martes, 3 de noviembre de 2015

Como a través de un vidrio ahumado





  George Bronson Rea

 Hasta su entrada en Matanzas habían los insurrectos observado una buena disciplina, pero en cuanto llegaron a la rica comarca azucarera parecieron poseídos del mismo demonio. Montados en soberbios caballos que robaban por todas partes, se escurrían entre las más débiles columnas encargadas de estorbarles el paso. Así montados, fácilmente esquivaban los encuentros y andaban alrededor de ellas, por más que algunas veces sufrieron descalabros sin importancia a causa del gran número de dichas columnas que contra ellos marchaban.
 El itinerario insurrecto se señalaba  por una masa continua de pesado y negro humo procedente de los campos de caña y de los ingenios de azúcar, y hasta una  distancia de 50 millas el sol se veía como a través de un vidrio ahumado. Tras ellos queda siempre esta horrible estela. 
 No se resistió la tentación que tan rica zona ofrecía, y el saqueo y el pillaje se pusieron en práctica; los hogares  fueron allanados para apoderarse de ropas, calzado y armas; y aunque el robo de dinero estaba aparentemente prohibido por Maceo y Gómez, poca fuerza tuvieron tales órdenes sobre aquella desordenada e indisciplinada horda. Se desencadenaron las venganzas  personales y los que tenían algún resentimiento con los españoles, se aprovecharon, para sus fines particulares, del pánico que inspiraban los procedimientos de la invasión.
 Pacíficos labradores y gentes que vivían fuera de las poblaciones, fueron asesinados o ahorcados de un árbol colgándoles al pecho un tarjetón con el nombre de alguno de los jefes insurrectos.



 Aunque no quiero hacer pesar la responsabilidad de estos horrores sobre todos los cabecillas, debo hacer constar la anarquía  que entonces reinó y la responsabilidad debe ser por todos compartida.
 Bandas armadas de bandoleros, que en realidad no reconocían jefe, aumentaron el horror de la situación asaltando hogares, atropellando mujeres y asesinando a inofensivos españoles. Operaban con el nombre de insurrectos, y no era posible distinguir entre unos y otros. 
 Maceo y Gómez se esforzaban en su persecución, y cuando los cogían los colgaban de un árbol. 
 En cuanto a los españoles siempre han sostenido que eran insurrectos como los demás. Se los llamaba plateados, y es probable que de una gran parte de los asesinatos y  violaciones que en aquellos dos terribles meses  se cometieron, y fueron imputados a los insurrectos, fueran ellos los autores. 
 La vanguardia del ejército invasor no dejaba de tomar su parte en aquellas abominaciones, pues gran número de labradores  y voluntarios fueron ahorcados por la más ligera acusación de ser espías.
 Los diarios de la Habana, daban cuenta constantemente de hallazgos de cadáveres con el obligado cartelón insurrecto, sujeto a sus ropas. Las causas eran infinitas, desde la condición de plateado hasta por trabajar en los ferrocarriles desobedeciendo las órdenes de los rebeldes.
 A los regimientos (insurrectos), de Bermúdez y Núñez, que abrían la marcha, les fueron imputados numerosos crímenes; y era dicho corriente entre los campesinos cubanos que su camino se hallaba fácilmente por el rastro de hombres colgados de los árboles que tras sí dejaban, llegando la barbarie a su colmo un día en que 20 isleños (canarios), fueron colgados de un solo árbol en Pinar del Río.
 Todo el mundo tuvo que refugiarse en los pueblos huyendo de la rabia de los rebeldes. El pretexto más usado para justificar las ejecuciones era el de que se llevaban a cabo para castigar a los que llevaban noticias a los españoles.
 Las venganzas de Bermúdez se verificaron principalmente en el Sud y el Oeste de Pinar del Río. Según ya he dicho la mayor parte de los granjeros eran  isleños que no simpatizando con la revolución y hacían todo cuanto les era posible por contrarrestar sus progresos, haciendo que en muchas ocasiones los individuos de sus familias ejercieran el espionaje.


 En lugar de atraerse a esta gente con humanitarias disposiciones, Bermúdez inauguró un reinado de terror, asesinando a los hombres y obligando a las familias a refugiarse en las poblaciones.
 Esta política perjudicó mucho a su causa en el Oeste. Los pacíficos que al principio simpatizaban con los rebeldes, cambiaron de opinión y se alistaron en las guerrillas.
 La mayor parte de los asesinatos que más tarde cometieron los guerrilleros reconocieron por causa el deseo de venganza que los animaba.  
 Una vez terminada la invasión Bermúdez quedó investido del mando de la provincia de Pinar del Río. Sotomayor, Gil, Socarrás, Perico Delgado y Llorente fueron en calidad de segundos jefes a varios distritos.
 Su proceder al marchar Maceo al Este, pudo juzgarse bien cuando éste a su regreso introdujo importantes cambios. La crueldad de Bermúdez no llegó a noticia de su jefe sino algún tiempo después de haber éste vuelto a la provincia, pues, temiendo las iras de aquel, los pacíficos guardaban silencio; pero al fin hablaron.
 Maceo relevó a Bermúdez poniéndolo a sus inmediatas órdenes; Ducasse pasó a mandar la brigada del Sud. En el cuartel general de Maceo se ignoraban los cargos contra Bermúdez, pero algo se murmuraba respecto a la real causa de su t r a s l a d o. Un viaje que a poco hice al distrito en que había aquél ejercido el mando, me convenció de que a las murmuraciones no les faltaba fundamento, pues los pocos pacíficos que allí quedaban estaban aterrorizados de él y su gente por lo bestialmente sanguinario de sus crueldades.     
 Tanto temían ser asesinados en cualquier momento, que ni comían ni dormían  sin su Winchester alcance de la mano.



 Fragmentos de Entre los rebeldes. La verdad de la guerra. Revelaciones de un periodista yankee, Madrid, 1898.