sábado, 14 de enero de 2017

El gato pensador (Oculi viderunt)



  
 Felipe Poey


 Érase un espejo accidentalmente puesto en el suelo, inclinado sobre la pared. Érase un gato travieso y juguetón, que al recorrer la casa, como la tenía de costumbre, vio su imagen en dicho espejo. Ver y acudir a reconocer, fue todo uno. El gato no quería solamente mirar, sino tocar; en lo cual hallo un obstáculo imprevisto. ¿Quién eres tú —decía—, que imitas todos mis gestos? Saltas, si yo salto; te agachas, si me agacho. Ahora lo veremos. Y da vueltas al espejo. ¿Qué vio? Nada. ¡Qué listo anda ese tunante!, seguía diciendo el gato; pero yo lo cogerá entre dos garras y di que se escape. 
 En efecto, se coloca en el canto del espejo, una pata de un lado, otra de otro. Mira bien por delante del mueble, para cerciorarse de que allí está el consabido; y de repente echa la zarpa, y coge... nada.
 Sin haber estudiado lógica, repitió, varió y amplió sus experimentos; hasta que al fin, viendo que a nada conducían, se retiró pausadamente, hablando a sus barbas, diciendo: “Estas son cosas que superan la inteligencia de los gatos; no nos ocupemos: esto entra en lo incognoscible”.
 No dijera más Heriberto Spencer.

 Obras literarias..., La propaganda literaría, 1888.