jueves, 2 de abril de 2015

Bandidos famosos




  Carlos Ripoll

 También en el siglo XVII apareció el más antiguo criollo fuera de la ley que ganó fama. Fue Diego Pérez, alias El Grillo. Era mestizo y había nacido en La Habana. Lo llamaban el capitán Dieguillo y, por su astucia y valor, además de por su crueldad, llegó a ser más temido que los corsarios extranjeros. Por él se llama “Diego Pérez” un grupo de cayos al sur de la península de Zapata, donde merodeaba, y también el canal que la separa de Batabanó (…) De Diego Pérez, el bucanero criollo, se cuenta, que logró amasar una gran fortuna producto del robo y del contrabando, y que en uno de sus cayos dejó enterrado el tesoro que pensaba llevarse a España, pero que durante una de sus depredaciones en la isla fue muerto por otro pirata quien le robó cuanto había acumulado…
 Otra figura de la época, con la que a veces se confunde el anterior (“es probable sea el mismo que llamaban Capitán Dieguillo y que sirvió con Pie de Palo”, dice Calcagno en su Diccionario Biográfico Cubano [1878]), fue “El Mulato” Diego Martín, también habanero, quien llegó a ser el segundo del famoso pirata holandés “Pie de Palo”. Se cuenta de él que tuvo rasgos hidalgos, como cuando puso en libertad a la esposa de uno de sus enemigos e hizo que le devolvieran todas las prendas que le habían robado. Diego Martín quiso ponerse al servicio de las autoridades españolas —otro criminal tentado por el bando contrario que podía ofrecer su experiencia al gobernante, no siempre ajeno a su saber y a sus procedimientos— y estuvo cerca de que lo nombraran almirante, pero “El Mulato” decidió continuar hasta el fin de su vida como bucanero.
 Al hablar de las costumbres de “los bucaneros en América”, en su libro Aventures et exploits des bandits de tous le pays du monde (1843), Charles Macfarlane cuenta cómo aquellos piratas aprendieron a curar la carne poniéndola a fuego lento sobre unas maderas que los indígenas llamaban “barbecú”, y cuando ya estaba cocida la llamaban “boucan”, de donde les vino el nombre de boucaniers.
 En el siguiente siglo se hicieron famosos varios bandoleros. Eran hijos de esa población violenta y asustada. Rafaelillo, nacido cerca de Cárdenas, fue uno de los más famosos delincuentes de Cuba empleados por la justicia para actuar como policía. En España llamaban a esa clase de personajes “escopeteros”, y hubo uno famoso llamado José María, alias Tempranillo: lo contrató el gobierno, pero fue muerto por otros bandoleros cuando quiso impedir un robo (…)
 Al cubano Rafaelillo le dio el gobierno una patente, que llamaban “comisión”, con el fin de que vigilara el tráfico negrero en la costa norte de la isla, desde Cárdenas hasta Nuevitas, pero al amparo de ese encargo también le cobraba su “protección” a los contrabandistas, a quienes guiaba hasta las zonas de más seguro y fácil acceso. Se excedió en sus actividades Rafaelillo y, en un acto de piratería, asaltó una goleta inglesa, por lo que las autoridades españolas, ante la protesta británica, lo arrestaron y le dieron muerte.
 Hasta que llegó el gobierno del general Tacón pudo existir una especie de contubernio y alianza entre el bandido y el gobernante, tal como se vio en la petición de 1586 pidiéndole desde La Habana a la corona el empleo de delincuentes alzados para defender las costas. El ejemplo mejor de ese proceder en el siglo XIX fue el del coronel habanero Domingo Armona, quien se dedicaba a perseguir malhechores y a proteger a los comerciantes y propietarios a base de igualas, tal como hacían a principios de este siglo los gángsters en Chicago. La “partida de Armona”, su banda de “escopeteros”, llegó a contar con varias docenas de hombres que lo mismo contrataban el traslado de una caja de caudales que la muerte de un enemigo.
(…) Hay constancia de que algunos descendientes de la “raza primitiva”, aun tres siglos más tarde, se mantenían rebeldes y practicaban el bandolerismo. Relata Calcagno en su Diccionario que en Puerto Príncipe empezó a hacer todo tipo de fechorías un sujeto de “la raza primitiva” a quien llamaban el “Indio Bravo”. Se defendía con flechas. Secuestró a un niño, al que decían se lo iba a comer, y los vecinos crearon una partida para perseguirlo, la cual logró su captura. Su cadáver, dice Jorge Juárez Cano en sus Apuntes de Camagüey (1929) “fue conducido a lomo de una bestia al filo de la media noche y tirado en la plaza de armas a la expectativa pública. A esa hora se echaron las campanas al vuelo... El 2 de julio [de 1803] el Cabildo entregó el premio de 500 pesos ofrecidos a los matadores del salvaje.
 Otro indio, también con flechas, atacaba a los vecinos en las regiones cercanas a Santiago de Cuba, según Emilio Bacardí en sus Crónicas de Santiago de Cuba (1908-1914): lo llamaban “el Indio Martín”.
 (...) Al enriquecimiento de las familias por el azúcar y el café, y la corrupción en todos los niveles de la sociedad, se sumó el contrabando de esclavos. Entre los más notables bandidos en la primera mitad del siglo pasado cabe recordar a Juan Fernández, alias El Rubio, el cual, por su fama y sus hazañas dio origen a la novela de José Ramón Betancourt Una feria de la Caridad en 183..., escrita en Camagüey en 1841, e impresa en La Habana en 1858, donde logró varias ediciones. Siguiendo el gusto de la época, el novelista presenta al facineroso víctima de un hogar infortunado: huérfano de madre, con un padre alcohólico. El Rubio se entregó al juego y, después, a negocios turbios y a la delincuencia, todo lo que lo llevó al crimen. En la novela se arrepiente de sus fechorías y le escribe a la madre de su última víctima: “El juego me había dado riquezas, me las arrebató en una noche aciaga, graves compromisos con mis compañeros pusieron el puñal en mi mano y Carlos, el infeliz Carlos Alvear, fue la última víctima. ¡Perdón, señora, Piedad!” Ejecutado en La Habana, en garrote, para escarmiento público exhibieron su cabeza en el Puente de Chávez, en la Calzada de Jesús del Monte.