Se publicaron estas
"Estampas de San Cristóbal" en "El País" -de La Habana- en
1925. A veces realizan con garbo una intención puramente plástica. Firmes colores,
graciosos perfiles. Otras, sobrepasan el propósito enunciado en el título y
penetran francamente en terrenos sólo tangenciales al arte.
En la menuda crónica ciudadana, en la viva
inquietud de cada día. No se contenta el autor con trazar sobrios apuntes de
muros, de pintorescos tipos, de residuos heroicos -"El Morro", el
foso de los laureles, cañones, rocas, ventanas, cafetines, pregones-; añade
graves comentarios, agudas anécdotas, al paisaje en bosquejo.
Quizá la glosa borre un poco la pureza de la "estampa"...
Algunos "bodegones" tenían riqueza suficiente para desdeñar
subrayados anecdóticos. Aunque también suele acontecer -como en las viejas
películas- que el "explicador" agrada más que el film.
Y lo curioso es que Jorge Mañach se ha dado cuenta de que era más bello prescindir de muchas aportaciones de índole extraplástica y extralírica. Un personaje suyo, Luján, dice:
"-Todo es abstraerse. Cada día me
convenzo más de que el mejor turismo es mirar absolutamente las cosas. Absolutamente,
hijo, sin relacionarlas".
Pero él suele relacionarlas -desparramarlas-
demasiado. No siempre, porque alguna vez acierta a recoger bien la luz sobre el
objeto, haciéndonos patente la misma entraña.
Está mirando Luján las ranas
de mármol del Parque de Maceo, erguidas, de lomo y ancas potentes, de ojos "exorbitados",
que acarician tímidamente los chiquillos.
Habla de la belleza de estas
ranas que insultan con su chillón humorismo a tantas monumentales
"tartas". Lamenta que no sean más viejas y termina:
"¿Ves ese muchacho montado a la jineta sobre
esta rama de acá?... Pues está haciendo obra de estética, hijo mío... Está
deteriorando.
Preferiría -repito- que estos lindos cuadritos se contentasen siempre con serlo. Como se contentan con serlo, los pequeños bodegones de Teniers. Una vez desfila ante Luján un "Bartolo" que parece va a quedar libre de glosa, un precioso "bobo". Pero, ¡ese afán de complicarlo con "el materialismo del siglo", con "los ideales de la vida!"... (Invasión del periodismo en el arte, tan difícil de contener).
A Jorge Mañach le basta con atender a sus
propios principios y a su propio buen gusto. Y de su ágil prosa veremos amputar
los peligrosos brotes de elocuencia que tanto "relacionan", que tanto
desparraman la visión limpia de las cosas.
Ariel disperso, Editorial Stylo, México
D. F., 1946. pp. 35-37.