sábado, 6 de junio de 2015

El barrio de las viudas







 Raimundo Cabrera



 Mi bravo cartero no ha podido aún burlar la vigilancia de las tropas y salir de la población y han transcurrido quince días desde que cerré mi carta. Puedo agregarle estas líneas y referirle otros incidentes de la triste vida que aquí sobrellevo. Con este pliego le envío además un paquetito de medicinas, hilas, quinina y otros objetos que pueden serle útiles. Si el resuelto mancebo que ha de entregarle estos recuerdos míos pudiera sin exponerse llegar al campamento de Vd., sería portador de mayores recursos; pues crea Vd., amigo mío, que en estas poblaciones en que domina el español con toda su fuerza brutal, son pocos los corazones que no palpitan con ansiedad por el bien y el triunfo de nuestros ejércitos libertadores y que no estén dispuestos a darles cuanto pudieran para contribuir a su causa.

 Le he hablado de la familia de reconcentrados hospedada en una carreta estacionada en la calle, junto a un solar y frente a mi ventana. ¡Ay, amigo mí, qué espectáculo tan doloroso!

 La improvisada alcoba que tiene por techo una cobija de cueros crudos de buey y por pavimento las tablas de la cama de la carreta, es un hospital fétido donde se están consumiendo por las fiebres, la viruela y el hambre una porción de desgraciados. Sus ayes angustiosos llegan constantemente a mis oídos, sin que los anhelos de mi voluntad puedan remediarlos en su infortunio. Ya han extraído de aquel estrecho recinto cuatro cadáveres: una jovencita de diez y seis años murió en los brazos de su afligida madre, mientras dos de sus hermanitos se revolvían en las ansias de la fiebre expirando en dos horas.

 El padre, con los ojos saliéndosele de las órbitas, ayudó a la extracción de los cuerpos; y cuando se los llevaban al cementerio en el carro de los pobres, tornó su cara del vehículo que conducía a aquellos cuerpos queridos, al otro vehículo inmóvil en que quedaban muriendo su mujer y sus hijos; y mesándose los cabellos y sin exhalar un sollozo, dijo con voz comprimida:

 —¡Dios mío! ¡Dios mío...!

 Las historias que se oyen a cada momento de escenas análogas en los diferentes barrios de la villa son de una amargura desoladora. En el caserío improvisado, formado con tiendas de guano y yaguas, de vara en tierra, donde se habían amontonado hasta mil quinientos campesinos, la viruela se ha desarrollado con furor, cebándose especialmente en los hombres. Han muerto tantos que la multitud ha dado a aquel villorrio de muerte el nombre de barrio de las viudas. La orfandad, la miseria, el abandono, los ayes y las lágrimas forman el espectáculo que la maldad española ha puesto a nuestros ojos.

 Una joven campesina de belleza fascinadora, abrillantada por el sello de prematura maternidad, cuyo esposo prefirió lanzarse al campo insurrecto a las humillaciones de la concentración, ha languidecido casi a mi vista y muerto pocas horas después de enterrar a su tierno infante, víctima de tres grandes infortunios: la viudedad, el dolor materno y el hambre. En medio de estos horrores se repiten los ejemplos de sacrificios, de abnegación paternal, filial y humana, sin que los moribundos se vean solos y abandonados en la hora suprema de exhalar el último suspiro; pero … como el espectáculo de la muerte es tan horrible, no faltan casos en que la debilidad y el terror hayan producido el alejamiento de los familiares.




 En uno de aquellos destartalados bohíos la viruela segó la vida de tres hermanos y sólo quedaron en el lecho el padre y el hijo mayor. La mujer, la madre, enajenada, abandonó el bogar; el temor al contagio abogó en su corazón la inclinación al sacrificio y los dos enfermos quedaron solos, entregados al sufrimiento más horroroso, sin auxilio y sin compañía. La mujer, sin embargo, vence sus preocupaciones y se acerca por la mañana, por el medio día y por la noche a la puerta de la habitación, poniendo en el umbral dos vasijas con leche, y grita a su marido:

 —¡Juan! ¿cómo sigues? ¡Aquí tienes la leche; dásela a nuestro hijo; no dejes de dársela, Juan!

 Y se aleja acongojada y aterrorizada como si la viruela fuese un espectro que la persiga.

 Al volver a la siguiente mañana, se detuvo consternada por hallar muerto al compañero de su vida, agarrado el jarro de leche y tendido boca abajo, que había llegado moribundo hasta el quicio para llevárselo al hijo enfermo.

 —¡Juanito!, gritó ella con angustia, sin atreverse a entrar, ¡Juanito! volvió a gritar. Pero Juanito no respondió porque también había muerto.

 Aquella desventurada que abandonó al marido y al hijo por temor a la fiebre eruptiva, no tuvo miedo para ahorcarse ese día, dejando para siempre este escenario de desdichas.

 ¡Amigo mío : soy una débil mujer, una chiquilla, pero me siento con alientos para combatir como un hombre contra los autores de esta hecatombe lenta y horrorosa; y preferiría estar con Vds. en los campos, corriendo esos otros peligros del combate, de las balas y del fuego, a esta incesante agonía en presencia de tantas calamidades.  

 Sueño, no sé por qué, que he de ver a Vd.; que ha de salvarme de tantos peligros y desmanes como me rodean y quebrantan mi salud; y mi vida se reanima con esa esperanza...

 Aquel hombre me sigue aún; su presencia es mi pesadilla. Por las escaseces de la hora presente y por su posición en la villa, ha venido a ser efectivamente el protector de mi tía, dándole labores o costuras en la fabricación de vestuario para la tropa. El miserable jornal de mi pobre protectora, que yo le ayudo a ganar cosiendo a máquina, día y noche, sirve a ese ente de título y motivo para solicitar mi afecto... y ¡quién sabe! si para poner asechanzas a mi honra.

 ¡Mi padre lejos y prisionero aún en Ceuta! ¡Vd. en los campos de batalla...! ¡Mi buena tía anciana y pobre…! ¿Quién ¡ay! será mi Providencia salvadora?



 Episodios de la guerra, Mi vida en la manigua. Relatos del Coronel Ricardo Buenamar, XXIV: "Otra carta a ella", Compañia Levitype, Filadelfia, 1898, pp. 265-70.