lunes, 11 de octubre de 2021

«Javel» decían las grandes placas de esmalte

 

   Alfonso Hernández Catá

 París, nombre-promesa para cualquier buscador de cualquier alcaloide de vida, lo acogió con esa sonrisa de fin de otoño hecha de grises y de cielos bajos. De la estación al hotel reflejáronse en sus ojos las imágenes desconocidas y empero familiares del Sena, de la Catedral de las dos torres truncas, de la Torre Eiffel y del jardín ilustre de las Tullerías. Una cándida sorpresa de que su Vélez-Gomara no significase en el hotel sino por la calidad de la habitación elegida, complacíale. Su proyecto era cambiar de hotel apenas se orientase, e ir a otro más apartado, con falso nombre. La indiferencia con que era escuchado el verdadero lo disuadió de esta precaución. Al abrir las maletas regaladas por Amparo e Isabel-Luisa, emergió de ellas un hálito embalsamado. José-María comprendió que su ropa deshonraba aquellas maletas que acababan de hacer un viaje nupcial, y salió dispuesto a comprar prendas que terminaran de una vez su ascetismo estúpido. 

 En la tienda su diestra palpaba con delectación los hilos frescos, las sedas tibias y crujientes, las batistas traslúcidas, los crespones de lujosa granulación. Fuerte de su dinero y poseído por esa incontinencia adquisitiva que sienten las mujeres en las tiendas, separó calcetines, tirantes, camisas, pijamas, mudas interiores, corbatas... Todo era leve, de calidad extrema. Le ofrecieron marcárselo en poco tiempo y se negó. Como el comerciante interpretase que no era el precio sino el plazo de ejecución lo que retraía al cliente, disminuyó éste y subió aquel con tanta obsequiosidad que José-María estuvo a punto de gritarle: «¡Pero si lo que yo quiero es no llevar ninguna marca! ¡Si he venido a suprimirme los apellidos, idiota!» Camino del hotel compró jabones, agua de lavanda y una loción. 

 Sus trajes le parecieron indignos de lo adquirido y, seguro de hallar buena ropa hecha para su cuerpo, entró en una sastrería y compró de todo, sin que apenas hubieran de reformar las prendas. 

 Luego volvió al hotel y abrió la mampara que separaba su alcoba del baño. El agua tibia, borboteante, subía en la bañadera de porcelana, y un rayo de sol se refrescaba en ella abriéndose de placer en luces de colores magníficos. José-María se bañó como jamás en su vida se había bañado: en una inmersión larguísima, llena de ensueños sin forma. No era aquel el baño de la mañana, de aseo: era un goce de sentirse liviano en la olorosa transparencia y de descubrir, además, que el agua no merece siempre su fama de casta. 

 Bajó a comer y, antojándosele angosto el comedor del hotel, echóse a la calle. EI vaivén de la muchedumbre, las terrazas, los guiños luminosos de los anuncios, multiplicaban la sensación concreta que desde la subida al tren experimentase: ¡El mundo era grande, grande! Cada uno de aquellos seres quizás, muchos de seguro, tendrían sobre su conciencia no sólo pasiones inevitables, sino crímenes, ¡y vivían! Comió con apetito, bebió, y a los postres sintió la impaciencia de ir a ver si sus compras habían ya llegado. La ropa interior, sí; pero hubo de telefonear al sastre y, no obstante los apremios, tardaron cerca de dos horas. Cuando los sastres llegaron subió a su cuarto y se transformó, maravillándose de la propia magia. ¡Era otro! Pero no sólo por las obras: era otro ya cuando, al despojarse de la bata de felpa, sin atreverse a mirar cara a cara la inmensa luna del armario, se vio íntegro, terso y túrgido el cuerpo de que tantas veces se había avergonzado, la cara iluminada por la sonrisa... 

 Salió de nuevo, de continuo alegre y atónito de que nadie le preguntase nada, de que nadie se fijase en él; y fue a un teatro frívolo. Ya tarde se acostó aturdido y feliz. 

 Casi lo mismo hizo al otro día y al siguiente. No tenía impaciencia. Estaba seguro de que su ocasión, su aventura, había de llegar. Y mientras tanto bastábale la dicha de no sentir pesar sobre su alma el pétreo escudo de su casa, de contemplarse ya sin rebozo en el espejo, y de sentir, a modo de anticipo de todas las caricias, las de la ropa fina. Gustaba de situarse en las terrazas de los cafés a ver el río humano. Por la tarde iba a los salones de té y, rechazando con denegaciones desdeñosas e inapelables las invitaciones a bailar de las muchachas, pasaba horas y horas sintiendo en la carne el ritmo desmoralizador de la música e interesándose por los jóvenes de belleza profesional que bailaban con viejas restauradas y sin miedo al ridículo. Cada día comía en un sitio, visitaba un barrio, cambiaba de universo, y esperaba seguro, sin premuras. 

  Tenía la certeza de que le habría abastado un gesto en cualquier espectáculo, en cualquier bulevar, para acelerar su destino. Pero no quería. Sin duda muchos de aquellos hombres solos y bien vestidos pertenecían a la funesta secta de las víctimas del error de Dios, y un solo ademán, un solo relumbre de ojos hubiera bastado. Si en su ciudad –de la que pasaba días enteros sin acordarse– lo identificó uno, allí, en el inmenso París, ¡cuán fácil hallar cien! No quiso. Estaba seguro de que al aproximarse el instante decisivo sentiría la emoción de las anunciaciones. Y ésta hízole palpitar las sienes una tarde, de vuelta del Bosque de Bolonia, en donde él creía hallar siempre un poco de primavera rezagada. 

 Iba en automóvil, echado con indolencia en el respaldo, y de pronto una figura destacóse en la muchedumbre de la acera. Al pronto José-María no advirtió que no iba sola porque primero sus ojos y en seguida todos sus sentidos se sumaron a la vista para contemplarla. Y hubo un choque de miradas instantáneo y especioso como un largo convenio. 

 José-María despidió el automóvil y siguió a pie. El mozo era alto, hercúleo, con una extraña fatiga en el rostro –que a él le recordaba otro rostro visto sólo dos veces en la existencia–. Un anciano iba a su lado. De soslayo, cada vez que el oleaje de gente amenazaba separarlos, el joven se cercioraba de que José-María le iba a la zaga. Tras lenta caminata se detuvieron ante el escaparate de una librería y entraron. José-María penetró también, impelido por extraña audacia. Mientras el anciano –«Su padre», pensó José-María al comparar las facciones– husmeaba en la mesa de los libros recién publicados, el hijo sacó una hoja de papel y escribió con lápiz en ella. Cual si tuviera larga práctica, José-María comprendió la maniobra y, en el apelotonamiento de la salida, el billetito estuvo en su mano. 

 Los desconocidos tomaron un coche y él se quedó en la acera, con el papel quemante. Lo puso en el bolsillo del chaleco, y tomó otro auto, hacia el hotel. Un rubor tardío subióle de todo el ser, sofocándolo, y desabrochóse la chaqueta que, a pesar del bolsillo interior hinchado de billetes y documentos, expandióse hacia atrás sin que él se ocupase de repetir el gesto desconfiado de rústico en viaje hecho tantas veces en los días últimos. Su diestra, en cambio, oprimía trémula el bolsillo del chaleco donde estaba el billetito con estas palabras: «Mañana cinco tarde salida metro Javel.» 

 Al subir al hotel el portero le dijo que habían venido a procurarlo y tuvo la idea disparatada de que el mancebo hubiera podido adelantársele. Imposible –se dijo en seguida–: No sabe quién soy. Y sin curiosidad, atribuyéndolo a un error, para darse en seguida por entero a sus emociones, se acostó y estuvo hasta muy tarde insomne, con una impresión de miedo dulcísimo en toda la carne y en toda el alma. 

 En vez de pensar en «aquello», cien ideas fútiles salpicaban su inquietud. Se durmió, y despertó cuando mediaba el día. Su baño fue lento, con minuciosidades de rito. No quería pensar en nada. Cuantas ideas intermediarias entre el presente y las cinco de la tarde acudían a su mente, eran rechazadas por una euforia azorada, vagamente temerosa de quedarse quieta. Iba y venía, tarareaba canciones, cosa rara en él. En el fondo tenía miedo, y cantaba cual si estuviera en senda oscura. 

 Bajó a comer, y luego fue a una peluquería donde entregó las manos a los cuidados dolorosos de una manicura. ¡Qué despacio avanzaba el tiempo! Volvió al hotel a mudarse de ropa, y, al bajar, halló, en el casillero donde colgaba su llave, una carta. La puso en un bolsillo exterior, desentendido de cuanto no era su aventura, y salió para estudiar en la estación subterránea de la Ópera el mapa del Metropolitano. Como le sobraba tiempo, volvió a subir y siguió a pie hasta la Magdalena. EI tiempo precipitóse de súbito y empezó a faltarle. Iban a dar las cuatro y media ya. Descendió presuroso, y con el hacinamiento de la multitud sintió que algo en la americana le crujía: era la carta olvidada. Rasgó el sobre, y un efluvio de su ciudad, de su vida anterior, escapóse de él y entróle imperativo en el alma... Era de Claudio. «Ojalá que la razón social pudiese algún día ser: «Osuna Vélez Gomara y Compañía» –decíale tras de las primeras frases. Le advertía, después, haber enviado telegramas a los corresponsales, quienes, de seguro, irían a buscarle para atenderlo... Había llegado una carta del extranjero, abierta por él en persona, por fortuna, y en ella el Cónsul de Kingston anunciaba la muerte de Jaime a bordo de un barco contrabandista apresado cerca de la Florida. Esto no lo había dicho a nadie, ni a IsabeI-Luisa... ¿Para qué? Cuanta discreción se tuviese con las cosas atañederas al honor familiar era poca...» Toda la carta respiraba suficiencia, vanidad. Le recomendaba distraerse, no ser demasiado económico, no olvidar nunca no ya su apellido, sino la representación de la casa... 

 Era cual si la ciudad entera le hubiese escrito para sacarlo del olvido... ¡No, no podía ser! ¿Adónde iba? ¿A qué precipicio lo llevaba aquella sierpe de luces horadando sombras? 

 Un reflujo moral destruyó toda su voluptuosidad, toda su manumisión; y comprendió que ya no podría volver jamás a la ciudad fundada por los suyos ni emprender otra vez la vida oscura de secretas ignominias y de constante enfrenar las bestias de su cuerpo. 

 La idea de volver al hotel, de recibir la visita del corresponsal –sin duda el visitante del día anterior– también le horripilaba. ¡La muerte, sólo la muerte, le abría una puerta pura! Pero tampoco podía suicidarse sin un motivo, dejando la menor pista de sospecha hacia el verdadero. Era preciso proceder con cautela. Su padre mismo habíale dado ejemplo... 

 La imagen de su cabeza destrozada por una bala llevaría a la ciudad, a Claudio, a las hermanas por quienes se había sacrificado tantos años, una incomprensión dolorosa y, tal vez, a Cecilia, una comprensión que era necesario evitar. La estirpe de Los Vélez-Gomara acababa en él y no podíale poner broche sucio. La muerte, sí; mas no en cita declarada, sino en encuentro casual. ¿No había en toda casualidad un cabo voluntario sujeto por la mano de Dios? Ahora ese cabo lo tendría él. 

 El convoy se detuvo. «Javel» decían las grandes placas de esmalte; y la carne obedeció al conjuro del nombre. ¡Ay, ya no mandaba ella, sino la conciencia! Quedó en el andén, sólo, como indeciso, mientras muchos subían y llegaban otros para aguardar al tren siguiente. Todos los días la torpeza de los no habituados al tráfico de la gran urbe originaba accidentes. Habría uno más. 

 Cuando, poco después, dos ojos amarillos, miraron a la estación desde lo profundo del túnel, él se acercó al borde de la plataforma, despacio, con una cautela femenina, que ni a los más próximos infundió sospechas, y en el instante justo dio un traspiés. 

 Un largo estrépito de hierros y de gritos pasó sobre su carne virgen e impura.

 

 El ángel de Sodoma, Cap. X, Madrid, Mundo Latino, 1928. 


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