Ahí está el novelista gaseiforme, el narrador neblinoso, el cuentista
cubiche, el autor cubano de La sangre hambrienta. Ahí está en Reina
ciento ocho, entre sus libros, sus cuadernos y sus pipas. Inmerso en el
incesante trabajo intelectual que constituye su razón de ser y su vocación
vital. Original, independiente, solo, en definitiva en medio de la atmósfera de
cordialidad afectuosa que rodea. Porque Labrador tiene el instinto y el gozo de
la amistad, de la convivencia. Pero, dentro del mundo de su creación, luce
señero.
Hay que hacerle la entrevista sincera para ver
cómo funciona su mordacidad sin amargura, su ironía sin veneno, su sátira sin
prejuicio ni resentimiento.
Y como saetas van las
preguntas:
-¿Cree usted que
América siga siendo la novela sin novelista de que habló Luis Alberto Sánchez?
-Sigo pensando que
ese asunto está mal planteado por el profesor peruano, y que, en consecuencia,
está en proceso de revisión. ¿Si hay tres Américas, no se desprende que de
haber, que habrá por lo menos trescientos novelistas para novelarla?
-¿Es posible que
usted diga qué novelista de América ha interpretado más hondamente la vida
americana?
-En cada país, un par
de ellos, con toda seguridad, dicen lo suyo con dignidad. Pero en Brasil, por
ejemplo, no menos de diez.
-¿Y de todos, entre
los de ahora, cuál admira más?
-No debo citar
nombres puesto que mis preferencias resultan de matiz singular. Me gustó uno
por la técnica. Otro por el lirismo. Aquél de allá por su vocabulario. Y
algunos, por lo que callan o cautelan, me gustarían para ser colgados.
-¿Y entre los más
famosos novelistas universales sin distinción de nacionalidad, cuáles son los
de mayor gusto, los de su más cálida preferencia?
-Pues contesto,
precisamente, con la nacionalidad y no con los nombres: los franceses y los
ingleses.
-¿Y qué piensa
Labrador del otorgamiento del Premio Nobel a Hemingway?
Y el novelista se
queda como si no hubiera esperado la pregunta. En su rostro grande y claro se
dibuja una maliciosa sonrisa. Y un silencio elegante envuelve y decapita la
respuesta. El entrevistador comprende y quiebra la pausa lanzándose a la
pregunta siguiente.
-¿Y viniendo de Cuba,
sin que se excluya, por razón de una provinciana modestia, que Cuba anda ya en
pos de su novela?
-Es claro. Pero ella
no será nunca que le fabriquen los novelistas que siguen patrones clásicos.
Cada tierra tiene su tratamiento. Su parcela de inquietud configura un modo
singular para ser vista.
-Y recordando el famoso
trabajo de Ortega sobre la novela, ¿cree usted que ésta llegará a una crisis
definitiva por agotamiento de temas?
-No. Mientras haya
cosas que contar, y así será siempre, no se acabará la novela.
-¿Y qué paralelo y
contraste se le ocurre hacer entre la novela y la historia?
-Pues se dice que la novela
es la antología de lo posible y que la historia de lo creado. Ahí está el
paralelo y ahí está el contraste.
-Y saliendo ya de la
novela, admirado Labrador, ¿qué piensa usted de las relaciones posibles entre
los intelectuales y la política?
-Por qué no le contesto con San Mateo -Por las noches decía:
"Hará buen tiempo, porque el cielo está arrebolado”. Y por las mañanas:
"Hoy habrá tempestad, porque el cielo está cubierto y encendido”. “¡Hipócritas!
¡Sabéis distinguir los aspectos del cielo y no sabéis conocer los signos de los
tiempos! Una generación mala y adúltera pide una señal pero no se le dará otra
que la de Jonás”.
-¿Y qué prosista,
Enrique, usted que haya influido más en su creación literaria?
-Quevedo. El gran don
Francisco de Quevedo y Villegas. Señor de la Torre de Juan Abad, pobrísimo
caballero de cuya casa nativa solía decir:
-¡Que es mi casa
solariega
más solariega que
otras.
(pues que, por no
tener techo,
le da el sol a
todas horas.
-¿Y qué libro ha
dejado más honda huella en su espíritu?
-No me cabe duda: los
Evangelios. Pero es que ¿hay algo semejante? ¿algo parecido?
-Y cree usted que
esta realizando su destino y su vocación?
-¡Por Dios…! -Yo no podría
ser otra cosa más que lo que soy.
-¿Cree usted que la
literatura tiene una entrañable función social o que puede estar vigente todavía
la fórmula romántica del arte por el arte?
¿Oigo bien? -Porque
con esto se establece el gran pleito de siempre. con palabras nuevas, pera el
viejo pleito. No hay tiempo para discutirlo ahora. Dejemos las cosas así.
-¿Y qué país de
América le gusta más, y de Europa? ¿Y qué ciudad europea, y cuál americana?
-América es nuestra
casa. No tengo preferencias. Me gustaría vivir en Italia, en Florencia, pero viviría
también en cualquier parte de Francia, donde haya sol. Estos vivires por muy
poco tempo, porque al cabo donde quiero pasar la vida es en América, en toda América.
En Buenos Aires, en Santiago, en Río, en Lima, en México, en Bogotá, y sin que se
me tome por un vagabundo, también en Montevideo, en Caracas, en Quito. Y en La
Habana
-¿Qué colecciona?
-Pues rada, a pesar
de que muchos piensen lo contrario. Coleccionar es fosilizar, y yo tengo una biblioteca
activa, de libros muy leídos y trasegados. Yo tengo pipas, viejas y menos
viejas, que continuamente. Caracoles que manoseo sin cesar. Pintura que -no se
asombre usted- también algunos días me pongo a leer con escarnecimiento. Porque
cierta pintura, la que yo prefiero, no solo es para ser vista. Así como América
no acaba nunca en mi corazón, tengo que estarla viendo siempre, esta pintura cubana
de ahora. ¡Que pintores tenemos, Señor! La pintura en Cuba es más importante
que la literatura, que la música, que todo. Si me levanto cansado por cualquier
motivo, ver un cuadro de estos me estimula sobremanera. ¡Si me pasara igual con
la música! Pero no la entiendo.
¿Y qué condición
admira más en la prosa?
-Que sea máscula,
humilde, algo punzante, prosa-prosa. Que esconda su poesía, que sofoque sus
fuegos, que me diga su secreto especifico.
¿Y que piensa del
arte nuevo, del verso nuevo?
-¿Oigo bien? -Ya son un nuevo de más de medio siglo, lo sabe
usted. Entonces…
-¿Cree usted que el siglo veinte representa una suprema
realización, o una crisis?
-Hay de todo: tantas
decadencias, tantas falsas grandezas.
-¿Cuál es el momento más feliz de su vida, Labrador?
-El de la creación. Y
no me pregunte cuál el más desgraciado. Ya lo supondrá por contraste: el de la
esterilidad.
-¿Cuál es su ambición
más alta, la que más acaricia y más calla acaso?
-Pues no la callo:
tener una editorial para libros cubanos exclusivamente.
-Y usted que acaba de
regresar de América del Sur y que no nace mucho vino, de Europa, ¿qué piensa de
las letras cubanas a la luz de esas impresiones foráneas?
-Que no es tan pobre,
querido Costa, como parece. Sufre falta de ayuda, y eso es todo. El intelectual
de nuestra tierra es un héroe. Nadie lo escucha, y él prosigue. Nadie le tiende
la mano, y él no se cansa. Macilento, sin estímulos… ¡Ah, la estatua que
merece..!
-Y ahora, Enrique
Labrador Ruiz, última pregunta: -Si usted fuera inmensamente rico, ¿qué haría usted
con el dinero? ¿Seguiría usted siendo quién es? ¿Seguiría pegado a la creación
tenaz del cuento, de la novela?
-Claro que sí. Cada uno es lo que es hasta la hora de su
muerte si es que era de verdad.
Y el novelista queda
en silencio. Como si se hubiera quedado sin espíritu. Es que lo ha echado a los
aires. Y aquí está.
O.R.C.
Publicada con el título “Entrevista sincera”,
como parte de una serie de entrevistas que realizara el periodista Octavio R.
Costa. Diario de la Marina, 14 de noviembre, 1954, p. 1-C.

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