viernes, 27 de enero de 2017

Audubon





  Juan Clemente Zenea

 Después de Franklin asalta a la memoria el luisianés Audubon, cuyo crédito como naturalista eminente es sin duda una recompensa justa a los desvelos, a la paciencia heroica, a las excursiones, a los dibujos, a las clasificaciones, a los elegantísimos cuadros con que se presenta a la posteridad aquel Buffon de las florestas del Nuevo Mundo. Confiando en sus fuerzas propias, combatiendo contra muchos obstáculos, se lanza a vagar desde los grandes lagos del Norte hasta las silvestres soledades de los llanos occidentales, y nada se oculta a su mirada penetrante; atraviesa el mar, siente por todas partes que le rodea una atmósfera pura de estimación y alabanzas, vuelve a su país, exhibe en Nueva-York los prodigios de su laboriosidad, hace imprimir magníficamente su obra inmortal de los «Pájaros de América» y sus «Biografías ornitológicas», y helo ya declarado por la fama como uno de los primeros maestros prácticos en la historia natural, y subido a un alto puesto en la literatura por los brillantes episodios personales que refiere en sus escritos, cuyo estilo, aunque a veces demasiado difuso, no es nunca oscuro ni afectado y que aun cuando no encerrase galas preciosas, bastaría a probar por lo menos que ejercía casi un dominio perfecto sobre su idioma nativo. ¿Qué citaré de sus obras? Se han vulgarizado en extremo y basta haberlas leído para no echar nunca en olvido unas descripciones en que todos los animales parece que tienen vida y acción, en que todas las plantas tienen color y perfume, en que están, en fin, descubiertos los misterios de la ciencia en sus más difíciles aplicaciones.
 "En otoño, dice Audubon, embarcaos en el Missisipi, cuando huyen del Norte millares de pájaros y buscan la proximidad del sol. Alzad los ojos siempre que alcancéis a ver dos árboles más elevados que los demás y que estén uno en frente de otro: allí está el águila posada sobre el extremo de uno de aquellos dos árboles: su ojo brilla y tal parece que arde como una llama al contemplar atentamente toda la extensión de las aguas: de vez en cuando mira al suelo; observa, escucha, recoge y distingue todos los ruidos por ligeros que sean, y no se escapa a su mirada ni el gamo que apenas mueve las hojas. En el árbol opuesto está de centinela la hembra que arroja por intervalos un chillido con el cual parece exhortar al macho a tener paciencia: a su vez responde este, ya batiendo las alas, ya por medio de una inclinación de todo su cuerpo, ya también por cierto canto cuyo grito estrepitoso y discordante semeja la risa de un maniático, y después vuelve a ponerse de pie, pero tan inmóvil, tan silencioso que parece de mármol. Los patos de todas clases, las gallinetas y las avutardas, huyen en multitud arrebatadas por el curso de las aguas y como son una presa que desdeña el águila se libertan de la muerte por este desprecio. Llega por fin a los oídos de los dos salteadores un sonido que conduce el viento por encima de la corriente, y que tiene el eco y el tono ronco de un instrumento de cobre: es el canto del cisne. Con un llamamiento compuesto de dos notas da la hembra aviso al macho, el cual siente que su cuerpo se estremece de cólera: peina su pluma con dos o tres picotazos que son los preparativos para su expedición y se dispone a volar. Viene el cisne como un bajel flotante por el aire, lleva extendido hacia adelante su cuello de una blancura de nieve y sus ojos brillan de inquietud; apenas basta a sostener la masa de su cuerpo el movimiento precipitado de sus dos alas y sus patas desaparecen a la vista recogidas sobre la cola; la víctima se va acercando lentamente; resuena un grito de guerra, se presenta el águila con la velocidad de una estrella que corre o de un rayo que brilla: apenas distingue el cisne a su verdugo cuando encoge el cuello, describe un semicírculo y se pone a maniobrar en las agonías del miedo para procurar huir de la muerte; ya no le queda más recurso que zambullirse en la corriente, pero el águila, conocedora de la astucia obliga a su presa a mantenerse en el aire conservándose debajo sin descanso y amenazando herirla en el vientre o en la parta inferior de las alas. Esta profundidad de combinación que envidiaría el hombre al pájaro, no deja jamás de conseguir su fin, pronto se fatiga el cisne, se debilita y pierde las esperanzas de salvarse, pero temiendo todavía su enemigo que caiga en el agua, hiere a su víctima con sus garras por debajo de las alas y la precipita oblicuamente a la orilla del río. Tanto poder, tanta destreza, tanta actividad, tanta astucia, consiguen siempre su conquista. No podríais ver sin horrorizaros el triunfo del águila: baila sobre el cadáver, clava profundamente sus uñas de cobre en el corazón del cisne moribundo, bate las alas, da un aullido de alegría, le embriagan las postreras convulsiones del pájaro, levanta su calva cabeza hacia los cielos, y sus ojos, ardiendo de orgullo, adquieren el color de la sangre: la hembra no tarda en acompañarlo, vuelven ambos el cisne hacia arriba, le atraviesan el pecho con su pico y se bañan en la sangre caliente todavía que mana de sus heridas.»


 ¡Que interesante es para el que gusta dar imparcialmente lo que a cada cual corresponde, seguir día tras día y noche tras noche por las cordilleras, por los bosques, por las márgenes de los ríos a aquel infatigable perseguidor así de las águilas, como de las golondrinas, así del cisne que mora en la vecindad del turbulento Missisipi, como del oso blanco que atraviesa las praderas del Oeste! Generoso, bueno y sabio como Franklin, consagra sus bienes, su reposo y sus largos días a la meditación, y entrega a las prensas de nuestra época unos trabajos que no pueden verse sin admiración, que le valieron envidiables elogios y han abierto en su país la senda a ulteriores descubrimientos en este ramo. 


 (Fragmento) "Sobre la literatura de los Estados Unidos", La América, Madrid, 27 de mayo de 1864, pp. 13-15.