sábado, 25 de mayo de 2013

Acróbatas japoneses





  Julián del Casal

 …El descubrimiento lo hizo Hermida en una de sus mejores crónicas de la semana anterior. Yo no he hecho más que seguir su indicación, y como el experimento me ha dado un resultado satisfactorio, quiero recomendar el remedio a algunos de mis lectores.
 La prueba es muy sencilla. No se reduce más que a asistir una noche al circo de Pubillones, donde se pasan, de ocho a once, los momentos mejores que en este rincón del mundo se pueden pasar.
 Confieso sinceramente que, al ir la primera noche, sentí el deseo de volver hacia atrás. El séxtuple cordón de gentes que rodeaba el redondel me infundió un miedo cerval. Yo odio los sitios públicos a la hora en que las muchedumbres se internan en ellos. No puedo contemplar, sin sentirme enfermo, muchos grupos de seres reunidos….
 No obstante el número excesivo de espectadores, me resolví a permanecer en el Circo, porque encontraba allí cierto atractivo indefinible. A medida que transcurría el tiempo, la atracción iba siendo mayor. Y era que creía hallarme, más bien que en un sitio público de esta capital, en el interior de una tienda plantada en medio de una llanura de Orán. Los globos de luz eléctrica, colgados entre las columnas rojas, eran lo único que desvanecía a ratos mi ilusión. Pero yo procuraba no mirarlos jamás. Las nubes de polvo que levantaban del redondel; el sonido de una música salvaje que llegaba del exterior; los rostros de los negros acurrucados en las gradas; las patadas de los caballos en las cuadras; el calor que emanaba de aquella aglomeración de gentes; y los rugidos de las fieras encerradas en sus jaulas de hierro, contribuían, en cambio, al desarrollo de mi ilusión. Así pude permanecer todo el tiempo que duró el espectáculo, saliendo con la convicción de que allí se distrae más el espíritu y se aprende mucho más que asistiendo a la representación de muchas obras que se ponen en escena en los teatros de esta capital. Todavía llevo más lejos mi apreciación. Yo creo que los acróbatas japoneses, por ejemplo, tienen más cualidades admirables que muchos cómicos que han estado aquí en los últimos años.
 Esos acróbatas son un símbolo viviente de las luchas del hombre contra las leyes de la naturaleza. Y en esa lucha que han sostenido, ellos han quedado vencedores. Yo los admiro con toda la fuerza de que soy capaz, como admiro al huérfano que se subleva contra la mujer que un padre infame le ha dado por madrastra y que, al cabo de cierto tiempo de lucha incesante, la agarra por los cabellos, la derriba al suelo y le clava el pie encima para que no se vuelva a levantar. La historia de las vicisitudes de esos artistas es de seguro tan interesante como la de Prometeo y la de todos los rebeldes famosos. Ellos han debido hacer, como los genios del pincel, de la pluma y del buril para la creación de sus obras maestras, titánicos esfuerzos para descoyuntarse los miembros, equilibrarse en el aire y realizar un sin número de proezas más asombrosas, porque son más raras, que las campañas de César, Aníbal o Napoleón.
 En cambio los actores, siendo como muchos que conocemos, no necesitan más que un poco de audacia para salir a la escena y otro poco de memoria para aprenderse el papel. El modo de vestirse, la manera de declamar, la recitación y los demás requisitos necesarios para presentarse en las tablas son cosas que están al alcance de todos los que quieran aprenderlas. Nada digo de los cantantes. Yo los odio, como odio todo aquello en que predomina la obra de la naturaleza y en que apenas se reconocen las huellas del estudio, de la paciencia y de la propia personalidad. Cualquier pájaro vale para mí tanto como un tenor. Todavía a los pájaros les encuentro comprensivo para nosotros, se abstienen de hablar de lo que no entienden y se limitan a deleitarnos el oído con sus trinos armoniosos. También pueden, como los tenores, cantarnos nuestras arias favoritas, si tenemos la paciencia de enseñárselas.
 Si estos argumentos no fueran suficientes para demostrar que los acróbatas, no sólo los japoneses, sino los de las cinco partes del globo, son más dignos de admiración que los autómatas teatrales, pudiera alegar el hecho de que éstos, en el desempeño de sus funciones, no se exponen más que a recibir un huracán de silbidos o una granizada de patatas, mientras que aquéllos, al salir de sus hogares, no están seguros de volver jamás, porque corren peligro de muerte en cada uno de sus trabajos. No hablaré de los que ejecutan los acróbatas japoneses y norteamericanos del circo de Pubillones, porque ocuparía todo el folletín y tengo la obligación de dedicarlo a varias cosas. Hasta los trajes que usan esos acróbatas me parecen mejores que todos los que conservan nuestros teatros en sus guardarropías, no sólo por su calidad, sino por su belleza artística. Desafío al ojo pictórico más experto a que me reconozca los matices de cada una de las túnicas que envuelven los cuerpos de los primeros acróbatas mencionados.
 Respecto al payaso, sólo diré que algunas de sus frases encierran más filosofía que muchos sainetes aplaudidos. Si tuviera espacio, demostraría que Tatito, como vulgarmente se le llama, parece descender en línea recta, por las cualidades de su espíritu, de alguno de esos célebres humoristas ingleses que han caricaturado admirablemente la humanidad. Oyendo las carcajadas que algunas de sus frases arrancan a los espectadores, a cuya inmensa mayoría son aplicables, he comprendido hasta qué límites llega la estupidez humana, y al escuchar el calificativo de cínico que se aplica a ese payaso, como conozco su vida intima, lo he admirado mucho más, recordando aquellas palabras de la Imitación de Jesucristo: Bienaventurados los sencillos y los que en nada estiman la opinión de los demás.

 En fin, para terminar esta parte, diré que recomiendo el espectáculo a todos mis lectores, especialmente a aquéllos que, como yo, están aburridos, enervados y hasta enfermos de oír hablar tanto de los secuestradores, del bill Mc Kinley, de los comisionados, de la distinción de muchas personas, de la nueva Directiva del partido integrista, y en una palabra, de todo lo que se siente, se piensa y se habla a su alrededor.
 Y si se determinan a ir, ha de ser con una condición: la de no volver jamás.
 No hay espectáculo, por extraño que sea, que produzca dos veces la misma impresión. 

                                   
                                       Alceste

 "Crónica Semanal", El  País, domingo 21 de diciembre de 1890, Año XIII, Núm. 302.

lunes, 20 de mayo de 2013

El circo de Papaíto Mayarí


  
 Miguel de Marcos

 Pasaron cuatro años. Grandes sucesos. Grandes acontecimientos. Llegada del Nautilus a La Habana, barco-escuela de velas henchidas. Festejos, bailes, iluminaciones. Cantos a Colón, excavaciones en la raíz hispánica, cien bodegas que adoptaban el nombre de la fragata; los marinos de España hundiendo la cabeza oceánica y conmovida en el pecho de los guerreros de Cuba Libre. Bella página de todas maneras, porque en el unánime refocilo, en la cauda apotéosica, en el fervor de los menajes, don Pelayo Menéndez se salvó en el último tren y reingresó en la lista de suscriptores del Diario de la Marina. Grandes sucesos. Grandes acontecimientos: restablecimiento de las lidias de gallos, instauración la Lotería, canje del Arsenal por Villanueva, a los fines de que un danzón cantarino y ondulante titulado El Ferrocarril Central adquiera más consistencia. Consagración de una frase, pura y lustral, que llevaría a los ardores del alma cubana, un frescor delicioso: «Tiburón se baña, pero salpica.» Qué demonio, eso de que la patria es ara y no pedestal, era una cosa terriblemente marchita y anacrónica Y una gran revolución que se marcaba victoriosa: la abolición definitiva de los calzoncillos largos.
 Cuatro años... Qué pronto se va el tiempo. Dios mío. Unos meses más y Papaíto Mayarí se graduaría de Doctor en Derecho Civil, Público y Notariado. Eso sería para la primavera de 1913. En cambio, qué tristes para el joven estudiante, con tachas grises en las sienes, estas Pascuas de 1912.
 Se vestía, sin prisa, en su cuarto. Por nada ni nadie en el mundo hubiera dejado a su padre en la noche de Navidad, y eso que el viejo Mayarí incurría en pequeños defectos al seleccionar sus invitados. Las campanas de la iglesia de Monserrate daban las diez, cuando, después de observar con melancolía aquellas canas prematuras, se sintió atraído por un recuerdo. El año anterior, en los primeros días de noviembre, asistió, en compañía de Tin y Cachalote, al debut del Circo Pubillones. Lo deslumbró la «ecuyere». Una amazona intrépida que realizaba proezas conmovedoras. Saltaba de un caballo a otro, y qué caballos, enormes, majestuosos, pulcros, honestos, con una cola que llegaba al suelo, sin gases torticeros, sin rastro villano. Construía sobre el lomo de las bestias triples saltos mortales, se horizontalizaba sobre uno, todo blanco, como si fuera Cleopatra en su lecho real, atravesaba con su cabalgadura unos círculos de fuego. Y cuando adelantaba hasta el borde de la pista, Papaíto advertía que la malla le daba proporciones esculturales a su belleza.
 Tin, junto a él, viendo a su compañero en fiebre, le advirtió en nombre de la experiencia:
 —Papaíto, no te recomiendo una amazona para apegar tus ardores amorosos. Mujeres fabulosas, chico, que habitaban las orillas del Termodonte, en Capadocia. Acuérdate de Antíope que atacó a Teseo, traición malévola por parte de Antíope, porque, desde entonces, para quitarse a su amazona de encima, Teseo tuvo una pega terrible. Acuérdate de Pentiselea. Yo conozco el elemento, Papaíto. La carne de circo es fatal para la juventud. Conozco el circo. No te olvides que fui ventrílocuo. Una larga experiencia que sube de un vientre tonal, no del corazón estuporoso de un ingenuo mozalbete.
 De nada valieron las admoniciones. En el intermedio, Papaíto, acogiéndose a la amistad y a la influencia de un cronista teatral de quien era amigo —un anciano que usaba bastón al brazo, bombín carmelita y una calva lírica— logró pasar al escenario. La amazona no era Capadocia. Era de Chicago. Hablaba casi con soltura el español. Pertenecía al circo Baker filial de Barnun.  Todos los años, desde hacía tres, venía a La Habana. Había hecho temporadas en Panamá, en Lima, en Buenos aires. Papaíto la invitó a comer cuando terminara la función.  La amazona, el clou de la noche, como informaban las gacetillas, retirando su punto de malla y desenlazando la falda homeopática, para acogerle al remanso de una gran bata de baño, exclamó:
 —Mí número ha terminado. Para luego es tarde.  

 Fue una aventura que le estragó la vida. La “ucuyere” era bella, de una blancura de camelia, con ojos azules en los que brillaba la candidez. Pero, por encima de todo, era artista ecuestre y tenía la pasión de la pista. Residía en una casa de huéspedes de la calle Industria y se llegaba a su cuarto después de subir una escalera de tablas podridas, una escalera de conspiraron y de folletín.
 «Acuérdate de Antiope que atacó a Teseo», le había  dicho Tin, experto en el ámbito del circo por haber sido ventrílocuo. Pero Betty Blackstone, su divina amazona, el clou de la noche durante la temporada de Pubillones, era peor que Antiope. A cambio de su amor, que, desde luego, era amazónico, le impuso deberes que maculaban horrendamente la exquisitez de la aventura. Papaíto tenía que vigilar la nutrición —y las evacuaciones- de tres caballos. De su bolsillo salían el heno, la avena, el afrecho. Todas las tardes los caballos, para conservarse ágiles y brillantes, salían a dar un paseo a lo largo del Prado, desde Payret hasta la glorieta del Malecón, cubiertos los flancos poderosos con unas cochas de franela.  Papaíto debía marchar junto a los tres animales fabulosos. Por fortuna, las tardes de noviembre en La Habana son adorables. Pero, luego, la cosa se complicó. En el circo, como en todos los circos, había un hombre-serpiente. Su descoyuntamiento era un prodigio y extravasaba todas las dislocaciones anatómicas. Betty, una tarde, retirando su punto de malla, mientras avivaba sus mejillas con  una dosis de rouge, le dijo al joven, zalamera, ondulante, trufando su demanda con acanto de Chicago, para trastornarlo e imponerle sus caprichos y absurdos:
 -Papaíto, quiero que ayudes un poco a Bob. El hombre-serpiente, ¿sabes? Es cubano como tú. 
 ¿Ayuda económica? ¿Estoy obligado, Betty, por tu amor a mantener ese tipo, como mantengo a los tres caballos? ¿Tengo que contribuir al pienso balanceado de ese animal? ¿Tengo que supervisar sus residuos como hago con tus percherones?
 Ella le echó encima una risa y numerosos fragmentos de su desnudez:
 —No, darling. De dinero, nada. Pero es tu compatriota. Tú sabes que el número que hace de hombre-serpiente requiere mucha práctica. Todo consiste en asistir a sus  ensayos, y cuando se descoyunte vas anotando en un papel los nombres de los huesos más flexibles y los nombres de aquellos otros que se muestran rígidos, oxidados, inertes. Eso no puede hacerlo un «tarugo» cualquiera del circo. Se requiere un hombro culto, preparado, anatómico. Un supertarugo, Papaíto.
 Papaíto, por conservar el amor de la amazona, tuvo que adscribirse a esas funciones. Todos los días, durante tres horas, se instalaba en una sillita baja, junto a la alfombra sobre la cual Bob, que había nacido en Ranchuelo, se descoyuntaba desencajando los huesos, dándole a la armazón de su cuerpo canijo, peludo y prieto, divulgaciones tentaculares, retorcimientos serpentinos, geometrías de incoherencia y ofuscación.
 Y el diálogo se deslizaba entre aquellos dos hombres con sabias precisiones:
 —Vamos, Papaíto, la verdad —gritaba Bob, con su voz zafia y estridente, ¿me descoyunté o no me descoyunté? ¡Vamos, compadre, hable, por esa boca!
 Papaíto, aniquilado, sintiendo un asco invencible por el hombre ofidio, declaraba con un tono lejano, en el que se mezclaban la ciencia y la repugnancia:
 —Aquí está la anotación, señor. Rótula flexible, parábola humeral ligera, descoyuntamiento sin aparente violencia, pero siempre persiste una oxidación en el segundo hueso del peroné.
 —Arranque, ¡compadre! Tengo el peroné montado en  en flan...
 Papaíto, ante el espejo, seguía cavando su perla diminuta en  la corbata azul con dibujos negros. El viejo Mayarí, el rostro lleno de arrugas risueñas, desde la puerta soltó una larga carcajada enorme y erupcional.
 —¿Qué es eso, hijo? ¿Hablando solo? ¿Corregías tu tesis de grado?
 — No, papá. Estaba anotando los huesos que no se le descoyuntan al hombre-serpiente. Una terca oxidación en el peroné de ese inmundo animal.
 Su padre, gozoso, se retiró, sin comprender el motivo de aquel trabajo suplementario. 
 —Oí decir que trabajaste en el circo Pubillones, que tenías caballos de carrera y los sacabas a pasear por La Habana, desde el Teatro Payret hasta el Malecón, ida y vuelta.
 El joven abogado, el mismo que tuviera a su cargo la reclamación por daños y perjuicios entablada por el señor Cleto Chiriboga, sintió una aguda inquietud.  Adriana, seguramente no ignoraba su aventura con Betty Blakstone, aquella amazona escultural, pero raposa, inexorable, dominada por fantasías delirantes. Ah, sí era él quien conducía los tres caballos paquidérmicos a lo largo del Prado, entre un bando de muchachos. Había sido él, muchas tardes, quien, en los ensayos de Bob, el hombre-serpiente, constataba los progresos en el descoyuntamiento de aquel ofidio repugnante, mientras la “ecuyere”, eso lo supo después, lo traicionaba infectamente con «El rey de las llamas», un sujeto que comía candela, un tipo taciturno, hijo bastardo de un bombero de Calcuta, que se interpolaba unas fogatas entre los molares marchitos.


sábado, 18 de mayo de 2013

Circo Pubillones




  Renée Méndez Capote


 En realidad el gran espectáculo infantil de aquellos tiempos, era el circo. Sólo había una Gran Compañía Ecuestre, la de los Pubillones, que se sucedían en la pista de abuelos a padres, a nietos y a sobrinos. Todos eran iguales. Todos reunían las características esenciales del Rey de la pista ecuestre. Eran altos, fornidos, elegantes dentro del frac bien cortado, sombrero de copa reluciente, flor blanca en el ojal, solitario de brillante en el dedo meñique, la larga fusta restallante en la mano derecha.
 El mundo del circo se revestía de un prestigio enorme. La compañía era excelente. Pubillones traía los mejores números de Europa, Asia y África. La presentación era adecuada y lujosa, la banda bien nutrida, los tarugos bien alimentados y con la ropa limpia y bien entallada. El público se engalanaba de buen grado para las funciones circenses, que constituían el punto de reunión de lo más granado de la sociedad. Los domingos iban, invitados por los empresarios, los niños de la Beneficencia y de las escuelas públicas y animaban el teatro con sus exclamaciones. La temporada se daba en el Teatro Tacón. Para mí el vestido de terciopelo que me hacían todos los años estaba íntimamente asociado con el circo, porque era el que llevaba para el estreno y hasta tal punto va unido al recuerdo del circo de mi infancia el terciopelo y las lentejuelas, que cuando veo en las tiendas la tela de pelo suave y el rebrillar de los pedacitos de gelatina coloreada, que no faltaban nunca adornando los trajes de los maromeros, instantáneamente se me presenta Pubillones haciendo restallar su larga fusta antes de empezar a decir con voz que no necesitaba micrófono:
 "¡Respetable públicooooo... !"
 A nosotros el circo nos abría un mundo de ensueños y ambiciones. Queríamos de todas maneras descoyuntar a Sarah y caminar en la cuerda floja. Hasta a los chinos que se colgaban de las trenzas y se lanzaban por un carrillo desde el paraíso al escenario, los envidiábamos. Yo, que le tenía respeto a los caballos, y pánico a las fieras, quería ser ecuestre y me enamoraba de los guapos domadores. Soñaba con vivir entre la gente de circo y con igualarme a la Bella Geraldina, imponente en su traje de luces y su sombrero de plumas, montada a la amazona en su percherón, blanco como la nieve, con orejas rosadas y ancas como una mesa. Mamá la admiraba mucho y había dicho: "Es una señora, esta artista." Y yo pensé que yo bien podía ser otra señora ecuestre en el circo de Pubillones. 
 Volvíamos de las funciones callados, con los ojos fijos en nada y una sonrisa vaga en los labios. Nos sentábamos a comer en silencio y luego a la cama en la misma actitud hipnótica. Las voces que gritaban alegremente todos los días: "¡La bendición, papá, la bendición, mamá!", lo musitaban ahora como voces venidas de otro mundo. Y tardábamos en dormirnos, dándole vueltas en la imaginación al ambiente emocionante en que habíamos vivido unas horas en verdad inolvidables.
 Al otro día por la mañana, después de la clase de inglés atendida a medias, corríamos la mesa del cuarto de estudio para un lado y poníamos en el suelo “el colchón del circo," que había estado guardado todo el año. Agarrábamos a la chiquita y le retorcíamos los brazos y las piernas y procurábamos conseguir que pudiera darle vueltas a la cabeza, "como un sejú".
 -¡Cállate! ¡No grites, que no vas a estar descoyuntada nunca!
 —Mira Ticticatéirum, si logramos que tú le des la vuelta a la cabeza nos hacemos famosos.   
 Sarah soportaba estoicamente, hasta que ya no podía resistir más y empezaba a dar unos gritos que atraían a toda la casa, mamá la primera, que corría desalada a rescatar a su microbio.
-¡No seas idiota, Sarita! No te dejes atropellar por tus hermanos.
-Pero yo quiero descoyuntarme y ellos me están ayudando...
-Desnucarte es lo que van a conseguir. ¡Se acabó el circo!
 Pero al día siguiente volvíamos a encaramarnos por turno en una soga amarrada de una ventana a la otra y tratando de mantener el equilibrio con una sombrilla abierta en cada mano. Y la tarde que vimos tirarse a un payaso con un paraguas de una escalera altísima, nos subimos al tejado de las caballerizas y nos tiramos para el suelo cada uno con su paraguas. Solamente, que ignorábamos que el payaso estaba sujeto al techo por alambres invisibles y nosotros realizamos el truco a mano limpia y de una altura suficiente para habernos roto las piernas. 

 Memorias de una cubanita que nació con el siglo, 1964.

 

viernes, 17 de mayo de 2013

Contra el Circo



  
 Francisco Javier Balmaseda


 En el año 1886, una serpiente de cascabel, del Circo de Pubillones, en La Habana, mordió al joven D. José Rodríguez, quien murió al tercer día en el hospital de San Felipe, sufriendo agudísimos dolores. Si se le hubiese administrado en el acto la hiel de la misma serpiente, dilatado y profundizado las heridas, y aplicádoles ventosas, probablemente no hubiera muerto. 
 Este hecho prueba la conveniencia de que en estas islas sean conocidos los remedios empíricos de la América del Sur. Otra serpiente venenosa, no sé si era un crótalo, se escapó hace algún tiempo, penetró en los fosos de la referida ciudad y no se le halló. Si estaba en estado de gestación no habría mayor desventura para la Isla, ya que estos animales son sumamente prolíficos.
 Una verdadera lástima, y sin duda un importado accidente, el de esta fatal mordedura, pues en los risueños campos de Cuba, Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico, puede dormir el hombre sin oír el rugido de la fiera, ni el silbido de las sierpes, ni temer a insecto alguno venenoso, como no sean las moscas que se hayan posado sobre las materias orgánicas en descomposición…
 Mas los habitantes de estas islas no deben vivir descuidados, pues el comercio, poderoso elementos de riqueza y bienestar, es al mismo tiempo gran propagador de plagas de unos países a otros. Probablemente el Trigonocéfalo no existió en Martinica en los tiempos primitivos y fue llevado allí por algún buque, o por haberse escapado algunas culebras de esta especie en estado de gestación, de las que se ofrecen a la vista del público por los exhibidores de fieras, eventualidad muy posible que deben tener presente los gobiernos de Cuba y las demás islas donde aun no existe esa temible plaga. 

 El miscelánico; colección de producciones científicas y literarias, 1894.  

jueves, 16 de mayo de 2013

El Circo Oriental





 Julián del Casal


 Antes de abrirse, la muchedumbre se agrupaba, se movía y se empujaba con impaciencia creciente y natural curiosidad, ansiosa de saber lo que pasaba en el interior. Cada vez que se entreabrían las hojas de la puerta, el grupo de curiosos se abalanzaba hacia ella, tratando de ver, por el hueco abierto, algunas de las cosas que atraían su atención. Raras veces conseguía su objeto. Pero la simple vista de una trompa de elefante y de una cola de caballo, o la audición de un ladrido de perro o de un mugido de fiera, bastaban para mantenerlo estático y acrecentar sus deseos.
 Mientras esto pasaba en el exterior, dentro redoblaba sus golpes el martillo, cubría la arena el redondel, hundíanse en la tierra las estacas, extendíanse los alambres de un extremo a otro, preparábanse las habitaciones de las fieras, y la tela de cúpula se abría, se estiraba y se hinchaba, hasta que adquirió la forma de ancho cono de color de asfalto, ribeteado de rojo, sobre cuya cima hondea un pabellón tricolor que el soplo del viento se entretiene en plegar y desplegar.
 Al llegó la noche de la apertura. Desde las primeras horas de la tarde, habían desaparecido todas las localidades. Los que iban en busca de ellas, tenían que resignarse a volver con las manos vacías, deteniéndose antes a contemplar los carteles rojos, negros, verdes, azules y amarillos, pegados al exterior, donde los elefantes bailan danzas extrañas, donde una pareja de caballos atraviesa por un aro de barril, donde Mr. Barlow se columpia en un alambre invisible, donde Kawamura trepa por una escalera deleznable y donde Godfrey, el bufón de la compañía hace desternillar de risa a los espectadores.
 Abierto el circo, la muchedumbre se desbordó, como impetuoso torrente por el interior de él, ocupando las gradas, los palcos y demás asientos. Había cerca de diez mil almas. Era imposible dar un paso, por lo que me tuve que detener antes las ménageries de la entrada, fijándome en la de la izquierda, la cual se hallaba ocupada por dos elefantes, en unión de un bisonte pequeño, encadenados al suelo, alzando incesantemente la trompa y recibiendo las caricias de los domadores.
 Pasados algunos momentos, traté de entrar. Pero todo fue en vano. Además de la aglomeración de gentes que contemplaban las habilidades de las bestias domadas, los movimientos grotescos del payaso, la hermosura varonil de las écuyères, los juegos sorprendentes de los japoneses y los ejercicios gimnásticos de los acróbatas, haciendo imposible el tránsito. ; se respiraba una atmósfera malsana, impregnándose del polvo del suelo, del resplandor de la gasolina, del olor de las bestias y de las emanaciones de todos los cuerpos amontonados, que penetraba por la boca, secaba la garganta, comprimía el aparato respiratorio, subía a la cabeza y obligaba a salir en busca de aire al exterior.
 Durante el día de ayer, ha habido dos funciones en el Circo Oriental que no he logrado presenciar. Había tanta gente como en noches anteriores. Yo lo siento. Hubiera querido, si no la función entera, los ejercicios de los acróbatas, ejercicios que deleitaban al gran Barbey d’ Aurevilly y le hacían decir: para ser verdaderamente original, hagamos con nuestras ideas lo que los hombres con sus músculos.


   Hernani

     
  La Discusión, martes 6 de mayo de 1890, Año II, Núm. 268.