martes, 23 de junio de 2015

La mejor prueba




 De los distintos bandos que dicté, fue el más censurado el relativo a concentración, que evitaba el inútil derramamiento de sangre de mis tropas y los desembarcos de armas y municiones del enemigo; esta medida no tengo necesidad de defenderla: nadie que esté medianamente informado de la historia militar contemporánea ignorará que los ingleses la copiaron en el Transvaal y los norteamericanos en Filipinas, y en Cuba estaban dispuestos a llevarla a cabo en la última intentona insurreccional, así como todo mi plan de campaña, lo que no puede menos de halagar mi amor propio como general español. Si se ejecutaron fusilamientos durante mi mando, como en toda guerra es forzoso que ocurra, fueron siempre con arreglo a los bandos y leyes, mas nunca se fusiló a nadie por el mero hecho de ser insurrecto: ofrecí perdón a cuantos volvieran a la legalidad, y tuve clemencia para todos los que se presentaron, por desfavorables que fueran sus antecedentes.

 Pero natural era que los rebeldes se quejaran de mis medidas —la mejor prueba de su eficacia—, y que los Estados Unidos despotricasen contra todo lo que podía contribuir a la terminación de la guerra —probada como está su mala fe, por mil razones de todos conocidas—.Bien será que conste el hecho de que estaban en poder de ciudadanos yanquis bonos de la República de Cuba, por valor de muchos millones, que llevaban una cláusula en que se consignaba que la isla de Cuba debía pasar a poder de los Estados Unidos en cuanto transcurriesen diez años de obtenida la independencia de España. ¿Cómo los yanquis no habían de poner el grito en el cielo, según suele decirse, si veían que, tal como yo llevaba las cosas, esa tan por ellos ansiada independencia y consiguiente anexión de la preciada isla se alejaba cada vez más de sus deseos?


 Mi mando en Cuba, Vol.I,p. 11.