miércoles, 1 de abril de 2015

Primeros bandidos





  Francisco Calcagno

 Entretanto la diligente partida del Capitán Armona, ya como cuestión de honra duplicaba su actividad en busca del bandolero Lazo, y de sus secuaces. Por varios años fue el Capitán la única garantía de los hacendados, y muchos no se atrevían a salir de la ciudad para ir a sus fincas sino aprovechando sus frecuentes excursiones.

 Los que hayan leído la historia de Cuba por Pezuela o por Guiteras, sabrán el origen y objeto de la partida: fue creada en 1820 por el general Mahi, con sesenta hombres escogidos entre los más bravos, y puestos bajo el mando de D. Domingo Armona. Cosas bien notorias son el temerario arrojo del capitán habanero y el número de pillos de que purgó a la Isla.

 Pero el desalmado Lazo escapaba siempre y continuaba aumentando la ya muy larga lista de sus atrocidades: era ya un encarnizado duelo en que reñía el uno por su honra, el otro por su vida. El asalto de la quinta de Gamboa, que había comprometido a Valladares, y a que asistieron sus dignos compañeros Lucio Gabarés y Matasiete, era el menor de sus atentados y no por cierto el último.

 A cada hecho escandaloso la guardia rural se movía y removía, pero sus asechanzas y afanes eran motivo de burla para el bandido, y a menudo fue la persecución acicate a sus tropelías: a veces disfrazado, se presentaba en la ciudad, arriesgando con temeridad inaudita su cabeza puesta a precio.

 Estaba en todas partes y no se le encontraba en ninguna. Nunca se alejaba mucho de la Habana, merodeando principalmente por los partidos de Guanabacoa, Cerro, Jesús del Monte y Quemados. Su trashumante campamento estaba a la sazón en un bosque virgen en los montes de Managua. Nadie se acercaba sin que él supiera a dónde, a qué, y para qué iba (…)

 En Cuba, no hay época que no haya tenido su famoso perturbador del orden, azote de la sociedad, y no ha sido Lazo el único que haya venido de fuera a escarnecer nuestra tolerancia, o acaso alguna vez, a recibir aquí el con digno castigo. Con el mismo Lazo campeaban Isidoro Narbola y el Españolito, peninsulares condenados a recibir doscientos azotes de mano del verdugo, por las calles de costumbre y diez años de presidio con retención.

 No hemos olvidado aún las proezas de Pepe el Asturiano que por la década del 50 al 60 fue terror de la zona entre Habana y Matanzas; pero pocos recuerdan al famoso José Ibarra, gaditano que, después de cometer varios homicidios alevosos en su patria, entre otros, en 1808, el del General Solano, gobernador de Cádiz, vino a cubrir de luto la jurisdicción occidental durante los gobiernos de Someruelos y Apodaca, y que durante el mando de este último, pagó sus crímenes en la horca. No hemos querido nombrar sino a los más prominentes.

 Vomitados por las bacanales políticas de la madre patria, venían naturalmente a donde los llamaba la deficiencia de la policía: la venalidad de la justicia les brindaba aquí un refugio y un campo explotable, y prueba de ello son las fechorías de Lazo duraron seis años. Los ha habido de más tiempo y en épocas más pacíficas, las cuales no tenían la excusa de la de Vives, que fue sin duda accidentada y borrascosa.

 La caída de la Constitución del año veinte, y perturbaciones que fueron su secuela, las conspiraciones del Águila Negra y de los Soles de Bolívar, los preparativos para la reconquista de Méjico, todo en aquella época turbulenta pudo favorecer la criminalidad ¿pero que sucesos distraían la atención del gobierno en los días de Ibarra, Caniquí, Consuegra, Juan Rivero y el Rubio?

 Con escarnio del principio de orden y de autoridad, ejercieron un tranquilo y seguro oficio de bandoleros. Algunos los amparaban, muchos los compadecían, ninguno los denunciaba, por temor a la venganza contra la cual no los garantizaba la fuerza pública. ¿Podremos culpar a los cubanos que tan escaso participio han tenido siempre en la gestión de sus intereses y administración de la colonia? Sería ilógico.

 Las Lazo, La Habana, 1893, Imprenta El Aerolito, pp. 67-68 y 80-82.