viernes, 19 de octubre de 2012

La cordillera de Arroyito


  

  Pablo de la Torriente Brau

 Las cordilleras eran, de entre todos los espectáculos del Presidio Modelo, el más impresionante; el más cargado de sugerencias trágicas; el que más compasión podía despertar en cualquier espíritu sensible...
 Los hombres, estremecidos por el terror de la noticia, esperaban la madrugada en que habrían de ser conducidos en camiones, entre soldados, al Surgidero de Batabanó, para tomar allí el cañonero que los conduciría a la Isla próxima, pero infinitamente lejana del mundo, en la cual la distancia no se medía por kilómetros, sino por años...
 Por el muelle de El Columpo, cabe una playa bella y desolada, de la que surge un negro promontorio, desembarcaban, y emprendían, con sus bultos al hombro, sucios, aterrados, el camino del Presidio... ¡El que los veía pasar sabía ya que muchos no volverían jamás para la calle, para la libertad!...
 Caminaban con la pesadumbre de quien carga con la desgracia... Desde la primera, aquella cordillera fundadora de 50 hombres, creo, de la cual tan pocos supervivientes se pueden encontrar, hasta la última, todas llevaron en su marcha irregular y vacilante, de retaguardias derrotadas, hombres que eran cadáveres a plazo fijo; hombres que no volverían a ver a sus hijos; hombres que sufrirían terrores indescriptibles, suplicios, pánicos, crueles persecuciones...
 Mas, de entre todas, hubo una que fue feliz, que escapó a todos los tormentos y a todas las vicisitudes de la vida del Presidio... ¡Fue la cordillera de Arroyito... la que no llegó nunca a Presidio!...
 De ella voy a hablar. Voy a reproducir lo que una vez escribí y a lo que sólo necesito añadir un documento cínico, que, por lo demás, acumula indescriptibles cargos contra los hipócritas exterminadores.
 Arroyito
 La primera vez que estuve en Presidio, fui a uno de esos mítines que se dan en las prisiones, por gentes algunas veces de sincero corazón, y en los cuales se les dice a los presos que no se ocupen, que ni están todos los que son ni son todos los que están... que ya irán saliendo poco a poco... porque la justicia al cabo resplandece... y el que la hace la paga... Los presos aplauden —los presos también son corteses—... y se oye que alguno dice:
 —¡Habla bueno el blanco ese!...
 (¡Pobre Calleja!... ¡A ti te costó la vida uno de estos discursos del señor Arzobispo!...)
 ¡Después los oradores se van ahítos de satisfacción angélica y los presos se quedan para comer las toneladas de rancho que todavía les restan por comer!...
 La vez que yo fui iba un hombre sincero, casi apostólico, Luis Berenguer, quien siempre ha tenido compasión de los presos, de las mujeres, de los viejos y de los niños, y su palabra, por lo mismo, fue sentida y su consuelo agradecido por los penados.
 Entre la masa de oyentes estaba Arroyito, y yo era demasiado joven entonces para no sentir la atracción de la fama y de la leyenda que le rodeaba; por eso me pasé casi todo el tiempo hablando con él, y ahora, a la distancia de los años, lo recuerdo, bajito al lado mío, muy blanco y limpio, vestido con lo que me pareció una especie de guayabera; con el tórax avanzado; grueso; parlanchín como una mujer; rodeado de dos o tres, como si dentro de la misma prisión siguiera siendo capitán de banda; y satisfecho de sí mismo y de su nombre, de la cabeza a los pies... Tenía también una movilidad nerviosa, y recuerdo que al penetrar los visitantes al patio, cuando aún no habíamos preguntado por él, varios presos se nos acercaron para preguntarnos que si queríamos conocer a Arroyito... Sin duda, ya era costumbre... Era lo que un americano diría «la máxima atracción de taquilla» del Presidio... ¡Si Castells llega a ser yanqui, en vez de matarlo le hubiera sacado dinero!...
 El Dick Turpin de los campos de Cuba. Quién no recuerda el
 Ay pancontíbiri...
 ay mancontíbiri...
 que Arroyito a Cañizo
 en Matanza secuestró...
 Las décimas populares abrumaron el tema y los viejos fonógrafos, cotorras mecánicas, llegaron a producir la desesperación de los vecinos... La leyenda, máquina de multiplicar, hizo héroe a Arroyito y lo equiparó casi con Manuel García... ¿Por qué no se les vendió entonces a los muchachos, en cuadernos como los de Dick Turpin y Buffalo Bill, la relación de las hazañas, secuestros, rescates y generosidades del bandido?... ¡Imbecilidades de nuestras empresas editoriales, ya que el éxito hubiera sido colosal!...
 La relación de tales hazañas resulta ya inútil, porque todos conocen la leyenda, que es la verdadera historia de los hombres capaces de originar leyendas... Sólo cabe preguntar: ¿por qué fue un favorito del público?... ¿Por qué tuvo tantas simpatías?... ¡Sólo porque no fue asesino!... ¡Porque no se manchó de sangre, y porque fue generoso, valiente, audaz, ingenioso y buen amigo!... ¡Porque tuvo también un rudimentario sentido de la justicia social y le arrebató a los ricos su dinero mal habido y luego lo repartió con la generosidad de un millonario loco!...
 Y si todos hubieran conocido entonces la historia que las gentes de Ceiba Mocha y Madruga conocen sobre las causas de la rebeldía de Arroyito, sus simpatías hubieran sido aún mayores.
 Se asegura que Ramón Arroyo manejaba con frecuencia una máquina entre la ciudad de Matanzas y el pueblecito de Ceiba Mocha, y que, una vez, al recibir en la primera un aviso de su madre, de que corriera a Ceiba Mocha porque se le estaba muriendo la hermana, Arroyito voló por la carretera a la mayor velocidad que le rendía el motor, desesperado con la idea de no encontrar viva a su hermana, que tanto quería. En estas circunstancias, sin que ni los frenos ni su pericia lo pudieran impedir, el carro arrolló a un niño que, imprudentemente, quiso atravesar el camino... Arroyito lo recogió y volvió hacia Matanzas con un doble pesar. El niño murió y el abogado le dijo a Ramón Arroyo que iría a la cárcel de todas maneras, y este, desconocedor de la justicia «legal», se rebeló, afirmando que él no iría a la cárcel por culpa de la casualidad... Y así comenzó su famosa carrera de fugas, secuestros y rescates, que tanto nombre habrían de darle.
 Amados por la muerte
 Hay hombres tan amados por la vida, que la muerte sólo se los lleva por los celos, para amarlos ella también intensamente... De estos hombres afortunados fue Arroyito, Ramón Arroyo Suárez, que en el Presidio se llamó el 10 354... ¡Y dejó una leyenda con su vida y dejó una leyenda con su muerte!...
 Un impulso, un sentimiento de justicia, me inspiró en un principio la idea de no ocupar espacio aquí para relatar su caso. ¡Porque, al contrario de lo que ocurre con él, hay hombres tan infortunados en la vida, que ni la muerte luego, al arrebatarlos de violenta manera, puede salvarlos de ese olvido negro, absoluto, que parece ser la sombra siamesa de sus nacimientos!... Centenares de ellos hay en Presidio... ¡De muchos, ni las madres se han ocupado de averiguar el fin!... ¡Muchos, ni madres tenían que pudieran olvidarse de ellos!...
 ¡Sombríos profesionales de la desdicha!... ¿Quién se ha ocupado nunca de Pascasio Speek, de Fernando Duthil; de Yaguajay; del pobre Félix Albert; de Félix Núñez Ribas, el estudioso músico brasileño, a quien no lo salvó del olvido ni la «preferencia» que le dio Castells... según consta en su propio expediente oficial?... «Pérdida de conducta y otros castigos por estimar el Señor Jefe del Establecimiento que no lo merece por tratarse de un individuo de ideas ácratas, altamente perjudicial a la sociedad»... ¡Y enseguida murió junto con Arimao y El Capitancito, cuando le faltaba un año por cumplir!... ¿Quién se ha ocupado de Cosme Valdés, que tenía 19 años; de Inocencio Isaac, que llevaba ¡16 años de buena conducta!... ¡Del viejo Juan Cordovés, acusado, a su edad, de inmoral!... Ni del pobre Alfonso Martínez, que, por pintar muñequitos en la clase, como un muchacho, lo castigaron hoy, a los ocho días se «fugó»! ¡Ni siquiera se ha hablado una vez de Melvin McLaughlin, a pesar de ser el único americano «fugado»! ¡A Chicho Ortega, a Feliciano Rojas, el valeroso veterano de la Guerra de Independencia, para pasar al olvido, no le ha valido ni siquiera haber dejado el recuerdo de ser el hombre que en Presidio defendió con más valor la vida, acorralado en una celda!... ¡Para Anastasio Zayas Sierra no queda un recuerdo, y eso que fue el único que constantemente acusó a Goyito delante del Capitán, lo que le costó un certificado de defunción por «monomanía»!... ¡Pero, para qué seguir enumerando, si del olvido no se libró ni el propio Cirilo Entenza, no obstante haber sido Castells en persona, quien, al negarse aquel a entregarle la trincha con que atacara a un compañero, le hizo un disparo que lo hirió en el muslo, y a consecuencia del cual una «vertiginosa» septicemia, lo remató en el hospital a las pocas horas!...
 ¡Centenares de hombres cuya vida no valió nada en Presidio y cuya muerte es una muerte muerta, muda, sin vibraciones!... ¡El olvido y el silencio, como dos perros fieles, reposan sobre sus tumbas, donde la clave de un número es el único rastro para el investigador!...
 ¡Por eso no quería hablar de Arroyito, sino de los desconocidos, de los infelices que nunca vivieron, porque se puede decir que nunca murieron, de tan olvidadas que han sido sus muertes!...
 Mas, si no por él, por la cordillera íntegra que perdió la vida entonces; por la desfachatez sin paralelo del crimen; por la comedia trágica que se pretendió hacer creíble y hasta por la injusticia cometida con el ídolo popular, debo hacerlo, debo contar lo que sé de aquel episodio, uno de los más singulares y sangrientos en la historia del terror en Isla de Pinos.
 La cordillera exterminada
 Todo el mundo sabe en Presidio que hubo una cordillera, conocida por «la cordillera de Arroyito», que fue íntegramente exterminada y que nunca llegó al Presidio... Por fortuna, era pequeña, pues sólo la integraban seis hombres.
 ¿Quiénes eran estos hombres?... ¿Por qué murieron?... ¿Cómo murieron?... ¿Quiénes fueron sus asesinos? ¡Yo voy a aportar nuevos datos y testigos; nuevas acusaciones que si quisieran ser investigadas por aquellos a quienes corresponde tal deber, podrían resultar en la definitiva aclaración oficial del «misterio»!...
 Julio Enrique Pintado Martínez (a) Güelelea era un negro joven, corrompido, según el decir de sus propios compañeros, que se había fugado del muelle en una ocasión, y que por indisciplinado, fue trasladado de El Príncipe a La Cabaña. Tenía un mal expediente, sin duda. Era el 13 606.
 Julio Ramírez Ojeda, 11 424, «consorte» de Arroyito, tuvo siempre fama de ser más valiente aún que su socio, y, como él, también se había fugado de la prisión una vez. Por lo demás, por tres años se había ganado la rebaja «buena conducta».
 Andrés Calderón Luna, 11 461, El Mexicano, tenía un expediente de «buena conducta» y era un hombre joven.
 José Ramos Ramos, 10 555, El Moro, como el anterior, observaba «buena conducta», pero de esas a las que los presos le añaden: «¡Muy buena conducta, sí señor!»...
 Ramón Arroyo Suárez, 10 354, Arroyito, tenía una tentativa de fuga el año 1927 y ¡cuatro años de buena conducta!...
 El último de la cordillera, Luis Díaz Fuentes, 4 997, Cundingo, tenía el dato más elocuente en su número de presidiario. ¡El 4 997! ¿Cuántos años llevaría preso Cundingo?... Arroyito, que era un diez mil y pico tenía seis años de prisión cuando lo mataron...
 ¡Esta era la cordillera exterminada!... ¡La más feliz de todas!... ¡La que no conoció la monstruosidad de El Cocodrilo, el asco de La Yana ni la emboscada traidora del hospital!...
 Un escolta
 En las mismas galeras que habitó Arroyito en El Príncipe he vivido yo. Hasta en la famosa cueva lóbrega de los «incorregibles», que fue su última residencia en el Castillo, y que era más propia para sapos que para vivienda de hombres...
 Hablando de estas cosas y de su muerte, encontré un testigo de verdadero interés: Aurelio Lara, un viejo escolta de El Príncipe, que luego estuvo en Presidio, donde lo conocí.
 El escolta Lara es un hombre de edad mediana, de pelo canoso y habla con la seguridad de lo que dice. Tiene el recuerdo firme de millares de hombres que han desfilado por la prisión, y, a veces, hasta puede citar fechas. Así, él me contó cómo «por saber tratar a los presos, no tenía nunca dificultad con ellos, y, por eso, estuvo algún tiempo encargado de los ―incorregibles, que estaban entonces donde está ahora el depósito de harina. Allí estaban Arroyito, Ramírez, Güelelea, Cundingo, Brain y otros»...
 Luego Lara me contó que la noche en que los sacaron de El Príncipe, fue él el encargado de llevarlos hasta el patio grande y los pararon con sus paquetes en el corredor, cerca de la oficina, en donde fueron amarrados.
 —Más tarde, cuando los pasaron al «rastrillo», los amarraron por parejas y recuerdo cómo se formaron esas parejas. El Moro y El Mexicano; Güelelea y Ramírez y Arroyito y Cundingo.
 «Un grupo numeroso de clases del Ejército, pues ninguno era soldado, sino cabos y sargentos, los iba a acompañar; pero antes de salir del Castillo, vino Goyito Santiesteban y les dijo que fueran a la casa del capitán Castells, que quedaba muy cerca de la fortaleza... Allá fueron para recibir las «instrucciones» del caso y, a su regreso, se abrió el «rastrillo» para dejar pasar a los condenados... para dejarlos irse para Isla de Pinos... ¡«para el otro mundo»... que es como algunos presos nombraban este viaje con un doble sentido profético, sarcástico y fúnebre!...
 Hay, pues, un hombre —y hay muchos más, desde luego— que estuvo presente en el momento en que sacaron la cordillera de El Príncipe, y que asegura rotundamente que en las condiciones en que eran conducidos nadie podía intentar fuga de ninguna naturaleza...
 Recuerdo ahora, al escribir estas páginas —y sería fácil el comprobarlo—, que los periódicos anunciaron la partida de Arroyito y sus compañeros, diciendo que iban a ser cuidadosamente custodiados para evitar todo intento de fuga...

   
  En el camino
 Como de la tragedia sólo los asesinos podrían acumular todos los fragmentos, y ellos no van a hablar de buena gana, es preciso reunir, poco a poco, los elementos dispersos y concatenarlos con todo el escrúpulo necesario para reconstruir el inhumano suplicio.
 En el camino también hubo testigos. El comandante Felipe Loys, entonces al mando del «24 de Febrero», podría contar cómo, a su llegada al muelle de El Columpo, se hizo la noche antes de que partieran para el Presidio los presos...
 Mas algo debió de haber sucedido en el trayecto de La Habana a Batabanó cuando entre los confinados de Isla de Pinos circula este rumor que me dio por escrito Rodríguez Villar:
 Unos kilómetros antes de llegar a Batabanó se encontraron con un carro de leche que había sido lanzado a la cuneta por un automóvil, cuyo dueño luchaba en vano por sacar el carro de la cuneta, por no tener una soga fuerte con que amarrarlo.
 En esto se presenta el camión que conduce a los penados y se brinda el chofer para ayudarlo en su empeño. Una vez el carro en la carretera, pasan unos minutos de chanzas por el suceso y aprovecha el conductor del automóvil una oportunidad para cambiar unas palabras con el del camión:
 —Oye, chico, ¿quiénes son esos presos?
 —Pues Julio Ramírez y Arroyito... los otros no los conozco.
 —¿Y para eso llevan tantos guardias?
 —No solamente eso, sino que van dos por cada preso y otro sargento al mando de la escolta, y, además, los llevan esposados... ¡Creo que no llegan al Presidio!...
 El hecho
 Sigue el relato de Rodríguez Villar:
 Así sucedió. Llegó el cañonero al muelle del Columpo próximamente a las cuatro de la tarde y se cansó de llamar al Presidio para que fueran a recibir a los presos y no los fueron a buscar sino cuando la noche tendía su manto sobre aquel lugar destinado a unos asesinatos originales. Aún no se había alejado el barco cuando cuatro de aquellos penados, esposados todavía, caían bajo el plomo certero de aquellos tiradores expertos, escogidos para ese crimen, en la oscuridad de la noche.
 A los otros dos les esperaba una muerte más horrible que a los primeros, pues estos pasaron de la vida a la muerte, súbita e inesperadamente, en tanto los dos últimos ya sabían lo que les esperaba, y tenían además, que sufrir toda una noche, y amarrados, la plaga de mosquitos y jejenes. «¡Asesinos!» —gritaban Ramón Arroyo y Luis Díaz—. «¡Acábennos de matar!... ¡Criminales!... ¡Cobardes!...» Y así se pasaron estos infelices toda la noche, pidiendo la muerte, provocando a sus verdugos para que se cumpliera cuanto antes la sentencia impuesta por Castells, y verse libres de la espantosa plaga que, a tres kilómetros de la playa, obliga a dormir tapado, si se carece de mosquitero. Tal sería la noche que pasaron estos infelices que a la mañana siguiente amanecieron con los rostros hinchados y amoratados de las picadas de los insectos... ¡Después de una noche de martirio semejante, la muerte!... Y todo por orden de Castells e ideado por su cómplice Goyito. Con este nuevo procedimiento aparecía que se habían fugado realmente y que los otros dos lograron escapar. Para mejor engañar a la opinión pública, fueron muertos los dos últimos por fuerzas al mando del teniente Pino, mientras los cuatro primeros lo fueron por los custodios que los conducían!
 Esta es la versión del Presidio; la que me escribió Rodríguez Villar y la que, con ligeras variantes, es aceptada por todos. Es más, al juez que inició las causas contra Castells, doctor Rodríguez Aymerich, uno de los escoltas que condujo la cordillera, le declaró en términos fundamentalmente semejantes.
 Un testigo
 Georges Kelly, testigo presencial de la muerte de Capetillo y de la hecatombe de El Cocodrilo, debe aparecer también en este relato. Su declaración abre interrogaciones sobre algunos extremos relativos a la veracidad absoluta de la versión aceptada.
 A mí me contó —y en presencia del escolta Lara, precisamente— que, como a las dos de la mañana, un día, cuando ya habían pasado como cinco o seis domingos de lo de El Cocodrilo, Américo López, el Capitán Ayudante, lo fue a buscar a su celda, que era entonces la número 73, en el primer piso de la circular número 1. Enseguida, en unión del chofer, a quien le decían Urraca, pero que se llamaba René Ponce de León, Américo lo llevó al almacén a buscar seis cajas...
 Sin preguntar una palabra, cargaron las seis cajas en el famoso Buque Fantasma, el camioncito de los muertos, y salieron por la «requisa». En unos minutos llegaron al lugar donde estaban los muertos, que no era al pie del muelle de El Columpo, ni a ocho ni a cuatro kilómetros del Penal, como respectivamente se dijo que era a donde habían muerto Arroyito y Cundingo; sino en un punto del lugar conocido en el Presidio por El Guanal, y que queda a un lado de La Yana; entre la Avenida de Zayas Bazán y la carretera del muelle. ¡En este lugar, en un espacio relativamente pequeño y limpio de yerbas, estaban tirados los seis cadáveres, que estaban esposados!...
 Con la linterna, Américo López los enfocaba, porque la noche estaba muy oscura, y Kelly pudo verlos bien... A todos los conocía, por haber sido sus compañeros de prisión y me contó que ni a Arroyito ni a Cundingo se les reconocían las caras, de desbaratadas que las tenían por los balazos. Al Moro sí recuerda haberle visto la cara bastante completa, al igual que a Ramírez...
 Hay algo que demuestra cómo toda aquella gente no perdía su «elegancia» de buenos artistas: el juez y sus «ayudantes», que ya estaban allí cuando llegó el camión, hablaban con los soldados y estos comentaban cómo habían «querido fugarse aquellos tipos»... ¡Sin duda, la comedia sangrante del Presidio tuvo más de un actor!...
 Luego, a punto de ser puestos ya en las cajas, se dio la orden de que les quitaran las esposas a los «fugados»... Y entre George Kelly, el gigantesco americano, y Urraca, cargaron los seis ataúdes depositándolos en el camión, conduciéndolos al cementerio, en donde echaron tres en cada fosa. De allí, acompañados siempre por Américo López, fueron hasta la playa, a llenar el camión de arena para traerla a verter sobre los charcos de sangre que habían quedado en El Guanal... Todavía era demasiado oscuro y fue necesario utilizar otra vez la linterna para encontrar los rastros sangrientos, sobre los que, como la última palabra, cayó un camión de arena...
 De aquí Américo López trajo a Kelly hasta su circular y le dijo:
 —De esto, todo el que te pregunte di que se fugaron Arroyito y Ramírez...
 Y Urraca se fue a guardar el camión.
 Apenas pudo dormir Kelly, porque poco después sonó la diana...
 Conjeturas
 En primer lugar, ¿por qué es a Kelly a quien precisamente va a buscar Américo López, y no a otro cualquiera? La cosa no tiene mayor importancia, pero tiene una explicación «presidiaria». Kelly era, sin él quererlo, por supuesto, testigo aterrado de los asesinatos de El Cocodrilo, de fecha muy reciente; y en Presidio, mientras menos testigos mejor, por eso, probablemente, lo escogieron para enterrar a Arroyito y sus compañeros.
 Además, se trataba de un hombre de fuerzas extraordinarias, capaz de cargar los seis cadáveres si hacía falta. ¿Qué razón puede haber para dudar de lo que dice Kelly? Yo no veo ninguna. Con su declaración él ni ataca ni defiende, ni señala concretamente a ningún asesino. Puede añadirse que se trata de un norteamericano, silencioso, con pocos amigos en el Penal, un hombre trabajador, en fin, que asustado una vez de manera inolvidable, dejó de considerar como demasiado espeluznantes las cosas que veía. Por lo demás, en este caso él sólo cita un hecho que puede ser comprobado, a saber: que en la madrugada del día de la muerte de seis hombres, de sobra conocidos para los presos, junto con el chofer del camión, fue al almacén a buscar seis cajas para darle sepultura a seis cadáveres. En El Guanal, trabajó Kelly siete meses y con seguridad puede reconocer exactamente el lugar de los hechos. Ahora bien, una vez que se admite la declaración de Kelly, con poco que se piense, penetra la duda sobre la veracidad de la versión oficial relativa a que Arroyito y Cundingo fueron muertos a mayor distancia que sus cuatro compañeros y un día después que ellos. Porque, de ser cierto esto, para que Kelly viera a los seis hombres juntos era necesario que alguien los hubiera traído antes, lo que resulta hipotético. Mas la versión oficial no nos debe interesar demasiado, en la búsqueda de la verdad, ya que, por principio, debemos considerarla falsa. La que nos debe interesar es la popular, la de los presos, la que llegó hasta ellos por filtración, por las mismas imprudencias jactanciosas de los soldados asesinos, cuando alardeaban de su hazaña para aterrar a los castigados con el ejemplo infligido a los que tanta fama tenían entre los reclusos...
 Esa leyenda es la que nos asegura que Arroyito y Cundingo fueron muertos después de una noche de angustia y de sufrimientos, para dar tiempo a que el Juzgado determinara pomposamente el paripé de la fuga: ¡cuatro muertos el 28 de septiembre de 1928, y los otros dos al día siguiente... luego, la fuga era evidente!...
 Sin embargo, como tantas otras veces, la versión popular puede ser perfectamente relacionada con la pantomima legal y para ello sirve de nexo la realidad constatada por Kelly...
 Lo que hay, probablemente, es que la leyenda, por primera vez, se quedó aquí por debajo de la historia. ¡Lo que, seguramente, hay, es que la famosa noche de los tormentos de Arroyito y Cundingo, fue mucho más terrible de lo que todos han imaginado, pues se puede asegurar que los infelices la pasaron esperando la muerte... ¡haciendo tiempo!... ¡delante de sus propios compañeros, asesinados ya! ¡Esta es la verdad, fácil de colegir para quien vivió aquello!... ¿Quién cree a cualquiera de aquellos soldados asesinos capaces de molestarse en caminar un par de kilómetros, para matar a un hombre, sólo por tener la piedad de no mostrarle durante una noche entera los cadáveres de sus compañeros de infortunio?... ¡Nadie!... ¡Nadie en el Presidio los creería capaces de tal cosa!... ¡Al contrario!... ¡Entre bromas brutales y bestiales tratamientos, rivalizando entre sí, en salvajismos, es casi seguro que se divirtieron ellos las horas que tenían que dejar pasar para que la «fuga» fuese con los planes acordados!... ¡Pobres hombres!... ¡Yo fui injusto al comienzo, al pensar que ya bastante fama y nombres alcanzaron en la vida para no dar preferencia a otros en la muerte!... ¿Acaso muchos más sufrieron tanto en una sola noche?... Y, a la evocación del recuerdo, pregunto, ¿puede haber piedad para los asesinos? ¡Si alguien se atreve a responder que no podemos ser como ellos, yo le respondería que nuestra piedad no puede ser como su crueldad, que no tuvo límites!...

  
  Un documento
 ¡Mas no he terminado!... (¿cuándo se termina en Presidio?). El documento que ahora copio, de un minucioso cinismo, revela, además, interesantes detalles para quien conozca un poco lo que fue todo aquello.
 Por lo pronto, demuestra que la conmoción popular del crimen, dada la personalidad, realmente nacional, de Arroyito, llegó a preocupar a las más altas autoridades. Se trata, nada menos, que de un informe rendido por el capitán Castells, al general Machado, y dice así:
 Jefatura del Presidio de la República. Isla de Pinos, Octubre 4 de 1928.
 Honorable Señor Presidente de la República, Palacio Presidencial, Habana.
 Honorable Señor:
 De acuerdo con un aerograma recibido del Sr. Secretario de la Presidencia en que me transmitía sus deseos de que se abriese una investigación minuciosa sobre los hechos que produjeron la muerte del recluso No. 10 354, Ramón Arroyo Suárez y otros al ser conducidos del Castillo del Príncipe a este Campamento del Presidio Modelo, cúmpleme informar a Ud. con el debido respeto, lo siguiente:
 Que: el día veintiocho de septiembre del corriente año, fueron trasladados en camiones del Ejército, debidamente custodiados, de la Cárcel de la Habana a Batabanó, donde embarcaron en el Cañonero de la Marina Nacional «24 de Febrero» para ser conducidos al muelle de la Playa de Columpo, en territorio de este Campamento del Presidio Modelo, los reclusos Núm. 11 461 Andrés Calderón Luna, o Andrés Calzada o Jesús Bermúdez Tamargo o Jesús Meijido (a) «El Mejicano»; Núm. 10 555 José Ramos Ramos (a) «El Moro»; Núm. 11 424 Julio Ramírez Ojeda; Núm. 13 605 Julio Enrique Pintado Martínez (a) «Guelelea» o «Gueleleque»; Núm. 10 354, Ramón Arroyo Suárez (a) «Arroyito» o «Delirio»; y Núm. 4 997 Luis Díaz Fuentes o Secundino Vélez Suárez (a) «Cundingo», cuya custodia la formaban los soldados del Ejército Nacional, Leandro Machín, José Guerrero Guzmán, Ramón H. Hernández, Filomeno Hernández, José M. Socorro, Pablo de la Guardia, Prudencio Marichal, Santiago Méndez y Miguel A. Sotolongo Álvarez, en servicio de armas, por haber sido nombrados oficialmente para la conducción de dichos penados.
 Que: Al desembarcar en la noche del 28 de dicho mes en el muelle del Presidio Modelo los citados reclusos y la mencionada custodia, para trasladarse a este Campamento, en el trayecto y en el lugar conocido por «Playa de Columpo», donde existían espesos matorrales, a una distancia como de cuatro kilómetros del Campamento del Presidio Modelo, al amparo de las sombras de la noche, creyendo ventajosa para sus propósitos la situación del terreno, los penados arriba descritos, intentaron fugarse corriendo hacia la manigua próxima, a una voz de «Arroyito» que dijo: «Ahora», e intentando escaparse en la espesura. Pero los soldados que tenían antecedentes de la propensión a las fugas que tenían «Arroyito» y sus compañeros, para evitar que se fugaran, hicieron uso de sus armas cayendo atravesados por las balas, a excepción de «Arroyito y Cundingo» que lograron internarse en el monte, sin que sus perseguidores lograran darles alcance ni hacerles blanco con los disparos que les hicieron, tomando rumbo los fugitivos hacia el lugar conocido por «Sierra de Caballos».
 Que: Inmediatamente de tener conocimiento de estos hechos, dio órdenes oportunas al Primer Teniente de la Guardia Rural Francisco V. Pino y Pérez, Jefe del 2do. Pelotón del Escuadrón No. 6 —5to. Distrito Militar, para que con las fuerzas a sus órdenes, iniciara la persecución de los prófugos y tomara las medidas adecuadas para evitar que pudieran evadirse. El citado Teniente después de perseguirlos durante varias horas sin lograr verlos ni saber su rumbo exacto, optó por establecer varias emboscadas, fijando éstas en los lugares siguientes: una en «La Guanábana», otra en los «Cerros de Bibijagua», otra en la finca «La Belencita» y otra en «Punta de Piedra».
 Con estas emboscadas y los soldados facilitados por mí, se cubrieron todos los sitios por donde hubieran podido escaparse los fugitivos, pero como transcurrió la noche sin que éstos dieran señales de vida ni los soldados notaron ningún movimiento, se pensó que se hubieran internado en la loma de «Sierra Caballos» y que desde aquella cima pudieran observar los movimientos de las fuerzas.
 Que: Posteriormente, esto ha sido confirmado por el Primer Teniente Pino, quien agrega que al hacer un recorrido, el cordón de vigilancia en la mañana siguiente, al llegar a la última emboscada compuesta por los soldados Norberto Barquín Pérez e Isidro Martínez Martínez, los cuales estaban en el lugar conocido por «Punta de Piedra», y siendo como las nueve de la mañana, el soldado Isidro Martínez divisó por un claro del monte a dos hombres, llamándole la atención al Teniente por lo que se pusieron en guardia inmediatamente, ocultándose y logrando aproximarse, hasta cerciorarse de que eran los dos prófugos, saliéndoles al encuentro y dándoles el «alto»; pero ellos lejos de detenerse emprendieron una veloz carrera en sentido inverso, pretendiendo internarse nuevamente en la espesura. Entonces se dio la orden de hacer fuego, amparándose en los preceptos del artículo 10 de la Ley Militar, cayendo muertos los citados reclusos «Arroyito» y «Cundingo».
 Es casi seguro que de no haber obrado así las fuerzas que mandaba el Teniente Pino, los fugitivos hubieran logrado sus propósitos de fugarse del territorio en que está enclavado el Presidio Modelo y esperar la oportunidad propicia para escapar de la Isla.
 Que: De todas estas actuaciones y sus resultados, di cuenta oportunamente al Estado Mayor del Ejército, telegráficamente, rogando fuese entregada una copia de ese despacho al Sr. Secretario de la Gobernación, por serme imposible comunicar a esa hora con dicho Centro, sin perjuicio de hacerlo después en extenso y por otra vía, para sus conocimientos y efectos.
 Es cuanto el firmante puede informar a Ud. Honorable Sr. Presidente, de lo que se relaciona con los hechos que se investigan. «Respetuosamente, Pedro A. Castells Varela, M. M. Capitán de Infantería, Jefe del Presidio Modelo.
 Aparte de lo grotesco que resulta el que el general Machado —que nunca vaciló en ordenar el asesinato de estudiantes, obreros y periodistas— se interesara tan vivamente por el crimen cometido con unos cuantos «condenados», el documento anterior nos sirve para sacar algunas conclusiones en extremo interesantes.
 Por lo pronto, la defensa que alguien ha hecho, de que los soldados que conducían la cordillera, como tantas otras veces, nada tenían que ver con el Presidio, se viene al suelo y de manera en extremo ruinosa. De los nueve soldados que aparecen en la lista, seis, José Guerrero Guzmán, Filomeno Hernández, José M. Socorro, Pablo de la Guardia Álvarez, Santiago Méndez y Miguel A. Sotolongo, figuran entre los que tienen a su haber muertes de reclusos en Isla de Pinos... ¡Y aún más!... De esos seis soldados, tres de ellos, La Guardia, Socorro y Santiago Méndez figuraron entre la exigua lista de los «privilegiados» que pasaron a convertirse en Presidio en cazadores de hombres. Y, para que no haya más duda, los seis soldados, ya tenían en sus «récords» nombres apuntados, a pesar de que, por entonces, lo corriente era poner: «Muerto al tratar de fugarse, sin que conste el nombre de sus custodios.»... Quiere decir, pues, que los soldados escogidos, no iban a una iniciación... ¡Al contrario, estaban ya de vuelta de la hecatombe de El Cocodrilo!... Castells acumuló, contra Arroyito y Ramírez y sus compañeros, esposados, una constelación de estrellas del crimen...
 Y hay todavía algo más significativo que señalar: los seis trasladados hacían su primer viaje a Isla de Pinos.
 ¡En toda la historia del Presidio no hubo un solo caso más de presos que se fugaran en el mismo día de su llegada!... Porque es claro que ni al novelista de más desordenada imaginación y público más infantil, se le podría ocurrir el que sus protagonistas, al llegar a un lugar desconocido para ellos, de noche además, y, por ende, vigilados estrechamente por nueve hombres de corazón de lobo y puntería excepcional (¡y Arroyito y su gente sabían de sobra quiénes los conducían!...) se lanzaran a una fuga loca; sin estudiar antes el terreno; sin tratar antes de analizar las probabilidades en pro y en contra; sin buscar auxilios, cómplices, amigos; máxime, teniendo en cuenta, que todo lo que sabían con absoluta certeza, era que aquel territorio era inhospitalario; que no contenía bosques de frutales; ni animales de caza; ni aguadas abundantes... ¡ni posibilidades de salida de él para el extranjero, o siquiera, para Cuba!...
 Y aún podemos estrechar más el círculo de las posibilidades y admitir lo que más condena a los asesinos: su propia declaración. ¡Admitir que sí, que efectivamente aquellos hombres, tan estrechamente vigilados; tan indefensos; tan desconocedores del terreno, se dieran a la fuga!...
 Y esto es lo mejor que podemos admitir para que la verdad del salvaje escenario salte a la vista, y la repelente cohorte de asesinos adquiera el siniestro fulgor que tuvo.
 ¡Sí!... ¡Se dieron a la fuga, aquellos hombres, porque sabían ya que los iban a matar sin remedio, fríamente, con placer!... ¡Se dieron a la fuga, para morir, siquiera, en un intento de salvar la vida!... ¡Para no ver el cañón de los rifles apoyarse en sus pechos, en sus cabezas!... ¡Para no ver, como último espectáculo del mundo, el rostro feroz, los ojos crueles y los dientes violentos de sus inmoladores!... ¡Se dieron a la fuga para morir pronto... para huir de la vida que les esperaba!...
 Mas, debemos volver a la realidad, y, por mucho que nos resulta acusadora la «verdad oficial» ante la grotesca pantomima no nos queda más remedio que rechazarla. Véase si no:
 Para trasladar seis presos, encadenados, esposados, se envían nueve soldados, tiradores expertos, ya matadores de hombres, en su gran mayoría. En el segundo párrafo hay esta descripción:
 [...] donde existen espesos matorrales, a una distancia, como de cuatro kilómetros del Campamento del Presidio Modelo, al amparo de las sombras de la noche, creyendo ventajosa para sus propósitos la situación del terreno, los penados arriba descritos, intentaron fugarse, corriendo hacia la manigua próxima, a una voz de «Arroyito», que dijo: «Ahora», e intentando escaparse en la espesura.
 Es decir, que se confiesa que desconocían el terreno, y se supone además que en el viaje los seis presidiarios, vigilados tan de cerca, habían fraguado su plan de fuga, sin que ningún soldado se diera cuenta de los conciliábulos, que, necesariamente, tenían que haber celebrado...
 ¡Es verdad que el cañonero era tan grande!...
 ¡Luego sigue, sabiamente!...
 Pero los soldados que tenían antecedentes de la propensión a las fugas que tenían «Arroyito» y sus compañeros, hicieron uso de sus armas cayendo atravesados por las balas, a excepción de «Arroyito» y «Cundingo»...
 Y, si estaban tan en «antecedentes» de la propensión a las fugas.. ¿por qué no hicieron lo que es tan frecuente hacer en casos análogos, y se esposó a cada preso con un soldado... o se encadenó a todos en una sola fila... o se les amarró al camión o a la plancha del ferrocarril que al efecto se pudo haber traído?... Además, ¿por qué la casualidad de que, precisamente, los únicos «afortunados» que lograron escapar fueron los dos menos indicados para conseguir la fuga: Arroyito, que estaba casi obeso, y a quien, por su fama, le hubieran disparado antes que a nadie, y Cundingo, el más viejo del grupo?... ¡Era que tenía que ser Arroyito por su historia, por su leyenda, el que justificase una hazaña ante la que los propios protagonistas de Emilio Salgari hubieran desistido... y el pobre Cundingo pagó la culpa de venir amarrado con él!...
 Pero todavía es más interesante esto que ocurre a la mañana siguiente:
 [...] y siendo como las nueve de la mañana, el soldado Isidro Martínez divisó por un claro del monte a dos hombres, llamándole la atención al Teniente por lo que se pusieron en guardia inmediatamente, ocultándose y logrando aproximarse, hasta cerciorarse de que eran los dos prófugos, saliéndoles al encuentro y dándoles el «alto»...
 Desde luego, dos hombres perseguidos a balazos apenas hacía unas horas; que habían perdido cuatro compañeros en la aventura; que sabían que detrás de ellos andaba una jauría furiosa... era absolutamente natural que, al llegar la luz del día, en vez de ocultarse en lo más enmarañado del monte, se pusieran a descansar en «un claro» tan despreocupadamente, que, sin montar, como era elemental, una guardia, sus perseguidores pudieron acercárseles lo suficiente como para reconocerlos... Y ellos, que por la noche habían escapado, sin ver, sin conocer el terreno, a los disparos de nueve grandes tiradores, hechos casi a boca tocante, ahora, en cambio, a pleno día, ya con cierto conocimiento del lugar donde estaban, no acertaron a huir y cayeron bajo los disparos hechos por una sola pareja y a mucha mayor distancia...
 Y, para terminar el informe y convencer al Presidente de la necesidad del remedio empleado, se dice: que de no haberse obrado así los prófugos hubieran encontrado oportunidad de salir de la Isla y escapar a la justicia... Y, para evitar que esto sucediera algún día, es que siempre se exterminó a los «fugados», de manera que si de la Isla del Diablo se han escapado numerosos confinados, de Isla de Pinos no se sabe de nadie que conservara la vida en el intento... Y ahí está El Cayeno para revelar su frase sombría que es la comparación definitiva entre las dos terribles prisiones:
 —¡Ojalá que no me hubiera fugado de allá!...


  Capítulo XLIV, El presidio modelo