jueves, 1 de noviembre de 2012

Mauricio Alfonso Naya. La noche alucinada de los petroglifos




Rogelio Saunders


Buscando asidero en esta noche del color y la piedra (esta noche en que la piedra es color, y el color es piedra) me vienen a la mente palabras como “barroco”, “expresionismo”, “expresionismo barroco”, “barroco expresionista”... Llamamiento perenne de la piedra-laberinto (de la piedra anterior a todo templo, de la imagen anterior a toda imagen), que hace pensar en una figurilla de barro encontrada en las márgenes de un río, con unos conatos de brazos y un gran vientre, símbolo de la madre primigenia.
Y se dirá: ¿otra vez el barroco? O bien: ¿otra vez el expresionismo? A lo que yo respondo: otra vez y siempre, allí donde el desamparo y la disolución se convierten en el horizonte mismo del espíritu humano. Pues ésta no es la ceremonia inaugural de los hombres primitivos, sino el oscuro espejo del hombre contemporáneo, que ha descendido a donde ya no encuentra la claridad sencilla de los dioses, sino el horror y el vacío de la condición humana.
Y porque no se trata simplemente de un “estilo”, sino de una sensibilidad que vuelve, desde el gesto apasionado y lúcido de los pintores de la “maniera”, hasta las grotescas figuraciones de Otto Dix,  Georg Grosz o Francisco de Goya.
Afirmado en su paleta ganada, que no es un conjunto de técnicas sino una visión, el pintor devuelve en dimensionalidad vibratoria aquello que lo obsede y lo quema; aquello que, cegándolo, lo vuelve vidente, hierofante que convulsiona en figuras y en símbolos.

 
Confirmado en sus obsesiones, explora y burila incesante en ese color que es piedra, al fulgor de una noche en la que vagan sin moverse teratomorfos basales. Vidente que ve en la piedra lo que otros no ven en la carne, como un orfebre de la Edad Media aprisionado en una celda subterránea. (Pues ésta sigue siendo aún la Edad Media, el infierno encantado donde resuena perennemente una música. Y hay que decapitar de un tajo la cabeza de la imagen, cambiar el signo al canto fluido y banal que nos arrastra como a las ratas de Hamelin.)
Y así la textura palpatoria de la imagen-piedra. El movimiento jaspeado de la Espulgadora, inclinada como una madre sin hijos al contacto cuasi bondadoso con la bestiola.
Deriva verdaderamente artística, porque en ella la idea es llevada rápidamente hacia estratos más profundos, hacia sedimentos paleontológicos, hacia la luminosidad hipnótica de los hipogeos, donde la ensoñación y el ansia han devenido mudez vertiginosa, asperjado litoglifo, piedra pintada. (Es la piedra azul o la piedra roja, como hay campos azules y ciudades rojas en el Ucello de Marcel Schwob). El admirable resumen del dolor y la desesperanza (o de la demasiada esperanza: el abismo al que nos llamaba desde siempre el “coro que cantaba con nosotros”). Como si siglos de imaginación y de pintura se hubieran concentrado de golpe aquí, al conjuro de una cuasi monstruosa inocencia. (Pero es verdad que en el mundo ésta ya no es posible si no al precio de una igualmente monstruosa ignorancia.)
Por eso es barroco: porque todo continúa en un espacio privado de vacío (o en un vacío que es él mismo plenitud oscura). Y lo que continúa es siempre el sueño, la pesadilla, la infinita espiral empedrada del laberinto. El espesor de lo que, siendo interior y más que interior, no tiene límites, pues contiene, en el infinito de su noche, todos los brazos, todos los cuerpos, todas las cabezas.
Y por eso es expresionista: por su fidelidad a eso decisivo y urgente que pasa a través de él como una lengua de fuego. Y porque lo visceral y lo grotesco, la deformación y la metamorfosis (esos rostros aún por hacer, incisivos en su incompletud; ese ser que es siempre conato, frase o exabrupto inacabados) son en él el único modo de entregar la visión, de corresponder a ese extrañamiento que le inflama la mano, como una maldición sagrada. Señalado, toma el pincel, y habla.
Sin ese extrañamiento (que puede articularse o no, que puede ser coherente o no), no hay arte.  Porque es el hombre mismo lo extraño; la diferencia. Él, el hombre, es el poeta, porque está solo,  abocado a la asfixia y la irrealidad de un mundo en el que no hay salida, y en el que sin embargo nada puede detenerse, pues en su fermento sin nombre tiene que afirmarse una y otra vez lo vivo. Todas nuestras certezas descansan sobre esta monstruosidad básica. Es el mundo que nos negamos a ver, para seguir construyendo alegremente nuestras quimeras.

 
Las suyas son figuras doble o triplemente aprisionadas. Aprisionadas en la piedra, aprisionadas en la mudez. Aprisionadas en la soledad, la perplejidad, el extrañamiento. Piedra de la mudez. Piedra de la perplejidad. Piedra de la soledad. Piedra del extrañamiento. Piedra del aislamiento y de la enajenación. Son las extrañas prisiones del espíritu cercado por el desierto. Y el discurso que oímos (hecho de comisuras y de ángulos, de cicatrices apenas veladas) es el habla sin sílabas de los muñecos o de las marionettas, donde lo teratológico es el resplandor sin nombre de un anamorfismo petrificado. Nuevo manierismo, en que la intensidad de la visión abre el trompe l’oeil a una informidad anterior a toda cifra. A un paso de la forma estaba siempre el abismo (abismo y forma anillados como una sola cinta de Moebius). Ya que si toda piedra estaba destinada a convertirse en gesto, era mucho más cierto que todo gesto estaba destinado a convertirse en piedra. No a afirmarse en la luz de una declaración reificante, sino a recircular en esa subterránea dimensión donde la ausencia de aire lo mantiene todo suspendido. Hay multiplicación, pero es la multiplicación de la piedra. Hay unidad, pero si por una parte remite de algún modo al horror sagrado del ritual y del templo, también está hecha de elementos desemejantes, venidos desde muy lejos para crear una rostridad asombrosa, inesperada.
Un vector insectoide parece recorrerlo todo, pronto a convertir la visceralidad en la convexidad de un segmento quitinoso. Un niño y un mono se metamorfosean en extraños juguetes, portadores de una rostridad que no hubiera podido imaginar Andersen (lo asombroso es esta inseparabilidad en la piedra, este centellear de lo humano habitando lo ajeno.) O un alucinado de ojos puntiagudos, aferrado a una cornisa, se inclina sobre una libertad imposible (y aquí la libertad es pregunta profunda, llaga que quema). O bien, en fin, un morfoideo fragmentario (homúnculo o animálculo: sospechamos, con horror, que no necesita ser completado) se recorta en la ventana de una órbita, vuelto hacia un paisaje que no puede ver y que sin duda no existe. (Se asienta allí, persevera sin más, en su mundo sin mirada y sin aire.)
Como en las rayaduras encarnizadas de Edvard Munch, es el gesto el que, cifrado por un golpe de ojo único, nos sale al encuentro, nos interroga, nos mira (nos mira, en efecto, pero como la abismalidad que ya siempre estaba dentro de nosotros). Y, sin embargo, hay aquí hay algo distinto y casi contrario a la pintura: la cualidad monstruosa de lo que respira en la piedra. De lo que, mudo en el color, la mutilación y la disforma, habla con elocuencia desgarradora. (Cómo no ver, en esa boca cerrada con forma de cruz infantil, una acusación venida de las tinieblas, una firma dolorosa.) Bestiario donde lo humano y lo animal, lo pétreo y lo visceral, no están confundidos ni separados, sino que participan de una misma y continuada ceremonia en lo extraño, anillados en las franjas de una luz que no es la del sol, sino la de un infinito interior, la de un infinito espesor, la de la entraña.
Monstruos reidores que hacen su fiesta solos. Piedra inconclusa que se niega a ser rostro, palabra, nombre. Aquí, más que nunca, el arte sucede, ocurre. Venido a la forma, lo desconocido, más desconocido que nunca, se niega a entregarse. Surgiendo (surgido), ya está ahí, tan indescifrado como insoslayable. Es el bosque de glosolitos calcinados por la luz cegadora de la ausencia,  en cuya desasosegante familiaridad no podemos dejar de reconocernos. Es nuestra soledad, es nuestra ajenidad, es nuestra monstruosidad, es nuestra extrañeza. Son los ancestrales sueños que habitamos y que nos habitan en nuestra perpetua ronda dentro del laberinto. Sin salida y en fuga.

             (Sabadell, 22.09.2012)


 Texto presentado por su autor el pasado 6 de octubre, en la Asociación Cultural Mariano Suárez del Villar (en Valencia), durante la inaguración de Exposición Dioturnidad, la cual acoge una excelente muestra de la obra de Mauricio Alfondo Naya, uno de los mejores pintores cubanos de la actualidad.