau dividió su estudio en cuatro partes, según las temáticas generales que encontrara: el círculo, el mundo, el lenguaje y el tiempo. En estos órdenes se insertan y reaniman las elucubraciones de sus “locos literarios”. 

 A Jean Pierre Aimé Lucas, matemático vinculado a la Academia de Ciencias de París, le tocó en suerte en 1775, tras años de forcejeos, recibir una inspiración del Altísimo por medio de la cual pudo resolver “el magno problema”. Luego de reformar el álgebra y la geometría, saltándose pruebas y demostraciones, descubrió un método ideal: fruncir el ceño del modo más intenso posible hasta que fórmulas y teoremas se animaran como encantamientos…  "Seguro de la victoria –concluye en unos de sus escritos- tomo sin más demora mi título inmortal que nadie en este mundo puede negarme. El autor de la cuadratura del círculo. Lucas".

 No menos gracioso es el caso del campesino Joseph Lacomme, al que se le revela, en 1836, la misma verdad. Tras construir un pozo en su finca, se le ocurrió pavimentar el fondo y quiso saber cuántos bloques de piedra eran necesarios. Acudió a un profesor de matemática que le respondió por las claras: nadie había descubierto la relación de la circunferencia con el diámetro. A partir de ese momento, se le metió en la cabeza que debía descubrir lo que otros geómetras ignoraban. Después de vender la casa y empeñar el resto de sus bienes, y en tanto aprendía a multiplicar y dividir siguiendo un método propio, se instaló en el fondo del pozo a fin tomar las medidas pertinentes.

 En cuanto al sistema del mundo, Queneau nos habla, entre otros, de Pierre Roux, quien estableció una concepción del acto sexual según la cual la Anunciación era el resultado de una procreación fotográfica, instantánea, entre la Virgen y el Ángel Gabriel. La visión de Roux era a la vez escatológica: atribuía al sol una condición excrementicia y cavilaba acerca de cómo sus desechos, en forma de energía solar, influían sobre los seres humanos (“esos pequeños soles ambulantes”). Roux, que veía el universo como una planta de reciclaje, fusionó en el neologismo scatotherme los dos conceptos de que se valía: calor y mierda.

 El lenguaje lo representa mejor que ninguno otro el lingüista Jean-Pierre Brisset, de grata memoria entre los surrealistas, y a quien Foucault dedica un magistral ensayo. Brisset, autor de La gramática lógica, estaba convencido de que el Señor le había comunicado una lengua particular: sus herméticos y divertidos retruécanos y juegos de palabra, esmerado código hecho para confundir a sus rivales e incluso a Dios mismo. También escribió el folleto La natación o el arte de nadar aprendido sin maestro en una hora, ya traducido al español en 1880 y donde patenta un "cinturón-calzoncillo aerífero de doble reserva compensatoria". Brisset acabaría por demostrar, tras el examen de ciertas homofonías caprichosamente saltarinas que descompuso hasta sus mínimos elementos, que el homo sapiens desciende de las ranas. 

 Otro gran filólogo fue Paulin Gagne, quien además de escribir el poema de 3000 versos Le suicide, creó el monopangloto, idioma que entrevera más de veinte lenguas distintas y en el que estuvo trabajando casi veinte años. El fracaso no lo desanimó, pues volvería a la carga con la filantropofagia, cuyo presupuesto era la solidaridad caníbal: comerse a los ancianos para mitigar el hambre y aliviar de paso la suerte de aquellos. 

 En la cuarta y última parte, el tiempo, asoman utopistas y mesiánicos. Ejemplos por excelencia serían M. Monfray, autor de unas Memorias que comienzan así: "Y yo Monfray el verbo encarnado"; y J. J.B Charbonnel, quien en su Historia de un loco que se ha curado dos veces a pesar de los médicos y una tercera vez sin ellos, interpelaba a los Doctores con estas sabias pregunticas: "¿Qué pueden los tesoros de la ciencia sobre una carne sin vida? ¿No es preciso que el espíritu del enfermo ayude a la ciencia?"

 Tanto Gallimard como Denöel rechazaron el libro por desordenado y farragoso, aunque también, un tanto, por las inevitables sospechas en cuestiones de locuras y de locos nada egregios que tan poco aportaban a esa otra faz siempre esperable en estos casos: la genialidad.

 El propio Queneau comentaría en sus Diarios, tal vez a modo de consuelo, que tan oneroso trabajo le había servido para calibrar su propia "inadaptación" a la sociedad. Por suerte, el mejor Queneau estaba por despuntar, tal vez como irónica entelequia de aquel montón de desatinos.