martes, 6 de marzo de 2012

Del mosquito al solar. Discurso higiénico en Cuba en el cambio de siglo






   Pedro Marqués de Armas 


                          I


 Aunque los barrios marginales de La Habana siempre fueron señalados con aprehensión por las autoridades de la colonia, fue el surgimiento del "solar" a finales del siglo XIX el elemento que redobló la ansiedad. Si bien desde comienzos de dicha centuria, en particular en la zona extramuros, existían viviendas colectivas ya conocidas como ciudadelas o casas de vecindad; sólo a partir de la década de 1880, con la progresiva retirada de los moradores de las casonas intramuros hacia los nuevos barrios aristocráticos, éstas se extienden en pleno centro de la urbe.1 Al transformarse las antiguas mansiones en cuarterías y, sobre todo, al abrirse a una nueva y compleja circulación de inquilinos, se estaba produciendo en realidad un cambio del viejo modelo de convivencia de castas a otro basado en la interacción casi exclusiva de sectores desclasados; cambio que tenía lugar en un contexto cargado de tensiones demográficas y raciales, como consecuencia de la masiva inmigración española, del fin de la esclavitud y de la extensión de núcleos obreros; y donde, si el primero de estos factores apunta a una amenaza externa”, al vinculársele a ciertas epidemias, y el segundo, ligado a un presunto éxodo de ex-esclavos rurales y a la liberación de los urbanos, coloca la difícil “cuestión interior”; los tres en conjunto informan de un peligro todavía más grande: el miedo a las mezclas en todas sus variantes --de vivos y muertos, hombres y animales, negros y blancos, sanos y enfermos, etc.--, miedo agitado entonces por los higienistas, convertidos en los nuevos iluminados de la era bacteriológica.

 Contexto efectivamente frágil desde el punto de vista sanitario, asistía a un reordenamiento de los discursos y prácticas médicas que tal vez pueda fecharse hacia 1868 cuando, tras la epidemia de cólera que azota a La Habana y a otros puntos del occidente de la isla, proliferan dispositivos de diverso tipo --textuales, normativos, arquitectónicos, etc.-- orientados en torno a cuestiones como el análisis y control de las aguas, la recogida de basuras, el tratamiento de los cadáveres y la prostitución.2 Se trata de un marco que precede a los grandes descubrimientos bacteriológicos y que en buena medida culmina hacia 1879, coincidiendo con la visita a La Habana de la Comisión Americana de la Fiebre Amarilla, en cuyo informe se define de algún modo una política sanitaria moderna que haría de la ciudad, en lo tocante a sus reformas, una ciudad futura, un plano de obras como el que más o menos se materializa en los primeros años de la República.3 De modo que a cada uno de estos temores coresponde desde bien temprano --y sin alcanzar necesariamente a las tesis microbianas-- el emplazamiento de instancias que, si bien sólo se acoplan y despliegan con verdadera eficacia bajo la empresa militar y sanitaria de la Intervención, tuvieron ahí su génesis en no pocos aspectos.

 Así, en estas últimas décadas del siglo XIX, en las que son comunes las muertes repentinas en plena calle, en carruajes y cuartos baratos, aparece y se consolida el registro de mortalidad por causas, mientras se inaugura poco más tarde la Morgue o necrocomio de la ciudad, y se encauza a los cementerios con ímpetu que no se veía desde tiempos del Obispo Espada.4 El temor al maridaje de hombres y animales impulsa, por su parte, los estudios sobre la rabia y el muermo, con los consiguientes reclamos al matadero de Cristina y contra expendios y mercados, todo a la sombra del Laboratorio de la Crónica Médico Quirúrgica (1887) y de la Sociedad de Higiene (1891), tal vez las asociaciones sanitarias más importantes del momento y sin duda las que mejor y más precozmente vinculan --ya establecida la teoría microbiana, en Cuba en auge desde 1884-- las ansiedades suscitadas tanto por la omnipresencia de los microorganismos como por el carácter moral (e incipientemente criminal) que adquieren los contactos humanos y en particular la violación de normas sanitarias.5

 El miedo al contagio no deja nada fuera y alcanza a coches y tranvías, picaportes y pasamanos, e incluso a los juguetes. Por ejemplo, la revista La Higiene emprendía hacia 1890 una campaña contra "los pitos que los niños se llevan a la boca", acusando a las tiendas de la calle Obispo de venderlos sin protección alguna.6 Justo por estos años y como consecuencia del descubrimiento del bacilo de Koch, se aprecia un mayor interés hacia la tuberculosis, enfermedad que se asociaba a la pobreza, la desnutrición y la herencia familiar. Estos factores --completados ahora por la certeza del contagio y el conocimiento de los modos de transmisión-- reorientan en gran medida las estrategias sanitarias, que prestan en adelante atención a cuestiones como las viviendas colectivas, la calidad del suelo donde asientan y el contacto de éstos con los desechos, como también a una variada gama de comportamientos individuales nunca antes tenidos en cuenta. Asegurar una adecuada y definitiva separación entre las aguas limpias y las excretas --lo que no ha podido saldarse con la puesta en obra del Acueducto del Albear, entre otras razones por la falta de un sistema de alcantarillado moderno-- se convierte en el punto nodal del discurso higiénico, y sin duda, también, en el recurso defensivo por excelencia ante la ansiedad que suscitan las mezclas y lo frágil de las delimitaciones y fronteras.7  


  
 A su vez, se producen trasformaciones en los medios de prensa, como la introducción del fotograbado, técnica que garantiza el éxito de la crónica de sucesos e influye en la formación de públicos diferentes, incluyendo --como veremos-- un “público de solares” al que se le acusa de repetir la misma violencia que consume. En este marco la Morgue abre sus puertas a los reporteros, de modo que en medio de la más estricta política de identificación --la de arrancar de su anonimato a centenares de fallecidos, lo que no siempre se consigue-- se comienza a lucrar con la imagen de los cadáveres: los llamados "croquis" a menudo impresos a tamaño de página y aderezados con comentarios satíricos y términos médicos legales.8 Circulan además folletines estruendosos y catálogos de fotografías de delincuentes, en tanto se refuerza la "invención del ñáñigo" y de otros "tipos criminales". 9

                       
                          II

 Descrita como una ciudad que reposa sobre sus inmundicias, a partir de 1880 son cada vez más frecuentes los reclamos de un discurso higiénico que no sólo pretende localizar en el exterior de la ciudad, sino también en el modo de vida de sus moradores, los presuntos focos de infección, considerando la necesidad de elevar el nivel de conocimientos de éstos y hacerles partícipes de su salud a través del cumplimiento de diversas regulaciones. Esta negociación entre lo público y lo privado, que en modo alguno es nueva pero sí más compleja y por medio de la cual se intenta ejercer un control particularizado sobre lugares e individuos en apariencia más proclives, adquiere ahora un carácter apremiante. No se negocia sólo a través de disposiciones concretas, como la recogida de basura o la limpieza de las calles, sino en base a prácticas corporales precisas y cálculos globales tanto más minuciosos. Por ejemplo, se vuele común calcular el volumen de excrementos producido en cada localidad y por cada individuo, o el número de microbios por metros cúbicos de aire, agua, etc., operaciones que toman por modelo el conteo de colonias de bacterias bajo el microscopio. 10

 Por supuesto, estos conteos sirvieron para restablecer el mapa sanitario de la ciudad, al tiempo que se establecía una relación entre “cultivos” de bacterias y “culturas” marginales. Así, las varias ensenadas portuarias y los colindantes barrios bajos conforman, para los higienistas, un légamo alimentado por los residuos del matadero y los desperdicios que vierten fábricas, cuarteles, hospitales y casas de vecindad. La ensenada de Atarés es vista como un “caldo de cultivo” del que se desprenden (por acción de los rayos solares”) emanaciones que los vientos empujan hacia Chávez, Jesús María y otros sitios de notoria mortalidad por toda clase de enfermedades, y, en especial, por la tuberculosis”.11

 Si bien al solar siempre se le calificó “de antro de ladrones y asesinos” --incluso antes de que la criminología y las labores policiales cobren toda su fuerza--, en este contexto se le vincula a una alta incidencia de enfermedades contagiosas. Desde mediados de la década de 1880, por ejemplo, las casas de vecindad y sobre todo los suelos húmedos que la sustentan y el precario sistema de excretas, son señaladas como probables focos de fiebre amarilla. El descubrimiento, a lo largo de estos años, de agentes etiológicos bacterianos había alentando las indagaciones sobre el llamado “mal invisible”, y la ausencia o el sucesivo fracaso de hallazgos consistentes, avivaría la ansiedad de los médicos, quienes se veían envueltos curiosamente en un significativo debate sobre la clásica inmunidad atribuida a los cubanos en relación a esta enfermedad, inmunidad que ahora era o bien matizada o puesta en duda.12 Semejante cuestionamiento, cuyas múltiples aristas escapan a nuestro propósito, es un excelente indicador de cómo la vieja teoría climática (y conceptos como el de aclimatación, entre otros) retrocedía ante un ambientalismo que calaba cada vez más en la práctica.

 Entretanto, diversas condiciones hacen de la tuberculosis, ya desde 1890, la patología social por excelencia. A su carácter crónico, a su mayor letalidad y a su indudable relación con la pobreza, se añade entonces la perspectiva profiláctica (o prevencionista) derivaba principalmente de los factores predisponentes y hereditarios. Si en la alta mortalidad alienta la cuestión, ahora ineludible, del cálculo económico; en todos estos factores subyace la necesidad de dotar de resistencia a los individuos, transformado sus condiciones de vida y mejorando en lo posible la calidad de su descendencia. Se trata de ligar una variada gama de acciones y de hacerlas efectivas. Pero obviamente, las condiciones de posibilidad aún no estaban dadas. Sólo con las grandes transformaciones sanitarias llevadas a cabo durante la Intervención, y el optimismo generado por la erradicación o dominio de ciertas epidemias, es que la tuberculosis se convierte definitivamente en enfermedad social, o como llega a considerarse en Cuba: en enfermedad de los solares y, por extensión, de los negros. 

  
 Cuando la Junta Provincial de Sanidad de la Habana organiza en 1898 las visitas a domicilio, éstas comienzan por las ciudadelas, donde se produce más de la tercera parte de la basura de la ciudad y tiene lugar el mayor número de violaciones sanitarias. En su emblemático estudio La tuberculosis en La Habana desde el punto de vista social y económico, publicado en enero de 1899 –-es decir, en pleno período de saneamiento--, Antonio Gordon Acosta expresa que justamente en los solares se ven todos los horrores a que expone la carencia de recursos y que justo allí “son letras muerta los artículos de las ordenanzas municipales.13 Esta invariable conjunción entre enfermedad y moral pública, que no hace más que incrementarse en estos años, reaparece en otro importante estudio, "La vivienda en procomún", de Diego Tamayo. Para este discípulo de Pasteur y padre fundador de la bacteriología cubana, el solar era además "de semillero de la tuberculosis" un terreno en el que "fructifican todas las malas pasiones". Según Tamayo, en las cuarterías de la capital vivían hacia 1904 más de 3000 tuberculosos, lo que a su juicio ponía en riesgo --más que ninguna otra cuestión-- al resto de la ciudadanía.14

 En buena medida, estos artículos daban continuidad a informes previos sobre el estado higiénico de La Habana, algunos de cierto impacto político, como los escritos en la década de 1890 por Herminio C. Leyva y Cesáreo F. Losada, y en los que ya se establecían claras (aunque también sutiles) relaciones entre insalubridad y moral.15 Son precisamente estos autores quienes hacen circular, con mayor énfasis, esa suerte de epítome grandioso que transfiere la identidad de una figura de laboratorio (el cultivo) a zonas específicas de la ciudad. Se trata de uno de los recursos que mejor apuntala el discurso de los higienistas, cuya ciudad imaginada pasa por la transformación de las redes subterráneas, responsables según ellos de la atmósfera viciada que se respira en todas partes, y condición necesaria para la emergencia de una superficie perfectamente fluida tanto en lo que toca a elementos físicos como a la circulación de personas y mercancías.  

 Si ahondáramos en cada una de estas descripciones apreciaríamos que a toda la ciudad, a excepción del manto rocalloso de San Lázaro y de algunas pocas alturas, se le adjudica la consistencia de un pulmón dañado: sus bronquios colapsan a falta de parques y de amplias avenidas; sus arterias se obstruyen a causa del drenaje deficiente de caños moriscos y pozos negros; y sus alvéolos se encharcan lo mismo que la base completamente mojada de la población.16 De hecho, se trata de manchassemejantes a las que se aprecian en las radiografías (otro descubrimiento de reciente introducción en la isla), las cuales se extienden desde la periferia hacia centro, invadiendo ese espacio que aún habitan “algunas de las familias más acomodadas y alrededor de aquellos sitios en que es más activo el tráfico mercantil. En fin, la ciudad deviene metáfora de una incontrolable tuberculosis, cuyo asiento es su propio interior corroído, su indómita profundidad aún por domesticar.

 Desde luego, ya en el contexto de la Intervención las viviendas insalubres apuntan, más que nada, a ese submundo mefítico que tanto cuadra a la imagen del régimen recién depuesto. Ahora el lado expresivo o moral del discurso se vuelve hacia un pasado identificado exclusivamente con lo bajo, es decir, con la ciudad subterránea que en breve será transformada. Fabricadas en contacto íntimo con las vecinas, el suelo --expresa Tamayo-- carece de drenaje adecuado y a él van a parar los desechos, impregnando de tal modo los terrenos limítrofes que no sería exagerado afirmar que el subsuelo de la ciudad está formado por una capa excrementicia. Y ya Gordon había hablado de una “forma de ser de nuestras excretas”.17 En cualquier caso, está en juego un legado que, al menos en este contexto, es preciso reescribir.  Así, los recurrentes caños moriscos y las mal llamadas cloacas” son señalados en tanto expresión de una nefasta herencia hispanoárabe que, como indica el destacado estudioso Carlos Venegas, liga la urbe "a otras ciudades del mundo oriental y antiguo, impresión que tienen algunos viajeros, los médicos militares norteamericanos y no pocos comentaristas del patio.18 Discurso fecal (Lacan ha dicho que la civilización es puro excremento con el añadido de un cartel que indica "prohibido defecar"19), se trata, en suma, de enunciados que legitiman al nuevo orden civil de 1902, el cual debe fomentar toda suerte de espacios higiénicos, amplios y respirables, como corresponde al ejercicio de la democracia.


                           III

 En una interesante conferencia titulada Importancia política y social de los barrios (1904), Francisco Carrera y Jústiz proponía desarrollar una sociología capaz de distinguir "el alma" de cada distrito, como modo de contribuir al fortalecimiento de los poderes locales y de sus vínculos con la Nación. Para Carrera, el Vedado estaba llamado a ser el barrio democrático por excelencia, precisando de transformaciones de "más honda trascendencia" que toda la ciudad en su conjunto y que sitios como el Pilar y Vives, pese a la reconocida peligrosidad de éstos. Si La Habana sueña ser una gran ciudad --afirmaba-- sólo por el Vedado puede serlo, puesto que por aquí es por donde se extiende, por donde se está modernizando, donde el espíritu progresista se evidencia, donde la distinción mayor en orden de cultura colectiva se concentra, y donde toma color, tono y altura nuestro plano de vida y de confort”.20

 Ahora bien, para que ello fuese posible había que desplegar una campaña sanitaria en principio dirigida hacia toda la población. Tan temprano como el 17 de enero de 1899, en junta celebrada en la Academia de Ciencias y presidida por el mayor Davis, se anunció la división de La Habana en cien distritos sanitarios. Al frente de los mismos se colocó a igual número de médicos quienes, escoltados por patrullas de voluntarios, darían inicio a la campaña de saneamiento, la cual inició sus labores por la inspección de todas las casas, según una concepción que los higienistas americanos definirían como “cleaning the city from the inside”.21 Además de vacunar y velar por la recogida de basuras y de animales muertos, los médicos debían de instruir a los moradores en diversas materias e informar sobre las condiciones de habitabilidad. Para ello se confeccionó una encuesta que registraba el número de familias, sus componentes, el estado de letrinas y cloacas, las enfermedades detectadas, la condición de los inquilinos, su mayor o menor pobreza, entre otros indicadores. De esta minuciosa empresa --en realidad un rastreo sin precedentes en la historia física del país-- se concluyó que sólo el 10 % de las casas de la capital tenía inodoros, comenzando de inmediato la importación de piezas sanitarias. Instalados profusamente y a precios módicos, incluso antes de concluido el sistema de tuberías y la nueva red de alcantarillados, de pronto la ciudad se vio colmada de water closet y lavamanos.22

 Aunque en esta misma sesión académica se determinó establecer el Servicio de Cuarentenas, los resultados sanitarios no se hicieron esperar, descansando los mismos en un modelo capilar (los médicos hablaban de cuarentena interior) basado en la identificación y el control de focos, es decir, en una vigilancia individualizada que condujo al disciplinamiento de la ciudad. Si bien no exenta de antecedentes en la isla, esta distribución panóptica rompía el clásico binarismo dentro/fuera, viniendo a reforzar (y a ser reforzada por) otra visibilidad: la posterior confirmación del Aedes aegypti como agente transmisor de la fiebre amarilla, evento que encontraba de este modo un terreno abonado. Puesto en jaque, sobre todo a partir de 1901, el “vómito negro”, quedaba pendiente la cuestión social de la tuberculosis, verdadera punta de lanza para la conversión de los higienistas cubanos en criminólogos o, por lo menos, para su eficaz ligamen.23


  
     
 A fin de apreciar mejor el temor a las mezclas desde esta perspectiva, basta repasar lo expuesto por Fernando Ortiz en Los Negros Brujos, y en otros artículos suyos que abordan la cuestión de la fiebre amarilla, donde se explaya sobre lo conveniente de reprimir a ñáñigos y brujos aplicando lo aprendido durante la campaña contra el mosquito: el control de focos. Curiosamente, Ortiz enfoca a las relaciones de éstos con los obreros blancos, entre los cuales sospecha una alta cuota de anarquistas y de miembros de la secta Abakuá, así como una suerte de inteligencia secreta interesada en promover alianzas. Se trata, para el etnólogo, de erigir una vigilancia migratorio-portuaria, a la vez médico-sanitaria y criminológica, en un entorno donde pululan antiguos cabildos, solares, bares y prostíbulos.24

 Claro que entre los enfermos contagiosos y los supuestos criminales, mediaba aún el acuciante problema de la mendicidad y la locura, disparado como consecuencia de la guerra, la reconcentración y la general orfandad. De ahí que en el verano de 1900, tras las labores iniciales de saneamiento, comience una segunda campaña, ahora para recluir en asilos, orfanatos y hospitales a un importante número de desamparados. La población del Hospital de Dementes experimentó, por ejemplo, un crecimiento record, muy superior en términos relativos al de la población del país durante la recuperación post-bélica.25  

  
 En lo que toca a la tuberculosis, surgen en pocos años varias instituciones y entidades encargadas de llevar a cabo la “lucha antituberculosa”. La emergencia de estos dispositivos no sólo genera confianza entre las autoridades médicas y políticas sino que modifica hasta cierto punto el lenguaje de los higienistas. Como consecuencia del saneamiento, crece la convicción de que el clima de la isla es favorable en todo sentido, y se vuelve recurrente la alusión a los “rayos del sol” como poderosa ayuda en la campaña contra la enfermedad. Del mismo modo, las referencias escatológicas ceden en tanto se dispone de nuevas obras de ingeniería sanitaria. Una multiplicidad de alianzas y anudamientos, un extraordinario engarce entre las aprehensiones y cuidados del cuerpo, autoriza ahora estas transformaciones discursivas. Como afirma Arístides Agramonte en su ejemplar artículo “Profilaxis de la tuberculosis en Cuba”, la sociedad cubana se ha constituido ya en un “cuerpo serio y bien reglamentando”.26 Es notable el disciplinamiento de obreros y madres, a quienes se les vincula cada vez más en base a estrategias inclusivas que van desde el cuidado de los hijos hasta el pago de seguros sanitarios. Se trata del modelo trabajo/familia responsable, potenciado por el activismo de líderes obreros y vecinales, modelo que tiene por delante a la figura del niño “pretuberculoso”, alrededor de la cual se van a desarrollar, en breve, muchos de los enunciados y prácticas de la Eugenesia, la Pedagogía y la Higiene Mental.   

 Notas...




1 Desde comienzos del siglo XIX existían viviendas colectivas conocidas como ciudadelas. Al principio, se trata de inmuebles abandonados sobre los que existe muy escaso control. Ya en la década de 1850 comienzan a construirse edificaciones destinadas a tales fines, por lo general ubicadas en la zona extramuros y que se rigen por reglamentos, tanto en lo que toca a las reglas de vida como al sistema de alquileres. Pero sólo a partir de 1880 surge lo que conocemos como "solar", al transformarse las antiguas casonas del centro de la ciudad en cuarterías. Todas estas viviendas comparten un patio o pasillo central, así como baños y lavaderos de uso común habilitados fuera de las habitaciones. En adelante, los términos ciudadelas o casas de vecindad (viviendas en procomún, según el eufemismo de los higienistas) serán empleados, sin mayores distinciones, para referirse a cualquier modalidad de vivienda colectiva que cumpla dichos requisitos. Un ejemplo de la temprana preocupación de las autoridades sanitarias hacia el modo de vida allí imperante puede apreciarse en el “Reglamento para los encargados y vecinos de las ciudadelas” aprobado en 1855 y recogido en Anales de la Isla de Cuba, vol. 3, La Habana, 1859, pp. 1774-75. 
2 Sobre el cólera en La Habana en los años 1867 a 1870, y sus múltiples vínculos, ver las numerosas consideraciones expuestas en Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, volúmenes 4, 5, 7, 8 y 10. Sobre limpieza de la ciudad y análisis de las aguas, ver volúmenes 7 y 8. Sobre el tratamiento de cadáveres, volúmenes 5, 7, 8 y 9. Sobre prostitución, vol. 13. Para un resumen básico, ver Pedro M. Pruna Goodgall: “El cólera y el agua de La Habana”, Ciencia y Científicos en Cuba Colonial, La Real Academia de Ciencias de La Habana, Editorial Academia, La Habana, 2001, pp. 147-54.
3 Chaille, S. E y Stenberf, G. M: Fiebre amarilla: informe preliminar que a nombre de la Comisión americana para el estudio de la fiebre amarilla han presentado al consejo de sanidad de los Estados Unidos, La Habana, 1880.
4 Las primeras estadísticas de mortalidad recogidas de un modo sistemático fueron fruto de la labor privada de Ambrosio González del Valle, cuyas "Tablas Obituarias de La Habana" se extienden desde 1870 hasta 1882. El Necrocomio fue inaugurado en 1880. Sobre reformas en el cementerio de La Habana ver, entre otros: Legislación sobre cementerios, inhumaciones y exhumaciones, La Habana, Imp. Militar de la viuda de Soler, 1880; Proyecto de reglamento y tarifa del Cementerio de Colón, de Ambrosio del González del Valle, La Habana, Imp. Militar de la viuda de Soler, 1880; y Cementerio de La Habana: Apuntes de su fundación, Domitila García de Coronado, La Habana, 1888.
5 El Laboratorio histobacteriológico e Instituto de vacunación antirrábica de La Habana, fue establecido el 8 de mayo de 1887. Fue allí donde se preparó y difundieron los primeros sueros y vacunas contra la rabia en el continente americano, y donde se llevó a cabo los primeros estudios cubanos en el campo de la bacteriología. Contaba también con secciones de histología y de análisis clínicos. Por su parte, la Sociedad de Higiene de La Habana se establece en 1891, el mismo año que se pone en circulación la influyente revista La Higiene. Fue sobre todo el temor a que se repitieran epidemias como la de viruela de 1887, que dejó un saldo de 1654 defunciones --epidemia introducida desde España en contexto caracterizado por un mayor trasiego de inmigrantes--, que el doctor Antonio González Curquejo propuso crear esta asociación. A poco de fundada, orientó buena parte de sus labores al estudio y represión de "peligros internos" como la tuberculosis y la prostitución.
6 "Juguetes que ocasionan enfermedades", Gustavo López, La Higiene, Año 1, no 49, pp. 3-5, 1891. 
7 Ver sobre todo Cesáreo F. Losada: Consideraciones higiénicas sobre la ciudad de La Habana, 1897 (1 ed. 1896); y Erastus Wilson: “El abastecimiento de agua de La Habana”, Archivos de la Policlínica, t. 3, no. 5, La Habana, mayo de 1895, pp. 213-59. 
8 Un ejemplo claro se puede apreciar en La Caricatura, una de las primeras publicaciones cubanas en introducir el fotograbado, técnica que trasforma de modo radical el periodismo gráfico. El lugar de la crónica roja como espectáculo y a la vez como discurso normativo -como espectáculo, también, de la norma- está aún por estudiarse; pero, sin duda, desde el lugar entonces emergente de la crónica roja alientan cuestiones verdaderamente interesantes y aún muy poco apreciadas, como podría ser el posible influjo del "choteo del crimen" --tan explotado en esta publicación-- en las consideraciones posteriores en torno al "choteo" como rasgo del "carácter cubano".
9 Ver, por ejemplo, Los criminales de Cuba, José Trujillo Monagas, Editorial Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2006 (primera edición: Barcelona, Establecimiento Tip. de F. Giró, 1882). También los libros del reportero criminal Eduardo Varela Zequeira: La policía de La Habana (Cuebas y Sabaté), 1894; La venganza de un marido (Crimen en la Víbora), 1893; Los bandidos de Cuba, 1891; entre otros.
10 Según Cesáreo F. Losada, La Habana producía 38 000 000 de litros diarios de inmundicias, lo cual ascendía a 8 870 000 000 litros anuales de "materias orgánicas fermentecibles y peligrosas"; Consideraciones higiénicas sobre la ciudad, p. 28.  Sobre lo impreciso de estos cálculos, ver Georges Vigarello: Le propre et le sale, Éditions du Seuil, París, 1985, p. 159.
11 La cita es de Antonio Gordon y Acosta (ver nota 13). Se trata de un tópico recurrente desde finales del siglo XVIII y abordado por números médicos e higienistas en la isla: el de la relación entre la ensenada de Atarés, adonde vierten los desechos de matadero, y la mayor mortalidad de los barrios bajos que la circundan.     
12 Sobre la progresiva quiebra del mito de la inmunidad de los cubanos a la fiebre amarilla, se pudiera escribir un texto aparte. Un artículo que muestra los resortes no sólo clínicos y epidemiológicos, sino también teóricos e ideológicos que mueven este debate es, “La fiebre amarilla en los cubanos”, de Manuel S. Castellanos: Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana, t-32, 1895, pp. 262-82. 
13 La tuberculosis en La Habana desde el punto de vista social y económico, Antonio de Gordon y Acosta, La Habana, Imprenta Militar, 1899, p.32. Ver también, de mismo autor: Declaremos guerra a la tuberculosis, La Habana, Imp. Compostela, 1899.
14 La vivienda en procomún, Diego Tamayo, Imprenta La Moderna Poesía, La Habana, 1904 (también en Tercera Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección, La Habana, Librería e Imprenta "La Moderna Poesía, 1904, pp. 235-42). Otros acercamientos al solar desde el punto desde el punto de vista higiénico: José A. López del Valle Valdés: "Casas de vecindad. Higiene urbana y rural", en Boletín de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, La Habana, 1918; 18 (2): 264-272; y "Las construcciones en La Habana. Carta pidiendo se apliquen las Ordenanzas Sanitarias", del mismo autor, en Boletín de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, La Habana, 1913; 9 (5-6): 747- 748.
15 Herminio C. Leyva Aguilera: Saneamiento de la Ciudad de La Habana, La Habana, 1890; Cesáreo F. Losada, Consideraciones higiénicas, p. 27-31 y 38.  Según Losada, “no obstante la gran obra de Albear”, La Habana seguía siendo una de las poblaciones más insanas del mundo a causa de faltarle un moderno sistema de alcantarillado. Pero también en virtud del incumplimiento de las ordenanzas municipales, en cuanto a la construcción y conservación de sus casas, y por la escasa cultura sanitaria de sus moradores. El foco infeccioso por excelencia lo constituyen esas “ciudadelas, barracas y casas de vecindad, en las que viven aglomeradas y en repugnante promiscuidad, familias de las clases pobres y gentes de color, formando centros de hacinamiento humano que son un positivo y permanente riesgo para la salud de toda la ciudad
16 Antonio Gordon y Acosta, La Tuberculosis., p. 13; Cesáreo de Losada, Consideraciones higiénicas…, p. 28 y 29. 
17 Tamayo, ob.cit, p. 2; y Gordon Acosta, ob. cit., p 21.
18 Carlos Venegas Fornias: "La arquitectura de la intervención", en Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912, La Habana, Ediciones Unión, 2001, pp. 53-70. Ver también el ya citados textos de Cesáreo F. de Losada y Diego Tamayo.
19 Dominique Laporte: Historia de la mierda, 1998, Editorial Pre-Textos, Valencia, p. 7.
20 Francisco Carrera y Jústiz: Importancia política y social de los barrios, La Habana, Imprenta y Papelería La Universal de Ruiz, 1904.
21 Matthews, Franklin: “Sanitation in Havana”, en The New-Born Cuba, 1899, New York and London, Harper & Brothers Publishers, pp. 117-136.
22 Ver Enrique B. Barnet: La Sanidad en Cuba, La Habana, Imprenta Mercantil, 1905; José A. López del Valle: Los adelantos sanitarios de la República de Cuba, La Habana, Imprenta y Papelería "La Propagandista", 1925; y Marial Iglesias: Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, La Habana, 2003, Ediciones Unión, p. 43.   
23 Para un brillante análisis de esta deriva en el caso argentino, ver Jorge Salessi: Médicos, maleantes y maricas: higiene, criminalidad y homosexualidad en la Argentina (1870-1914), Buenos Aires, Beatriz Viterbo editores, 1995.
24 ver, de Fernando Ortiz: Los negros brujos, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1995; y sus artículos "El método finlayano contra la fiebre amarilla" y "El Peligro Amarillo, ambos publicados en 1908 en la revista Cuba y América. Al aumentar contemporáneamente la inmigración española no faltaron lecturas que suponían un efecto benéfico, de contrapeso demográfico, frente a la criminalidad afrocubana. Sin embargo, en la práctica ocurrió lo contrario: se desató el cruzamiento. La criminalización del ñañiguismo, y de la población negra en general, se aprecia en estos textos de Ortiz como respuesta al temor por las mezclas; los vínculos entre negros y anarquistas fueron especialmente sólidos en los medios obreros, en particular en los barrios portuarios de La Habana. 
25 Ver Lucas Álvarez Cerice: Hospital de Dementes de Cuba. Memoria del Asilo General de Enajenados correspondiente al año 1899, , La Habana, Imprenta El Comercio, 1900; José A. Malberti: "Informe sobre el clamante aumento de la locura en nuestro país, en III Congreso Médico Panamericano, Actas de las sesiones y memorias presentadas, Imprenta y Librería La Moderna Poesía, 1902; y Gustavo López: Algunas consideraciones sobre las psicopatías observadas en la Isla de Cuba, de Gustavo López García, La Habana, Imprenta de Roces y Pérez.
26 Arístides Agramonte: Profilaxis de la tuberculosis en Cuba”, Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, t-7, 1902, pp. 483-87, 507-13, 530-35 y 560-63. Ver también, del mismo autor, La profilaxis de la tuberculosis en las ciudades por medio de su reglamentación”. En ambos textos es patente el cambio de lenguaje a que hemos aludido. Para Agramonte, la inmensa mayoría de las casas de La Habana cuentan con una circulación de aire aceptable, y el clima en cuanto tal interviene como  antídoto. Reconoce, no obstante, el problema de la insalubridad de las ciudadelas. Pero se proyecta positivamente, confiando en la construcción de viviendas colectivas para obreros, que permitan reducir el hacinamiento. Por otro lado, sugiere labores de promoción de salud que podrían ser efectivas, como conferencias en las fábricas y distribución de folletos de “vulgarización científica” en las casas de vecindad, en las iglesias y en los barrios pobres en general. Sobre las acciones y prácticas sanitarias orientadas a la infancia y el auge que cobran los “preventorios” y “colonias agrícolas”, ver "Regeneración del niño por los trabajos agrícolas", Manuel Delfín, en II Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección de la Isla de Cuba, La Habana, 1904, pp. 45-52.  

1 comentario:

Alibi dijo...

Excelente blog, me ha encantado leerlo, sesiente el pulso de la vieja Habana. No abundan empeños de esta calidad. Qué sórdidos hemos sido, por Dios, parece un karma inquitable...