sábado, 24 de octubre de 2026

Prosa-prosa: entrevista a Enrique Labrador Ruiz

 

 Ahí está el novelista gaseiforme, el narrador neblinoso, el cuentista cubiche, el autor cubano de La sangre hambrienta. Ahí está en Reina ciento ocho, entre sus libros, sus cuadernos y sus pipas. Inmerso en el incesante trabajo intelectual que constituye su razón de ser y su vocación vital. Original, independiente, solo, en definitiva en medio de la atmósfera de cordialidad afectuosa que rodea. Porque Labrador tiene el instinto y el gozo de la amistad, de la convivencia. Pero, dentro del mundo de su creación, luce señero.

 Hay que hacerle la entrevista sincera para ver cómo funciona su mordacidad sin amargura, su ironía sin veneno, su sátira sin prejuicio ni resentimiento.

 Y como saetas van las preguntas:

 -¿Cree usted que América siga siendo la novela sin novelista de que habló Luis Alberto Sánchez?

 -Sigo pensando que ese asunto está mal planteado por el profesor peruano, y que, en consecuencia, está en proceso de revisión. ¿Si hay tres Américas, no se desprende que de haber, que habrá por lo menos trescientos novelistas para novelarla?

 -¿Es posible que usted diga qué novelista de América ha interpretado más hondamente la vida americana?

 -En cada país, un par de ellos, con toda seguridad, dicen lo suyo con dignidad. Pero en Brasil, por ejemplo, no menos de diez.

 -¿Y de todos, entre los de ahora, cuál admira más?

 -No debo citar nombres puesto que mis preferencias resultan de matiz singular. Me gustó uno por la técnica. Otro por el lirismo. Aquél de allá por su vocabulario. Y algunos, por lo que callan o cautelan, me gustarían para ser colgados.

 -¿Y entre los más famosos novelistas universales sin distinción de nacionalidad, cuáles son los de mayor gusto, los de su más cálida preferencia?

 -Pues contesto, precisamente, con la nacionalidad y no con los nombres: los franceses y los ingleses.

 -¿Y qué piensa Labrador del otorgamiento del Premio Nobel a Hemingway?

 Y el novelista se queda como si no hubiera esperado la pregunta. En su rostro grande y claro se dibuja una maliciosa sonrisa. Y un silencio elegante envuelve y decapita la respuesta. El entrevistador comprende y quiebra la pausa lanzándose a la pregunta siguiente.

 -¿Y viniendo de Cuba, sin que se excluya, por razón de una provinciana modestia, que Cuba anda ya en pos de su novela?

 -Es claro. Pero ella no será nunca que le fabriquen los novelistas que siguen patrones clásicos. Cada tierra tiene su tratamiento. Su parcela de inquietud configura un modo singular para ser vista.

 -Y recordando el famoso trabajo de Ortega sobre la novela, ¿cree usted que ésta llegará a una crisis definitiva por agotamiento de temas?

 -No. Mientras haya cosas que contar, y así será siempre, no se acabará la novela.

 -¿Y qué paralelo y contraste se le ocurre hacer entre la novela y la historia?

 -Pues se dice que la novela es la antología de lo posible y que la historia de lo creado. Ahí está el paralelo y ahí está el contraste.

 -Y saliendo ya de la novela, admirado Labrador, ¿qué piensa usted de las relaciones posibles entre los intelectuales y la política?

-Por qué no le contesto con San Mateo -Por las noches decía: "Hará buen tiempo, porque el cielo está arrebolado”. Y por las mañanas: "Hoy habrá tempestad, porque el cielo está cubierto y encendido”. “¡Hipócritas! ¡Sabéis distinguir los aspectos del cielo y no sabéis conocer los signos de los tiempos! Una generación mala y adúltera pide una señal pero no se le dará otra que la de Jonás”.

 -¿Y qué prosista, Enrique, usted que haya influido más en su creación literaria?

 -Quevedo. El gran don Francisco de Quevedo y Villegas. Señor de la Torre de Juan Abad, pobrísimo caballero de cuya casa nativa solía decir:

 -¡Que es mi casa solariega

  más solariega que otras.

  (pues que, por no tener techo,

  le da el sol a todas horas.

 -¿Y qué libro ha dejado más honda huella en su espíritu?

 -No me cabe duda: los Evangelios. Pero es que ¿hay algo semejante? ¿algo parecido?

 -Y cree usted que esta realizando su destino y su vocación?

 -¡Por Dios…! -Yo no podría ser otra cosa más que lo que soy.

 -¿Cree usted que la literatura tiene una entrañable función social o que puede estar vigente todavía la fórmula romántica del arte por el arte?

 ¿Oigo bien? -Porque con esto se establece el gran pleito de siempre. con palabras nuevas, pera el viejo pleito. No hay tiempo para discutirlo ahora. Dejemos las cosas así.

 -¿Y qué país de América le gusta más, y de Europa? ¿Y qué ciudad europea, y cuál americana?

 -América es nuestra casa. No tengo preferencias. Me gustaría vivir en Italia, en Florencia, pero viviría también en cualquier parte de Francia, donde haya sol. Estos vivires por muy poco tempo, porque al cabo donde quiero pasar la vida es en América, en toda América. En Buenos Aires, en Santiago, en Río, en Lima, en México, en Bogotá, y sin que se me tome por un vagabundo, también en Montevideo, en Caracas, en Quito. Y en La Habana

 -¿Qué colecciona?

 -Pues rada, a pesar de que muchos piensen lo contrario. Coleccionar es fosilizar, y yo tengo una biblioteca activa, de libros muy leídos y trasegados. Yo tengo pipas, viejas y menos viejas, que continuamente. Caracoles que manoseo sin cesar. Pintura que -no se asombre usted- también algunos días me pongo a leer con escarnecimiento. Porque cierta pintura, la que yo prefiero, no solo es para ser vista. Así como América no acaba nunca en mi corazón, tengo que estarla viendo siempre, esta pintura cubana de ahora. ¡Que pintores tenemos, Señor! La pintura en Cuba es más importante que la literatura, que la música, que todo. Si me levanto cansado por cualquier motivo, ver un cuadro de estos me estimula sobremanera. ¡Si me pasara igual con la música! Pero no la entiendo.

 ¿Y qué condición admira más en la prosa?

 -Que sea máscula, humilde, algo punzante, prosa-prosa. Que esconda su poesía, que sofoque sus fuegos, que me diga su secreto especifico.

 ¿Y que piensa del arte nuevo, del verso nuevo?

-¿Oigo bien? -Ya son un nuevo de más de medio siglo, lo sabe usted. Entonces…

-¿Cree usted que el siglo veinte representa una suprema realización, o una crisis?

 -Hay de todo: tantas decadencias, tantas falsas grandezas.

-¿Cuál es el momento más feliz de su vida, Labrador?

 -El de la creación. Y no me pregunte cuál el más desgraciado. Ya lo supondrá por contraste: el de la esterilidad.

 -¿Cuál es su ambición más alta, la que más acaricia y más calla acaso?

 -Pues no la callo: tener una editorial para libros cubanos exclusivamente.

 -Y usted que acaba de regresar de América del Sur y que no nace mucho vino, de Europa, ¿qué piensa de las letras cubanas a la luz de esas impresiones foráneas?

 -Que no es tan pobre, querido Costa, como parece. Sufre falta de ayuda, y eso es todo. El intelectual de nuestra tierra es un héroe. Nadie lo escucha, y él prosigue. Nadie le tiende la mano, y él no se cansa. Macilento, sin estímulos… ¡Ah, la estatua que merece..!

 -Y ahora, Enrique Labrador Ruiz, última pregunta: -Si usted fuera inmensamente rico, ¿qué haría usted con el dinero? ¿Seguiría usted siendo quién es? ¿Seguiría pegado a la creación tenaz del cuento, de la novela?

-Claro que sí. Cada uno es lo que es hasta la hora de su muerte si es que era de verdad.

 Y el novelista queda en silencio. Como si se hubiera quedado sin espíritu. Es que lo ha echado a los aires. Y aquí está.

  O.R.C.


  Publicada con el título “Entrevista sincera”, como parte de una serie de entrevistas que realizara el periodista Octavio R. Costa. Diario de la Marina, 14 de noviembre, 1954, p. 1-C.


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