domingo, 30 de agosto de 2020

El Arte Negro




  Vicente Huidobro


 Cuando la revista francesa Action hizo una encuesta sobre el Arte Negro, pidiendo a varios autores que sintetizaran en una frase concisa su opinión sobre los famosos fetiches y máscaras hoy tan a la moda, yo respondí: «Amo el Arte Negro, porque no es un arte de esclavos».

 Se creyó ver en mi respuesta que yo pretendía hacer una frase de esprit. La paradoja o la voltereta parecía evidente. Los negros son esclavos, yo evadía el cuerpo con un simple salto.

 Sin embargo, nada más lejos de mi espíritu que evadirme a una respuesta de frente. Bajo la apariencia de una paradoja, yo creo haber presentado la esencia de la estética negra.

 Los negros no imitan directamente la naturaleza. En sus obras hay una mayor transposición que en el arte europeo, son menos esclavos del objeto que los artistas blancos.

 Por lo tanto, mi respuesta era muy seria y tan de acuerdo con mi concepto estético general, que pocos años antes escribía en mi revista Création este aforismo para los nuevos poetas: «No seamos instrumento de la naturaleza, sino hagamos de la naturaleza nuestro instrumento. O sea, en otras palabras: no hagamos un arte de esclavos, sino de amor».

 Los negros, a pesar de su larga historia de esclavitud, son mucho menos esclavos que los blancos, por lo menos en lo que al arte se refiere.

 Seguramente sus obras obedecen a leyes plásticas que conocen y que siguen con cierta fidelidad; pero como esas leyes son creadas por ellos, como son verdades de su espíritu y no imposiciones de verdades externas, ellos no son esclavos, pues no se puede ser esclavo de sí mismo.

 Justamente ese mayor alejamiento de la realidad es lo que prueba que en sus obras entra mayor cantidad de arte que en las obras que permanecen pegadas al mundo real.

 La verdad del arte empieza allí donde termina la verdad de la vida.

 El Arte Negro está mucho más cerca de la creación que de la imitación. He ahí la razón de su importancia para mí y el por qué diez años antes que se pusiera de moda y que empezara a adornar los salones de la gente de élite y hasta los boudoirs de las grandes cocottes, yo empezaba mi colección y adornaba con ellos mi escritorio.

 Para nosotros y para todos los artistas de la nueva generación, el Arte Negro tiene otra importancia harto menos banal que una simple moda. Es todo un principio estético, admirable de equilibrio y de proporciones, admirable en la justificación de sus volúmenes, de sus líneas y sus planos, admirable en la intención de sus relaciones y correspondencias.

 Nada en ellos obedece al azar, todo está allí por una razón estética y una necesidad superior.

 Ahora bien, ¿qué ha hecho la moda con el Arte Negro? En París, el Teatro de los Campos Elíseos ha montado una revista negra que es una grotesca mistificación.

 Han dado vuelta patas arriba las leyes básicas constitutivas del Arte Negro y nos quieren hacer tragar por Arte Negro un pastiche ridículo hecho por europeos que no tienen idea de lo que significa ese arte.

 Y aquello que no debió haber salido jamás de nuestras capillas y de las manos de unos cuantos iniciados que lo amaban de veras porque de veras lo comprendían, es ahora el objeto de discusiones y entusiasmos de cualquiera dama aprensiva o señorita nerviosa.

 Todos lo proclaman y nadie sabe por qué. Es la ridícula manía parisiense de imitar a los artistas. Después de la moda de los sulfuros de colores de 1830, que nosotros empezamos comprando a dos francos y que hace un año ya se vendían a seiscientos, ahora esas buenas gentes nos suben de precio los fetiches y las máscaras negras.

 ¿No se podría lanzar la moda de los fósforos tricolores?


 Vientos contarios, 1926; Obras Completas, Tomo I, pp, 820-821.

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