jueves, 30 de abril de 2015

Malcriadez y descortesía






 Emilio Roig de Leuchsenring


 Lo mismo que políticos y gobernantes tienen a orgullo el haber robado y seguir robando al tesoro público, los malcriados y descorteses, de todas las edades y de uno y otro sexo, se vanaglorian de su malcriadez y descortesía. La afirmación con que terminaba uno de mis anteriores trabajos —«el héroe nacional por antonomasia es Manuel García, rey de los campos de Cuba»— no es ni exagerada ni falsa, sino dolorosamente cierta, resultado de la enseñanza perniciosa del radio y el cine en los niños cubanos, sin que sea contrarrestada por una adecuada orientación educativa de la escuela y el hogar.
 El radio y el cine, como apunté en mi anterior artículo, vienen consagrándose desde hace años a la exaltación diaria de bandidos, gangsters, pandilleros, ladrones, asesinos, sin que anule o debilite su nociva propaganda la muerte final del villano, pie forzado de las películas norteamericanas, pues aun sufriendo ese castigo, no se debilita o anula la calidad de héroe, sino que al contrario se glorifica a éste, envolviéndolo en una aureola de martirio y sacrificio. Y en el caso de Manuel García, el radio ha cuidado de encumbrar su figura, como una víctima del despotismo español y un defensor y mártir de la independencia cubana.
 Tan agudamente nefanda es la influencia ejercida en nuestros niños por esa contumaz exaltación del bandido-héroe, que cuando, por mi organizada, se celebró en enero del Pasado año, una exposición histórica en el Palacio Municipal, con el propósito de mostrar gráficamente la contribución de Cuba a la causa de la democracia durante dos siglos de lucha por la libertad, pude comprobar dolorosamente que para los alumnos de escuelas públicas y privadas, visitantes de la exposición, Manuel García era la figura histórica más popular, pues fueron numerosos los niños que preguntaban a los empleados que cuidaban los salones si no había algún objeto de este personaje, que ellos no calificaban de bandido, y descubrí que de él tenían el más elevado concepto. Hubo un muchacho, que ante unas reliquias de Calixto García, inquirió si era pariente de Manuel García.
 No mejores son las lecturas de la juventud actual: aventuras de gangsters y otras clases de bandidos, antiguos y modernos, y los muñequitos, gráfica historia, generalmente, de «héroes» de tal calaña.
 Los padres se despreocupan por completo de encauzar debidamente la educación moral de sus hijos y son los primeros en llevarlos al cine o permitirles que vayan y que utilicen libremente el radio y escojan sus lecturas. No tienen tiempo ni gusto para estas tareas engorrosas, ni tampoco para educarlo mediante el buen ejemplo, la persuasión, la demostración de lo bueno y lo malo, lo perjudicial y lo provechoso; amenazas y golpes, por la menor desobediencia, contra cuyos métodos reaccionan los niños, como es natural, insistiendo en la desobediencia o en el acto censurado, contestando con igual dureza que los padres, con malas palabras si estos las usaron, que las usan corrientemente, o pegando a los padres para repeler asó los golpes que recibieron. Consecuencias inevitables de este negativo sistemas de educación paternal son la malcriadez y la grosería.
 Como afirma Mario Guiral Moreno en el interesantísimo estudio costumbrista Malcriados y Descorteses, «la descortesía y la malcriadez han sido siempre muy generalizadas entre nosotros, en todas las épocas», aunque advierte que su máxima agudización actual se inicia a partir de la anterior guerra mundial, subvertidora «de casi todas las costumbres públicas y privadas», y, agrego yo, también como consecuencia de la tiranía machadista y la lucha estudiantil contra la misma. Toda revolución produce el desbordamiento de pasiones, vicios y defectos, aparentemente ocultos y contenidos en las épocas normales. En ese período de nuestra historia republicana, fue la juventud la que abrió la brecha contra la dictadura imperante y dio el ejemplo de civismo a padres y maestros. Los muchachos se independizaron de la tutela paterna y profesoral, se lanzaron a la calle, a la huelga y la algarada; fueron presos, torturados, muertos. Padres y maestros tuvieron que sumarse a la oposición, ponerse al lado de la muchachada, seguirla. Y los políticos la utilizaron como fuerza de choque, y también los hombres de negocios, los comerciantes, industriales, profesionales, dañados económicamente por la dictadura. El terrorismo, ya lo he dicho en más de una ocasión, no fue iniciativa de la juventud, sino de los mayores. El 30 de septiembre de 1930, en el encuentro entre la Policía y los estudiantes, en que resulta herido Pablo de la Torriente Brau y muerto Rafael Trejo, los muchachos universitarios no llevaban armas: pelearon con sus puños y con el civismo de sus corazones y sus mentes juveniles, limpias de todo interés personal. Pero después que los políticos y las fuerzas vivas del país integraron la oposición, comienza el terrorismo como reacción contra el asesinato oficial. Los mayores ponen en manos de los muchachos bombas, petardos, recortadas, pistolas. Y los mayores se encargaron de escamotear la revolución estudiantil en beneficio de sus intereses personales y partidaristas. Desde el Poder, los oposicionistas, en contubernio con los mismos políticos y gobernantes machadistas, de los que ocasionalmente fueron enemigos, han incurrido en idénticos vicios, latrocinios y crímenes que los cometidos por el régimen derrocado.
 Corno es lógico, dada la clara inteligencia de los jóvenes cubanos y su rápida percepción de defectos y males ajenos, de todo este proceso político social salieron padres y maestros muy malparados moralmente ante sus hijos y discípulos que, forzosamente, les perdieron el respeto y aquéllos perdieron a su vez toda autoridad sobre estos.
 Y así estamos, desde las alturas del Poder, hasta la ciudadela y el bohío, relajados, quebrados, rotos los vínculos naturales que deben existir en toda sociedad entre los que dirigen —gobernantes, padres, maestros— y los que son dirigidos —pueblo, hijos, discípulos— revueltos heterogéneamente, de tal modo que puede sostenerse que en Cuba no existe actualmente el principio de autoridad, ni en lo privado ni en lo público, por qué ni gobernantes, ni padres, ni maestros tienen el respaldo moral indispensable para ser obedecidos y respetados.
 Malcriados y descorteses, confianzudos y groseros, son los niños y el hombre de la calle o del club y la sociedad elegante, porque lo son también los que gobiernan y dirigen. Y además porque ya se ha ido formando una generación de mayores descorteses y malcriados que fueron muchachos malcriados y descorteses. Mario Guiral traza un cuadro en el que se ofrecen los resultados de esta evolución constante e ininterrumpida, que se ha ido registrando en la sociedad cubana, hasta los días presentes.
 «El muchacho que así se comporta, sin que se le reprenda ni corrija, y a quien más bien
estimula y alienta la impunidad de sus actos, cuando se convierte en hombre sigue siendo un malcriado, que no sabe portarse con finura en la mesa; en el juego da muestras de rusticidad, al proferir palabrotas y blasfemias, aun en presencia de las damas, cuando la suerte le es adversa; durante las representaciones teatrales, conversa en voz alta, molestando a los espectadores vecinos; mientras tienen efectos las audiciones musicales, habla o discute o produce toda clase de ruidos, que a veces opacan el armonioso sonido de los instrumentos; con violación de las ordenanzas que prohíben fumar en la salas de los espectáculos, arroja bocanadas de humo sobre el rostro de las damas que ocupan los asientos contiguos, saturando de un fuerte olor a nicotina los trajes que aquéllas perfumaron en sus casas con finas y costosas esencias; cuando viaja en ómnibus o tranvías escupe sin cesar por la ventanilla, sin importarle que el viento haga caer partículas de saliva en la cara o en las manos de los pasajeros que viajan en los asientos traseros; cuando conecta un aparato de radio, le da al receptor el mayor volumen, hasta producir un escándalo en el vecindario, sin darse cuenta —porque él no es capaz de comprenderlo— de la molestia y perturbación que puede causar en el hogar de un enfermo, en la mesa de trabajo de un escritor o en el gabinete de estudio de un matemático, un profesional o un artista; llegar a siempre tarde a todas partes y faltará habitualmente a todas las citas; será, en fin, el prototipo del hombre grosero e incivil, que constantemente molesta con sus incorrecciones e impertinencias, sin que quienes las sufren puedan echárselas en cara, porque la cortesía lo veda y la buena educación lo prohíbe».
 Lo mismo que políticos y gobernantes tienen a orgullo el haber robado y seguir robando al tesoro público, los malcriados y descorteses, de todas las edades y de uno y otro sexo, se vanaglorian de su malcriadez y descortesía.
 Entre la juventud, la malcriadez y la descortesía han contribuido a dar vida al pepillo, al
chuchero y al picúo. Y si no hay nadie más parejero y confianzudo que un chofer de máquina oficial; el más despótico y abusador que un agente de la autoridad, azul o amarillo; el prototipo actual de la malcriadez y la descortesía, es el guagüero, chofer y cobrador. Entre los muchos efectos perniciosos producidos por la malcriadez y la descortesía merece citarse el hábito de hurtar y de destruir, no por necesidad o venganza, sino por gusto, por capricho... por malcriadez. Guiral Moreno señala «a los que encubren su instinto de rapacidad bajo el pretexto de ser coleccionistas... de objetos ajenos». Y es sorprendente, agrega, «la ingenuidad con que muchas personas, de la mejor sociedad o de la clase media, relatan en público sus proezas a este respecto, alardeando de haberse llevado subrepticiamente numerosos platos y cubiertos, especialmente cucharitas, sustraídas de casas particulares, sociedades y buques surtos en puerto, donde se sirvió un buffet con motivo de fiestas o saraos».
 Infinitos ejemplos más pueden ofrecerse de estas modalidades de la malcriadez: la destrucción de plantas y flores en parques y paseos públicos y en jardines privados; la tala de árboles, para vender la madera como leña o fabricar carbón; el pintarrajear edificios y monumentos, ensuciarlos o dañarlos; el arrancar las hojas en libros y colecciones de periódicos de bibliotecas públicas; el hurtar bombillos o alambres de los portales o escaleras de las casas; en ponchar las gomas de los automóviles particulares estacionados en calles o plazas; el escandalizar y molestar a los vecinos y transeúntes, llamando a determinada persona, en el interior de una casa, a fotutazos...
 Consecuencias lamentables de todo esto es que en nuestros parques y paseos resulte imposible conservar árboles y plantas, y hasta los bancos, las estatuas y el pavimento, y la Policía se despreocupe de la acción dañina de estos vándalos malcriados; que nuestras carreteras ofrezcan un lamentable espectáculo con su arbolado convertido en palillero de troncos y muñones de ramas; que los dueños de casas gasten inútilmente su dinero en pintarlas, pues al día siguiente las paredes exteriores están cubiertas de carteles anunciadores, frases o dibujos groseros; que nuestras pobres, escasas y abandonadas bibliotecas se vean privadas de muchas de sus mejores obras y truncas sus colecciones de periódicos; y que, en general, siempre se encuentre malo, sucio, abandonado, destruido todo cuanto pertenece al procomún, sin que los gobernantes cuiden de enseñar respeto a lo que es de todos, del pueblo, ni de infundir en los ciudadanos la noción del bien público, y muy por el contrario, sean los primeros en dar el mal ejemplo y comportarse como maestros... en malcriadez y descortesía.


 tomado de Opus Habana