domingo, 1 de noviembre de 2015

Relación de las cualidades físicas y morales de los mambises




 Antonio del Rosal 

 Voy a ocuparme en hacer una relación de las cualidades físicas y morales de estos enemigos de nuestra paria según el concepto que he formado de ese pueblo nómada, compuesto de dos partes, que podemos calificar, la una de civil, y de militar, la otra.
 La inmensa mayoría de los insurrectos que yo he visto, es de negros y mulatos, sin que por eso deje de haber un crecido número de blancos, de los que casi todos son jefes y oficiales; pues a pesar de la aparente armonía y fraternidad que reina entre ellos, se trasluce un odió terrible de raza entre los unos y los otros, cuyas funestas consecuencias tratan, sin duda, de prevenir los segundos, teniendo especial cuidado en procurar para ellos adelantos y ascensos, postergando a los primeros. 
 Para que un blanco sea simple soldado, preciso es que esté muy tachado de cobarde, así como necesita el hombre de color estar muy acreditado para merecer ascensos: no obstante esto, hay un buen número de oficiales y aun de jefes y generales, entre estos últimos. Además de los indígenas blancos y de color, tienen en sus filas un corto número de chinos y otro escasísimo de desertores de nuestro ejército.
 Blancos y negros, oficiales y soldados, todos son de una constitución envidiable; se suelen encontrar algunos en apariencia débiles, pero en realidad hombres muy fuertes para la fatiga; rara vez se les ve enfermos, y cuando lo están, como asimismo los heridos, son muy pocos los que mueren, siendo así que carecen de toda clase de recursos: casi todos han sido heridos, y los hay que cuentan hasta doce heridas graves. Se cargan como acémilas y andan diez, doce y hasta catorce leguas a un paso más que ordinario, sin que por eso se fatiguen ni rindan, a pesar de su escasa alimentación, de la que después me ocuparé.    
 Aunque a primera vista parezca exagerado cuanto digo de estos hombres especiales, fácilmente se comprenderá que puede ser así, si se atiende a que son cinco años los que llevan en esa vida errante y llena de privaciones y fatigas, en cuyo tiempo los más robustos se han acostumbrado, y han perecido los que no han tenido la aptitud física que se requiere para resistirla.
 Son tan sencillos, que los cabecillas les hacen creer cuanto les acomoda, y los gobiernan y dirigen a su antojo, pues adolecen de la más crasa ignorancia: pero esto no quiere decir que carezcan absolutamente de hombres verdaderamente instruidos, como son los diputados y algunos otros que desempeñan los destinos de Auditor de Guerra y otros semejantes, ni que deje de haber también entre ellos una gran porción que, hijos de buenas familias, han sido esmeradamente educados, y poseen los generales, si bien superficiales conocimientos que a los jóvenes de su clase se suelen dar. 
 Otros, los menos, aunque de buenas familias, no han recibido instrucción alguna por haber salido para la insurrección cuando eran casi eran niños, Los demás ya he dicho que carecen de educación e  instrucción. 


 Sin que se pueda decir que son valientes, no es justo tacharlos de cobardes, pues quién tal haga, de seguro se equivoca: no resisten mucho el empuje de nuestros valientes soldados, ni tienen arrojo suficiente para atacar a pecho descubierto nuestras débiles trincheras, aunque para ello cuenten con un considerable número de combatientes; como lo prueba el ataque de Uñas, en el cual 1,200 hombres no pudieron apoderarse de un fortín, defendido por cuarenta españoles; pero cuando con ventaja se deciden a esperar el ataque de nuestras columnas escudados con la espesura de los bosques, es indudable que pelean con más vigor del que generalmente se les atribuye.
 Téngase entendido, que siempre que a nuestras tropas les quepa la desgracia de volverles la espalda, sufrirán una derrota desastrosa, porque entonces son terribles: caen como fieras al arma blanca sobre sus enemigos sin contarlos, y esto lo hacen individual y desordenadamente. De aquí deduzco dos cosas: primero, que en nuestros encuentros con los insurrectos, debemos a todo trance sostenernos para alcanzar el triunfo, pues en caso contrario, nos será muy difícil conseguir una retirada en orden; y segundo, que con tropas veteranas y en las que se tenga una gran confianza, podrá hacerse un gran destrozo en el enemigo, si dejando emboscada la mayor parte de ella, se ataca con el resto y se finge una retirada; porque en ese caso, o mucho me equivoco, o aunque sus cabecillas conozcan el engaño, no podrán impedir, que acometiendo los mambises en desorden y con su habitual fiereza, vayan a morir en las puntas de las bayonetas de los que serenos los esperen.
 Para cada una de estas consecuencias, tengo un hecho práctico con que poder demostrarla. Téngase presente para la primera la acción de Santa María, en que fui hecho prisionero; y para la segunda, citaré la de Cortaderas, en la cual a las órdenes del coronel D. Ángel Gómez Diéguez, mandando yo la retaguardia y estando muy separado del resto de la columna fui acometido por un número considerablemente superior; interpretando mal mis órdenes el corneta tocó alto el fuego, por lo cual los enemigos, juzgando temor lo que fue equivocación, se arrojaron con su acostumbrada ferocidad sobre nosotros, que, advertidos de su error, los dejamos aproximarse, hasta que teniéndolos muy cerca, les hicimos una descarga a quema ropa que les causó cuatro muertos, y les hizo retroceder.
 Admiran y respetan mucho el valor de sus contrarios, a tal punto, que aconsejo a los que en lo sucesivo tengan la desgracia de caes en su poder, se muestren altivos, y dignos, aunque sepan que van a morir, en la certeza de que si han de inspirarles simpatías, no será ciertamente humillándose, porque desprecian a los apocados y temerosos: así se ve que no se cansan de elogiar al coronel D. Ángel Gómez Diéguez, y a otro oficial llamado Bonet, que fusilaron allí algunos meses antes de estar yo entre ellos. De ambos quiero, hacer honrosa conmemoración, para que no queden ignoradas la entereza y dignidad del primero; la serenidad y admirable conducta del segundo. 
 Creo, de mi deber hacerme el eco fiel de las justas y merecidas alabanzas, que nuestros mismos enemigos no pueden menos de prodigar a estos dos héroes, rindiendo así un débil tributo a la memoria de tan buenos, leales y esforzados españoles. El coronel Diéguez, peleando como bueno en el momento de la acción, fue herido de tres balazos en un pie: hecho prisionero por el enemigo, y recogido por él, fue trasladado a su campamento, donde lo presentaron al cabecilla Calixto García, que, ignorando su nombre, le preguntó si era el Chato, apodo con que se le conocía: «Yo no sé si seré chata o narigudo (le contestó); pero, sí, que soy el coronel D. Ángel Gómez Diéguez, primer jefe de la columna;» y como García se excusara por su disculpable ligereza, volvió a replicarle: «Bueno; chato o no chato, el jefe de la columna soy; ya está V. enterado.» Después no volvió a pronunciar una palabra ni a exhalar una queja, a pesar de la horrible tortura de sus padecimientos. Murió como mártir…
 Al teniente Bonet, hecho prisionero por los insurrectos, se le ofreció la libertad si la aceptaba obligándose con palabra de honor a no volver a tomar las armas contra ellos durante la presente contienda. La oferta fue rechazada con la debida indignación, y en consecuencia lo sentenciaron a muerte en consejo de guerra. Él mismo mandó el piquete encargado de su ejecución, deteniéndose momentos antes de ella a instruir a los soldados de que se componía, sin jactancia y con la serenidad y el temple de alma de los héroes. Hecho esto, dio la voz de preparen, la de apunten y luego la de retiren; y como algunos de los cabecillas lo mirasen con cierta desconfianza, les dijo, volviéndose a ellos, con la misma tranquilidad que si se tratase de una simple broma: «Señores, no se apuren, que no se perderá la santa causa porque yo viva tres segundos más o menos.» Sin más palabra, pronunció la terrible de fuego que le dejó sin vida. 


 Estos hechos los refieren los insurrectos a cuantas personas los ignoran; y al recordarlos, no pueden menos de confesar que los españoles saben morir. Tienen la buena cualidad de no desvirtuar el proceder de aquellos de sus enemigos que saben mostrarse grandes en los momentos supremos de la vida.(…)
 He oído decir a todos que son los mambises sanguinarios y crueles. Yo, nuevo en la campaña, no he tenido ocasión de presenciar los horrores que han cometido, y sólo podré decir que tanto conmigo como con los demás compañeros que han compartido mi suerte, han observado una conducta generosa, atenta y respetuosa, tratándonos hasta con cariño, El hecho de darnos libertad, sin exigirnos condiciones, sólo puedo explicármelo atribuyéndolo a miras políticas.
 Son por lo general muy buenos tiradores; pero no es esta la principal circunstancia que les distingue, sino la del gran conocimiento que del monte tienen. Este es tal, que aunque se hallen en un terreno que ocupan por primera vez, y sean atacados tan de sorpresa, que tengan que dispersarse sin dar tiempo al jefe para indicarles el punto de reunión, es verdaderamente sorprendente el ver cómo esos hombres, guiados por un certero instinto, van concurriendo poco a poco al lugar en que el cabecilla ha detenido su carrera. Esto no me lo explico, pero es positivo.

 Obedecen ciegamente a sus oficiales, a pesar de tratarse todos como iguales y de tener con ellos reyertas y altercados; se quejan con malos modos cuando se les nombra para algún servicio que creen no les corresponde, pero es lo cierto que no dejan de cumplir lo que se les manda; hacen ciertos servicios con ridícula gravedad, pero el de avanzadas y otros de importancia con la mayor exactitud, vigilancia y cuidado, por lo que es muy difícil sorprenderlos; tienen verdadero cariño a sus armas, que limpian y conservan con el mayor esmero, y por las municiones raya en delirio lo que sienten, tratando siempre de aumentar el número de cápsulas, y esmerándose en economizarlas. 
 El más grave cargo que se hace a un oficial, es el abandonarnos un arma cualquiera, así como dejar en nuestro poder muertos o heridos: estos últimos, en el momento de serlo, corren cuanto pueden hasta hallarse bien lejos del campo de acción, y son muy pocos los que necesitan del auxilio de sus compañeros para retirarse. Por esta razón, me atrevo a indicar que siempre que no se tengan a la vista, deben emplearse los fuegos rasantes, porque de ese modo será más fácil herirlos en las piernas, ya no podrán retirarse, o necesitarán ser ayudados de sus compañeros, con lo cual se conseguirá disminuir el número de adversarios; los fuegos rasantes tienen además la ventaja de que podrán aprovecharse mayor número de disparos, porque en el monte es tanto más intensa la espesura cuanto más separada está del suelo…
 Son con frecuencia castigados a golpes con el machete, que ellos llaman dar plan, sin que se vuelvan nunca contra el oficial que los maltrata de ese modo, y en casi todos los encuentros que tienen con nosotros, se apela para animarlos al entusiasmador recurso del plan. Ocurren pocas riñas entre ellos, pero en cambio está muy desarrollado el instinto de la rapiña: nada hay que les complazca tanto, como los golpes o ataques a poblados, porque en ellos puede satisfacer cumplidamente su sed de saqueo: destrozan cuánto encuentran a su paso, aun sin tener necesidad de hacerlo, y sólo por el placer de destruir…
 Los cabecillas, con raras excepciones, están firmemente resueltos a morir antes que deponer las armas o entrar en convenios que no tengan por base su independencia. Los soldados dicen lo mismo; pero les he oído quejarse tan amargamente y con tanta frecuencia de la duración y penalidades de la campaña, que, en mi sentir, si no se presentan, es por el miedo que tienen, así a nuestra supuesta crueldad, como al castigo de sus superiores.


 En todas las funciones de guerra les hacen creer que han obtenido un triunfo completo, aunque reciban el descalabro más sangriento, pues siempre encuentran alguna traza para atribuirse la victoria. Si, por ejemplo, les ataca y derrota una columna que llevando artillería no ha tenido necesidad de usarla, les hacen creer, que el temor de perderla ha sido la causa de ello, y deducen de ahí que han vencido.Cuando, por el contrario, se les vence después de dispararles algunos cañonazos, dicen que el miedo obligó a hacer uso de las piezas, y vienen también a concluir en que nuestra columna perdió la pelea, que es la frase consagrada entre ellos.
 Se figuran que su machete es terrible y para nosotros objeto de pavor, y esto lo creen hasta los principales cabecillas. Los que pertenecen a la fuerza se creen muy superiores a los majaes, y estos miran a aquellos con cierta respetuosa admiración. Son sobrios al par que voraces: es decir, cuando carecen de recursos, que es casi siempre, se alimentan tan ligera y frugalmente que parece imposible que puedan sostenerse; pero en cambio, comen cuando tienen qué, con tal intemperancia que causa asombro. 
 Por último, son sumamente aficionados a bailes, y gustan tanto de las mujeres, que su mayor desdicha sería verse privados de ellas.


 Los mambises. Memorias de un prisionero. Madrid, 1874, Imprenta de Pedro Abienzo, pp. 7-14. 

 Imagen 1ra: Antonio del Rosal Vázquez de Mondragon. Imagen 4ta: Portada de En la manigua, diario de mi cautiverio", Editorial Arte y Literatura, la cual originalmente no incluye las páginas anteriores.