lunes, 1 de junio de 2015

Los reconcentrados





 Isidoro Corzo

 La visita a los Fosos Municipales, donde se hospedaban centenares de  reconcentrados, producía en el corazón menos dado a la caridad una impresión de amargura.
 El lugar era despejado, con algunos árboles y mucha luz; pero estaba lleno de trastos viejos, amontonados allí por la incuria del Ayuntamiento.
 La caridad municipal mantenía a sus expensas cuantas mujeres y niños le consentían sus recursos. Dábales lo que podía: un techo que les preservara del sol y de la lluvia; una tarima de madera donde acostarse; y un rancho aderezado con los víveres que el bloqueo permitía.
 Aquella triste legión de desdichados iba envuelta en sucios arambeles; el Ayuntamiento no podía vestirlos.
 Vivían en medio del más sórdido hacinamiento, aburridos de una existencia que no les brindaba ninguna dicha. Las mujeres echaban de menos la compañía de sus esposos, enganchados en las tropas  españolas o insurrectas, o lanzados por esas calles de Dios en busca de una limosna.
 Recordaban con tristeza los dulces días pasados al amor del hogar, bajo el querido rancho, en medio de sus vacas y de sus hortalizas, de sus pájaros y sus flores.  
 Ahora no tenían nada. La guerra había concluido con todo, como un incendio, dejándolas a merced de la compasión pública.
 Estos que, gracias al municipio, podían dormir bajo techado y saciar el hambre, eran mil veces más afortunados que los que no encontraron sitio en los Fosos, y habían de vivir mendigando de puerta en puerta.
 Las calles de la Habana ofrecían espectáculos horribles. En los alrededores de  los cafés, fondas y demás establecimientos donde se daba de comer, bullía constantemente un enjambre de reconcentrados, en espera de los desperdicios.
 Había allí hombres, mujeres y niños, casi todos de la raza blanca; aunque no faltaban tampoco negros, mulatos y algunos chinos.  
Veíanse familias completas; madres llevando en brazos criaturas escuálidas; niñas de trece a catorce años carcomidas por la miseria; chiquillos con las costillas salientes como aros de barril.
 Andaban de un lado para otro, tendiendo la mano, toda nudillos, en solicitud de socorro.
Sus miradas eran tristes. Tenían la desolación del que se entrega cansado de luchar. No esperaban nada, no contaban con nada, y se daban por satisfechos si cada veinticuatro horas conseguían un pedazo de pan.  
 Se iban consumiendo lentamente. Cada vez era su alimentación más escasa, porque el bloqueo, excitando el instinto de la propia conservación, daba pábulo al egoísmo. Se les veía perder carnes y fuerzas por momentos.
 Las madres se revelaban contra el despotismo del hambre que se cebaba inclemente en sus hijos. Y los llevaban colgados del pecho, seco y sin jugo, para que se hiciesen la ilusión de que lactaban.
 Cuando faltó el pan, fueron los reconcentrados los que más lo sintieron, porque muchos de ellos sólo se alimentaban con los mendrugos sobrantes de las casas.
 Junto a un hotel, que distribuía los restos de la comida por las tardes, la noticia terrible de que en adelante se interrumpiría tal costumbre, no produjo entre los menesterosos ninguna protesta. Todos aceptaron la explicación: el bloqueo no lo consentía. Y sólo una anciana, muy arrugada y amarillenta, que llevaba en brazos un niño, dejó rodar por sus áridas mejillas dos gotas transparentes.
 La falta de comida sana y suficiente produjo en muchos enfermedades terribles. La tuberculosis, especialmente, hacía presa en ellos, y tiritando de fiebre iban, en un gran acceso de tos, a dejarse caer,  agobiados, sobre las aceras.
 Era frecuente ver niños escrofulosos con la carita convertida en una llaga purulenta y los brazos y las piernas completamente deformados.
 También abundaban las mujeres atacadas de anemia perniciosa, cuyos blanquecinos labios desaparecían en el pálido rostro abotagado por el edema.

  
 Hubo episodios crueles.
 He aquí uno que me refirió cierta señora amiga nuestra:
 Un día llegó a la puerta de mi casa una niña de once o doce años, pobremente vestida, llevando en brazos un chiquitín de ocho o diez meses.
 Era una mujer cita en formación, cuyo seno, bajo el desgarrado corpiño, se hinchaba al cálido impulso de la pubertad.
 Tenía movimientos de niñita y ademanes de mujer, como quien no ha salido aún de la infancia ni entrado todavía en la adolescencia.
 No era bonita, pero sus grandes ojos garzos y su fresca boca daban a su fisonomía un aire encantador.
 Su vestido viejo, pero limpio; su bien lavada cara; su atusado pelo y cierto perfume de salud que trascendía de toda su persona, no conseguían disimular las tristezas que marchitaban su alma.
 La niña sufría. Lo delataban los melancólicos suspiros que se escapaban de su pecho cada vez que contemplaba la tierna criatura dormida en sus brazos.
 Con la ingenuidad y comunicativa propensión de los pocos años, me contó su historia, una historia sencilla, mitad idilio, mitad tragedia. 
 Había nacido en un sitio, a pocas leguas de la Habana, y allí, con sus padres y Lilito, su hermano menor, gozaba de las inefables dichas del campo, cuando la guerra los echó a todos a la capital. A los pocos días su padre enfermó. Calenturas de frío, durante las cuales tiritaba mucho. Así pasaron dos meses, comiéndose los pocos recursos que pudieron traer. El enfermo impedido de trabajar; la madre necesitando el tiempo para asistirle y criar al pequeño, no podía dedicarse a otra cosa; y ella, por más que lo procuró, no logró encontrar empleo. Un día faltó el dinero y fue preciso pedir una cama en el hospital. ¡Oh, qué días tan crueles los pasados en el oscuro cuarto del mezquino solar, lejos del enfermo querido, que tal vez agonizaba echando de menos los insustituibles cuidados de la familia! Llegó la catástrofe. Lilito y ella se quedaron sin padre. Desde entonces su madre no hacía más que llorar, y el chiquito, renuente a toda alimentación que no fuese el pecho, desmejoraba de día en día. El círculo con que la miseria estrechaba a aquellos tres seres, se hizo cada vez más pequeño. La madre, cuya aflicción no encontraba consuelo, consumida por la pena amaneció un día muerta sobre su mísero lecho.
 La niña, al llegar aquí, convertidos sus ojos en raudales, prorrumpió en sollozos. No había palabras con que mitigar su desventura.
 Después reanudó su relato.
 Desde la muerte de su madre, acaecida algunos días atrás, estaba desesperada, sin saber qué partido tomar, porque la limosna recogida sólo resolvía el problema en cuanto a su persona. Pero ¿qué hacer con Lilito, que no quería tomar nada?
 Miró al niño, que seguía durmiendo, y le besó en la frente. Era una criatura raquítica y endeble, con el cutis muy pálido y lleno de venitas azules.
 Socorrí en lo que pude a la desdichada y se marchó bebiéndose las lágrimas y llenándome de bendiciones.
 Al día siguiente volvió, llevando, como siempre, en brazos a su hermano, que estaba frío e inmóvil. Había muerto; pero la niña no lo sabía y lo columpiaba amorosamente sobre su pecho, lamentando  con amargas palabras que no quisiera tomar alimento." 

 El bloqueo de La Habana. Cuadros del natural. Habana, Imprenta Rambla y Bouza, 1905, pp. 200-210.