domingo, 28 de octubre de 2012

Pan y Circo



 Pepe Antonio Ramos dice: Ni Pan ni Circo. Usted debe decir, con los romanos: Pan y Circo.
 Eso es positivo: dele al pueblo, o procure que le den, fiestas, dinero, comida y diversiones. Verá que siempre está contento. Observe qué bien va la cosa. Y usted será un ídolo. ¿No lo han sido otros, merced a este maravilloso procedimiento?
 Si tiene facilidades seguras, hágase incondicional del alcalde. Sírvalo cada vez que pueda y bríndele amistad sincera para que crea que su adhesión es franca. Aparezca como que él lo maneja a usted, pero procure que en el fondo usted sea quien lo maneje y lo explote a él. Esto puede hacerse fácilmente con un poquito de talento, habilidad y astucia. ¿No lo hacen otros?
 Todos tenemos enemigos: siempre existe quien le quiere hacer daño a uno. El alcalde tendrá quien lo quiera mal, y usted debe ir pensando en anularlo para quedarse en su lugar. Con arreglo a la ley, es usted su sustituto legal. Échelo a pelear con sus enemigos. Métale chisme y enrede cuanto pueda la pita. Si le entran a tiros un día de ésos, o si él, exasperado, comete una barbaridad parecida, alégrese. Su táctica comienza a darle el resultado apetecido: va usted anulándolo.
 Arrástrelo al precipicio, empújelo y vírelo con las autoridades superiores, pero antes cuídese usted de estar bien con ellas para resguardarse, para que lo garanticen en sus movimientos. ¿No lo hacen otros? Usted puede hacerlo. Usted debe hacerlo sin perder tiempo. Y si no va a hacerlo, déjele el puesto a otro. Renuncie, no sea como el famoso perro del hortelano, que ni comía ni dejaba comer. Quizás venga detrás de usted uno que no tenga sus ridículos y aparatosos escrúpulos.
 Procure que el alcalde meta la pata. Póngalo en frente del pueblo. Contribuya a que haga alguna barrabasada y, cuando le conste, busque que le giren una visita y le encuentren la falta. Gestione que lo suspendan; esto, sin perjuicio de hacerle ver que usted siente mucho lo que le ocurre y que hará cuanto pueda para favorecerlo.
 Si nada de eso le da resultados favorables, lo cual es dudoso, porque no hay zorro por escamado que sea que no caiga en la trampa si está bien preparada, entonces mándelo a matar. ¿No lo han hecho otros?
 En mayor escala, esto mismo, o algo parecido, usted podría hacer con el gobernador si en vez de presidente del ayuntamiento fuese presidente del Consejo Provincial. Pero llamaría más la atención, sería más escandaloso. Y de un pobre alcalde nadie piensa nada malo, nadie se fija en eso.
 Bueno, anulado el alcalde, usted tomará su cargo, ¿quién le tose ahora, quién se lo quita? Donde quiera que usted se pare, o se siente, diga que su predecesor fue un hombre honrado y que lo que lamenta es haberse visto en la imperiosa necesidad de sustituirlo por virtud de un precepto terminante de la ley. Haga elogios de él, si vive; y si ha muerto, ensálcelo más todavía. Proclame que lo que se cometió con él fue un completo asesinato y que algún día usted vengará su memoria. En tal caso, haga que el ayuntamiento celebre una velada fúnebre en honor del desaparecido. Procure que le sea puesto su nombre a una de las calles del pueblo y recolecte dinero para erigirle un monumento en el cementerio local.
 No faltará quien califique eso de política villareña Pero no lo crea usted, en todas partes cuecen habas y estas cosas se hacen desde San Antonio a Maisí. Lo que sucede es que en ciertos lugares se arma más ruido de la cuenta.
 A propósito, en relación con un pleito por la alcaldía de cierto paraje que yo conozco, se cuenta una anécdota muy simpática y muy provechosa: dícese que en H, pintoresco y tranquilo pueblecito de nuestra amada patria, era alcalde municipal el señor L, del Partido Conservador; y presidente del ayuntamiento el señor R, del Partido Liberal. Las relaciones entre ambos organismos políticos no eran muy cordiales que digamos. Los liberales querían a todo trance apoderarse de la alcaldía y todos sus afanes se enderezaban a tumbar al alcalde conservador. Lo velaron, le prepararon un lazo y el hombre cayó en él. Firmó, de buena fe, una cosa sin gran importancia pero que se hallaba fuera de la ley. Estaba cogido. Una comisión de liberales lo fue a visitar y después de exponerle la falta cometida solicitaron de él que presentara su renuncia dentro de un plazo de veinticuatro horas, so pena de denunciarlo y meterlo en la cárcel. La escena ocurrió de modo tan rápido, y fue todo tan improvisado, que los liberales no le dijeron nada al presidente del ayuntamiento, que era del partido de ellos y al cual le correspondía la alcaldía por sustitución reglamentaria. El señor R, tampoco se hallaba a la sazón en el pueblo: había ido a ciertas y determinadas diligencias a un lugar inmediato.
 Comenzaron a transcurrir las horas y a impacientarse el alcalde. ¿Qué hacer?, pensaba, pero no había forma de que coordinara una idea que lograra sacarlo del atolladero. No podía salir del apuro, no tenía más remedio que renunciar y esa posición, la alcaldía, pasaría irremisiblemente a manos de sus adversarios los liberales, pues la cogería el presidente del ayuntamiento. Urdió muchos planes, inventó combinaciones, pensó darle candela a la casa consistorial, secuestrar a media humanidad y asesinar a la otra media. Pero una vez que analizaba, todo esto le parecía infame, sucio e indigno de él que no era un hombre a la moderna, sino que descendía de los viejos moldes... De pronto, tuvo una idea feliz: se enteró de que el señor R venía camino del pueblo, a caballo y, antes que llegara, lo mandó a buscar urgentemente a su despacho. Ya en él, le dijo: -Amigo R, tengo absoluta necesidad de abandonar la alcaldía, puede que usted no la coja porque sus correligionarios los liberales le están preparando una mala jugada Si usted me hace ahora una carta afiliándose al Partido Conservador y renunciando al Partido Liberal, le entrego la alcaldía ahora mismo: dando y dando.
 ¿Qué habría hecho usted? Lo que hizo el señor R, aceptar. Firmó la carta, renunció al Partido Liberal y se afilió desde aquel momento al Partido Conservador.
 Una vez hecho esto, el que fue alcalde, el señor L, mandó llamar a los comisionados del Partido Liberal y les habló de esta manera, muy secamente: -Señores, ustedes me han ganado, ¿cómo?, no importa, lo esencial es que ustedes me han vencido; ya renuncié a la alcaldía, ahora el señor R es el alcalde.
 Inmediatamente se organizó una manifestación, se tiraron cohetes, voladores, bombas y hasta se quemaron luces de bengala: aquello parecía un 15 de agosto en Guanabacoa. Los manifestantes, dando gritos desaforados, recorrieron las calles y así llegaron hasta frente al domicilio del señor R, antiguo y consecuente liberal y ahora alcalde. Iban a saludarlo y a felicitarlo por su exaltación a la poltrona municipal; y a felicitarse porque ya tenían un alcalde liberal. Pero con sorpresa de todos, el señor R se asomó al balcón y dijo en tono grave: ustedes se equivocan, yo soy conservador.
 Como ese caso pudieran contarse miles. La traición es algo corriente entre los políticos y no se conoce precisamente con ese nombre tan feo: se le llama astucia, inteligencia, habilidad y otra porción de cosas.
 Pero el cuento pasó y habíamos quedado en que usted era alcalde. Sus procedimientos varían, desde luego, de acuerdo con el pueblo donde usted ejerza sus funciones. No es lo mismo ser alcalde de La Habana que serlo de Jatibonico o de Madruga. En cada caso se procede de distinta manera, aunque igualen el fondo. Estudie bien la idiosincrasia de su pueblo y no olvide de hacer un gobierno a la altura del ambiente, por aquello de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece...
 Organice el robo en sus dependencias. En un ayuntamiento hay muchos lugares por donde entrarle a la sanacaúria, como dice el sabio Picazo. Sáquele partido a todo, explótelo todo y no pierda nada de vista. Desconfíe hasta de usted mismo. Procure leer cuanto firme y entérese bien de lo que hagan, pues alguien habrá que desee hacerle a usted lo mismo que usted le hizo al otro. El que a hierro mata, no debe morir a sombrerazos. Téngalo presente. No deje que le cojan el dedo con la puerta. Tome sus medidas en cada circunstancia y manténgase en buenas relaciones con los poderes superiores. Observe las máximas que encuentre en los Ejercicios espirituales y proceda en consecuencia.
 Usted no ha llegado todavía. A usted le faltó algo de camino: quizás el cantío de un gallo o el salto de un grillo. No crea que va a estacionarse en la alcaldía. Ese es un puesto secundario. Usted aspira a más. Usted ha demostrado que posee condiciones para seguir subiendo.
 Haga lo que mejor le convenga a sus intereses. Viva como mejor le plazca y no le importe realizar los actos y las acciones más execrables. Eso sí tenga cuidado de no caer en las redes de la ley. Nadie se ocupará en la tarea de hurgar en su vida privada, y nadie tampoco se atrevería a hacerlo: eso es sagrado en este país. Usted puede ser todo lo inmoral que quiera, que la opinión le respetará siempre su vida privada. ¿Que los funcionarios no deben tener vida privada y que sus actos públicos deben ser tan morales como sus actos privados? ¡Eso se lo sabe usted de memoria! Pero no le quite el sueño. Ya le digo: aquí la vida privada es el dulce regazo donde los perfectos sinvergüenzas esconden todas sus máculas y sus miserias todas. Sea previsor y nunca mira de frente: pueden hacerle mal de ojos. Dé fiestas en su término y conmemore las fechas de la patria. Procure que las peleas de gallos no se celebren los domingos y días festivos: ese viso de legalidad le quita su principal atractivo. Antes, las lidias de gallos constituían nuestro sport favorito porque estaban prohibidas. Ahora, que se permiten, cuesta trabajo que los jugadores vayan a las peleas. Por eso hay que darlas funciones ocultas para que tengan éxito.
 Organice veladas, no le faltarán Carbonelles que lo ayuden. Prepare conferencias, actos cívicos y diríjale la palabra al pueblo. Eso gusta: eso es de buen tono y le conviene a usted.
 La policía debe ser su arma favorita. Cuídela como cosa propia, páguele puntualmente, procure que esté contenta, pero disciplinada. Escoja para jefe a un incondicional que sea un imbécil y que le obedezca ciegamente. Si pone de jefe a un hombre listo, éste le puede resultar un peligroso rival y darle bravas.
 No se olvide que usted puede ser un bribón y, no obstante, hacer una administración que le sea útil, hasta cierto punto, al pueblo. No abandone los principales servicios, pues el error de muchos consiste en creerse que para coger tienen que dejarlo todo al garete. Por eso nadie los puede ver y sólo tienen una oportunidad para hacerse de cuatro pesos. Usted coja, pero haga algo por el lugar y Costará más trabajo que se lo echen en cara.
 Un secretario de Obras Públicas hubo que, en ocho malditos años, no hizo nada más que coger, coger sin saciarse nunca, abandonando estúpidamente las obras más esenciales. Ese secretario no realizó absolutamente nada en beneficio del pueblo. Fue una rémora. A ese secretario todo el mundo lo odia, lo desprecia. Ese secretario fue demasiado insolente, demasiado rapaz, que pudo cogerse más de lo que tiene y hacer que su país le agradeciera alguna obra.
 Sin embargo, ese secretario, fuera de su cargo, logró engramparle nuevo. Ahora es legislador y tiene un parque con su nombre, hay que llamarle honorable y le han levantado una o dos estatuas. La patria lo ha consagrado como a uno de sus mejores hijos...
 Por supuesto que ése no es un caso exclusivo, ni constituye su actuación una originalidad: aquí la pillería tiene carta de naturaleza. Es un ejemplo palpable, un hecho cognoscible, un magnífico estímulo para los granujas.
 Aprenda en él. Acuérdese de él y téngalo presente. Mírese en ese espejo. Vístase con ese ropaje y viva en la seguridad de que no le pesará…

 Otro fragmento de José M. Muzaurieta: Manual del perfecto sin verguenza...