viernes, 17 de mayo de 2013

Contra el Circo



  
 Francisco Javier Balmaseda


 En el año 1886, una serpiente de cascabel, del Circo de Pubillones, en La Habana, mordió al joven D. José Rodríguez, quien murió al tercer día en el hospital de San Felipe, sufriendo agudísimos dolores. Si se le hubiese administrado en el acto la hiel de la misma serpiente, dilatado y profundizado las heridas, y aplicádoles ventosas, probablemente no hubiera muerto. 
 Este hecho prueba la conveniencia de que en estas islas sean conocidos los remedios empíricos de la América del Sur. Otra serpiente venenosa, no sé si era un crótalo, se escapó hace algún tiempo, penetró en los fosos de la referida ciudad y no se le halló. Si estaba en estado de gestación no habría mayor desventura para la Isla, ya que estos animales son sumamente prolíficos.
 Una verdadera lástima, y sin duda un importado accidente, el de esta fatal mordedura, pues en los risueños campos de Cuba, Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico, puede dormir el hombre sin oír el rugido de la fiera, ni el silbido de las sierpes, ni temer a insecto alguno venenoso, como no sean las moscas que se hayan posado sobre las materias orgánicas en descomposición…
 Mas los habitantes de estas islas no deben vivir descuidados, pues el comercio, poderoso elementos de riqueza y bienestar, es al mismo tiempo gran propagador de plagas de unos países a otros. Probablemente el Trigonocéfalo no existió en Martinica en los tiempos primitivos y fue llevado allí por algún buque, o por haberse escapado algunas culebras de esta especie en estado de gestación, de las que se ofrecen a la vista del público por los exhibidores de fieras, eventualidad muy posible que deben tener presente los gobiernos de Cuba y las demás islas donde aun no existe esa temible plaga. 

 El miscelánico; colección de producciones científicas y literarias, 1894.