domingo, 7 de junio de 2015

Reconcentrados





  Emilio Revertér Delmas


 En tanto, el estado de la guerra era el mismo de hacía seis meses. Bien puede decirse que las operaciones estaban suspendidas, y lo único que a la fecha se hacía, para evitar sucesos lamentables, quedaba reducido a vigilar las líneas férreas, a fin de impedir la resonancia de los accidentes.
 En la segunda semana de Octubre una partida de rebeldes macheteó bárbaramente a una guerrilla en Artemisa, apoderándose de armas y municiones.
 Ascendían a 40.000 los enfermos que había en los hospitales de la isla. La situación económica había llegado a ser horrible y de día en día aumentaba su gravedad. Moría el 85 por 100 de los reconcentrados y en plena Habana fallecían de hambre niños y familias enteras.
 Ofrecíanse cuadros conmovedores y escenas espantosas, producidas por la miseria y el abandono. Solamente la caridad particular socorría a las innumerables víctimas de la guerra, pues el Ayuntamiento solo se cuidaba de las contratas y concesiones escandalosas, como la del matadero, dejando de pagar las atenciones atrasadas.
 Los almacenes de la Habana hallábanse abarrotados de mercancías importadas, sin que fuera posible darles salida, pues los comerciantes aprovecharon los últimos días en que estuvieron abiertas las Aduanas para hacer gran acopio de géneros. Había de venir, como es natural, una enorme baja en las ventas y entonces los enemigos de la autonomía atribuirían aquella al cambio de régimen.
 La población rural estaba aniquilada, la riqueza destruida y la guerra quebrantada por la acción del tiempo. Sin embargo, ardía en toda la isla la insurrección (p. 24). 
   

 Decidido el general Blanco a proteger a los campesinos reconcentrados que padeciendo estaban todo género de necesidades, dictó un importantísimo bando, que publicó la Gaceta del día 14, dictando algunas medidas encaminadas a remediar en parte su situación triste y angustiosa.
 Precedía al articulado un largo preámbulo, en el que se explicaba la necesidad de modificar las condiciones de la reconcentración, ya que no fuese realizable suspenderla en absoluto y de repente; porque arrojar de las poblaciones al campo verdaderas muchedumbres, compuestas en su mayoría de mujeres y niños, dejándola abandonada y expuesta a mayores infortunios, sin tomar las precauciones que aseguraren su vida, acarreara perjuicios mayores, dando origen a censuras tan graves como las dirigidas contra la concentración.
 Se declaraba en el preámbulo que era indispensable proceder con previsión, tacto y buen sentido, sin perder de vista la realidad, para llegar lo más pronto posible al restablecimiento de la normalidad en la vida rural.
 Por esto se reiteraba en el propósito y en la decisión de proteger eficazmente a los reconcentrados, a cuyo efecto se comunicaban órdenes para facilitarles ración diaria, y para que se atendiera en los hospitales a los enfermos hasta reorganizar las faenas agrícolas e industriales y lograr la normalización del trabajo.
 Hasta aquí el preámbulo.
 Después se disponía:
 Primero. Los que en la actualidad se hallan reconcentrados y posean fincas, bien de su propiedad, bien en arrendamiento, apareciendo contar con elementos para el trabajo y la vida, pueden volver a ellas seguros del amparo y protección que se les dispensa por las últimas disposiciones sobre la materia.
 A este efecto obtendrán de la autoridad una autorización en la que consten los nombres de los individuos que componen la familia, las personas que le acompañen, número y clase de animales, aperos e instrumentos de labor que lleven a las fincas, dejando constancia de todo esto en la cabecera, a fin de procurar, al necesitarlos, utensilios, ropas y efectos.
 Segundo. Los que no se encuentren en este caso como los artesanos y jornaleros, podrán concurrir a los trabajos del campo a condición de que residan y pernocten dentro del recinto fortificado de las fincas y porten documentos que identifiquen su personalidad.
 Tercero. Se considera como centros de trabajo los ingenios, colonias, vegas de tabaco, cafetales y demás fincas de importancia que se hallen bien defendidas y estén sus dueños autorizados para tener los operarios que necesiten, tanto de la población actualmente reconcentrada, como de los que gozan de libertad por haber sido indultados cuidando especialmente los dueños de adoptar las medidas higiénicas que garanticen la salud de los jornaleros.
 Cuarto. Los dueños están obligados a constituir un centro de defensa en las respectivas zonas de cultivo que alberguen las fincas, y en el perímetro exterior de las mismas establecerán las columnas sus bases de operaciones, cuidando de la defensa del centro en caso necesario.
 Quinto. Se autoriza a los dueños, arrendatarios y aparceros para que gasten armas que les sirvan para defenderse, y a los operarios se les permite el uso de revólver y machete, previo permiso de las autoridades. Las familias y los individuos a quienes no alcancen los anteriores beneficios, quedarán en las poblaciones bajo el amparo del director y demás individuos de las juntas protectoras que habrán de constituirse y funcionar con fondos del Estado y los auxilios de la caridad.
 Sexto. Estas juntas se organizarán inmediatamente en las capitales de los términos municipales y en los poblados; estarán presididas por las autoridades civiles, a quienes se asociarán para formarlas los comandantes militares, párrocos, médicos, propietarios y comerciantes que se designen.
 Séptimo. La protección de estas juntas se extenderá a los rebeldes que se presenten a indulto. (pp. 98-100)


 El general Blanco destinó de los gastos de la guerra la cantidad de cien mil pesos en plata para socorrer a los reconcentrados, cuya situación era cada día más aflictiva.
 Preocupaba grandemente al general Blanco la situación aterradora en que se encontraban los campesinos reconcentrados.
 Los gobernadores civiles recibían comunicaciones de los alcaldes, en las cuales se consignaban cifras y detalles horribles. Para remediar en lo posible tales desgracias, se enviaron recursos y acordóse la formación de juntas protectoras.
 El obispo de la Habana dirigió una circular a los curas párrocos, encargándoles que invocasen la piedad del pueblo en favor de los reconcentrados, y para todas las clases de aquella sociedad era motivo de preocupación la espantosa situación en que se hallaban los pacíficos, cuya horrible miseria hacía entre ellos verdaderos estragos. (p. 122)

Pinar del Río

 Resumiendo los datos y noticias más importantes que el extenso informe contenía, resulta lo siguiente:
 De los 25 términos municipales de que se compone la provincia, se encontraban casi destruidos los de Diego Núñez, Guayabos, Cruz y Mangas; en regular estado los de Alonso Rojas, Cabañas, Paso Real, Mantua, Guanes, Bija y Guayabal; reconstruidos Sin Cristóbal, Palma, San Diego y San Juan y Martínez; bien conservados la capital, Mariel, Artemisa, Candelaria, Consolación del Norte y del Sur, Los Palacios, San Luis, Guanajay, Viñales y Bahía Honda.
 La población de aquella provincia, según el último censo, ascendía a 230.000 habitantes, y a la fecha estaba reducida, según los cálculos más aproximados, a 120.000, hallándose de éstos reconcentrados 40.000, divididos en la siguiente forma: 12.000 hombres, 13.000 mujeres, y 15.000 niños.
 Esta población reconcentrada ofrecía un aspecto tristísimo. Gentes famélicas y astrosas, víctimas en sus hacinamientos de la viruela, fiebres palúdicas y disentería, enfermedades que se cebaban en aquellos desgraciados dando un contingente diario a la muerte que causa horrenda pena.
 Desde que se tomaron las acertadas y humanitarias medidas adoptadas en su favor por el general Blanco, esas familias reconcentradas comían dos ranchos, y la caridad procuraba además remediar aquellos horribles estragos qua amenazaban concluir con la población.
 Hacíanse en Pinar del Río trabajos importantes para legrar la paz definitiva de la provincia y en tal sentido se esforzaba el gobernador civil autonomista señor Dr. Freiré, pero nada podía anticiparse hasta la fecha sobre el remítalo que esta esfuerzo habría de dar.
 A pesar del estado en que se encontraba la provincia se habían hecho extensas siembras con las naturales precauciones para su defensa, y se preparaba una buena cosecha de tabaco.
 A la fecha podía considerarse asegurada en Vuelta Abajo la mitad de la producción con relación a la cosecha anterior a la guerra y «si se derogase el bando que prohibió la exportación del tabaco en rama, aumentarían considerablemente las plantaciones y habría derecho a esperar un rendimiento igual al que se obtenía antes de que la guerra hiciera los estragos que tanta miseria originan.» (pp. 181-82)
    Matanzas

 Los reconcentrados se hallaban en sensible situación, a pesar de los nobles esfuerzos del gobernador y los alcaldes. Según el último censo, tenía la provincia 260.000 habitantes, llegando a 100.000 los concentrados, de los que habían muerto 20.000; emigraron o se dedicaron a diversos trabajos 18.000, y quedaban en aquella situación 60. 000, de los cuales eran niños 24.000 y mujeres 21.000.
 En el Registro civil se consignaban muchos muertos por miseria.
 El día 18 de Diciembre hubo en la capital 41 defunciones, sin registrarse ningún nacimiento. Estas cifras acusan por sí solas el grado que alcanzaba la despoblación. (p. 287-88). 

  
 Cuba española. Reseña histórica de la insurrección cubana. Ilustrada por Francisco Pons, Barcelona, 1899.