domingo, 8 de noviembre de 2015

La fiebre de la guerra



  
  Ricardo Burguete

 Me choca el aspecto de ellos: son en su mayoría  de aventajada estatura: los jinetes van materialmente horquillados sobre el lomo del caballo, al que manejan con brusca desenvoltura.  
 De la esbelta cintura pende el inseparable  machete, y sus pies, lleven o no zapatos, calzan enormes espuelas.
 En la acera de enfrente una hilera de caballos, atados los ronzales a estacas salientes de la puerta o a las rejas, esperan pacíficamente, con los corvejones metidos en barro, a sus dueños. Estos departían amistosamente en el  mostrador de la tienda entre trago y trago de ron. Me  admiró el continente marcial de sus aposturas y sus  ademanes de baratero. Bajo las alas de sus sombreros de paja destácanse atezados los semblantes,  que adornados con largos mostachos y profusas perillas tienen un tinte y un sello histórico militar: tienen aspecto de arcabuceros, y sus enjutos cuerpos y sus avellanados rostros, bajo los deformes chambergos de paja, me parecen figuras vivas arrancadas de los lienzos de Velázquez.
 Los hombres del campo contrastan sobremanera  con el grupo de señoritos, que blancos como palomas, bajo sus trajes primorosamente planchados, cruzan la calle rehuyendo con diminutos saltos manchar sus zapatitos de charol o de color de avellana, de una pequeñez exagerada aun para su enteca figurilla.
 La fiebre de la guerra invade a todos. No se habla de otra cosa en las mesas de las fondas y en los corros de las cervecerías.  En una de ellas tomo la mañana oyendo a los compañeros de armas del regimiento de Isabel la Católica narrar las fatigas y desventuras de sus últimas operaciones. Acabo, a fuerza de oírles, por grabar varios  nombres: la Azugureguana, la Gloria, el Jíbaro. Los  apellidos de los cabecillas llegan a serme familiares.
 Devóranse los periódicos de la Habana en busca de noticias. Aquí no se sabe nada, fuera de las que traen las guerrillas o columnas que entran Y éstas dicen bien poco.
 Las copas de vermut, de ron o de ginebra menudean sobre el mármol del velador y observo que exceden a las horas de la mañana. Entiendo al cabo que la mañana, en este bendito país, puede entrar en los confines de la noche, alargándose a gusto del consumidor.
 Terminadas mis compras después del almuerzo, he adquirido lo indispensable para salir de operaciones: caballo, hamaca, otro flus y unas alforjas.
 Me siento en un balance a la puerta de la fonda. En otros inmediatos dormitan unos compañeros. Es la hora de la siesta y el calor es irresistible. Del fondo del comedor, situado en la planta baja e inmediato a la puerta, sale un vaho de restos de comida y de guisote. Sobre los manteles, a medio recoger, las moscas, en apretados círculos, espesan la negrura de las manchas. Hay de ellas un apiñado enjambre;  forman negro anillo en el borde de los vasos,  sobrenadan en el fondo de las copas y pueblan todo el ámbito del comedor con zumbido que acaba por armonizar y elevar a sinfonía la maniobra de rayar que emprende un pinche. De los fogones de la cocina, situada en una pieza inmediata, salen ardientes vaharadas de tufo rancio y sofocante.


 Tiendo la vista a la plaza: no se ye alma viviente. Todo parece dormir bajo la modorra pesada de aquel ambiente que chorrea fuego y sobre el que no circula el más leve soplo de brisa. En aquella hora la población entera siente hervir el légamo de sus calles, que produce una vaporización pesada y acre. A esa hora el sol fecunda las miríadas de larvas que cobijan las negruzcas aguas y que surgen a la vida respirando sutil ponzoña de muerte.
 Por la calle que conduce al muelle, una ligera neblina indica el espacio libre que la marea baja deja al pudridero cenagoso de la orilla que fermenta al sol.
 Siento la enervación ardiente invadir todos los poros de mi cuerpo abiertos a la transpiración.
 Aborrezco a Manzanillo, cuyo letal y nauseabundo aliento acaba por parecerme más aterrador que el del árbol venenoso de quien toma nombre.
 Anhelo salir al campo y recorrer vastas extensiones saturadas de oxígeno y de brisa.
 Un movimiento de curiosidad mueve los largos toldos de las tiendas y por entre las junturas asoman las cabezas de los dependientes. De la calle inmediata sube un lento y acompasado rumor que despierta a mis compañeros dormidos.
 —¡La columna!
 Dos largas hileras de caballos asoman a la plaza. Los jinetes vienen alborozados, sacando con las espuelas restos de vigor de los extenuados caballejos que Tienen embadurnados hasta las cinchas.
 Negros, blancos y mulatos componen la guerrilla reclutada con hijos del país. A las preguntas que les dirigen, contestan con signos afirmativos.
 Pronto, a lo largo de los soportales, invadidos de súbito por curiosos, corre como un reguero la noticia.
 —Han tenido fuego y traen heridos.
 Prosigue el desfile y a la caballería va unida en reata la infantería. Los soldados van sucediéndose en la hilera a lo largo de las aceras. Creo asistir a un cortejo de moribundos. En todos los semblantes la demacración exagerada, un tinte verdoso que no es bastante a disimular el tono bronceado de la piel ennegrecida al sol: vienen salpicados de barro hasta los sombreros, y éstos, que han adquirido caprichosas y puntiagudas formas, cubren, a la par que la cabeza, puñados de verdes hojas en unos, y en otros, más previsores, enormes pañuelos o toallas cuyos extremos se arrollan al cuello.
 El desfile es silencioso y acompasado como el roce de los vasos o marmitas de hoja de lata, pendientes de las cananas de cartuchos. Vienen cabizbajos e indiferentes en su mayoría. En casi todos el pantalón arremangado tiene el color uniforme del barro que forma costras en las desnudas piernas, salpicadas en la generalidad de úlceras o de arañazos. Las guayaberas, empapadas en sudor, humean al cambiar de postura los fusiles o el macuto.
 Los oficiales vienen en un estado semejante, montados sobre escuálidos rocines.
 Pasó una compañía, luego otra, y al final de ella agitó a los espectadores un estremecimiento de curiosidad.
 —¿Cuántos son?
 Una hamaca pendiente de un palo, conducida por dos soldados y seguida  de tres camillas, llenaron el hueco de la acera, de la que se apartó el público con respeto, no exento de maligna sonrisa en algunos.
 En la lona de la hamaca, que en cada uno de los vaivenes amenazaba desfondarse por el peso del cuerpo, pegábase un plastrón de sangre que algunas gotas mantenían húmedo. De una de las tres camillas tapadas con mantas, pendía una mano rígida y amarillenta. Siguió desfilando la larga columna, y próximo a la retaguardia, delante de las acémilas, traían escoltados a tres paisanos. Al divisar a uno de ellos, salieron exclamaciones de varios corros.
 — ¡Ayl Vea: si es Fulano...
 —Si ese hombre no puede haber hecho naita.
 — Si es pasífico. Y además pendejo.
 — iQué demonio!


 "Manzanillo", La guerra. Cuba. Diario de un testigo. Barcelona, 1902, pp. 63-71. 


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Majases y Pacíficos

  
 

  Bernabé Boza


 Llamamos pacíficos a los refractarios e intransigentes con toda idea de lucha; a los hombres incapaces de sentir ni palpitar en sus corazones otras fibras que las del más vil interés, que contemplan la Revolución como la mayor de las calamidades públicas y no ven en la causa de Independencia de la Patria otra cosa que el motivo de sus quebrantos, zozobras, desazones y miserias.
 Majases son: los que, acogiendo y aceptando gustosos el credo y dogma revolucionario, se conforman con sus buenos y bellos deseos por el triunfo de la gran empresa, a la que no contribuyen con el más pequeño óbolo ni esfuerzo personal.
 Los pacíficos no descansan; el afán de conservar y sustraer a la Revolución el provecho que puedan ofrecerle sus intereses y propiedades, les quita el sueño, el tiempo no les alcanza para presentar el sin número de reclamaciones que a todas horas nos hacen: ya de una yegua o un caballo que son los únicos que les quedan para viajar, ya de la vaca "Blanca-flor' que es de la hija "Cuca", o de la yunta de "Flor de Mayo" que son los bueyes de arar, &.&.&. 
 Nosotros nos apropiamos de estos animales con todo el derecho que nos da la guerra; derecho que los pacíficos nos discutirán mientras alienten y que nos negarán siempre...
 Escucharemos benévolamente sus reclamaciones; pero jamás les devolveremos el artículo reclamado.
 Los bueyes y la vaca nos los comeremos a pesar de sus cualidades, sin que les sirva de atenuantes saber arar ni pertenecer a Chiquita. La yegua y el caballo serán tratados por nosotros con arreglo al artículo 19 de nuestra Constitución, poniéndoles un aparejo de junco o una montura mejicana, según sus condiciones, y entregándolos a un acemilero o a un valiente soldado del Ejército.
 Los majases son los eternos explotadores de los pacíficos, de quienes abusan de un modo descarado, siendo odiados mortalmente por ellos.
 Así como hay pacíficos en las ciudades los hay también en los campos; son afines pero no iguales.
 Los de la ciudad, maldicen la guerra y a los cubanos que la inventaron. Los de los campos la maldicen también y a los españoles que no supieron evitarla.
 Tanto los unos como los otros son unos hipócritas.
 También hay majases de rancherías y majases del Campamento. Este último es un tipo especial, sabe fingir perfectamente, engañando al más cuco galeno, una enfermedad cualquiera; también sabe caerse de un caballo y lastimarse por dentro según su dicho, para no hacer servicio de ninguna clase. Si se presenta el enemigo sabe imposibilitar su caballo, que no puede dar un paso según manifiesta y a la vista está, para que lo hagan retirar con la Impedimenta, y entonces dará voces pidiendo un caballo, pues le da vergüenza y rabia retirarse cuando sus compañeros van a la pelea, cosa que a él le gusta tanto. 
 El de las rancherías se pasa la vida en la guerra con un salvoconducto sin fecha que lo autoriza a curarse una enfermedad imaginaria o un balazo entre piel y carne cuya cicatriz ya ni se conoce. Este es el enemigo terrible de los huevos de los pollos, y de las madres de los pollos de los pacíficos. ¿No es un valiente? 
¿No le han pegado un balazo? Los majases son el castigo de los pacíficos.
 Estas dos plagas que son enemigos terribles se denuncian y calumnian muchas veces pero viven juntos y estrechamente unidos. La una es consecuencia de la otra. ¿Qué sería de los majases si no hubiera pacíficos?
 (¡Ojo!)—No confundir los pacíficos con nuestros beneméritos y dignísimos rancheros…!


 MI DIARIO DE LA GUERRA. Desde Baire hasta la Intervención Americana, La Habana, 1900. pp. 99-101.

martes, 3 de noviembre de 2015

Como a través de un vidrio ahumado





  George Bronson Rea

 Hasta su entrada en Matanzas habían los insurrectos observado una buena disciplina, pero en cuanto llegaron a la rica comarca azucarera parecieron poseídos del mismo demonio. Montados en soberbios caballos que robaban por todas partes, se escurrían entre las más débiles columnas encargadas de estorbarles el paso. Así montados, fácilmente esquivaban los encuentros y andaban alrededor de ellas, por más que algunas veces sufrieron descalabros sin importancia a causa del gran número de dichas columnas que contra ellos marchaban.
 El itinerario insurrecto se señalaba  por una masa continua de pesado y negro humo procedente de los campos de caña y de los ingenios de azúcar, y hasta una  distancia de 50 millas el sol se veía como a través de un vidrio ahumado. Tras ellos queda siempre esta horrible estela. 
 No se resistió la tentación que tan rica zona ofrecía, y el saqueo y el pillaje se pusieron en práctica; los hogares  fueron allanados para apoderarse de ropas, calzado y armas; y aunque el robo de dinero estaba aparentemente prohibido por Maceo y Gómez, poca fuerza tuvieron tales órdenes sobre aquella desordenada e indisciplinada horda. Se desencadenaron las venganzas  personales y los que tenían algún resentimiento con los españoles, se aprovecharon, para sus fines particulares, del pánico que inspiraban los procedimientos de la invasión.
 Pacíficos labradores y gentes que vivían fuera de las poblaciones, fueron asesinados o ahorcados de un árbol colgándoles al pecho un tarjetón con el nombre de alguno de los jefes insurrectos.



 Aunque no quiero hacer pesar la responsabilidad de estos horrores sobre todos los cabecillas, debo hacer constar la anarquía  que entonces reinó y la responsabilidad debe ser por todos compartida.
 Bandas armadas de bandoleros, que en realidad no reconocían jefe, aumentaron el horror de la situación asaltando hogares, atropellando mujeres y asesinando a inofensivos españoles. Operaban con el nombre de insurrectos, y no era posible distinguir entre unos y otros. 
 Maceo y Gómez se esforzaban en su persecución, y cuando los cogían los colgaban de un árbol. 
 En cuanto a los españoles siempre han sostenido que eran insurrectos como los demás. Se los llamaba plateados, y es probable que de una gran parte de los asesinatos y  violaciones que en aquellos dos terribles meses  se cometieron, y fueron imputados a los insurrectos, fueran ellos los autores. 
 La vanguardia del ejército invasor no dejaba de tomar su parte en aquellas abominaciones, pues gran número de labradores  y voluntarios fueron ahorcados por la más ligera acusación de ser espías.
 Los diarios de la Habana, daban cuenta constantemente de hallazgos de cadáveres con el obligado cartelón insurrecto, sujeto a sus ropas. Las causas eran infinitas, desde la condición de plateado hasta por trabajar en los ferrocarriles desobedeciendo las órdenes de los rebeldes.
 A los regimientos (insurrectos), de Bermúdez y Núñez, que abrían la marcha, les fueron imputados numerosos crímenes; y era dicho corriente entre los campesinos cubanos que su camino se hallaba fácilmente por el rastro de hombres colgados de los árboles que tras sí dejaban, llegando la barbarie a su colmo un día en que 20 isleños (canarios), fueron colgados de un solo árbol en Pinar del Río.
 Todo el mundo tuvo que refugiarse en los pueblos huyendo de la rabia de los rebeldes. El pretexto más usado para justificar las ejecuciones era el de que se llevaban a cabo para castigar a los que llevaban noticias a los españoles.
 Las venganzas de Bermúdez se verificaron principalmente en el Sud y el Oeste de Pinar del Río. Según ya he dicho la mayor parte de los granjeros eran  isleños que no simpatizando con la revolución y hacían todo cuanto les era posible por contrarrestar sus progresos, haciendo que en muchas ocasiones los individuos de sus familias ejercieran el espionaje.


 En lugar de atraerse a esta gente con humanitarias disposiciones, Bermúdez inauguró un reinado de terror, asesinando a los hombres y obligando a las familias a refugiarse en las poblaciones.
 Esta política perjudicó mucho a su causa en el Oeste. Los pacíficos que al principio simpatizaban con los rebeldes, cambiaron de opinión y se alistaron en las guerrillas.
 La mayor parte de los asesinatos que más tarde cometieron los guerrilleros reconocieron por causa el deseo de venganza que los animaba.  
 Una vez terminada la invasión Bermúdez quedó investido del mando de la provincia de Pinar del Río. Sotomayor, Gil, Socarrás, Perico Delgado y Llorente fueron en calidad de segundos jefes a varios distritos.
 Su proceder al marchar Maceo al Este, pudo juzgarse bien cuando éste a su regreso introdujo importantes cambios. La crueldad de Bermúdez no llegó a noticia de su jefe sino algún tiempo después de haber éste vuelto a la provincia, pues, temiendo las iras de aquel, los pacíficos guardaban silencio; pero al fin hablaron.
 Maceo relevó a Bermúdez poniéndolo a sus inmediatas órdenes; Ducasse pasó a mandar la brigada del Sud. En el cuartel general de Maceo se ignoraban los cargos contra Bermúdez, pero algo se murmuraba respecto a la real causa de su t r a s l a d o. Un viaje que a poco hice al distrito en que había aquél ejercido el mando, me convenció de que a las murmuraciones no les faltaba fundamento, pues los pocos pacíficos que allí quedaban estaban aterrorizados de él y su gente por lo bestialmente sanguinario de sus crueldades.     
 Tanto temían ser asesinados en cualquier momento, que ni comían ni dormían  sin su Winchester alcance de la mano.



 Fragmentos de Entre los rebeldes. La verdad de la guerra. Revelaciones de un periodista yankee, Madrid, 1898. 



domingo, 1 de noviembre de 2015

Relación de las cualidades físicas y morales de los mambises




 Antonio del Rosal 

 Voy a ocuparme en hacer una relación de las cualidades físicas y morales de estos enemigos de nuestra paria según el concepto que he formado de ese pueblo nómada, compuesto de dos partes, que podemos calificar, la una de civil, y de militar, la otra.
 La inmensa mayoría de los insurrectos que yo he visto, es de negros y mulatos, sin que por eso deje de haber un crecido número de blancos, de los que casi todos son jefes y oficiales; pues a pesar de la aparente armonía y fraternidad que reina entre ellos, se trasluce un odió terrible de raza entre los unos y los otros, cuyas funestas consecuencias tratan, sin duda, de prevenir los segundos, teniendo especial cuidado en procurar para ellos adelantos y ascensos, postergando a los primeros. 
 Para que un blanco sea simple soldado, preciso es que esté muy tachado de cobarde, así como necesita el hombre de color estar muy acreditado para merecer ascensos: no obstante esto, hay un buen número de oficiales y aun de jefes y generales, entre estos últimos. Además de los indígenas blancos y de color, tienen en sus filas un corto número de chinos y otro escasísimo de desertores de nuestro ejército.
 Blancos y negros, oficiales y soldados, todos son de una constitución envidiable; se suelen encontrar algunos en apariencia débiles, pero en realidad hombres muy fuertes para la fatiga; rara vez se les ve enfermos, y cuando lo están, como asimismo los heridos, son muy pocos los que mueren, siendo así que carecen de toda clase de recursos: casi todos han sido heridos, y los hay que cuentan hasta doce heridas graves. Se cargan como acémilas y andan diez, doce y hasta catorce leguas a un paso más que ordinario, sin que por eso se fatiguen ni rindan, a pesar de su escasa alimentación, de la que después me ocuparé.    
 Aunque a primera vista parezca exagerado cuanto digo de estos hombres especiales, fácilmente se comprenderá que puede ser así, si se atiende a que son cinco años los que llevan en esa vida errante y llena de privaciones y fatigas, en cuyo tiempo los más robustos se han acostumbrado, y han perecido los que no han tenido la aptitud física que se requiere para resistirla.
 Son tan sencillos, que los cabecillas les hacen creer cuanto les acomoda, y los gobiernan y dirigen a su antojo, pues adolecen de la más crasa ignorancia: pero esto no quiere decir que carezcan absolutamente de hombres verdaderamente instruidos, como son los diputados y algunos otros que desempeñan los destinos de Auditor de Guerra y otros semejantes, ni que deje de haber también entre ellos una gran porción que, hijos de buenas familias, han sido esmeradamente educados, y poseen los generales, si bien superficiales conocimientos que a los jóvenes de su clase se suelen dar. 
 Otros, los menos, aunque de buenas familias, no han recibido instrucción alguna por haber salido para la insurrección cuando eran casi eran niños, Los demás ya he dicho que carecen de educación e  instrucción. 


 Sin que se pueda decir que son valientes, no es justo tacharlos de cobardes, pues quién tal haga, de seguro se equivoca: no resisten mucho el empuje de nuestros valientes soldados, ni tienen arrojo suficiente para atacar a pecho descubierto nuestras débiles trincheras, aunque para ello cuenten con un considerable número de combatientes; como lo prueba el ataque de Uñas, en el cual 1,200 hombres no pudieron apoderarse de un fortín, defendido por cuarenta españoles; pero cuando con ventaja se deciden a esperar el ataque de nuestras columnas escudados con la espesura de los bosques, es indudable que pelean con más vigor del que generalmente se les atribuye.
 Téngase entendido, que siempre que a nuestras tropas les quepa la desgracia de volverles la espalda, sufrirán una derrota desastrosa, porque entonces son terribles: caen como fieras al arma blanca sobre sus enemigos sin contarlos, y esto lo hacen individual y desordenadamente. De aquí deduzco dos cosas: primero, que en nuestros encuentros con los insurrectos, debemos a todo trance sostenernos para alcanzar el triunfo, pues en caso contrario, nos será muy difícil conseguir una retirada en orden; y segundo, que con tropas veteranas y en las que se tenga una gran confianza, podrá hacerse un gran destrozo en el enemigo, si dejando emboscada la mayor parte de ella, se ataca con el resto y se finge una retirada; porque en ese caso, o mucho me equivoco, o aunque sus cabecillas conozcan el engaño, no podrán impedir, que acometiendo los mambises en desorden y con su habitual fiereza, vayan a morir en las puntas de las bayonetas de los que serenos los esperen.
 Para cada una de estas consecuencias, tengo un hecho práctico con que poder demostrarla. Téngase presente para la primera la acción de Santa María, en que fui hecho prisionero; y para la segunda, citaré la de Cortaderas, en la cual a las órdenes del coronel D. Ángel Gómez Diéguez, mandando yo la retaguardia y estando muy separado del resto de la columna fui acometido por un número considerablemente superior; interpretando mal mis órdenes el corneta tocó alto el fuego, por lo cual los enemigos, juzgando temor lo que fue equivocación, se arrojaron con su acostumbrada ferocidad sobre nosotros, que, advertidos de su error, los dejamos aproximarse, hasta que teniéndolos muy cerca, les hicimos una descarga a quema ropa que les causó cuatro muertos, y les hizo retroceder.
 Admiran y respetan mucho el valor de sus contrarios, a tal punto, que aconsejo a los que en lo sucesivo tengan la desgracia de caes en su poder, se muestren altivos, y dignos, aunque sepan que van a morir, en la certeza de que si han de inspirarles simpatías, no será ciertamente humillándose, porque desprecian a los apocados y temerosos: así se ve que no se cansan de elogiar al coronel D. Ángel Gómez Diéguez, y a otro oficial llamado Bonet, que fusilaron allí algunos meses antes de estar yo entre ellos. De ambos quiero, hacer honrosa conmemoración, para que no queden ignoradas la entereza y dignidad del primero; la serenidad y admirable conducta del segundo. 
 Creo, de mi deber hacerme el eco fiel de las justas y merecidas alabanzas, que nuestros mismos enemigos no pueden menos de prodigar a estos dos héroes, rindiendo así un débil tributo a la memoria de tan buenos, leales y esforzados españoles. El coronel Diéguez, peleando como bueno en el momento de la acción, fue herido de tres balazos en un pie: hecho prisionero por el enemigo, y recogido por él, fue trasladado a su campamento, donde lo presentaron al cabecilla Calixto García, que, ignorando su nombre, le preguntó si era el Chato, apodo con que se le conocía: «Yo no sé si seré chata o narigudo (le contestó); pero, sí, que soy el coronel D. Ángel Gómez Diéguez, primer jefe de la columna;» y como García se excusara por su disculpable ligereza, volvió a replicarle: «Bueno; chato o no chato, el jefe de la columna soy; ya está V. enterado.» Después no volvió a pronunciar una palabra ni a exhalar una queja, a pesar de la horrible tortura de sus padecimientos. Murió como mártir…
 Al teniente Bonet, hecho prisionero por los insurrectos, se le ofreció la libertad si la aceptaba obligándose con palabra de honor a no volver a tomar las armas contra ellos durante la presente contienda. La oferta fue rechazada con la debida indignación, y en consecuencia lo sentenciaron a muerte en consejo de guerra. Él mismo mandó el piquete encargado de su ejecución, deteniéndose momentos antes de ella a instruir a los soldados de que se componía, sin jactancia y con la serenidad y el temple de alma de los héroes. Hecho esto, dio la voz de preparen, la de apunten y luego la de retiren; y como algunos de los cabecillas lo mirasen con cierta desconfianza, les dijo, volviéndose a ellos, con la misma tranquilidad que si se tratase de una simple broma: «Señores, no se apuren, que no se perderá la santa causa porque yo viva tres segundos más o menos.» Sin más palabra, pronunció la terrible de fuego que le dejó sin vida. 


 Estos hechos los refieren los insurrectos a cuantas personas los ignoran; y al recordarlos, no pueden menos de confesar que los españoles saben morir. Tienen la buena cualidad de no desvirtuar el proceder de aquellos de sus enemigos que saben mostrarse grandes en los momentos supremos de la vida.(…)
 He oído decir a todos que son los mambises sanguinarios y crueles. Yo, nuevo en la campaña, no he tenido ocasión de presenciar los horrores que han cometido, y sólo podré decir que tanto conmigo como con los demás compañeros que han compartido mi suerte, han observado una conducta generosa, atenta y respetuosa, tratándonos hasta con cariño, El hecho de darnos libertad, sin exigirnos condiciones, sólo puedo explicármelo atribuyéndolo a miras políticas.
 Son por lo general muy buenos tiradores; pero no es esta la principal circunstancia que les distingue, sino la del gran conocimiento que del monte tienen. Este es tal, que aunque se hallen en un terreno que ocupan por primera vez, y sean atacados tan de sorpresa, que tengan que dispersarse sin dar tiempo al jefe para indicarles el punto de reunión, es verdaderamente sorprendente el ver cómo esos hombres, guiados por un certero instinto, van concurriendo poco a poco al lugar en que el cabecilla ha detenido su carrera. Esto no me lo explico, pero es positivo.

 Obedecen ciegamente a sus oficiales, a pesar de tratarse todos como iguales y de tener con ellos reyertas y altercados; se quejan con malos modos cuando se les nombra para algún servicio que creen no les corresponde, pero es lo cierto que no dejan de cumplir lo que se les manda; hacen ciertos servicios con ridícula gravedad, pero el de avanzadas y otros de importancia con la mayor exactitud, vigilancia y cuidado, por lo que es muy difícil sorprenderlos; tienen verdadero cariño a sus armas, que limpian y conservan con el mayor esmero, y por las municiones raya en delirio lo que sienten, tratando siempre de aumentar el número de cápsulas, y esmerándose en economizarlas. 
 El más grave cargo que se hace a un oficial, es el abandonarnos un arma cualquiera, así como dejar en nuestro poder muertos o heridos: estos últimos, en el momento de serlo, corren cuanto pueden hasta hallarse bien lejos del campo de acción, y son muy pocos los que necesitan del auxilio de sus compañeros para retirarse. Por esta razón, me atrevo a indicar que siempre que no se tengan a la vista, deben emplearse los fuegos rasantes, porque de ese modo será más fácil herirlos en las piernas, ya no podrán retirarse, o necesitarán ser ayudados de sus compañeros, con lo cual se conseguirá disminuir el número de adversarios; los fuegos rasantes tienen además la ventaja de que podrán aprovecharse mayor número de disparos, porque en el monte es tanto más intensa la espesura cuanto más separada está del suelo…
 Son con frecuencia castigados a golpes con el machete, que ellos llaman dar plan, sin que se vuelvan nunca contra el oficial que los maltrata de ese modo, y en casi todos los encuentros que tienen con nosotros, se apela para animarlos al entusiasmador recurso del plan. Ocurren pocas riñas entre ellos, pero en cambio está muy desarrollado el instinto de la rapiña: nada hay que les complazca tanto, como los golpes o ataques a poblados, porque en ellos puede satisfacer cumplidamente su sed de saqueo: destrozan cuánto encuentran a su paso, aun sin tener necesidad de hacerlo, y sólo por el placer de destruir…
 Los cabecillas, con raras excepciones, están firmemente resueltos a morir antes que deponer las armas o entrar en convenios que no tengan por base su independencia. Los soldados dicen lo mismo; pero les he oído quejarse tan amargamente y con tanta frecuencia de la duración y penalidades de la campaña, que, en mi sentir, si no se presentan, es por el miedo que tienen, así a nuestra supuesta crueldad, como al castigo de sus superiores.


 En todas las funciones de guerra les hacen creer que han obtenido un triunfo completo, aunque reciban el descalabro más sangriento, pues siempre encuentran alguna traza para atribuirse la victoria. Si, por ejemplo, les ataca y derrota una columna que llevando artillería no ha tenido necesidad de usarla, les hacen creer, que el temor de perderla ha sido la causa de ello, y deducen de ahí que han vencido.Cuando, por el contrario, se les vence después de dispararles algunos cañonazos, dicen que el miedo obligó a hacer uso de las piezas, y vienen también a concluir en que nuestra columna perdió la pelea, que es la frase consagrada entre ellos.
 Se figuran que su machete es terrible y para nosotros objeto de pavor, y esto lo creen hasta los principales cabecillas. Los que pertenecen a la fuerza se creen muy superiores a los majaes, y estos miran a aquellos con cierta respetuosa admiración. Son sobrios al par que voraces: es decir, cuando carecen de recursos, que es casi siempre, se alimentan tan ligera y frugalmente que parece imposible que puedan sostenerse; pero en cambio, comen cuando tienen qué, con tal intemperancia que causa asombro. 
 Por último, son sumamente aficionados a bailes, y gustan tanto de las mujeres, que su mayor desdicha sería verse privados de ellas.


 Los mambises. Memorias de un prisionero. Madrid, 1874, Imprenta de Pedro Abienzo, pp. 7-14. 

 Imagen 1ra: Antonio del Rosal Vázquez de Mondragon. Imagen 4ta: Portada de En la manigua, diario de mi cautiverio", Editorial Arte y Literatura, la cual originalmente no incluye las páginas anteriores.